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Fuga de Cerebros | ¿Y hoy cuántos muertos hubo? Cómo entendemos el narcotráfico. Autores: Ameyalli Silva y Sebastián Gómez

Foto: Fuga de Cerebros.

Por Ameyalli Silva y Sebastián Gómez1

¿Cómo medimos el éxito? Una de las tantas frases adjudicadas a Einstein dice que si se juzgara a un pez por su incapacidad de trepar a los árboles, éste creería que es un estúpido. Bajo esta misma lógica, se puede pensar que si la tasa de éxito la marca un único factor, cualquier acción mínimamente relacionada puede dar la falsa ilusión de que las cosas están progresando favorablemente. Justamente, este es el error más común cuando hablamos de narcotráfico.

A pesar de un ser tema que nos ha lacerado como sociedad, muy pocas personas en realidad pueden navegar entre los datos y cifras incompletas del fenómeno. Normalmente, hemos hecho un consenso general, viviendo a la sombra de la violencia, donde medimos o entendemos la gravedad de la situación mediante el número de asesinatos y nuestra propia cercanía geográfica. Si vemos nuestro noticiero de confianza, siempre habrá una nota de una gran captura o una gran balacera, si nos armamos de valor a ver lo que las autoridades tienen qué decir al respecto, habrá siempre estadísticas y presentación de decomisos y capos.

Pero, si hay algo que desconcierta en esa búsqueda, es cuando los datos muestran índices que bajan o suben a niveles tranquilizantes y realidades en las que no pareciera haber cambiado algo. Esto lejos de ser esa la excusa perfecta para pensar que ciertas autoridades aquí están mintiendo (que se puede, pero eso no es tema para esta columna), la alternativa a la confusión es pensar en que algo aquí se está haciendo mal.

Porque si la vara para medir el éxito del combate al narcotráfico son las capturas, enfrentamientos y decomisos, entonces deberíamos de estar prácticamente salvados del narco, ¿no es así? Como claramente no es el caso, entonces esa medición sólo está midiendo parcialmente el problema e ignorando otros factores de mayor importancia que debemos tomar en cuenta.

Pero aquí viene la frase que no dejará muy tranquilo a nuestro estimado lector: ese es sólo una de las tantas equivocaciones a la hora de abordar este tema. Sólo hay que decir que el concepto clásico de “Crimen organizado” es la repetición un discurso racista, clasista y xenófobo… y nos gustaría que eso fuera una broma.

Otro problema es responsabilizar a una sola persona por todos los crímenes que su organización hace. Por ejemplo, si el “Chapo” Guzmán controlara absolutamente todo lo que el Cártel de Sinaloa era al momento de su captura, entonces estaríamos ante un genio que tiene brazos en todo el mundo, conocimientos de mercado, guerra, política, agricultura, química, educación, salud e incluso imagen; además, tendría un capital absurdamente enorme y sería literalmente imposible rastrearlo. Vamos, incluso sabiendo a lo que se dedica y quién es, sería intocable.

Lo mejor es que, si ese “Chapo súper villano” fuera real, al haberlo mandado a prisión, todo el Cártel de Sinaloa habría desaparecido para siempre y sólo hay que buscar en internet cómo andan en dicho estado para saber que lo único que cambió fue el administrador del cártel.

No hay que irse muy atrás en el tiempo, recuerde usted cuántos reportajes vio en el sexenio de Calderón sobre capturas y balaceras, cuantas veces nos dijeron que cierta cédula ya se había erradicado, pero reaparecía unos meses después con narcomantas, descabezados y toda la furia que un arma de fuego puede proporcionar.

Si dejamos de ver a las organizaciones como estructuras piramidales en las que la cabeza domina todo y se convierte en el objetivo, y las empezamos a considerar redes criminales, casi tumorales, diseminadas por todo el país, tenemos un punto a nuestro favor: sabemos que están en todos lados.

También tenemos permiso de aterrorizarnos unos minutos, eso está bien.

