México enemistado. Autor: Venus Rey Jr.

«We must, indeed, all hang together or, most assuredly, we shall all hang separately.»
Benjamin Franklin

La Guerra Civil Española es un acontecimiento histórico que siempre ha llamado mi atención. Fue un choque brutal entre dos visiones de Nación. La colisión eidética no se quedó en el debate de las tribunas en la Asamblea ni en las muy acaloradas discusiones en los cafés, sino penetró en la vida íntima de las familias y enemistó a hermanos, a padres y a vecinos. Todo se salió de control, y entonces la pelea eidética se transformó en una guerra fratricida, una de las más crueles y sangrientas del siglo XX.

No estoy comparando la situación actual de nuestro país con el caos que imperó en España en los años 1930, aunque sí es preciso reconocer que nuestra situación es muy delicada. Negar la realidad de nuestros días, o minimizarla, sería un error. Yo veo un México muy dividido y enemistado. Escucho y veo expresiones de intolerancia en los simpatizantes del régimen y en la oposición. Del insulto desmedido a la agresión física hay sólo una diferencia de grado.

En «Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie», Juan Eslava describe los temores del presidente Azaña, que ya anticipa el horror que está por desatarse: «[por un lado] el odio destilado lentamente durante años en el corazón de los desposeídos; [por otro lado] el odio de los soberbios, poco dispuestos a soportar la insolencia de los humildes.» Unos renglones después pone una cita del aristócrata y sibarita español José Luis de Vilallonga: «Todavía recuerdo el día en que, un poco antes de la guerra, mi abuela dijo de pronto: ‘Siento un infinito desprecio hacia los pobres.’ Y como todo el mundo se quedó con la boca abierta, explicó: ‘Sí, porque ¿cuántos son ellos? Millones. Y los ricos ¿cuántos somos? Muy pocos. Pero aquí estamos desde hace siglos sin que a nadie se le ocurra hacernos nada.’»

La polarización en nuestro país, que no es nueva, se agudiza. Desde luego, los pobres y los ricos existen desde siempre. El problema es cuando llega la ideología y los actores políticos se valen de ella para excitar a las masas. En el momento en que la ideología permea la polarización, en ese momento se gestan bandos irreconciliables destinados a chocar. Y eso es exactamente lo que nos está pasando.

Existe en nuestro país un modo de ser excluyente, que algunos llaman la postura del mirrey o el estilo de vida totalmente palacio. Y también existe otro modo de pensar, igualmente excluyente, al que despectivamente se denomina ideología chaira o pensamiento prole. El primer modo de ser se caracteriza por la indolencia y la frivolidad; el otro se distingue por el desprecio de sentirse marginado y explotado. La abuela de Vilallonga ilustra muy bien al primer grupo. El personaje Esteban García, de la novela «La casa de los espíritus», de Isabel Allende (que sabe muy bien de estas cosas), ilustra al segundo grupo. La novela de Allende y la película del mismo nombre, del director danés Bille August, difieren en algunos detalles. Me voy a referir ahora al plot del film, con el que varios lectores estarán familiarizados. En la película, el rico y poderoso senador Esteban Trueba (Jeremy Irons) violó en su juventud a una trabajadora de su finca. De esta violación nació Esteban García, que vendría a ser hijo ilegítimo del senador. Esteban García sabe su origen y odia a su padre, no obstante, acude ante él –ahora poderoso senador Trueba– para pedir que lo recomiende y pueda obtener un trabajo en el Cuerpo de Carabineros. Lejos de estar agradecido, García sigue albergando un profundo odio contra su padre y sus medios hermanos. Cuando estalla el golpe de Estado de Pinochet y los militares emprenden una brutal represión, su media hermana, Blanca (Winona Ryder), es arrestada y va a dar a la prisión en la que está asignado su hermanastro Esteban García, que ya es un oficial con cierto poder, y que aprovecha la oportunidad para torturarla y violarla. Tal vez algún lector despreocupado crea que estoy exagerando, pero yo creo que estos arquetipos literarios y sus correspondientes fenómenos sociales, merecen atención.

El discurso de algunos ideólogos de Morena se aprovecha del resentimiento social. El discurso exalta no sólo la explotación, sino las diferencias raciales (aunque, hay que decirlo, no existen las razas humanas). No en vano el partido se llama Morena, que, claro, se refiere a las siglas del Movimiento de Regeneración Nacional, pero también alude al color de la piel. Algunos ideólogos de Morena y el mismo presidente exponen que el sino aciago que sufren millones de pobres y marginados se debe a la maldad de unos cuantos. Los grupos que hacen grandes negocios y han expoliado al país desde siempre, se valen de los políticos para asegurarse privilegios y aumentar su riqueza, a costa de la explotación y la marginación de los pobres. Los gobiernos neoliberales del PRI y del PAN, y sus presidentes, no son más que empleados de estos grupos. Todos ellos conforman la «mafia del poder». La única posibilidad de que los pobres salgan de la pobreza, es arrebatando a esta mafia el poder mediante una revolución que traerá paz, justicia y bienestar, y que acabará con la corrupción y la violencia: por fin los oprimidos serán reivindicados. Este cambio sustancial es llamado por el movimiento y sus ideólogos «La Cuarta Transformación», y su envergadura e importancia sólo son comparables, según ellos, a la Independencia, la Reforma y la Revolución.

