“México: entre el clasismo, el sexismo, la misoginia y la deshumanización”. Autora: Ivonne Acuña Murillo

FOTO: CRISANTA ESPINOSA AGUILAR /CUARTOSCURO.COM

¿Cómo explicar la violencia desbordada que se vive en el país, la cual permite equipararlo a naciones en guerra? ¿cómo explicar el horror de los cuerpos violados, desmembrados, mutilados, quemados, disueltos en ácido, olvidados en fosas clandestinas o sembrados en calles, veredas y plazas? ¿cómo entender el aumento desmedido de las agresiones y asesinatos de mujeres, por el hecho de serlo, y de hombres, pobres y jóvenes, en especial?

Una respuesta fácil sería decir que los hombres son violentos por naturaleza y eso les lleva no sólo a agredirse y matarse entre ellos, sino también a violentar en todas las formas posibles a quienes consideran débiles, los jóvenes y las mujeres, entre ellos, asumiendo a la pobreza como un factor que agrava las tendencias violentas masculinas.

Salida fácil que no convence y no alcanza para explicar lo que se vive en México en materia de crueldad y saña.

El país ha vivido a lo largo de su historia procesos en los que la violencia sin freno ha sido una característica. Sin embargo, en tres de aquellos momentos: Independencia, Reforma y Revolución de 1910 había un objetivo concreto que daba cierto sentido a la violencia desbordada. Igualmente, cuando hubo que defender a la Patria de invasiones extranjeras.

Durante estos procesos revolucionarios también ocurrieron asesinatos, violaciones, saqueos, quema de propiedades, fusilamientos, ahorcamientos, etc., que bien podrían ser explicados, que no justificados, como una respuesta a los abusos sufridos durante décadas, siglos incluso. Violencia producto del enojo, la frustración y la amargura de ser tratados como desiguales, de ser ignorados, sometidos y explotados por las élites sociales y políticas.

Un sentimiento de revancha y de venganza, la necesidad de cobrarse los agravios recibidos acompañó a esos históricos movimientos. Una especie de convicción de estar haciendo lo correcto para cambiar la situación imperante y alcanzar la justicia buscada. La crueldad y la saña, por su parte, debieron estar presentes en muchos casos cuando quien se encontraba en una mejor situación, en el momento exacto, volcó en alguien más la rabia contenida.

La guerra es la guerra se diría. Pero ¿por qué si México no está cursando un evento de la misma naturaleza que los referidos, el nivel de saña y crueldad, así como el número de desapariciones, asesinatos, secuestros, violaciones alcanza la magnitud de una guerra civil?

Se podría responder que, desde hace década y media el país se encuentra inmerso en un proceso que simula una guerra, pero sin que exista un propósito legítimo o la búsqueda de una causa justa. La falsa guerra declarada por Felipe de Jesús Calderón Hinojosa al narco y la delincuencia organizada no proporciona ese propósito ni permite explicar, del todo, el nivel que, en “tiempos de paz”, ha alcanzado la violencia en contra de la población en México, en especial contra mujeres y hombres jóvenes.

Se utiliza la frase “tiempos de paz”, pues no hay en México una guerra civil declarada, sino el enfrentamiento del gobierno y la población a bandas del crimen organizado, hasta donde se puede observar y saber.

El fin de un acuerdo gubernamental extramuros con los carteles de las drogas, el apoyo deliberado al cartel de Sinaloa, el ataque a los otros carteles, la lucha descarnada por las plazas, el hecho de que una vez divididos y perseguidos los cárteles hayan decidido diversificar los tipos de delitos cometidos, el conocido “efecto cucaracha”, son algunas de las consecuencias que la llegada a la presidencia de la República de Vicente Fox Quesada, en el año 2000, y de Calderón, en el 2006, provocó.

La relación corrupta de estos dos expresidentes con el cartel mencionado fue el inicio de la situación límite en la que hoy se encuentra inmerso México. Y no porque con anterioridad o en el sexenio siguiente, el de enrique Peña Nieto, no hubiera habido un acercamiento corrupto entre ambas esferas de la actividad humana: la política y la delincuencial.

Pero, los hechos mencionados no alcanzan para explicar el nivel de crueldad y saña alcanzados, sin dejar de lado las estadísticas que informan, mes con mes, semana a semana, día tras día, hora por hora la cantidad de víctimas ubicadas por todo el país.

Una posible explicación a este fenómeno deberá incluir una serie de factores que, sumados, proporcionen las herramientas necesarias para explicar, que no justificar, lo que pasa en el país en los términos indicados.

En primer lugar, la enorme corrupción que ha supuesto no sólo el abuso sino la desviación de una inmensa cantidad de recursos que deberían haberse destinado a la atención de los sectores menos favorecidos y a elevar el nivel de vida de la población en su conjunto. Corrupción que extiende sus brazos al gobierno y al sector empresarial en los que algunos de sus miembros han decidido beneficiarse de dichos desvíos y de la relación con el crimen organizado ante lo atractivo que resulta recibir parte de las ganancias que delitos como el narcotráfico, el secuestro y la trata de personas, generan.

En segundo lugar, la descomposición del tejido social provocado no únicamente por la desatención de los sectores sociales menos favorecidos y un trato privilegiado a las élites económicas, la violencia ejercida por el Estado y la delincuencia organizada en su contra, sino por los valores promovidos desde el modelo económico dominante, el capitalismo, entre ellos: un individualismo exacerbado, el dinero como medio principal para cubrir las necesidades, desde las más básicas hasta los lujos desmedidos, y el fin de modos de vida propios del autoconsumo, entre otros, ante la presión del sistema de mercado y la competencia feroz.

