El Loco. Por Luis Cerceta

Por Luis Cerceta

“El sol ya va a salir
yo estaré afuera
Ya voy subiendo la escalera”
Lucio Mantel, Estrafalario

Primera llamada

Adquirí el coche apenas estuve en posición de poder hacerlo. Más por el goce de adquirirlo que por ser un petrolhead. Qué mayor goce para un hombre trabajador, soltero (aunque con novia) y exitoso (aunque ahora terriblemente endeudado). El coche era para mí solo una promesa de lo bueno que vendría después: roadster, llantas BBS, asientos de piel y un motor que tiraba hasta los 180 caballos de fuerza. Por fin había dejado la etapa del cupé viejo y semidestartalado, comenzaba la de un nuevo yo.

En el feis todo mundo le dio laik a la foto. Personas que ni siquiera recordaba haber agregado me felicitaron y me desearon la feliz resolución de todas mis metas. Hasta mi hermana, que jamás interactuaba conmigo, me dijo que me quería, que cada vez me veía más como el hombre que estaba destinado a ser.

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En el trabajo, por supuesto, no faltaron las envidias, pero eso era lo de menos (quien no sepa lidiar con envidias jamás sobrevivirá un día dentro de una oficina. Eso, mis amigos -diría el Negro- es un axioma). Lo pesado fue que, como mi nueva adquisición hacía un poco sombra al de varios de mis superiores, se me vetó del estacionamiento al que todo empleado, por ser empleado, tiene derecho; ello me obligó desde entonces a buscar parquímetros disponibles en calles aledañas (digo, tampoco es que me sobrara el billete, todo es que era ahora un joven con el alma hipotecada. Una pensión se salía de mi presupuesto).

Uno de esos malos días iba yo por la carretera nacional, rumbo a Allende, a visitar a los camaradas. A pesar de mis 180 caballos de fuerza nunca me pasó por la mente ignorar los señalamientos de tránsito; de hecho, siempre me ha sacado de quicio que se considere la carretera nacional como pista de carreras. Me desplazaba, pues, tranquilo, por el carril de la derecha, disfrutando del paisaje, sin prisas. No falta, claro está, el loco que usa los carriles para incorporarse como carriles de alta velocidad, esa gente que quiere rebasar siempre por la derecha a pesar de tener libre el de la izquierda. Pues un individuo de esos, que conducía un coche como el mío, se me pegó a la parte trasera y me echaba las altas, visiblemente molesto.

Tampoco soy yo de mecha corta, mis amigos; he de decirles que tengo bastante paciencia para con los patanes y pendencieros del volante, por ello simplemente lo ignoré y seguí avanzando a 50km por hora, el límite establecido para el carril de baja. En ese tramo todas las vías estaban disponibles, bastaba que me rebasara como debía ser, por la izquierda, pero el tipo se empecinó en sacarme de en medio, en hacer que me moviera a un lado o que acelerara para poder él pasar. A su terquedad opuse yo la mía de ignorarlo y seguir a mi ritmo. Ya a la altura de El barro escuché cómo rayó llanta, hizo luego una maniobra a lo rápido-y-furioso para rebasarme y me cerró el paso. Tuve que frenar en seco.

El sujeto que bajó del “bólido” era blanco, de ese blanco que es como que jamás-tocado-por-el-sol. Traía la camisa desabotonada, mostrando un pecho semi velloso; tenía una barba incipiente en el rostro y el cabello negro ensortijado. La visión de un junior energúmeno, un currutaco maledicente y enrojecido de ira. Yo ni siquiera me tomé la molestia de encabronarme, lo veía desde dentro sin hacerla de tos. El individuo me fisgoneó, luego miró mi coche, me volvió a fisgonear y volvió a ver el coche, entonces como que se calmó. Del suyo bajaron dos chicas, (disculparán la incorrección política y lo irrelevante del comentario, pero igual lo diré: hermosas ambas), le dijeron que ya estaba bien, que no valía la pena pelear puesto que nada había pasado. Pero el tipo apoyó ambos brazos en la puerta de mi coche y me calvó la mirada. Yo se la sostuve y, no se me va a olvidar esto:

–Me debes una satisfacción, compare.

Me dijo con toda la calma del mundo, ya sin el color rojo en su rostro. Las chicas que venían con él hicieron una exclamación de fastidio, como si el acto no fuese la primera vez que sucedía y como si ya estuvieran ellas hartas de esas babosadas. Se metieron al coche a la vez que él sacaba una libretita del bolso trasero de su pantalón, anotó algo con una pluma que venía prendida a él, lo arrancó y lo pegó con saliva en mi parabrisas.

–Hay dos testigos, compare. Estas formalmente comprometido a responderme.

Dicho lo cual se fue, haciendo un ademán ridículamente cortés.