La lucha de clases, y en general el marxismo, se pensaban obsoletos. Pero la lucha de clases existe y es clarísima la indolencia de los grupos privilegiados y los políticos que los han respaldado. Un ejemplo incontrovertible –hay decenas– es Quintana Roo. Este estado es una potencia mundial del turismo y genera inmensas cantidades de dinero. Hay tanta riqueza que es increíble que existan pobres. Según un informe del Coneval presentado hace unos días, el 30.7% de las personas que trabajan se encuentran en “pobreza laboral”; es decir, lo que ganan ni siquiera es suficiente para cubrir sus necesidades alimenticias. En Guerrero, que es otra potencia turística, 61% de los que tienen trabajo padecen pobreza laboral. ¿Qué significa esto? Que el modelo económico es excluyente: solo beneficia a unos cuantos y no lleva el progreso ni el desarrollo a todos –o al menos al mayor número de personas posible–, a diferencia de lo que sucede en algunos países europeos y asiáticos, o en Canadá. La crítica que hacen el presidente y los ideólogos de Morena a este modelo que excluye, es justificada. Otro ejemplo que no deja dudas es el Bajío, una de las zonas más ricas e industrializadas del país, sede de grandes armadoras de automóviles y de la industria aeroespacial. Sin embargo, el progreso, el desarrollo y los beneficios solo son para algunos, mientras la gran mayoría de la población es excluida: en Querétaro, 31% de la población vive en condiciones de pobreza; en Guanajuato y San Luis Potosí, el porcentaje es mayor de 40%. Increíble. Con tanta riqueza y abundancia era para que toda la población en esos estados viviera con suficiencia y dignidad. Pero el modelo económico es excluyente e inhumano.

He sido testigo de expresiones que me horrorizan por su ligereza y frivolidad; expresiones peores que la de la abuela de Vilallonga. Y las he escuchado aquí en mi ciudad, en reuniones, en las terrazas de restaurantes; las he visto en Facebook, en Twitter y hasta en los periódicos. Porque para que exista polarización debe haber dos polos igualmente malos. He oído expresiones como “nacos, proles, chairos, jodidos, holgazanes, huevones, prietos, parásitos, ninis, basura social, indios y otras más que no puedo pronunciar, dirigidas a los simpatizantes de Morena y en general a los más desfavorecidos. Lejos de ponerlos cabizbajos, los insultos les están dando unidad, identidad y cohesión: «somos Morena, somos la nación, los pobres, los marginados, y –como temía la abuela de Vilallonga– somos millones, millones más». Es el fin de la era del señoritingo, del fifí, de la mafia del poder: así como perecieron el catrín y el señorito, el terrateniente y el hacendado, en la revolución, así va a desaparecer esta mafia de ladrones y sus juniors mirreyes.

La rabia de millones se deja ver por doquier. El ataque a columnistas y comunicadores es impresionante. Basta con expresar una idea contraria a una facción para que seguidores del régimen y opositores, por igual, profieran toda clase de insultos, ataques y amenazas.

La transformación de México no es obra de una persona o de un movimiento político. Es tarea de todos los mexicanos. Que alguien ofrezca ser la solución es un gran engaño; que alguien lo crea, es una gran estupidez. Un México enemistado es más vulnerable a la corrupción y la violencia, y está en menor aptitud de afrontar los problemas: lo vemos ahora mismo. Se necesita la unión, no la división. Los políticos que fomentan la enemistad de los mexicanos juegan con un fuego que luego no podrán apagar; y esos políticos están en ambos bandos.

La cita con la que empecé este artículo –«We must, indeed, all hang together or, most assuredly, we shall all hang separately»– es un juego de palabras de Benjamin Franklin. La palabra “hang” quiere decir juntarse, reunirse, andar juntos, pero también significa colgar. Una traducción literal diría algo así: “debemos, por supuesto, andar todos juntos o, muy seguramente, terminaremos todos andando separados”. Sin embargo, el juego de palabras en inglés es genial: “debemos, por supuesto, andar todos juntos (unirnos) o, muy seguramente, terminaremos todos colgados por separado”. Es decir, si no nos unimos, si prevalece la división, los ingleses van a acabar colgándonos a todos.

En efecto, la unión es la fuerza mayor. Ya es tiempo que los mexicanos dejemos de vernos y tratarnos como enemigos. Y me refiero por igual a las dos facciones.

Venus Rey Jr.
Venus Rey Jr.

Compositor de música sinfónica, escritor, ensayista y académico. Licenciado en Derecho por la Universidad Iberoamericana y Maestro en Filosofía por la Universidad Anáhuac. Su obra musical ha sido presentada en Estados Unidos, Rusia, Alemania, Reino Unido, Italia, Polonia, Ucrania, Austria, Argentina, Perú y México. Ha grabado diez discos de sus composiciones y publicado dos libros de narrativa, tres volúmenes de poesía y diversos ensayos jurídicos y filosóficos en revistas especializadas de la Universidad Iberoamericana, el ITAM y la Universidad Anáhuac. Es colaborador de Grupo Fórmula. Escribe en el diario El Economista y en las plataformas digitales de los periodistas Eduardo Ruiz Healy y Julio Hernández “Astillero”.

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