El disangelio según San Andrés; memoranda de resurrección. Autora: Adriana Moles

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“Ay de Ustedes, que transforman las leyes en algo tan amargo como el ajenjo y tiran por el suelo la justicia”
Amos 5,10

¡Pobres de Ustedes fariseos, que les gusta ocupar el primer puesto en las sinagogas y ser saludados en las plazas!
Lucas 11,43

“Y Jesús empezó a decirles: Estén sobre aviso y no se dejen engañar, porque muchos reivindicarán lo que es mío y dirán “Yo soy el que están esperando”, y engañarán a muchos”
Marcos 13,5-7

Poco tiene que ver el Jesús de Andrés Manuel López Obrador con aquél de la teología de la liberación.

Andrés Manuel se esfuerza por hacer mella en las conciencias y las mentes de los gobernados utilizando el “método Jesucristo” según Él, utilizando parábolas y citas evangélicas que están grabadas en el inconsciente colectivo desde hace miles de años.

Dicen los más avezados neurolingüistas que Jesús hablaba según la más pura programación neurolingüística y que sus mensajes pasan sin filtro a la conciencia humana, generando cambios profundos en las estructuras psicosociales y afectivas del individuo.

El mensaje de la Iglesia católica se encarnó en las más antiguas leyendas, cosmovisiones y mitos de creación, que moran en arquetipos allá en lo profundo de la psique humana. De hecho el calendario litúrgico va siguiendo los ciclos de la naturaleza y en concreto de los rituales  paganos de la agricultura, de cuyos símbolos está toda poblada la Biblia y específicamente el Evangelio. La figura y mensaje de Jesús es una oda a la siembra, la semilla, el trabajo, el fruto y la ofrenda a Dios de ese trabajo. Jesús es sacerdote y víctima, cordero pascual propiciatorio para la paz entre los hombres. Es el altar y la ofrenda misma. Es el pan y el vino. Fruto de la tierra y del trabajo del hombre. Es hombre y es Dios a un tiempo, hipóstasis posible por el influjo del Espíritu Santo que une lo celestial y lo humano.

Pero una cristología de la liberación no es esa prostitución facilona que hace el Presidente en sus discursos y sus tuits, mancillando con su sola cita cualquiera de las luchas históricas que en nombre del Cristo de los pobres (los anawin de Yahvé) han realizado pueblos enteros a través de las comunidades eclesiales de base, un monseñor Romero, un Sergio Méndez Arceo, Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Jon Sobrino, Hans Küng y tantos otros teólogos y teólogas que hicieron de la ortodoxia del evangelio, una ortopraxis social. Para ellos la “buena nueva” significa que el reino de los cielos está presente aquí y ahora, y podemos realizarlo con nuestra opción por los pobres, los desposeídos y la construcción de estructuras sociales justas con el ser humano y con la tierra. Cristo para ellos es congruencia, o no es. Para los teólogos de la liberación Cristo como cuerpo místico es el pueblo mismo. Existe una cristología ascendente, que parte de la persona histórica de Jesús al Dios Resucitado y una cristología descendente, del Dios Pantokrator (todo poderoso y glorioso) al hombre carne. Hay un cuerpo del Cristo histórico y un cuerpo místico del Cristo que se supone está compuesto por la humanidad entera.

Cuántos crímenes se han cometido en nombre de Dios y de Jesús en concreto? López Obrador se ha atrevido a pontificar e incluso a mencionar el “pecado social”, terminología emanada de la teología de la liberación, que se refiere a la situación del mal estructural y sistémico que azota a la humanidad. Digo se ha atrevido porque, además de ser un término profundamente inapropiado para cualquier discurso presidencial en un Estado laico y obviando esto, pues resulta gracioso que el Presidente no se dé cuenta de la lastimosa situación de incongruencia en la que se encuentra al no darse cuenta de que él es un gran propiciador de esas estructuras y sistemas que mantienen en la opresión a los anawin de Yahvé, de los que Él ni forma parte, ni los representa en modo alguno, aunque use el discurso de “los pobres” y del “fin del neoliberalismo”. Utilizo el término “anawin” porque estos no son unos meros “pobrecitos pobres” sino su significado, sin traducción exacta al castellano, es el de pobres en proceso de liberación, radicando en ello su poder magnífico de autorredención.