Segunda llamada

Por la noche, en casa, que es un cuarto que rento en la Vista Hermosa, llamé a mi novia. Me preguntó por el Filemón (que es mi amigo, mi confidente, mi perro mestizo; un callejero que adopté hace algunos años); preguntó por mi mamá (que siempre me pasa una receta nueva); y se sorprendió de que mi hermana reaccionara y comentara en mi feis. Luego de todo ello le hablé del junior loco, y terminamos convencidos de que lo mejor era que no había pasado nada. En realidad, fue todo un diálogo intrascendente, hoy más que nunca creo que con el único con quien puedo comunicarme es con el Filemón, no hay más, y ya verán por qué, mis amigos. Apenas corté la llamada con mi novia, entró otra, era mi hermana. Ella me preguntó por el coche, que qué tal se sentía; me preguntó si no me habían ofrecido un ascenso en el trabajo y me comentó que ella y su marido estaban a nada de su segundo viaje a Europa, que en esta ocasión sí visitarían Roma. Yo estaba perplejo por su repentino interés en mí, por su repentina cháchara, pero lo que siguió fue el primer golpe que recibió mi hasta entonces cabal sentido de realidad.

–Supe lo del incidente.

No me dio tiempo siquiera de formular yo la contra pregunta <<¿Cuál incidente?>>. Porque me soltó con aún más elocuencia que al hablar de su viaje una perorata moral y de supuestos principios regiomontanos: que primero que nada era necesario que yo supiera la responsabilidad que pesaba sobre mí por ser un Sauces, que todo hombre norteño de bien tenía dos cosas que debían ser sagradas, la hombría y la palabra; que no bastaba con ser un buen ciudadano sino que debía parecerlo (¿?); y pues para no hacer largo el cuento mencionó que cómo se me ocurría haber ofendido al joven del Chipinque; que no me había comportado como un Sauces entonces, pero que aún había una buena oportunidad de demostrar que era un Sauces. No me había repuesto yo de la ofuscación cuando sentenció.

–Ni se te ocurra no contestarle. Que ni se te pase por la cabeza siquiera la posibilidad de sordearte.

Apenas iba yo a decir cualquier cosa cuando concluyó: <<lo que tengas qué decir lo escucharé cuando sepa que la familia no quedó deshonrada por ti>>. Y claro, le colgué. Años sin saber de ella salvo por las redes sociales, luego un comentario en el feis y de repente una llamada regañona y extraña, ¿Era en serio? Supuse que mi hermana habría desarrollado algún trastorno mental, de esos como el de bipolaridad, o demencia; confieso que sentí un poco de remordimiento, pero no tanto como para regresarle la llamada. Ya al final, repuesto de la sorpresa, pensé en la rapidez con la que circulan las noticias más irrelevantes en este rancho: no habían pasado ni 24 horas y ya mi hermana estaba al tanto de los pormenores de lo que bien llamó “el incidente”.

El papel que me dejó el joven del Chipinque lo habíamos comentado con sorna en Allende mis amigos y yo. Era un número de teléfono y el nombre de un lugar, El potro cimarrón. Aunque los muy canallas se guardaron de decirme todo el rollo que estaba detrás de ese gesto de tránsito de parquímetros, de satisfacciones y deudas de “honor”. Hoy sé que me dieron la espalda justo esa tarde, la última en que fui recibido en el grupo. Total. Mi perro y yo convenimos en llamar en adelante al joven del Chipinque Elcimarrón. En nuestros paseos le decía a Filemón que habíamos de tener cuidado cuando meara un poste, no fuera a ser que Elcimarrón nos pusiera una multa; o que no ladrara tan fuerte, porque Elcimarrón. Mientras recogía yo su mierda para depositarla en la bolsita le decía <<estás formalmente comprometido a responder por esto, Filemón, testifican las cámaras de seguridad de la iglesia>>.

Para mí todo quedaba ahí, pero.

A los pocos días, en la oficina, se acercó uno de mis iguales-superiores a mi cubículo. Ya saben, los iguales-superiores son los que tienen la misma responsabilidad que uno, el mismo sueldo, pero como le hacen la barba a la jefa o al jefe y le sirven de espías, pues de pronto tienen menos responsabilidades y un airecillo de te-puedo-chingar-si-quiero. El Gera, pues, se acercó a mi cubículo y así de golpe me preguntó que si sabía que podía morir: <<¿Sabes que puedes morir, bato?>> asomado por la parte de arriba del panel separador.

–Ese mai está entrenado en la lidia ¿Lo sabías? –insistió.

Yo me recargué en mi silla, puse la mano en la barbilla como el pensador y dije para mis adentros <<¿es neta?>>. Pero el Gera leyó en mi mirada seguramente algo como, tengo miedo, dime más. Porque acto seguido arrastró una silla a mi cubículo, se sentó y:

–Mira, bato. A esos morros los entrenan en la lidia. Todo mundo en Monterrey sabe eso. Saben pelear cuerpo a cuerpo y dónde pegar para noquearte de un trancazo, cuando no para dejarte tieso de un trancazo.

Gera se recargó en su silla y puso como yo la mano en la barbilla, ahora hablaba para sí mismo, con la mirada perdida, absorto en sus reflexiones:

–Aunque bueno, los educan para pelear en terrenos propicios. La neta sus contrincantes no tienen ninguna posibilidad cuando los enfrentan, porque dicen que todo es como faramalloso, más un ritual, como una escena montada, mai, has de cuenta la lucha libre.

