Gloriosa Superba. Autor: Luis Sánchez

Imagen: Luis Sánchez.


El sentimiento emergió en la mañana.

Cuando abrí los ojos mi estómago estaba contraído, de modo que me faltaba el aire. Me levanté, encorvado, y comencé el día.

En el trabajo no me pude concentrar, más porque la asfixia devino en una suerte de agrura. Súmese a ello el calor extremo y el desquiciante escándalo urbano, con sus motores y su trajín, y su oquedad.

Libre de rutina caminé, como quien se arrastra, entre calles aledañas a la macroplaza, para luego desplomarme en un macizo de claveles: adorno rojo en el verde opaco de Zaragoza y Ocampo, a la sazón conmigo desmayado entre sus pétalos, merced a un dolor que describo como una mano que extendió sus dedos a mitad de la tráquea, casi haciéndola estallar.

De vuelta en mí, vi a un corro de personas recortado contra el cielo. Distinguí a una mujer que se tapaba la boca por el susto, a un hombre que movía la cabeza en busca de opinión (¿qué debían hacer por mí, hombre yaciente entre claveles?), vi a un perro que me dejaba caer la baba en la mejilla; me puse en pie de un salto y la gente hizo una exclamación de asombro.

De regreso, en casa, ya no había sentimiento de angustia, ni dolor en el estómago o tráquea, ni agrura; pero uno de expectativa, porque mi estómago estaba lleno y en mi garganta un cosquilleo prometía una explosión.

Me senté en un rincón, a la espera de un suceso inevitable.

Y de súbito…

Un montón de pensamientos escarlatas, ribeteados de amarillo, me abarcaron. En mi trance, casi pude ver cómo ascendía desde mis entrañas una chispa de vida, entre seis extremidades rojas y amarillas, que la empuñaban, que la deslizaban de rincón a rincón de mí.

A mis pulmones llevaron nuevamente el aire, con el ímpetu de los nortes, provocándome el llanto.

A mi cabeza de nuevo la serenidad, la claridad, la vastedad.

A mí alma (que hasta entonces no pensé que existiera) algo parecido a un dilema: un parangón del paraíso, un estar etéreo, libre de carne y padecimiento, la muerte.

Ó

El cuerpo, la gravedad, el aire y el corazón, la tristeza y la risa y la mira y la duda…

el deseo y la culpa, que yace ahí, debajo del miedo; la vida.

Elegí la vida, respaldado en mi añoranza, tu recuerdo. Y a mis ojos (el único lugar de mí al que toca el sol) se asomó el brote de la raíz en mi estómago:

Glo rio sa Su per ba.

Dos flores trepadoras que te buscan, con sus dedos escarlata acarician el vacío y la distancia que media entre tú y yo.

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