Su forma de citar la Biblia, la de AMLO, correspondería más a lo que conocemos como fariseos, los hipócritas bíblicos que citaban preceptos y usaban los símbolos para oprimir, discriminar y dividir. Tal como lo hace Andrés Manuel López Obrador, no en balde ya quemaron un Judas con su nombre e imagen en algún pueblo de México esta Semana Santa. No importa que lleve sus zapatos sucios y tramposamente empobrecidos, no sabe que para entrar al corazón del Dios de los pobres había que entrar sin sandalias, símbolo que representa la humildad, de la cual adolece este pastor político. No recuerda aquella cita bíblica que habla de la importancia de lavarse el rostro si hemos ayunado. Que no debemos alardear de ningún signo visible que conduzca a la manipulación. De eso no se acuerda y no le interesa acordarse.

Dice Jesús que aquel que desvíe a las ovejas de su rebaño más le valiera amarrarse una piedra al cuello. López Obrador está llevando a sus ovejas a la división, al odio, al pecado social como le gusta llamarlo, pues entregarle los negocios al Imperio Romano, digo, al Imperio estadunidense nos recuerda tanto a los reyes judíos que estaban con el poder y que fueron los mismos que entregaron a Jesús. Es curioso recordar al “Pueblo Sabio”  de esas épocas, ese que pidió que mataran a Jesús y salvaran a Barrabás. La masa no siempre es sabia. También lo sabemos.

Luego entonces, ¿quién es el Cristo de estos días? Es Samir Flores, que hoy cumple 2 meses de asesinado tras el discurso incendiario del Presidente que le negaba razón alguna a ese pueblo y que equiparaba sus justas demandas al más puro “conservadurismo”. El Cristo es el pueblo maya que tendrá que pasar un martirio para impedir la construcción del Tren Maya. El Cristo son los pueblos originarios en resistencia. El Cristo es el pueblo seri que tiene un año sin agua. El Cristo son las mujeres asesinadas. El Cristo son las madres cuyos hijos siguen muriendo. El Cristo son las víctimas inocentes de Minatitlán. El Cristo es el pueblo migrante y su martirio. El Cristo profeta son los periodistas que mueren, los activistas que caen. El Cristo es el pueblo pobre y olvidado. El pueblo crucificado diría Jon Sobrino.

El Cristo no es el Presidente, no puede serlo, después del Cristo histórico, sólo puede existir el Cristo místico, uno colectivo, integrado por muchos, no por un solo hombre. AMLO olvida que el Dios de la teología de la liberación, es emancipador, es profundamente ecológico según Leonardo Boff y para desilusión de los pantocráticos, el Jesús de la opción por los pobres es un Dios humilde, llano y ceropoderoso en la acepción coloquial del término, es una paradoja que invita a cambiar el mundo sin tomar el poder, como diría John Holloway en su libro del mismo nombre. Ese Cristo es el que enamora a los luchadores que se han comprometido con el rostro que Jesús les presenta en los olvidados, en los nadie, en los que no votan ni aparecen en los padrones. Ese Cristo es el que sedujo al padre Solalinde para fundar los albergues para migrantes, al padre Raúl Vera, a tantos sacerdotes castigados por la Iglesia, ese Cristo es el que ha cobrado la sangre de activistas como Bety Cariño, Digna Ochoa, Camilo Torres, los 47 mártires de Acteal que murieron masacrados y que, acorralados por los paramilitares, sin poder correr a ningún otro sitio, decidieron esperar la muerte orando y dirigieron valerosos su última mirada al Cristo de la justicia. Ellos resucitaron en la memoria de la historia y de los sobrevivientes que sin descanso han librado la más feroz batalla contra el olvido y la injusticia. Ellos han apostado por la autonomía y la dignidad. Ellos jamás votarán ni engrosarán las listas de aprobación de ningún mal gobierno pues además y a diferencia de sus hermanos zapatistas, han optado por la paz absoluta como camino y forma de lucha.