Luego, volviendo de su cavilación, otra vez mirándome a mí.

–Tú tienes la ventaja de que no sabe cómo vas a reaccionar, tú eres un enigma para él y estás mamado.

<<¿Es-ne-ta?>> Pensaba yo monotemáticamente.

–Bueno, en todo caso, déjame decirte que yo te apoyo –Concluyó tocándome en el hombro antes de salir de mi cubículo.

Había yo escuchado antes la frase: Monterrey es un rancho, pero creí que se decía nomás por decir. Pensaba que la posibilidad de toparte con alguien conocido a la vuelta de la esquina se debía más a una especie de destino misterioso que al hecho de que Monterrey fuese un rancho; y que eso podría suceder en cualquier ciudad del mundo, la menos rancho que se les pueda ocurrir, mis amigazos. De nuevo quise olvidar el asunto, por inverosímil que ya me estaba pareciendo, por más que ¿La lidia? ¿Entrenado para matar? Ese Gera aparte de chismoso resultaba ser un conspiranóico. Pues resulta que no tanto. Al terminar mi turno esa tarde, al salir de la oficina, me encontré con dos tipos en actitud abiertamente provocadora. Uno de ellos estaba sentado sobre el cofre de mi coche, apoyando sus pies en la defensa, el otro recargado sobre el parquímetro. Ambos me clavaron la mirada y no ocultaban una sonrisa burlona que me desquiciaba. Era gente de Elcimarrón. Estaban ahí para saber por qué no había contestado. Pero, comentaban entre ellos, eso era más que obvio dado que yo no era más que un empleaducho de undécima con un coche de primera. Qué podría saber yo de honor, o de satisfacciones, de dignidad y orgullo y demás. No entendían como se había podido equivocar tanto su patrón, si se me veía a leguas la clase. Pero, en fin, el compromiso estaba ya dispuesto y era una responsabilidad ineludible cumplirlo (sic). Luego de amenazas y algunos conatos de golpes me dijeron que era la segunda llamada, y que más me valía que fuese por las buenas. Nomás por aquello de que hubiese yo perdido el primer papel (supuse) uno de ellos sacó otro y de nuevo lo estampó en el parabrisas de mi carro. Se fueron entonando una mansalva de improperios hacia su servidor, que se quedó de brazos cruzados, masticando a su vez lo propio. Vi el papel y la rabia se me desbordó, lo arrugué y lo hice trizas y lo arrojé al cesto de basura y tiré des tres patadas y manotazos al aire ¿Qué le pasaba a esa gente? ¿Estaba todo el mundo loco? ¿De dónde salía toda esa estupidez repentina? No me iban a convencer, no iba yo a pelear con nadie por nada, y menos por un asunto en donde resultaba que el agraviado era yo. Una disculpa es lo que merecía en vez de toda esa cascada de mierda.

Tercera llamada

Ello había subido un poco de nivel el asunto, más aún yo estaba decidido a dejar que todo pasara sin mover un dedo. Bravuconadas de un mirrey, pensaba, un nuevo incidente haría que pronto pusiera la atención en otra víctima de sus caprichos de reyezuelo. Pero pensaron bien, mis amigos; el asunto apenas y estaba agarrando vuelo. Habrían de conocer ustedes a mi suegro de entonces. Un hombre chapado a la antigua, entusiasta practicante de la quema de carbón dominical (en buen regiomontano esto es la carnita asada familiar de fin de semana). Serio como nadie, pero serio de callado. Frente al asador era nomás ese señor y su música, daba la sensación de que era como un rito sagrado. Aparte del quiabido y del ta bueno el calorcito y del jálate una silla, el ruco no decía más. Pues ese domingo, inmediato al del incidente, luego del quiabido y el jálate una silla, sucedió una irregularidad: se metió a la casa y salió con una cajita de madera bien mona, me la dio y continuó asando la carne.

–Eso te va a servir, padre –dijo sin quitarse el cigarrillo de los labios.

Dentro de la cajita había una pistola, un revolver para ser exactos. <<Ah jijo>> no se si dije o pensé, <<¿y esto?>> eso sí lo dije sonoramente.

El ruco volteó y me miró y la verdad es que no sé qué traía en la mente. Su expresión no decía nada. De ese silencio incómodo nos sacó el negro, al que ya aludí antes. Era mi cuñado. Una buena persona, aunque con un aire de listillo. De todo tenía siempre qué decir algo como, “eso lo introdujeron los franceses en el año de…” o “los griegos fueron los primeros que…” o, “como dijo alguna vez Borges…” No sé si me explico. El caso es que tiró tremenda risotada y por primera vez me fascinó escuchar su <<eso no se usa desde el siglo no sé cuál, cuando triunfó el bando liberal y dejó esto de ser Nueva España para ser México; desde entonces y hasta hoy es la justa cuerpo a cuerpo>>. Ya que agradecí dentro de mí que me salvara del ruco intuí que sería la única persona cuerda a la que podía recurrir en medio de todo ese quilombo idiota. Y pues resultó ser que sí, que al parecer sí había un culto denominado la Lidia y que si el joven del Chipinque formaba parte de él pues no las llevaría precisamente de ganar conmigo, porque en la lidia supuestamente preparaban al “matador” para ponerlo en frente de un peleador que no tenía oportunidad; pero lo mío no tenía nada qué ver con la lidia:

–Lo tuyo es un duelo, eso sí existe y se juega el honor el morro, sólo consíguete un buen padrino.

