Elogio del colapso nervioso. Autora: Pilar Torres Anguiano

“No puedo seguir. Seguiré”.
Samuel Beckett
“Escuchen la letra, carajo”.
Alex Syntek
Durante el día, Penélope tejía. Por las noches, deshacía lo tejido, con tal de nunca acabar el trabajo, porque había prometido conseguir esposo cuando terminara de confeccionar aquel manto en permanente construcción. Esta suele ser contada como una historia de fidelidad hacia Ulises en las páginas de la Ilíada; pero también admite otra lectura (una en español, y que me disculpe Gael): la de una mujer obligada a mantener la compostura mientras, cuando nadie la ve, deshace lo que se espera de ella.
Porque existe una presión social, bastante más poderosa de lo que se admite, para mantener la compostura y proyectar estabilidad mientras todo alrededor funciona a marchas forzadas. Una aprende a decir “estoy cansada” cuando en realidad quiere decir “vayan todos al demonio”. Vamos acumulando pequeños fastidios que parecen demasiado insignificantes para justificar una protesta: una notificación fuera de horario, burocracia que no avanza, el tráfico que tampoco avanza, la llamada que interrumpe otra llamada, la obligación de sonreír mientras se atiende un desastre cotidiano. Hasta que algo cede. El colapso.
Pero el caso es que, durante mucho tiempo hemos entendido estos episodios como fallas del sistema. Si alguien pierde la paciencia, hay que corregirlo. Si llora, hay que tranquilizarlo. Si se desborda, hay que devolverlo cuanto antes a su estado funcional. La cultura contemporánea incluso ha conseguido convertir el agotamiento en otro proyecto de optimización personal: respirar profundamente, meditar unos minutos, tomar agüita, y regresar, por favor, a producir.
Pero tal vez estamos haciendo la pregunta equivocada. Igual y no deberíamos preguntarnos únicamente cómo volver a funcionar después del colapso, sino qué estaba tratando de decir aquello que nos hizo colapsar. Claramente un colapso es señal de que llevábamos demasiado tiempo funcionando mal (por ejemplo, creerse Elton John estando a millones de años luz de serlo).
Samuel Beckett entendió algo de esto muy bien. En ‘El innombrable’, donde el protagonista es un tipo atrapado en el remolino de sus propias palabras, una voz agotada insiste en una especie de paradoja que parece contener buena parte de nuestra existencia: “No puedo seguir”. Y, sin embargo, sigue. No hay heroísmo en ello. Tampoco pesimismo alegre, como lo llamaba José Vasconcelos. Es casi una constatación fisiológica: algo en nosotros sabe que no puede continuar de la misma manera, pero tampoco sabe todavía cómo detenerse por completo.
Seguimos trabajando cuando estamos exhaustos. Contestando mensajes cuando queremos silencio. Seguimos diciendo que sí cuando hace rato queríamos decir que no. Seguimos sonriendo porque la cortesía se ha convertido en una especie de uniforme laboral. Y cuando finalmente algo se rompe, nos sorprende el ruido. Pero la grieta llevaba tiempo ahí.
Por eso no se trata de hacer del colapso una virtud. Gritarle a alguien no es una forma superior de comunicación; romper cosas no es una estrategia de autocuidado y convertir el hartazgo en licencia para lastimar a los demás sería simplemente sustituir una violencia por otra. El asunto es otro.
No me refiero a una crisis clínica ni pretendo convertir un problema de salud mental en metáfora literaria. Me refiero a esos pequeños colapsos cotidianos —hartazgo, irritación, cuando rozamos un límite. Y precisamente porque no todo cansancio es simplemente cansancio, cuando el malestar persiste, se intensifica o interfiere con nuestra vida, buscar ayuda profesional no es una exageración, sino autocuidado. Hay que aprender a escuchar aquello que nos obliga a colapsar, en vez de faltarnos al respeto a nosotros mismos.
Antes del grito estuvo el cansancio. Antes del cansancio, tal vez hubo una larga sucesión de pequeños “no pasa nada”. Y quizá por eso necesitamos recuperar también otra palabra mucho menos espectacular: pausa. No como premio después de haber cumplido con todo, sino como una interrupción legítima. Un par de canciones que nos devuelvan al centro. Unas páginas leídas sin propósito. Una caminata sin contador de pasos. Un café tomado sin revisar el teléfono. Incluso unos minutos en los que nadie necesite que seamos productivos, amables, eficientes o razonables. Yo le suelo hablar por teléfono a mi amigo para acompañarnos riéndonos por estupideces, cada quien sorteando el tráfico en ciudades distintas.
Tal vez de eso se trate finalmente el colapso: no de aprender a rompernos mejor, sino de aprender a reconocer antes aquello que nos está rompiendo. A veces no necesitamos una solución. Necesitamos dejar de actuar durante un momento. “No puedo seguir.” Y después, inevitablemente, seguimos; pero de preferencia, que la próxima vez no sigamos exactamente por el mismo camino.
Deshacer lo que nos obligaron a tejer. Decir que no. Dejar una tarea para mañana. Caminar. Tomar agüita. Apagar la compu. Leer unas páginas sin pensar en qué podríamos producir con ello. Interrumpir el mandato de tejer. No terminaré, dice Penélope. No puedo seguir, dice Becket. Y sin embargo, ambos continúan, cada uno a su manera.
No porque el mundo se haya arreglado. Simplemente porque, dejamos de fingir que todo estaba bien. Y a veces eso ya es una forma bastante digna de empezar a tejer de nuevo.
X @vasconceliana
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