Fuga de Cerebros | Qatar, el mundial y otras cargas del hombre blanco. Autora: Paola Schietekat Sedas

Por Paola Schietekat Sedas[1]

Once años atrás, Qatar se convertiría en la sede mundialista más controvertida de la historia. Desde su postulación, el emirato de menos de 3 millones de habitantes y la tercera reserva de gas natural más grande ha sido sometido a escrutinio público, y con buenas razones. Tanto los escándalos de corrupción de la FIFA, las leyes laborales de la región y sonados incidentes de derechos humanos han proyectado una sombra sobre el evento deportivo más con más importancia mediática y económica, una sombra que crecía a medida que el contador de días se acercaba al cero. Quienes se dedican al periodismo deportivo encontraron una intersección extraña con expertos en derechos humanos que discutían todas las particularidades del mundial: desde su celebración, por primera vez, en noviembre hasta las declaraciones sobre la comunidad LGBTQ+ que emitieron recientemente oficiales qataríes.

Para Ahmad[2], un qatarí gay que vive en Doha, la noticia de que Qatar sería sede mundialista le llenó de orgullo y expectativa. Parte de una familia qatarí con un linaje firme y profundamente arraigado a las redes tribales laberínticas del Golfo Arábigo, Ahmad fue uno de muchas y muchos qataríes que celebraron esta hazaña, monumental para un país de poco más de 50 años de longevidad. Pero como hombre queer en una sociedad fuertemente influenciada por la ideología salafista de Arabia Saudita, cualquier indicio de orgullo nacional se veía debilitado por un miedo de buscar pertenecer a donde uno no es bienvenido. Así que, como muchas personas queer en la región, Ahmad se refugió en los medios occidentales: en series, películas y música estadounidense que, mientras validaba aspectos de su identidad, repudiaba otros cuantos.

Esta experiencia me parece un reflejo de la inevitable retórica orientalista que occidente utiliza para envolver la discusión de los derechos LGBTQ+ y otros grupos vulnerables en Qatar en una suerte de “choque de civilizaciones”. Como en todas partes, existen matices dentro de la sociedad qatarí, que no es estática ni, como repiten quienes resienten el no poder beber alcohol en la vía pública[3], “retrógrada”. Pensar que la única manera de defender los derechos de los trabajadores de construcción, las trabajadoras del hogar o las personas queer en Qatar es erradicando las culturas y sistemas de creencias autóctonos perpetúa precisamente los sistemas opresivos que erigió la colonización y la supremacía.

Esta moralización occidental, aunque parezca bien intencionada e inocentemente ignorante, es extremadamente dañina. La postura de figuras públicas boicoteando el mundial de futbol selectivamente mientras vacacionan en Dubái, emirato con leyes laborales casi idénticas denotan que el bienestar de los trabajadores migrantes no está en el centro de sus agendas. Durante los últimos días, se he ha reportado que los aficionados no son más que “acarreados esclavizados” del sudeste de Asia, racializando la experiencia de un demográfico que constituye casi un 25% de la población en Doha e insinuando que no son aficionados porque la cultura futbolística es totalmente eurocéntrica y occidental. Por supuesto que las miles de críticas hacia Qatar y la región son válidas, pero ni son exclusivas de Qatar ni son exclusivas del mundial; suponer que lo son o darle importancia a los derechos humanos durante el evento refuerza un sesgo hacia los aficionados (en su mayoría occidentales y con un estatus social privilegiado) sobre quienes estuvieron en Qatar antes y estarán después del mundial. Adicionalmente, repetir el infladísimo número de trabajadores migrantes fallecidos[4] deslegitima un argumento importante y válido sobre las deplorables condiciones que muchas personas enfrentan trabajando en Qatar y la región.