Ante mi pregunta de qué era eso de la lidia el Negro simplemente agregó:

–Tú ocúpate de buscarte un buen padrino, a veces se valen de eso para tener ventajas en el duelo. Un padrino es como un abogado, si no sabe mirar bien por una batalla justa te la van a terminar metiendo.

–Pero… –iba a agregar algo justo cuando salió mi novia y me llevó a la calle. Resultaba que la habían llamado muchas personas a las que respetaba mucho (incluida, ya no me sorprendió tanto, mi hermana). Le asustaba que me hubiera metido en un asunto tan peliagudo para ella (sic); toda la tarde lo había estado pensando, ¿cómo se me había ocurrido molestar a esa gente?; ¿Sabía de las consecuencias que eso le estaba acarreando a ella?; ¿Podía ser yo por lo menos un poco más empático?; ¿Es que no tenía idea yo de la responsabilidad que pesaba sobre nosotros en esa etapa de nuestras vidas?, eran nuestros mejores años (sic); lo más prudente iba a ser que nos diésemos un tiempo, era necesario que todo se arreglara antes de poder seguir adelante en nuestra relación, porque ella no estaba jugando, para ella lo nuestro era en serio y en esa entrega a fondo de sí misma veía ella la diferencia entre los dos: yo seguía siendo un niño inmaduro, incapaz de entregarme de lleno a nada.

Ninguna palabra me valió para siquiera tratar de aclarar quiénes y por qué y… Me dejó en medio de la calle, aplicando una dramática media vuelta que equivalió a un portazo en las narices. Ahora sí las consecuencias del mentado incidente estaban llegando demasiado lejos. Me dolía mucho separarme de ella. Regresé a casa hecho un zombi, en piloto automático. Luego de esa escena desagradable los amigos y familiares también se me comenzaron a sordear y eventualmente me convertí en una persona solitaria. El mundo, la realidad tal cual la conocía se me estaba desmoronando. Busqué en la web y hasta en algunas bibliotecas cualquier referencia a esa jalada de la lidia, pero nada, ni un rastro de ella. Eso sí, encontré un montón de páginas web que hablaban acerca de los duelos, de las ordalías, cosas tan remotas en el tiempo que me pareció increíble que aún se practicasen. ¿Cómo era posible tener toda la vida viviendo aquí y ser el único que no sabía absolutamente nada acerca de esas burradas? ¿Acaso la civilidad no había penetrado aún en Monterrey? ¿Servía de algo la palabra para poder entendernos sin necesidad de violencia? <<La palabra, lo único que un regiomontano tiene aparte de su hombría>>, recordé. Carajo, todo estaba realmente <<peliagudo>>, insistí en recordar. Pero un resquicio en mi cerebro aún permitía la entrada de la única luz que me movió entonces: no iba a ceder, no le iba a dar el gusto a nadie, aunque me convirtiera en el paria del mundo no contestaría al absurdo y arbitrario llamado de un güerquito mimado: Elcimarrón y todo su séquito de cortesanos medievales se podían ir rotundamente a la chingada.

Ya había resistido la primera y segunda llamada, supuse que la última eran todos los mensajes soeces que recibía en mis cuentas de correo electrónico y redes sociales a diario, junto con el abandono en que me vi por parte de los que supuestamente me querían. Con todo y todo, aun me daba risa la energía que invertía Elcimarrón en toda esa sarta de estupideces. Una buena tarde, sin embargo, al regresar del trabajo y prepararme para la caminata nocturna con el Filemón, noté en el suelo unas gruesas gotas de sangre. Pensé que el viejo (porque está ruco mi perro) podría haberse herido alguna pata y lo busqué inmediatamente. Casi se me salieron las lágrimas de coraje al verlo en un rincón del depa, enroscado y tembloroso, con tres banderillas de colores clavadas en su lomo. Esa era la tercera llamada. Y sí, había despertado la parte más bestia de mí mismo.

Correcto y verdadero

Luego de maldecir a Elcimarrón y romper la puerta del baño a patadas me tranquilicé y marqué el número que venía en el papel, el original, el que me puso en el parabrisas en persona. Me contestó un hombre con la formalidad de un burócrata, de un abogado que enumera requisitos. <<Es la mejor decisión que pudo haber tomado>>, me dijo entibiando un poco el tono frío, <<¿Ya tiene un padrino?>>. Esa era su respuesta a mi <<quiero que esto termine de una buena vez, ponga por favor al joven del Chipinque al teléfono>>. Podrán comprender, mis estimados, lo frustrante y desesperante de toda esa llamada, como cuando uno marca a alguna compañía de teléfono o de televisión, no habla en esos casos con una persona, sino con una máquina que se comporta nada más en lo menos importante como una persona: “mi nombre es fulano”, “espero que esté teniendo un excelente día”, “aquí en teléfonos de mierda nos importa su satisfacción y su tiempo”, “no sabría decirle”, “hay una falla general, ya nos lo reportaron, no es necesario que vuelva a marcar”. Algo así.

