Inicio Opinión La alegría como programa (Monsi sobre el Mundial). Autor: Federico Anaya Gallardo

La alegría como programa (Monsi sobre el Mundial). Autor: Federico Anaya Gallardo

Dicen que dijo Octavio Paz de Carlos Monsiváis que “No tiene ideas, sino ocurrencias”. Tal vez no haya sido exactamente así, pero el Nobel mexicano (tan apreciado por los fifís de ayer y de hoy) atinaba en su desprecio. Incapaz de entender a su contraparte, Paz trató de desestimarlo. Pero al ningunear a Monsi, Paz lo aventó a los brazos de las gentes que el cronista estimaba y que celebramos sus ocurrencias porque nos ayudaban a vislumbrar nuestra verdadera identidad. Seguimos estimando a Monsi hasta hoy, tres lustros después de muerto.

Yo sospecho que sus ocurrencias constituían un modo de conectarse con el modo socarrón, burlón y sencillo de nuestros Pueblos Mexicanos (sí, así en plural) para describirse a sí mismos y a la complejísima realidad que les ha tocado vivir en este rincón extraño de la Humanidad que hoy llamamos Estados Unidos Mexicanos.

Agradezco a Luis Lezama, antropólogo obradorista, que en medio de la euforia general que sufrimos durante el Tercer Mundial mexicano me haya llamado la atención respecto de las notas que Monsi publicó bajo el título “¡¡¡Gol!!! Somos el desmadre” en el número 47 de la revista Cuadernos Políticos (publicada por editorial Era), a santo del Segundo Mundial en Septiembre de 1986.

Yo, que nada sé de futbol, disfruté mucho leer esas líneas de Monsi cuarenta años después. Me ayudó a entender las cosas extrañas que ví ocurrir en las mesas de comentócratas viejos y modernos en este año extraño de 2026.

Te invito, querida lectora, a repasar algunas de aquellas ocurrencias moinsivayanas. El texto original puedes consultarlo en la www en la Liga 1.

Monsiváis escribía en un momento duro y terrible. El modelo económico surgido de la gran conflagración nacional (la Revolución Mexicana) luego de 1940 se había agotado. La substitución de importaciones y el proteccionismo ya no se sostenían. El “Milagro Mexicano” había concluido. Los que ahora llamamos demonios neoliberales avanzaban —desde las sombras del gabinete presidencial de Miguel de la Madrid Hurtado— imponiendo un nuevo modelo que, asegún ellos, salvaría la economía nacional: libre comercio garantizado a través del Acuerdo General de Comercio y Tarifas (General Agreement of Trade and Tariffs o GATT).

El Palpatine-Señor Sith de esa cábala misteriosa se llamaba Carlos Salinas de Gortari y un año antes, había logrado expulsar del gabinete a Jesús Silva Herzog-Flores (segundo de su nombre, o JSH-2) —a quien se identificaba en aquellos días como el adalid de un modelo económico más cercano al nacionalismo revolucionario en el que se habían criado al menos tres generaciones de mexicanas y mexicanos.

En su texto sobre los goles de septiembre de ese mismo 1986, nuestro bienamado cronista de Los de Abajo, nos refería que “apoyamos a México, ya no solamente la Selección Nacional, ni el país que ostenta ese nombre (aun llamándose oficialmente Estados Unidos Mexicanos), sino algo distinto, lo que ahora encarnamos, el festín que rehace la apariencia urbana, el desmadre menor que no deja ver el Gran Desmadre de todos los días, la toma de la calle que es la revancha por el despojo de las economías.”

¿Ocurrencias? Eso diría el Paz de 1986. Paz estaba construyendo, desde su atalaya de Vuelta, la torre de marfil que permitiría al salinismo encuadrarse en la corriente internacional que daría la puntilla al proyecto del socialismo realmente existente. El Encuentro de Vuelta “El siglo XX: La experiencia de la libertad” ocurriría apenas cuatro años después, en 1990.