El salvadorismo blanco no es nuevo. Está presente en tantísimas misiones al continente africano, en la retórica de la política exterior estadounidense post- 9 de septiembre y prácticamente durante todo el Siglo XX. El “activismo” de figuras como Peter Tatchell, que tiene escrito “La Carga del Hombre Blanco” por todas partes, no es diferente. Tatchell voló a Doha semanas antes del mundial para hacer una protesta egocéntrica por los derechos LGBTQ+ destinada a una audiencia blanca, occidental y cisgénero que aplaudió su “valentía”, a pesar de que colectivos queer locales y regionales le suplicaron utilizar su privilegio de alguna manera que les beneficiara.

Thatchell se centró a sí mismo para adquirir influencia, mintiendo sobre haber sido arrestado para hacer sus posts más contundentes. Como sabemos, los arrestos arbitrarios son una realidad para muchas personas que no gozan del mismo privilegio que Thatchell. Los recursos monetarios tienden a respaldar voces acaparadoras como las de Thatchell, cuya protesta no tendrá ningún efecto porque las autoridades qataríes pudieron desmantelarla sin siquiera tener que hablar sobre la comunidad LGBTQ+.

De haber hecho un poco de investigación, Thatchell, y muchos otros “activistas” sabrían que las protestas sin registro o autorización previa están prohibidas en Qatar, sin importar el tema. Por lo tanto, las autoridades pudieron utilizar el mantra de que todas las personas son bienvenidas siempre y cuando las leyes locales se respeten. En algo tenían razón. La lógica detrás de aquella aseveración es legítima y se escuda en el derecho a la autodeterminación. Pero mientras que Thatchell seguramente se olvidará de Qatar después del mundial y continuará añadiendo a su “lista de países dónde he sido arrestado”, quienes están en primera fila defendiendo los derechos de grupos vulnerables en la región se enfrentarán al contrafuego de quienes rechazan lo queer más por su extranjería que por lo queer.

Ahora, personas como Ahmad tendrán que intentar salvar los espacios seguros que existían antes de que la iconografía occidental queer hiciera evidentes sus identidades, y los trabajadores migrantes tendrán que alzar sus voces para que éstas suenen más alto que las de quienes pretenden hablar por ellos, y los qataríes deberán justificar ante una audiencia occidental instituciones que muchas veces ni siquiera los representan.

Creo que es sector conservador de qataríes y no qataríes que llevan generaciones en el país se sienten conflictuados al tener que reconciliar eventos llenos de alcohol o pasarelas con íconos queer de la moda con una identidad islámica, pero también creo que su negación viene de un recelo postcolonial y con esto empatizo.  Cada vez que occidente glorifica ‘tiempos mejores’ en sociedades orientalizadas, despojan a las mismas de la capacidad de sembrar por sí solas las semillas para que florezca una sociedad diversa. Encuentro problemática que la arrogancia de occidente le lleve a atribuirse sucesos culturales que en nada le pertenecen y que, si algo, llegó a arruinar o a apropiarse sin entender su relevancia o significado endémico.

Quisiera que hubiera un espacio constructivo de diálogo y real preocupación por las experiencias de personas que hayan sido vulneradas por sistemas injustos y violencias institucionalizadas y normalizadas. Por ahora, las identidades de grupos vulnerables se utilizan como armas, tanto por occidentales que asumen que un indio no puede ser aficionado de Portugal como por locales que graban intrusivamente a un grupo de amigos pakistaníes pasándolo bien para argumentar que en Qatar no existe problema alguno.


[1] Paola Schietekat Sedas es economista conductual, Lic. en RRII y Antropología por la Universidad Americana de Kuwait y maestra en políticas públicas por la Universidad de Oxford. Twitter @paola7kat

[2] Cambié su nombre para proteger su privacidad

[3] Este acto se prohíbe en muchos países occidentales

[4] El reporte de The Guardian utilizó cifras de decesos anuales emitidas por la Embajada de Nepal en Qatar, sin verificar que las muertes estuvieran vinculadas al trabajo de construcción o que los fallecidos siquiera fueran trabajadores de construcción.

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