El abogado de Elcimarrón no desgastó una sola de sus neuronas en atender mi petición. Lo más cercano a ello fue:

–Lamentablemente el compromiso que contrajo usted con el joven del Chipinque no se puede deshacer sin que su honor quede en entredicho. Usted lo insultó ante dos testigos, tiene que responder. Si opta por no hacerlo voluntariamente, nosotros lo haremos responder; tal vez –esto lo dijo con un tono especial, de profunda malignidad– usted ya tendrá una buena idea de cómo. Ante mí tenía al Filemón dormido, con sus heridas cubiertas por un vendaje que le puse. Mi rabia me volvió a ganar y le grité de todo al autómata que tenía del otro lado del teléfono, creo que hasta de lo que se iba a morir, lo que no modificó su actitud un ápice. <<Eso se probará si usted termina vencedor en el duelo>> mencionó. <<Con gusto aceptaré el decreto divino. Pero las cosas se tienen que hacer como están prescritas, ¿tiene usted ya un padrino?>> insistió. Sobra decir que el anti-diálogo se alargó bastante antes de que pudiera “calmarme” y acceder a sus estúpidas condiciones. Haciendo un esfuerzo sobrehumano accedí (con las formas de una bestia encabritada, esto es a gritos e insultos que ni recuerdo en dónde aprendí) a comunicarme de nuevo a la brevedad. En pocas palabras, que tampoco se dijeron tal cual, tenía yo una semana para poner en contacto a mi padrino con ellos, lapso de tiempo en que Elcimarrón cesaría en sus hostilidades. Vaya forma de comunicarse algunos no comunicándose. Desde entonces supe cómo es que funcionan las cosas en este rancho; el Negro dice que en todas partes, pero eso no me consta a mí.

Naturalmente, previo a darme a la búsqueda de un padrino, volví a hablar a casa de mi… ¿novia en pausa?, pero no para hablar con ella, sino con su hermano el Negro. Le comenté acerca de lo acontecido con el Filemón y de mi decisión de aceptar el duelo para acabar de una vez con toda esa idiotez y quería que me explicara cómo estaba eso del padrino, dado que él mismo me había comentado de la importancia de elegirlo. En realidad, no había mucho qué agregar. El negro insistió en que básicamente el padrino era como un abogado, y quien se fuese a aventar el tiro pues debía tener ese perfil de vendedor, de litigante, de pico de oro; un colmillo bien afilado a la par de una asertividad contundente para clavarlo sin que se sienta. Pero sobre todo debía ser alguien leal, que no fuese capaz de traicionarme. Muy difícil me la ponía el Negro. Acaso él ya se había percatado de mi entonces situación de apestado social, de abandonado; seguro el muy cabrón se olió mi intención de proponerle a él esa encomienda, por lo que cortó de tajo toda posibilidad con un choro que no se me va a olvidar.