Dentro de la misma línea, también está el primer ejemplo que dimos en este texto: los decomisos. Cualquier persona pensaría que algo enorme es más significativo que algo pequeño, ¿no es así? ¿recuerda esos reportajes de su noticiero genérico presentando lo que valerosamente habían confiscado a los criminales? Bueno, hasta la fecha, obtener el botín más grande en un operativo, sigue siendo el mayor indicativo de que el trabajo fue bien hecho. Primero por su volumen, después, por el dinero que se habría obtenido en Estados Unidos de haber logrado cruzar la frontera. Amén de que los costos se suelen inflar para enaltecer a nuestras queridas autoridades, incluso habiendo decomisado todo lo que una cédula puede hacer en todo un estado, no afectan el costo.

Tom Wainwright, escritor de Narcomics: cómo administrar un cártel de la droga lo explicó así: si estas sustancias fueran carne es como elevar anticipadamente a 100 mil dólares el precio de una vaca en Argentina sólo porque en Estados Unidos el gramo se vende a 22 centavos. Suena ridículo y lo es, así que, efectivamente, los cárteles no pierden dinero porque, los costos de producción, son en realidad más baratos de lo que parecen.

¿Eso significa que decomisar está mal y hay que dejar que las drogas se sigan contrabandeando y poniendo en peligro a millones de personas? No.

Significa que hay que considerar más factores antes de afirmar que un operativo fue exitoso. Tal vez, pensar en cuántas vidas se han salvado, cuánto ha disminuido tanto el reclutamiento, como los casos de adicciones; qué tan pacífica fue la captura. Créannos, importa mucho qué ambiente había en ese momento porque anticipa qué tan violentas serán las represalias.

También importa considerar en dónde está el nivel de confianza en las autoridades porque por supuesto que van a bajar las denuncias de un crimen si, para empezar, la gente deja de acudir al Ministerio Público.

Entonces, tenemos un punto a nuestro favor más en cuanto abrimos el criterio de lo que es un éxito o un fracaso en cuanto a combatir traficantes.

Pero, aquí viene algo más, tenemos que abandonar la idea de que agarrarse a balazos al mejor estilo de una película taquillera de acción va a solucionar esta problemática.

Piense usted en el efecto bola de nieve, entre más baja por la pendiente, más grande se hace. Piense también en que alguna vez el peor daño que se podía obtener en un enfrentamiento era una herida de bala y ahora el Cártel de Jalisco tiene el armamento suficiente para tirar un helicóptero.

No sólo estamos insinuando que los narcos como el señor bigotón, sombrerudo, norteño y de mal carácter es un estereotipo de telenovela, y que pueden lucir como el señor trajeado que dirige el HSBC y tiene cantidades absurdas de dinero; también insinuamos que combatir fuego con fuego lo incrementa. O, lo que es lo mismo, la violencia se intensifica si sólo hay métodos punitivos para cesarla.

No estamos diciendo que hay que sacar de buenas a primeras a los militares y esperar que la paz llegue automáticamente, estamos diciendo que el objetivo de este conflicto (y el de cualquier guerra, si se nos permite el comentario) debería de ser que el tiempo en acción de las fuerzas armadas se mantenga al mínimo, pero no sólo eso, sino, considerar que son fuerzas entrenadas para obedecer y combatir una guerra, no para ejercer las labores a las que la policía está capacitada. Con esto queremos también decir que si se pregunta por qué últimamente hay más muertos que capturados en los enfrentamientos es porque un militar está entrenado a matar.

Y súmele que siempre hay eso que a Calderón le encantaba llamar como “daños colaterales”. Gente que no tenía nada qué hacer ahí y le tocó ser asesinada.

Como si no fuera suficiente, esas muertes, junto con las causadas por convenientes “ajustes de cuentas” ya no se investigan. Es el carpetazo más fácil que podrá obtener en este lugar.

Entonces, nos quedamos con que el “Crimen Organizado” es una manera terrible de llamar a las redes criminales en el país (si siente curiosidad por esto, lea esta columna); también nos quedamos con que capturar al líder no va a eliminar el problema, que los decomisos son una manera engañosa de afirmar el éxito en una operación militar y que los mismos militares no deberían de estar en las calles. Ahí le va una más para que se termine de deprimir: no hay forma de vencer al narco.

