Hagamos un experimento: abra su buscador web de confianza, sitúese en la sección de noticias y escriba “los niños del narco”. Los resultados, independientemente de que sean obtenidos ahora que escribo esto, o en el momento en el que usted haga lo propio, serán muy similares: notas periodísticas repletas de violencia, pero manteniéndose en el tema, o notas que hablen de los lujos de los que gozan los hijos de los grandes capos. Ahora le pediré que busque “las niñas del narco”. Sin importar si lo hace hoy, mañana o el jueves que viene, siempre encontrará que habrá, desde luego, artículos sobre mujeres, pero no de niñas y adolescentes. Es decir, seguramente algún periodista ha hecho su respectiva columna acerca de niñas afectadas por la violencia, pero a lo que quiero llegar es que, a diferencia de la primera búsqueda, no es prioritario pensar con perspectiva de género este tipo de violencia ejercida por el narcotráfico.
Entenderé si su primer razonamiento ante esto es “violencia es violencia y punto”, pero vamos a ahondar con un poco más de cuidado. ¿Cómo estamos entendiendo estos tipos de agravio infantil?
Volvamos a nuestro experimento. Si se es un poco más específico y se añaden términos de búsqueda como “trata”, “feminicidio”, “secuestro” o “violación” y solicita que estos datos sean sólo de México, hay resultados más exactos y recién ahí empiezan a aparecer en la misma categoría tanto mujeres como niñas y adolescentes. Ahí hay informes de casas hogar, organismos internacionales, notas periodísticas y, a partir de la segunda página encontrará informes gubernamentales. Todo muy desordenado, muy superficial, muy simplista y cada vez menos específico conforme va revisando los resultados, sin mencionar lo tedioso y repetitivo que se vuelve.
Para ahorrarle un poco de la lectura que hice yo, le adelantaré que mucho de lo que encontrará es casi un calco de información de otros sitios. Lo mismo con los informes: es casi como si tuvieran un machote listo para ser llenado cuando el tema de infantes en situaciones vulnerables se encuentre en el ojo público. Siempre promesas y reacciones lentas.
Por el momento dejaremos un poco de lado casi todo lo anterior para concentrarnos en quienes realmente importan en este escrito: las infancias. ¿Cómo llegan a situaciones de violencia?
En la cultura popular noventera y ‘dosmilera’, se alertaba a los padres de familia que no dejaran a sus niños aceptarles dulces en la calle a la gente con apariencia ridículamente sospechosa; si se trataba de adolescentes, se advertía que no dejaran a sus hijos convivir con otros jóvenes sin oficio ni beneficio, pero como puede imaginar, no sólo se trataba de una medida de prevención absurda, sino que estaba cargada de prejuicios. Un menor de edad, independientemente de que sea un recién nacido o tenga casi dieciocho años, va a acercarse no a la persona que le regale dulces, sino a la persona que le dé confianza. Partiendo de que un menor necesita un sitio seguro para desarrollarse, podemos asumir que es algo que le hace falta en su hogar.
Entonces ya tenemos algo seguro: un menor que entra en contacto con las redes criminales es uno que tiene un contexto de vulnerabilidad. Podemos profundizar en las explicaciones sociales, económicas e incluso políticas que dejan a estas personitas en esta situación, pero lo resumiremos en que generalmente sus localidades u hogares son violentos, tanto sus autoridades como sus representantes no se molestan en atender las problemáticas en las que viven, sus familias están por debajo de la línea de bienestar o, incluso si sus vidas son más o menos cómodas, los padres o tutores no saben o no pueden educar y brindar protección a sus hijos. Suena exagerado, pero hay, al menos, cuatro millones de infantes en esta situación de acuerdo con el REDIM.
Eso no es todo. No hay en este país una sola instancia que sepa cuántos niños han sido extraídos de sus casas. Nadie. Ni siquiera el DIF.
Y eso sigue sin ser todo. Este escrito no trata únicamente de niños, sino de lo problemático que es que sólo se mencione la palabra “niños”. ¿Cuántas niñas y adolescentes están metidas en este problema?
Como expliqué hace dos párrafos, no se sabe, pero si hago tanto hincapié en esto es porque por sí mismo es un problema. No es raro para nadie ver a niños y muchachos (o sea, varones) reclutados y portando armas o repitiendo patrones de comportamiento violentos (¿recuerda al “Ponchis” o al “Pirata de Culiacán”?), pero se vuelve más difícil encontrar niñas y jovencitas haciendo lo mismo ¿por qué? Por que aparentemente sólo pueden ser violadas, asesinadas, prostituidas o secuestradas y eso significa que hay un sesgo en la información.
Es decir, no voy a asegurar que todas las atrocidades que mencioné no suceden, voy a asegurar que, además de esas atrocidades, hay otras que nadie está tomándose la molestia de considerar. De nuevo, ¿por qué? Por que culturalmente es difícil aceptar que una mujer puede ser violenta. También hay niñas traficantes, sicarias y consumidoras, con el mismo potencial que cualquier otro niño, pero están ocultas bajo el té0rmino “niño” y se vuelve más difícil identificarlas.