–Así es, carnal, estás ahí metido en un pedo. Yo te diría que te apadrinaba, máster, pero la verdad es que la única virtud que encontrarías en mí para ayudarte en este tema es la lealtad, porque me agradas y esas mamadas fifís del honor mancillado me surran. Con todo-y-todo eso no basta, mi hermano; yo difícilmente podría litigar, negociar; el colmillo chato que pudiera yo tener no lo uso nunca y si lo usara lo trataría de clavar sin ningún tipo de miramiento, no tengo paciencia para andarme con sutilezas, pues; por no hablar de que soy negro, y esa gente tiene una tendencia artificial a despreciar todo lo que alguien como yo pueda llegar a decirles o tratar de hacerles ver. Viven en una burbuja, bro, tienen etiquetas para todo, un sistema cabal (inventado por ellos a güevo) en donde todo tiene un sitio y nada ahí debe entrar o salir a menos que le corresponda entrar o salir, no sé si me explico. Tienen un elaborado sistema de significación que aplican a su pequeño universo: lo que para ti y para mí es justicia o amor al prójimo o el respeto al derecho ajeno o dignidad humana, es algo muy distinto para ellos ¿me entiendes? Porque pues ahora sí que no enviamos mensajes sólo con palabras sino con muchos otros recursos ¿verdad? Bastaría que dos o más personas se pusieran de acuerdo para eso ¿o no? Tu estudiaste Comunicación, has de tener una buena idea. Pero igual te pongo un ejemplo. A ver, sin ningún afán de ofender, pongamos por ejemplo tu coche y tu percha ¿vedá? Mandan un mensaje que puede ser correcto o incorrecto, verdadero o falso ¿no? O bueno, como te explico sin irme por las ramas. A ver, si yo fuese en tu coche se diría de mí que me lo robé o que seguramente sería de mi patroncito. Y todo esto se lee como se lee una palabra, no letra por letra, sino de madrazo. De manera que de un solo golpe, en el sistema que nos han creado estas gentes, ya se dirían muchas cosas de mí: pongamos que si se piensa que me lo robé, sería yo un hombre sin respeto por la ley, un rata, alguien que no merece ninguna confianza, que debería estar en la cárcel; lo que a la vez diría algo de nuestra sociedad: que es gracias a la impunidad que yo ande así como si nada en la calle en un coche robado; lo que se dice el prejuicio, que se emite dentro de uno aunque no lo externe o incluso lo raciocine ¿Me sigues? Los señalamientos tendrían su “lógica”, serían correctos dentro del sistema sígnico que nos inculcaron ¿a que sí? pero no serían verdaderos, porque yo estudié una carrera, estoy por terminar un doctorado y pues tengo mis recursos, soy un buen ciudadano, pago impuestos y respeto las leyes de esta república aspiracional, etc. Ahora bueno, es tu caso, pero al revés. No quiero ser ofensivo, mi hermanazo. La lectura de tú en tu coche sería: hombre blanco en coche fino, debe tener abolengo, podría ser hijo de papi, está muy morro para ser un donnadie exitoso, debe ser un regalo o no es de él, acaso sea del tío rico etc. Ahora sí que el joven del Chipinque le apostó a su lectura y te tomó por un igual, ¿me entiendes? Un igual dentro de su sistema de signos ¿vedá? Una lectura correcta ahí, pero no verdadera. Tú, con todo el respeto que me merece nuestra clase, eres un empleado, o sea un obrero, como yo, y mi papá, y mi hermana, y chance todo nuestro círculo de amigos, bro, lo que en nombre de todo el universo no debería ser malo. Comprendo el chasco que te estás llevando, es el mismo que yo me llevé desde hace ya bastante tiempo. Las palabras no bastan para entenderse uno, ser “buen ciudadano” no basta para que le sucedan cosas justas partiendo de la lógica del sistema; las lecturas y sus consecuencias se dan en planos bien diversos, o no sé. El caso es que un coche hoy en día ya no nomás es un medio de locomoción maravilloso, digo, el cupé destartalado que traías hubiera sido la mamada, el tesoro del dictador más glorioso en tiempos del imperio romano; por no decir que incluso hará un par de siglos, más o menos, siempre y cuando hubiera caminos apropiados y combustible ¿o no? Pero ya otra vez me voy por las ramas. El coche pues, aparte de movernos con más eficacia que nuestras piernas o un caballo, se adquiere también en estos días para mandar mensajes, como todo ¿cierto? Ahora sí que uno se va creando una narrativa, una historia de su vida que lleva escrita en el carro, en la ropa, en los tenis, en la bici, en la mascota, en el móvil, en el peinado, en su color favorito, en la música, en el grupo de amigos donde se rola, su barrio, su casa, sus muebles y decorados, el fotógrafo que contrata para sus eventos, etc etc. Y pues, todo esto para decir que si hubieras ido en tu Chevy bola don-su-gracia-de-la-Garza te hubiera rebasado y punto. No se detiene por más que tú le hubieras recordado a su mamacita o pintado un dedo o lo que se te ocurra. En fin, mi hermano. Que el padrino tiene que ser no alguien como yo, que puede saber estas cosas y otras cuantas, sino alguien que viva estas cosas a la manera de un cruzado salvando a la humanidad de los moros, o de un kamikaze estallando una bomba en nombre de Dios, o el capitán América defendiendo la libertad de su país “libertario” también en nombre de Dios ¿me entiendes?

–Sí, un pinche loco, pues –concluí de manera contundente.

Sólo alcancé a escuchar un <<ándale>> ahogado del Negro antes de que se hiciera un lío de ruidos de su lado. Al parecer mi novia en pausa le estaba recriminando que le metiera sus pendejadas en la cabeza a su servidor. Desde lejos y antes de que se cortara la llamada alcancé a escuchar al Negro despedirse con un <<suerte con eso, mi estimado>> que no sé si era una referencia a lo de mi padrino o a ponerle play de nuevo a mi relación en pausa llegado el momento. Ese Negro es un cabrón, he de decirles, mis amigos; seguro era una despedida magistral que significaba las dos cosas, plus, de manera correcta y verdadera. Lo que no entendí yo en la facu me lo ilustró el muy listillo en ese rato. Una sola duda me quedó de todo. Si yo no era un igual a Elcimarrón, léase un vividor de la riqueza que otros han acumulado con trabajo o tranzas o lo que sea ¿Por qué insistía tanto en que yo le contestase? Me convencí de que era por esa misma locura de llevar hasta lo último sus formalidades arraigadas. No pues, de que soy receptivo soy receptivo, no por nada mi título de comunicador.