Tomar la palabra sagrada de una religión para manipularla se llama plagio y ya entrados en gastos teológicos, también un sacrilegio. Ya que le gusta tanto a don Andrés hablar en términos espirituales y bíblicos, donde plagio equivale a secuestro.

La buena nueva es que según la pedagogía del oprimido, sustentada por el gran Paulo Freire, corresponde al oprimido la tarea de su propia liberación, a través del espíritu crítico y la autoconciencia de su condición. Dicen que es un lugar teológico de gran privilegio el autoliberarse y de paso liberar al opresor. Esto pasa por una palabra que detesta Andrés Manuel y se llama “autonomía”, es gracioso y sintomático ver cómo sus discursos adolecen del énfasis que debería tener este concepto, es obvio que no le conviene.

A la 4T le fascinan las palabras “comunidad” o “comunitario” pero extirpan el componente esencial que les da un verdadero sentido y es la autonomía. Mentes críticas, formando sociedades autosustentables, que se autorregulen. Eso no le gusta al Presidente de la autopropaganda, del aleccionamiento, de la dogmatización, pues es una receta perfecta para la desconcentración del poder. Piensa que citando a Jesús logrará lo mismo que logró la Iglesia Católica. No olvidemos que la Iglesia Católica finalmente utilizó y continúa utilizando la estructura del Imperio Romano. Hasta la fecha se organiza en vicarías y decanatos, en una supraestructura que reorganiza la propia de los estados nacionales. Quizá eso se propone AMLO, no lo sé a ciencia cierta. No puedo olvidar las atinadas predicciones del maestro Jalife sobre el evangelismo sionista que representa un inmenso poder político y que crece en el planeta. AMLO es un magnífico exponente de esta corriente, incorporando este discurso evangélico, privilegiando concesiones televisivas y haciendo crecer esa religión, podría decir, incluso por encima de los sentimientos guadalupanos del pueblo y frente a una religión católica que va en picada desde hace décadas perdiendo terreno con las nuevas religiones cristianas e incluso siendo objeto de masacres y atentados en todo el planeta, fenómenos que no están aislados del contexto general del creciente poderío de las religiones cristianas evangelistas. Sin demeritar la libertad de culto que debe existir en un Estado democrático, el aumento de grupos cristianos evangélicos es un fenómeno que contribuye a la división de comunidades y pueblos originarios. Chiapas es un claro ejemplo de ello. Vemos movimientos evangelistas muy financiados insertándose en comunidades cuyo núcleo religioso era un claro factor de unidad y así comienzan a desgarrarse comunidades en otro tiempo muy cohesionadas. En ese contexto, el trabajo de asociaciones como el Centro de Estudios Ecuménicos en México y el marco teórico que brinda el teólogo Hans Küng sobre ecumenismo mundial para la paz, cobran una relevancia histórica y debe ser esto tomado en cuenta a la hora de elaborar planes de seguridad y análisis de campo de trabajo comunitario.

Así que no debemos tomar como simples peroratas los visos religiosos de AMLO en sus mensajes. No es fortuito aunque sí resulta –al menos– fuera del tono constitucional de un Estado Laico. Es en mi opinión una estrategia de control y manipulación de las masas, que no resisten el discurso martiriológico y cuyas mentes no dudarán en ligar la imagen del mandatario a la de Jesucristo, con todo y lo que ello pudiera implicar.

Ya lo dijo Solalinde, que este presidente “tiene mucho de Cristo”. Y eso pesa a la hora de los exámenes de conciencia.

Por ello, lo más sano sería dejarle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Adriana Moles, @Adrianamoles1
Evangelizadora laica egresada del Centro Franciscano de Formación de Evangelizadores Laicos.
Miembro de las Comunidades Eclesiales de Base.
Jurado del Tribunal Permanente de los Pueblos Capítulo México.

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