En tercer lugar, el clasismo mediante el cual se desprecia a quien no pertenece a la propia clase social y a quien se considera como un factor más de la producción, susceptible de ser comprado, vendido, explotado como alguien inferior “creado así por Dios o la naturaleza” para servir a “los de arriba”.

En cuarto lugar, la misoginia y el sexismo derivados de una cultura patriarcal heteronormativa que divide a la sociedad en superiores e inferiores, basada en la diferencia sexual-genérica y en la cual el odio hacia las mujeres y la discriminación sexual justifican todas las violencias ejercidas contra ellas.

En quinto lugar, la indolencia de una sociedad, por decir lo menos, que, por comodidad, miedo, convencimiento de que “lo malo sólo les pasa a los malos” o por incapacidad para comprender la magnitud de lo que está ocurriendo, voltea para otro lado, convencida de que a los miembros en buena condición social no les pasará nada de lo que ocurre a sectores no privilegiados, aunque las evidencias muestren lo contrario.

Los dos primeros y el quinto se convierten en caldo de cultivo para la normalización de la pobreza y las desigualdades sociales, económicas y sexuales, y de los distintos tipos de violencia ejercidos en contra de determinados grupos de la población.

Sin embargo, dicha normalización no ha marchado sola, se acompaña de un proceso de deshumanización del otro, de la otra. En la medida que no se les considera iguales, se les atribuyen características que permiten verlos y tratarlos como menores de edad, como de segunda clase, en el mejor de los casos, o como subhumanos en el peor de ellos.

De esta manera, es posible infringirles daños que solo se permitirían, de manera excepcional, contra quienes se considera de la misma categoría o, ignorar, en su defecto, todo lo malo que pueda pasarles. Al final, se entiende que le ocurran “accidentes” a quienes no tienen un cerebro, una educación, unos valores, unas costumbres, un status superior.

La empatía con alguien a quien se considera “inferior” es muy difícil de desarrollar. Esto explicaría en gran parte la indolencia social mencionada arriba ante la vista de todo tipo de crueldades.

Es así como, tanto el clasismo como el sexismo y la misoginia favorecen el aumento brutal, en número, crueldad y saña, de los ataques contra hombres y mujeres, en especial de quienes son jóvenes y pertenecen a las clases consideradas populares.

Tres procesos corren aquí en paralelo: uno, la violencia desatada por la corrupción y una falsa guerra en contra de la delincuencia organizada, que bien podría considerarse una “situación límite”; dos, el desprecio por todo aquello que pueda ocurrir a las clases bajas; tres, la normalización de la violencia en contra de las mujeres por ser mujeres.

El resultado: la deshumanización de los hombres y las mujeres, en especial de las y los jóvenes pobres o con escasos recursos. Pero, no para aquí el asunto. Un segundo proceso de deshumanización tiene lugar, sólo que de manera inversa.

Quien se sabe o siente superior, porque así la sociedad le ha formado e informado, se vuelve incapaz de un juicio moral en torno a sus propias acciones en contra de quienes considera inferiores. Igualmente, puede, sobre la misma base, juzgar como correctos los abusos cometidos por alguien más en contra de terceras personas.

Por supuesto, pueden darse una serie de cruces en los que alguien de clase baja pueda ver a una mujer de su propia condición social, incluso de mayor nivel socioeconómico, como inferior, como subhumana y no tenga empacho en violarla, manosearla, encerrarla, torturarla y matarla. A su vez, puede darse esta situación entre hombres o mujeres de igual o diferente contexto social. Dentro incluso de una misma comunidad o familia, etc.

El punto es que, quien deshumaniza al otro para facilitar todos los abusos cometidos en su contra, sin cargo de conciencia, se deshumaniza a sí mismo al dejar de lado la empatía, la solidaridad, la preocupación que debería desarrollar por la otra, por el otro. Igual, si la relación se da entre hombres y mujeres o entre ricos y pobres. Los primeros se considerarán siempre superiores.

Así es como México se encuentra inmerso en una situación límite, misma que se deriva del desconocimiento de: las normas básicas de convivencia, de los avances en materia de reconocimiento de distintas generaciones de derechos humanos, de ordenamientos legales avanzados, de políticas públicas encaminadas a desterrar la desigualdad, la discriminación, el trato inequitativo y todos los tipos de violencia estructural generados por los procesos mencionados.

De manera contundente y brutal, esta situación límite ha hecho visible la ancestral reticencia cultural a ver a hombres y mujeres, jóvenes y pobres, como iguales, lejos, muy lejos del estereotipo que los ha inferiorizado, subordinado, oprimido, esclavizado, explotado, ocultado, excluido de la vida social y sus privilegios.

La violencia, la crueldad y la saña, en especial la ejercida contra las mujeres jóvenes pobres, muestra la vigencia de un constructo cultural masculino, misógino, sexista, machista y clasista susceptible de emerger con toda su fuerza en situaciones límite, poniendo en riesgo los triunfos obtenidos por las mujeres en materia de igualdad, equidad y derechos humanos, en más de un siglo.

Parafraseando a Augusto Monterroso se podría cerrar afirmando: “Cuando despertó, el clasismo, el sexismo y la misoginia todavía estaban allí”.

Ivonne Acuña Murillo
Ivonne Acuña Murillo

Socióloga feminista, académica de la Universidad Iberoamericana. Analista política experta en sistema político mexicano y género. Autora de más de 250 artículos periodísticos y 25 académicos publicados en periódicos y revistas de circulación nacional. Ha contribuido al análisis del presente y el futuro de un país que se desgarra en múltiples medios escritos, radiofónicos y televisivos, tanto nacionales como internacionales.


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