El Padrino

Los primeros en mi lista eran, a pesar de su bloqueo manifiesto y persistente hacia mi persona, los camaradas de Allende. Con la semana de tregua que me dio Elcimarrón al parecer ya eran capaces de contestarme las llamadas. La sarta de excusas que me fueron aventando en la jeta para no aceptar fue patética. Sus “razones” fueron desde el “yo no entiendo nada de esas cosas, primo” hasta el, no por sincero menos patético, “mi jefe trabaja con el señor del Chipinque, compare, yo no quiero pedos”. Siguieron en la lista los camaradas de Monterrey, que desde el comienzo me trataban de hacer ver el error de haber adquirido “un coche tan malo”. Y sí, había sido un error, pero no por las razones envidiosas como unas llantas supuestamente sobrevaloradas, o el motor de difícil compostura en caso de averías, o la poca armonía de los faros con la carrocería, sino por las verdaderas de toda la mierda que traemos en la cabeza gracias a qué sé yo, la tv, los diarios tradicionales, los panorámicos a lo largo de todas las avenidas de la ciudad, la escuela, la iglesia; lo dicho, qué sé yo. Los batos se sordearon alegando cual más cual menos, pero de igual forma siempre sin decirlo abiertamente: “te lo dije, el coche ya te está dando problemas”. A mitad de semana ya estaba considerando mudarme de la ciudad, el miedo de que fuesen a matar al Filemón, más que el de que fuesen capaces de meterse impunemente a mi casa, me ponía cada vez más nervioso. Dirán que por qué no levanté una denuncia, pero sólo si es que nunca han tenido que tener contacto con la procuraduría de justicia de aquí. Quien sí lo ha tenido, sabrá que fue la decisión más prudente no hacerlo. Estaba pensando en ello en mi cubículo del trabajo cuando se asomó la cabeza siempre indiscreta del Gera. Lo iba a despachar de la manera menos sutil posible pero una idea me hizo revirar <<¿No sería posible que él?>>.

–No faltaba más –me dijo cuando entendió mi sugerencia, porque (ya estaba yo aprendiendo) nunca me atreví a proponérselo directamente, quería ver antes de someterme a tamaña vergüenza (pedirle un favor al igual-superior es la peor bajeza a la que se puede ver obligado cualquier oficinista, lo sabe cualquiera) su disposición para el asunto. Afortunadamente o el Gera resultó también ser buen entendedor o estaba deseosísimo de que se lo propusiera. Hoy la lectura más apegada a la realidad me dice que fue la segunda posibilidad. Ya verán por qué, mis amigables. <<No faltaba más>> dijo pues. Él era la persona indicada y ya lo iba a yo a ver. Todo era cuestión de labia y tacto y él era especialista en eso. Dígalo si no el buen jefe de departamento, tan contento por sus servicios extraordinarios, pues bien debía saber yo, que por otro lado no estaba para saberlo, que él, el buen Gera (le gustaba hablar de sí mismo en tercera persona), se empeñaba en dar todo por la compañía, y que no le importaba hacer trabajo que no le correspondía (eso era evidente), personas como él eran las que le hacían falta al mundo para ser un mejor lugar; y abundó en otras jaladas por el estilo que sería innecesario enumerar. Dicho lo cual se lo pedí formalmente (habíamos de llegar a eso): <<¿podrías hacerla de mi padrino, we?>>. Inmediatamente después se lo hicimos saber al lacayo de Elcimarrón vía celular. Gera habló con un tono que no le conocía y hasta sentí respeto por él. En verdad reunía todas las cualidades que había enumerado el Negro. Habrían de haberlo visto decirle al criado de Elcimarrón que <<de ninguna manera podemos aceptar esos términos, atentan contra el mismo espíritu de justicia que la ocasión pretende ponderar>> entonces se callaba y luego <<me parece perfecto, ello cambia totalmente el panorama y se ajusta mejor>> de manera que <<sólo sería cuestión de matizar esos detalles para que no haya ninguna sorpresa desagradable>> Todo muy bien hasta que <<y ¿cuál es el peso del señor del Chipinque?>> ¿What? <<Me gustaría dejar constancia de esto, es más ligero que mi representado>> mega ¿what? <<Si no tiene ninguna importancia para ustedes entonces podemos pasar a lo referente a tiempo y lugar>>. Apenas en ese rato me cayó el veinte de algo que ya debía haber masticado desde mucho antes: todo el teatro tenía que ver con una pelea cuerpo a cuerpo. Ilusamente pensé en algo más “sofisticado”, no lo sé, un tiro al blanco con arco, una carrera en los coches con ambos en sus respectivos techos, unas vencidas. Repentinamente volvía a mi el recuerdo de la mentada Lidia. ¿De verdad podía morir a manos de Elcimarrón? Desde la secundaria que no me había puesto a los trancazos con nadie, y en aquella ocasión me partieron la madre bien bonito. Iba apenas a sucumbir ante tan nefastos pensamientos cuando recordé de nuevo al Filemón. <<Pues muera yo entonces>>, me sorprendí pensando, cual caballero de la mesa redonda. Me podrán decir, mis amigues, que era triste y lastimosa mi situación: en vez de por una doncella hermosa y virginal o un pueblo me batía yo por un perro. Los tiempos cambian, les diré, y hoy en día se puede muy bien arriesgar la vida por la mascota que uno ama sin problema. Que quede constancia de eso.

