La costumbre de robar sistemáticamente. Autor: Ignacio Betancourt

Los depredadores que durante más de tres décadas se mal acostumbraron a vivir del robo contra la ciudadanía, se niegan a perder su derecho a depredar, que supusieron eterno. Su resistencia a modificar salarios o coyunturas “legales” que les permitían medrar sobre los mexicanos, son la prueba palpable de su costumbre de robar sistemáticamente. El cambio no sólo es de nombre (a lo que ellos estaban acostumbrados), el robo habrá de llamarse robo y la corrupción resulta explícita, ese es el verdadero cambio. Qué doloroso debe ser para los ladrones mostrarse como lo que fueron: saqueadores protegidos por las leyes que ellos mismos construían para legalizar sus latrocinios.

Pero el cambio no resulta nunca del accionar de una sola persona, lo es en la medida en que los ciudadanos deciden manifestarse. Las transformaciones históricas no son la consecuencia del proceder de un líder, sino el resultado de las mayorías activas ¿Seremos capaces de la transformación que nos corresponde realizar en el país?

Si el nuevo gobierno ha decidido una necesaria reducción del gasto administrativo “para reorientarlo a la política social” y de esta manera poder financiar lo que consideran sus programas principales, habrá que estar atentos a los resultados de tales decisiones, mientras tanto, si de verdad (no declarativamente) se está instrumentando una “nueva visión del quehacer gubernamental” en donde el erario se destine de manera prioritaria “a atender el bienestar social y revertir la situación de desigualdad”, toda modificación del tradicional saqueo que contra la población establecieron priistas (y en doce años explícitos los panistas), a tal grado que esta situación ha llegado a concebirse como algo inevitable y natural, obviamente que lo nuevo será bienvenido por la población que tan fácilmente se acostumbraba a que la deprede cualquier corrupto con algo de poder político o económico. Las palabras “se las lleva el viento” pero los actos permanecen a través del tiempo y lo constatan y lo padecen millones de seres humanos cuyos afanes, hasta hoy, sólo han enriquecido a una fauna de depredadores.

Cuando los recursos que debe destinar el nuevo gobierno para el próximo año al pago de la deuda pública (lo que se roban quienes deciden, no la población) crece a un nivel en que de hecho duplica lo destinado a desarrollo social (así le llaman a las migajas que los gobiernos se dignaban destinar para la población) algo está muy mal. Solamente el pago de intereses para dicha deuda es de 749 mil millones de pesos, un incremento de más de once por ciento en términos reales en relación al año de 2017. Cantidades inimaginables para la ciudadanía que no logra entender cómo es que debe tanto aunque viva en la miseria. Por eso resulta urgente que los ladrones devuelvan lo que se han robado. Simplemente para el rescate de los bancos, la nueva administración federal está obligada a utilizar más de 51 mil millones de pesos, que muy bien podrían usarse para resolver algunas de las cada vez más abrumadoras carencias de la población.

Sólo que las mafias que han gobernado este país se acostumbraron a robar sin límite y ahora la población debe pagar por lo que permitió que le robaran, (por ejemplo) con la artimaña del llamado rescate bancario desde 1995. Lo único bueno de la realidad es que nada es para siempre. Si en México, donde los delincuentes han gozado de impunidad estos no pueden ser castigados, que los prianistas ladrones comparezcan ante la Corte Penal Internacional de La Haya, en Holanda, como ya otros lo han propuesto.

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