La gran ausencia de humanidad. Autora: Emma Rubio

¿En qué momento hemos dejado de ser humanos? Hanna Arendt dijo que después de Auschwitz, pero el holocausto no ha terminado aún. La barbarie no ha cesado. Sinceramente hoy no sabía de qué escribir. La tristeza me invade pues reconozco que hay tantas cosas que me rebasan y situaciones con las que no puedo lidiar. No hace mucho que yo andaba haciendo el experimento de vivir en la Ciudad de México, y me refiero así a mi experiencia pues después de 17 años, volver a esa gran urbe sí que resultó un acto extremo. Trabajaba en la colonia Condesa y vivía muy cerca, por lo cual, en ocasiones decidía caminar hacia mi hogar tratando de redescubrir la ciudad que me vio nacer. En realidad más que redescubrir, fui sintiendo la ciudad y tratando de comprenderla. Desde ya les digo que es mera doxa, no se lo tomen personal.

La Ciudad de México es sin duda una maravilla de lugar, un sitio en donde uno encuentra lo mejor pero lo peor también. Las opciones de aprendizaje, enriquecimiento cultural y entretenimiento sobran. El nivel de profesionalismo y educativo es mucho más elevado si comparamos con otros lados. Sin embargo, todos estos estándares altos de calidad tienen costos, los cuales son los obvios como todos los problemas sociales y los sutiles tales como la indiferencia, soledad y frialdad que se percibe. Un día hice un acto (por ello hice referencia que en ocasiones me regresaba caminando), me propuse saludar a todo aquel que se cruzara en mi camino, las personas extrañadas no respondieron. Solamente uno sí contestó a mi saludo y hasta bendiciones me ofreció. Este único personaje que me respondió en verdad me observó, me sentí como en una especie de fotografía, estaba ante un acontecimiento de sujeto mirado y el sujeto mirante. ¿Por qué fue el único capaz de mirarme e incluso responder a un saludo? Y aquí comienza mi reflexión: Era un indigente ya mayor, un hombre que me llevó al hecho de cuestionarme ¿quién habrá sido él en el  momento de su vida donde perteneció a la sociedad y fue parte del sistema? ¿qué fue lo que le hizo cambiar su vida de ese modo? Sin duda, es un hombre que ha vivido demasiado y no en términos meramente cuantitativos, un hombre que seguro ha sufrido, ha padecido, ha sentido hasta las más profundas y entrañables emociones. Independiente de las causas que lo llevaron a su actual realidad, es un ser humano que sabe de carencia, de vulnerabilidad. No obstante, fue el único capaz de mostrar bondad y gratitud ante mi mirada y mi palabra.

¿Será que es preciso estar fuera del sistema para observar en verdad? ¿será que el sentir que ya no se pierde nada nos devuelve la humanidad? Hace unos días fui a un festival cultural de una escuela de mi comunidad, los niños pequeños cantaban y una de las canciones que interpretaron, la cual es aún desconocida para mí, pero llamó peculiarmente mi atención por una sola frase que dice: “ Quiero ser civilizado como los animales” ¡vaya frase! No sé si los padres por estar entregados a su goce de la maternidad y paternidad y sobre todo el orgullo de verse reflejados en sus hijos, les permitió hacer conciencia de lo que estaban entonando. Pero yo que tan sólo asistí por cariño al colegio sin hijo de por medio, me quedé con esa frase y entonces me recordó a Frei Betto cuando dice: “Pregúntenle a una abeja lo que piensa de nosotros”. Pues en efecto, la humanidad en su afán de ser la especie dominante ahora intenta “salvar” lo que ella misma destruyó y entonces se crea la conciencia ecológica. Me cuestiono: ¿No será más bien la humanidad quien debe pedirle a la naturaleza la salvación? ¿No es ya demasiada soberbia pensar que nosotros somos quienes debemos salvar al mundo? ¿No es quizás el mundo quien debe salvarse de la humanidad? Pensar aún que somos los únicos seres inteligentes del universo resulta tan irreal como presuntuoso. La humanidad se ha hecho experta en la lectura de señales artificiales, como letras, restos de civilizaciones anteriores. Pero no somos capaces de prevenirnos ante los acontecimientos naturales al mismo nivel que las otras especies sí lo hacen. Los animales nos superan en la lectura de las señales naturales. “Quiero ser tan civilizado como los animales”, sí, yo también. Ellos no matan por placer, no codician, no ambicionan, no odian, no son depredadores por mero hedonismo.

Cuánta razón tuvo Hanna Arendt al distinguir entre ciudadanos conocedores y pensantes  pues parece que la mayoría de la humanidad se ha hecho muy conocedora de diversos temas y especialistas pero lamentablemente son los menos quienes son pensantes en el sentido de la autorreflexión. ¿Cuándo sacaremos nuestra humanidad del olvido? Vivimos en medio de la tragedia, la estamos haciendo parte de la cotidianidad. El saber sobre las guerras, las desapariciones, la impunidad, los asesinatos nos está haciendo cada vez más inhumanos y no con esto digo que no debamos saberlo sino no solamente quedarnos con el conocimiento de ello sin pensarlo, reflexionarlo, cuestionarnos ¿de qué modo estoy contribuyendo a la existencia y legitimación de todo esto? Pues incluso la indiferencia es un aporte a la tragedia. No sabía de qué escribir pues son muchos los acontecimientos y de todos hay mucho qué decir, pero hoy me he sentido rebasada por la realidad. Una realidad que, como decía Péguy, ha dejado de ser historia para ser solamente duración pública. O parafraseando a Paul Virilio estamos en la civilización del olvido y nos hemos convertido en un live coverage (“en directo”), en pocas palabras, estamos telepresentes en el mundo y por ello nos hemos olvidado de ser humanos y nos convertimos en meros actores de nuestra propia existencia, sin un más allá que nos haga mirar al otro como un “Yo”,  y que nos permita conformar una comunidad de humanos.

@Hadacosquillas

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