La violencia no cesará mientras no entre en funciones la Guardia Nacional. Autor: Venus Rey Jr.

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Cuando suceden masacres como la del viernes santo en Minatitlán, muchos culpan directamente al gobierno en turno. Le pasó a Fox, a Calderón, a Peña. En el caso específico de Minatitlán, el gobierno no podría ser culpado: ni el de Veracruz ni el federal. Sin embargo, hemos presenciado en las redes cómo los opositores de AMLO han atribuido este horrible acontecimiento a su gobierno. ¿Por qué? Por oportunismo. No es consuelo, pero lo hacen todos. Para los opositores de un gobierno, tragedias como la de Minatitlán son oro molido y no escatiman en usar el dolor humano para increpar al gobernante y hacer todo lo posible por desprestigiarlo. Los seguidores de AMLO lo hicieron durante los últimos dieciocho años, y si creíamos que los simpatizantes de otros partidos eran diferentes, el horrible caso de Minatitlán demuestra que todos son iguales.

México atraviesa por una situación inefable. El grado de violencia al que hemos llegado es apocalíptico. Vivimos en una era oscura en la cual no hay el menor respeto por la dignidad y la vida humanas. Los delincuentes no perdonan a nadie, ni siquiera a bebés. ¿Por qué? ¿A qué lógica obedece esta espiral incontenible? ¿Qué lleva a un sicario a abrir fuego contra un bebé, privarlo de la vida y seguir disparando contra el cuerpecito inerte? ¿Qué clase de monstruo es capaz de realizar algo así? ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿A quién habría que culpar?

El presidente se refirió a la masacre de Minatitlán en estos términos:

«Con este apoyo, de la autorización para crear la Guardia Nacional, vamos a avanzar, estoy seguro, y vamos a serenar al país. Duele mucho enterarse y tener noticias como estos asesinatos, viles, de Minatitlán. Todo este fruto podrido, todo esto que se heredó de la aplicación de una política económica antipopular y entreguista, donde lo único que les importaba era saquear, robar, el gobierno no estaba hecho para servir al pueblo. Era un facilitador para la corrupción, todavía tenemos que enfrentar esa inercia, esa mala herencia, ese fruto podrido, ese cochinero que nos dejaron, pero vamos a limpiar el país, ¡me canso ganso!»

Estas palabras causaron el enfurecimiento e indignación de muchos; un enfurecimiento y una indignación más grandes que la matanza misma, lo cual no deja de ser sorprendente, porque si el grado de violencia va más allá de lo que se puede concebir, el grado de indolencia y oportunismo para culpar indebidamente a un gobierno es igualmente espantoso. Parece que lo que menos importa son las víctimas.

Es verdad que la situación en la que se encuentra el país es producto de muchos factores que se han conjugado a través de muchos años. México es un país bronco, a veces salvaje. Es un país en donde hay muchas personas que dirimen sus controversias a balazos y a machetazos. El presidente no se equivoca al sostener que el pueblo ha sido abandonado por el gobierno, que los funcionarios únicamente se han dedicado a enriquecerse y a saquear al país. La prueba viva de ello es la épica derrota del status quo en la pasada elección presidencial. No sólo el llamado neoliberalismo ha fallado: también los gobiernos del periodo post-revolucionario han fracasado: todos, sin excepción.

El pueblo de México es un pueblo que sufre, que ha sido abandonado, humillado… y no de ahora, sino de siempre. Difícil señalar un gobierno cuyas acciones hayan sido siempre orientadas por el bien común. ¿Desde cuándo? Desde que México es independiente, y aún antes. Es verdad que se ha gobernado con indolencia, sin empatía, sin solidaridad, sin amor, sin respeto al pueblo; es verdad que los más humildes han sido explotados y que una minoría se ha apoderado de las riquezas de estas tierras. Y esto es verdad no porque lo diga el presidente actual, sino porque esa ha sido la historia. Tiene razón el presidente cuando afirma que el gobierno “ha sido un facilitador para la corrupción”. Todos los gobiernos: el federal, los estatales, los municipales.

No me sorprende que muchos políticos opositores y muchos comentaristas se sientan escandalizados por lo que dijo AMLO a propósito de Minatitlán, y pregonen que él se lava las manos al atribuir la culpa de toda esta violencia a los gobiernos pasados, al neoliberalismo; pero si bien es cierto que él, al menos al día de hoy, y en lo que toca al gobierno federal, no ha sido artífice de esta película de horror gore que es el México contemporáneo, también es cierto que ahora él es la cabeza del gobierno y tiene que dirigir sus acciones y discursos, no tanto a exponer a los malos gobernantes que nos llevaron a estos niveles de violencia –todos sabemos quiénes son–, sino a realizar lo que sea necesario para pacificar al país, siempre teniendo como límite de toda estrategia y acción el respeto a los derechos humanos.

Los números de la violencia van al alza, y era de esperarse. Los opositores del gobierno se están frotando las manos con las cifras. Quizá algunas personas ingenuamente pensaron que llegando AMLO al poder se acabaría la violencia, como él prometió en campaña, pero cualquier persona sensata sabe que esto era imposible. La inercia es que cada año el número de homicidios dolosos es mayor que el año anterior. 2019 no tendría por qué ser la excepción. Si se quiere revertir la tendencia, no se deben emplear los mismos instrumentos, como ha sido el caso hasta el momento. De ahí la urgencia de que ya empiece a funcionar la Guardia Nacional: la violencia no cesará mientras no entre en funciones.

No todo ha sido malo en el pasado. Yo mismo he señalado aciertos de los gobiernos de Peña, Calderón y Fox, lo que me ha valido las descalificaciones de muchas personas. Sin embargo, el balance general es negativo. Bastante negativo. Y la prueba de ello es un hecho contundente, incontestable, inobjetable y absolutamente objetivo: en este país que es tan rico, existen más de 70 millones de personas que ganan menos de 5 dólares diarios –“ganar” es un eufemismo–, lo cual se denomina pobreza absoluta, según el Banco Mundial. Y de esos 70 millones, casi 11 millones gana menos de 2.50 dólares –“ganar” aquí no sólo no es un eufemismo: es un insulto–, lo que se conoce como pobreza extrema (datos del Banco Mundial). Olvidemos las ideologías –incluido el presidente–: que si los liberales y los conservadores, que si el neoliberalismo, que si la oligarquía… y tantas cosas que a ninguno de estos millones de pobres importa.

Para combatir la violencia, AMLO ha trabajado con los instrumentos de la anterior administración. Esos instrumentos no funcionaron antes ni funcionarán ahora. Urge la Guardia Nacional. Y ni siquiera existiendo la situación mejorará en automático. La pacificación del país no será posible mientras no mejoren sustancialmente las condiciones económicas, culturales y educativas de la población, particularmente de los más de 70 millones que padecen pobreza absoluta y extrema. No se me malinterprete: no estoy criminalizando a la pobreza; al contrario: quienes sufren la pobreza son víctimas. Los principales responsables de la violencia que ahora se vive son los gobiernos; todos los gobiernos, especialmente los de los últimos cincuenta años. En las últimas décadas, y particularmente en las últimas dos, México se ha deteriorado y degenerado tanto, que no es exagerado hablar de “frutos podridos”.

La pacificación del país no es tarea sólo del gobierno, sino de todos los mexicanos. Tomará varias décadas y un esfuerzo colosal. Así que si usted cree que el presidente López Obrador va a solucionar todo en los poco menos de seis años que le quedan, no se haga tantas ilusiones… por entusiasta y simpatizante que sea.

@VenusReyJr

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