Pero la ocurrencia nos deja ver destellos del genio popular. Releamos:  “desmadre menor que no deja ver el Gran Desmadre de todos los días”. ¿De dónde venía este último Gran Desmadre? Del despojo de las economías de las ciudadanas y ciudadanos del Común. Ellas y ellos salen a la calle, y a través de sus desmadres menores toman revancha por el agravio recibido.

Sigamos a Monsi-cronista: “En las esquinas grupos de estruendo. Por el Periférico, por el Viaducto, por Tlalpan, Insurgentes, Río Churubusco, Revolución, Patriotismo, Nuevo León, Canal de Miramontes, por el centro histórico y los ejes viales, ríos de personas, en su mayoría adolescentes, se adueñan del tránsito e insisten: si el triunfo es nuestro, la ciudad es nuestra, festejar es territorializar.”

Quien relata esa movilización territorial en 1986 fue el mismo que hizo la crónica de la organización de base que enfrentó la tragedia de los terremotos de 1985. Ambas gestas populares se concentrarán en su Entrada libre: crónicas de la sociedad que se organiza publicado por la ahora difunta editorial Era en 1987.

Nos dice el cronista que la mayoría de los festejadores eran jóvenes y que en aquel ya lejano año, al celebrar el triunfo mexicano sobre Bulgaria (2-0 en el partido del día 15 de junio de 1986, en el Estadio Azteca)… “los chavos se acumulan sobre un punto, apresan y sueltan automóviles a su antojo, bailan sobre los toldos y zarandean a los atrapados, y antes de conceder el paso demandan porras, éxtasis vocales a los pies de la nueva institución del triunfalismo.”

En otras palabras, los autos zarandeados de cuarenta años después no son novedad. Habría sido bueno que las autoridades del Ayuntamiento de Los Cabos, en la Baja California Sur, hubiesen leído este texto de Monsiváis durante sus preparaciones para las concentraciones populares… Aparte de NO dejar pasar automóviles al área del bulevar Lázaro Cárdenas que usualmente se usa para reuniones deportivas en aquel lugar, los munícipes deberían haber advertido a los conductores qué hacer ante esos zarandeos.

En 1986 Monsi relató que “nadie se enoja o, mejor, nadie pierde su tiempo enojándose. Así son las celebraciones de un pueblo, nómadas y sedentarias, ámbito de muchedumbres que colman la plaza”… Me queda el amargo sabor de boca de que el peor incidente del Mundial de 2026 en México podría haberse prevenido con un poco de sentido común y leyendo a nuestro mejor cronista moderno.

Pero regresemos al Monsi de 1986, querido lector. Aquellos chavos que celebraban en la Ciudad de México de hace cuarenta años habían sido los “dueños de la calle en los días del terremoto” y en el Mundial “la recupera[ron] sin dramatismo”. Aquellos chavos eran la “síntesis del origen de las instituciones y de las guerras civiles, de las constituciones y los motines”. Eso son las masas que se liberan al marchar por las amplias avenidas; que logran la Justicia a través del Terror de su presencia y del zarandeo de carros; y que restauran de inmediato la Paz y nos reconcilian como comunidad.

Antropólogo al fin, en el programa de Masiosare del jueves 2 de julio de 2026, Luis Lezama nos recordó que los festejos de masas en este Tercer Mundial fueron un momento de carnaval… (Liga 2.)

Cristiano y lector de la Biblia al fin, Monsi comparaba los claxonazos interminables con “el idioma del gozo y la depredación … a un tiempo las murallas de Jericó y el instrumento metafórico que las derribará”. Pero Monsi no se queda en el Antiguo Testamento. Para él, las masas convirtieron en carnaval las calles en 1986 —y otra vez en 2026— pero NO para hacer daño, sino para lograr “la limpieza del alma a través del relajo”. Y, buen observador, Monsi encontraba en aquello una enseñanza: “La alegría es programa y proyecto de estas multitudes, tal vez no muy complejo pero muy altamente valorado.”

¡Salud y República!

Ligas usadas en este texto:

Liga 1:
http://www.cuadernospoliticos.unam.mx/cuadernos/num47.html

Liga 2:
https://www.youtube.com/watch?v=a3bV7tjhX4M

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