Al menos, no con las estrategias que tenemos en uso. Esto sólo va a crear una vorágine de horror casi autosustentable, que, bueno, no es diferente a lo que ya tenemos en la actualidad.

El primer paso para solucionar un problema es reconocerlo, pero estamos estancados en lanzarnos a pelear sin saber ni siquiera a qué nos estamos enfrentando (palabras de altos mandos militares como Luis Rodríguez Bucio, comandante de la Guardia Nacional y escritor de “Retos enfrentados por las fuerzas armadas…” no las nuestras). El problema que nosotros encontramos es que todo mundo está confundiendo un problema de económico y de salud con uno de seguridad nacional.

Y que quede claro, una vez más, que no queremos que se saquen a las autoridades de las calles ahora mismo, porque eso sería dejar a la población a las expensas de gente que tiene la capacidad de tirar un helicóptero.

Queremos que esta guerra sin norte se vaya transformando en acciones reales, significativas y funcionales. Una de ellas es considerar al narco como una empresa y que las acciones en su contra se concentren en quitarles capital porque una recuperación en ese sentido es más difícil. Y eso lleva a reconocer que nuestros queridos empresarios tienen tanta culpa en esto como el dealer que va a las escuelas a venderle a los estudiantes. En este sentido, también habría que llegarle al precio a estos empresarios porque no son negocios pequeños.

Como efecto secundario, esto también implica identificar el origen mayor del problema, los países consumidores: Europa y los Estados Unidos. Y no estamos ensañándonos con ellos gratuitamente es sólo que todos los mercados tienen una demanda y esta proviene de allá. Hasta que estos países se reconozcan como parte del problema y no como las “víctimas” de los malvados narcos que vienen de naciones convenientemente aplastadas por ellos, cualquier medida que se tome para detener la violencia será inútil. Y sí, eso también implica reconocer y tratar al negocio como global, no nacional.

Otra acción efectiva es centrarse en proteger a la gente que es más propensa a adherirse a un cártel por necesidad o a caer en adicciones. Garantizar la salud mental a toda la población, mejores condiciones de trabajo y de seguridad, educación de calidad, capacitación efectiva para el primer empleo, seguro por desempleo, sistema de salud que priorice enfermedades crónicas, un sistema judicial que funcione… garantizar una calidad de vida decente, pues. Esto reduciría el porcentaje de gente que mire al narco como la única salida para salir adelante o para protegerse.

Una más: dejar de mirar a un adicto como un criminal y aceptar que tiene una enfermedad mental que debe de ser atendida. Dejar de tratarlos como lacra y orillarlos a una desintoxicación genuina y una incorporación efectiva en la sociedad, tal y como se haría con un alcohólico.

Y por último, pero lo más importante, aceptar que prohibir las sustancias no soluciona nada, al contrario. Al ser acciones debajo del agua, son más propensas a terminar en actos de violencia precisamente por no tener ley. Sí, estimado lector, estamos hablando de legalizar y regular todas las sustancias.

Estamos diciendo que es necesario tener un control de cómo se fabrican y distribuyen estas sustancias y que este tiene que funcionar de manera parecida a la industria farmacéutica. Solo piense en que el clonazepam es adictivo y se sigue recetando para ayudar a dormir.

Con acciones así sería mucho más fácil ir saliendo paulatinamente de esta guerra sin sentido que empezó hace más de cien años (y también nos gustaría que eso fuera una broma).

Entonces, una vez leído lo anterior, sí podríamos regresar a Einstein y su pez y verificar si la escala esta vez es la correcta para medir el éxito o el fracaso. Probablemente no sería necesario puesto que una realidad muy diferente se estaría revelando ante nuestros ojos.


1Ameyali Silva (@tir_uwu) y Sebastián Gómez (@spoiler_major) historiadores integrantes del curso “Narcotráfico y Crimen Organizado en México” de la UNAM. Twitter @NCO_FFyL.

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