Es una estrategia inteligente, si se piensa bien. Difícilmente se sospecharía que una frágil y delicada niña sea capaz de asesinar a sangre fría, de planificar una estrategia o de reclutar a otros niños, pero también es una situación enormemente desafortunada porque es más difícil incorporar a las mujeres a la sociedad si han incurrido en prácticas delictivas. Bajo el ojo mediático y el imaginario colectivo, una mujer en el contexto del narco tiene una vida glamorosa, es una leyenda del tamaño de Lola “la Chata”, está desaparecida o está buscando a una persona desaparecida, no hay otra narrativa posible.
Pero, bajo el ojo de la realidad, una muchacha que sea atrapada por la violencia sí o sí terminará peor parada que un muchacho. Ya sabemos más o menos qué destino les depara si son víctimas, pero cuando están en ese limbo entre ser víctima y verdugo, enfrentan no sólo la dificultad de terminar su etapa formativa entre armas o tras las rejas, también les toca cargar con el estigma de haber estado presa ante una sociedad y unas instituciones que juzgan duramente a las mujeres. ¿Gusta buscar cuántas mujeres son abandonadas en las cárceles? ¿qué tal si busca cuántos organismos de reinserción social existen para las mujeres y qué clase de vida les depara una vez que abandonan la reclusión?
Porque sí, aunque hay algún que otro caso de éxito en el que se reforman, se gradúan de una carrera universitaria y se incorporan a una vida normal y de éxito, existen esos casos en los que regresan una y otra vez al único estilo de vida que conocen. Y, odio ser aguafiestas, pero esos últimos son la mayoría.
Toquemos otro tema importante: ¿Qué estamos haciendo al respecto?
Ya mencioné arriba la propaganda de ‘shock’ proporcionada por los medios y el gobierno, desde el surreal “vive sin drogas”, pasando por los comerciales de la PGR del 2007-2010, hasta aquellos que dictan que “el mundo de las drogas no es un lugar feliz”. Si pasamos a la educación, por experiencia propia y por sondeo con la gente que haya pasado por la educación básica, estos temas no se tocan como se debería. Mientras nuestros adorados medios de comunicación dan señales contradictorias entre comerciales perturbadores y narco series y narco corridos que indican lo deseable que es la vida de un capo; la única información sobre narcotráfico que encontraremos en la escuela es ese enorme trabajo de varias cuartillas (copiada sin miramientos de la Wikipedia) en el que se pida cada una de las drogas existentes en el mundo con sus efectos y sus consecuencias. No hay presencia de personajes, ni explicación de procesos históricos, ni siquiera un momento para reflexionar o para preguntar qué sienten las infancias (especialmente las de los lugares más azotados por el narco) de crecer entre balazos. Sucede exactamente lo mismo que con los programas de educación sexual: si no se dice nada mejor.
Si uno mira los programas de concientización/reinserción social que mencioné antes, estos son medianamente funcionales, pero no están a la altura de las circunstancias. Muchos de estos son iniciativas ajenas al estado (es decir, privadas, de organizaciones benéficas, etc.), con recursos limitados, con poca capacidad para atender a la población a la que se están focalizando y no están totalmente estandarizadas, entonces se tienen programas muy buenos que tratan de ofrecer la mejor atención y programas que hacen lo mínimo necesario. Sin contar que la mayor cantidad de ayuda está en las zonas metropolitanas. Que no digo que no sean necesarias aquí, pero esto excluye a la gente que habita zonas muy alejadas de sus cabeceras municipales.
Esto es muy pesimista, no digo que no se estén tomando otras medidas más enfocadas a crear espacios seguros y dar seguimiento integral (económico, escolar, laboral y hasta emocional) para evitar que las infancias caigan o regresen a la delincuencia (incluyendo a aquellas que no nacieron en México, un tema que no toqué, pero que también merece una investigación propia); o que se platique sin filtros del narcotráfico y todo aquello que lo engloba, estoy diciendo que no es suficiente. Que tienen que ser protegidas, dado que es prácticamente imposible para la población en general detener este problema.
Pero, además, es necesario tener más de una mirada al momento de hablar de infancias, porque es cierto que en general se necesita más o menos el mismo tipo de medidas para contrarrestar las consecuencias de lo que han vivido, pero que englobar todo eso en el concepto de “niño” hace que se pierda de vista a todas esas infancias (y con ello sus necesidades específicas) que no pertenecen al sexo masculino (considerando la existencia de aquellas que tampoco entran en la categoría de femenino, aunque eso es un tema todavía más complicado de investigar y también merece su investigación propia).
Entonces, “¿violencia es violencia y punto?”
[1] Por Tirza Ameyalli Silva (@tir_uwu), historiadora especializada en Género, Migración e Infancia. Integrante del curso “Narcotráfico y Crimen Organizado en México” de la UNAM. Twitter @NCO_FFyL
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