Dialéctica del ataque y la censura. Autora: Pilar Torres Anguiano

El diálogo

‘Si no creemos en la libertad de expresión de quienes no piensan como nosotros,
no creemos en ella’.
Noam Chomsky

Dicen los que saben, que cuando alguien nos cae mal es porque vemos en esa persona, algo que nos desagrada de alguien más, tal vez ese alguien más es el que nos ve fijamente en el espejo del baño cuando nos lavamos los dientes. Interesante, y muy humano, origen ontológico del desprecio, del ataque, de la censura.

A mí, Sócrates me caía un mal (como personaje, no como filósofo). Él mismo asegura que no creía lo que le dijo el Oráculo de Delfos: “Sabio es Sófocles, más sabio es Eurípides, de todos los hombres el más sabio es Sócrates”. Pero, de todos modos, me resultaba pedante la forma en la que se conducía con los demás. Imaginaba a algunos de los atenienses irritados por escucharlo en el mercado, en la plaza, en las reuniones, haciendo ver a todo el mundo cuán ignorante era comparado con él. Debe haber acumulado muchas antipatías y desprecio que le valieron las falsas acusaciones de corromper a la juventud; haciendo de Sócrates, al mismo tiempo, el arquetipo de filósofo y una de las primeras y más célebres víctimas de la censura y la descalificación.

En su ensayo sobre la libertad, John Stuart Mill propone el “Principio del daño”, según el cual, el Estado debe limitar al individuo cuando este daña, física o moralmente a alguien más. En esa línea de Stuart Mill, algunos más señalarán que el límite natural de la libertad de expresión está en la  ofensa hacia los demás. Dos siglos después, esos límites no parecen claros.

Dice Byung-Chul Han que vivimos en la sociedad de la indignación, en la sociedad del escándalo. Esta, carece de firmeza y actitud. La rebeldía, la histeria y la obstinación características de las olas de indignación, no permiten ninguna comunicación discreta y objetiva, ningún diálogo, ningún discurso. Mucha indignación, pero poca identificación con la comunidad. A lo anterior podríamos añadir una exagerada necesidad por tener siempre la razón, por poseer la verdad. Algo que, por definición, imposibilita el diálogo y cierra el camino a la libertad de expresión. No es casualidad que Platón planteara la filosofía dialógicamente.

La buena noticia es que dialogar es una habilidad que se aprende y se ejercita. Se puede fomentar el hábito de saber escuchar al otro, y se puede aprender a no creer tener siempre la razón; a no creer que se es dueño de la verdad absoluta, pues aquello que llamamos ‘La verdad’ no es un objeto que se posee ni una adecuación, sino un acontecimiento en el que diversos factores se implican.

La verdad es algo que acontece en el diálogo, dándole sentido a las cosas. Cabría también preguntarnos: ¿con base en qué organizo mi mundo para encontrar en éste un sentido? Si en nuestro mundo no cabe el diálogo, tampoco tendrá sentido la libertad de expresión. Sólo tendrá la razón el que grite más fuerte, el que prepare un mejor ataque.

Sobre los límites de la libertad de expresión, el pensador coreano-alemán abre un debate al observar en la sociedad de hoy la característica de la hipersensibilidad, y un reclamo estéril del que nadie sale bien librado.

¿Hasta dónde debe llegar la libertad de expresión? ¿Debe ser absoluta? ¿Puede tener límites? ¿Quién debe fijarlos? ¿Cuál es el trasfondo de la necesidad de censura? ¿Por qué nos encanta criticar, pero, al mismo tiempo, somos tan poco tolerantes a que nos critiquen? Y es que, al parecer, a cada crítica corresponde una censura de la misma intensidad y en sentido inverso.

La libertad de expresión se encuentra siempre en medio de varios fuegos. Es una conquista constante, inacabada. Amenazada por distinto frentes, de muchas maneras.

Hay muchas formas de atacarla: desde las más grotescas medidas de censura de los regímenes totalitarios, hasta las más sofisticadas que la reservan sólo para quien puede costearla, haciendo de esta un lujo, no un derecho.

Así, no sólo las dictaduras –que abiertamente censuran, reprimen y controlan la prensa– atacan a la libertad de expresión. También lo hacen las sociedades capitalistas oligárquicas que en teoría enarbolan la libertad de expresión, pero en la práctica, se la reservan sólo para los miembros de su círculo.

La libertad de expresión en general, y la libertad de prensa, en particular, es indispensable para la formación de opinión pública, contribuye a conformar una ciudadanía informada y, en ese sentido, piedra angular indiscutible de toda sociedad democrática.

Por muy mal que me cayera, supongo que no habría celebrado que lo condenaran a la cicuta, como tampoco celebro que a Jalife lo censuraran de Twitter y YouTube (y eso que me cae mil veces peor de lo que Sócrates me caía cuando era estudiante). Critico la violencia argumentativa y los términos insultantes que emplea, relacionados directa o indirectamente con el origen judío de las personas a quienes critica… pero critico también que se ataque la libertad de expresión.

Y, francamente, no culpo a Beatriz Gutiérrez por abandonar Twitter.

@vasconceliana

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