El juicio de Dios

Las hostilidades habían cesado del todo. Había comenzado una nueva etapa en ese acto palomero y estúpido del mencionado duelo. Gera había conseguido un par de semanas para prepararme, ya que, si Elcimarrón sabía pelear, yo por lo menos debería tener buena condición física. Los “amigos” me volvían a invitar a sus reuniones y mi hermana puso un me encorazona en la foto que subí de Filemón con vendas y un collar isabelino al feis (:I). En Allende los “camaradas” insistían en organizar una reunión como las de antaño, con Los Mier y Boby Pulido a todo volumen y chelas en latas. Mi novia en pausa me quitó la ley del hielo y me dijo que por lo pronto podíamos hablar de cualquier cosa que no tuviera qué ver con el compromiso, como todo el mundo empezó a llamarle al duelo. Pero yo ya no tenía ganas de hablar con ella de ningún tema, ni de cantar la Muñeca de ojos de miel con aquellos, ni rolarla en cumbres con la bola de dobles cara. Querían cerrar todos un paréntesis que nunca pretendieron haber abierto, meter abajo del tapete el polvo; aquí no pasó nada, decir, aquí todo sigue como cuando antes. Pues nel. Prefería mantener mi calidad de paria voluntariamente. Gera, por otro lado, comenzó a comportarse conmigo cual si fuese el mejor de mis amigos. A la hora del receso me acompañaba al Siete por botana y se fumaba un pitillo mientras me hablaba de los diferentes sistemas de defensa personal cuerpo a cuerpo y en cuál sería conveniente incursionar. Saludaba a todo el mundo como orgulloso de que lo vieran a mi lado. Era de verdad para no creerse. Montones de gente que yo no conocía le sonaban el claxon cuando nos veían pasar por las calles cercanas al edificio donde trabajamos, aunque en realidad nos pitaban a ambos, sólo que Gera se comportaba como si los conociera a todos. La realidad era que, una vez aceptado el Compromiso, algunas personas comenzaron a verme como a su campeón, pero siempre veladamente, nunca enunciándolo, más bien enviando buena vibra, que no es más que esos otros mensajes no escritos, no articulados: si me topaba con alguien en los corredores flexionaban el brazo y cerraban el puño como diciendo <<pártele en su madre al pinche del Chipinque>>. Alguna mujer me sonreía como diciendo <<fuerza, valiente y guapo contendiente>> y bueno, luego yo terminé dándole mucho vuelo a mi imaginación, la locura es bastante contagiosa.

Cierto día de esos Gera llegó con la noticia de que había hablado con nuestros superiores y que no veían imposible que pronto pudiera yo estacionar de nuevo mi coche en el estacionamiento. De hecho, una buena parte de los directivos lo deseaba ya, pero debían esperar, no había de otra. Y, si me podía confiar un gran secreto, el Lic. De la Vega era un fervoroso defensor de mi causa, estaba feliz de que un empleado de su gran empresa pudiera estar en posición de poner en su lugar al joven del Chipinque, que ya llevaba tiempo cometiendo arbitrariedades y no se sabía por qué “Cristo Rey” no le ponía un alto (¿?). El mismo Lic. de la Vega me mandaba decir encarecidamente que confiaba en que pudiera salir victorioso. Yo le dije a Gera que si tanta simpatía me profesaba el Lic. por qué no había dispuesto que pudiera ya estacionar mi coche en las instalaciones del edificio. Gera me contestó con algo que al parecer debía ser una obviedad: <<pues porque eso depende de Cristo nuestro señor, como todo>>. Recordé en ese momento mis pesquisas por la web acerca de los duelos y las ordalías. En algunas partes era conocido como el juicio de Dios, o algo así. Lo que Gera quería decir es que si ganaba a los trancazos con Elcimarrón Dios había dispuesto que yo tenía la razón y Elcimarrón estaba mal; si perdía, pues, era claro mensaje de que Dios había fallado en mi contra y seguramente al Lic. de la Vega no le agradaría tener tan cerca de él y de sus empleados a quien andaba por ahí cometiendo calaveradas con los bien nacidos del rancho. Lo que, convenía estuviese ya enterado, significaba la comprometidísima posición de mi empleo en la cuerda floja. La ilógica de estas cosas tiene su lógica, pero no creo que sea este el espacio para abordarla. Más bien me parece necesario hablar un poco de cómo me preparé para la tranquiza.

Krav Magá y Kung-fu

La decisión la quería tomar Gera, supuestamente por ser obligación y prerrogativa de un padrino preparar de la mejor manera posible a su “matador”, esos fueron los términos que usó y no me gustaban nada, pero caray, yo ya había perdido la voluntad ante esa nueva realidad tirana. Igual la idea del Krav magá parecía muy sensata, aunque yo sugerí algo oriental, algo como Kung-fu o Tae kwon do (lo que es no saber una nadita de la mejor manera de defenderse y atacar uno cuerpo a cuerpo). Terminé aprendiendo movimientos básicos para someter, para golpear, para contraatacar. En el fondo yo sospechaba la inutilidad de todo eso una vez estando frente a una persona que no sé ni cómo ni cuán rápido se movería. Aumentaba más mi aprensión el hecho de atribuirle a Elcimarrón habilidades especiales, adquiridas en esa cosa nebulosa llamada la lidia, merced a las cuales iría siempre un paso delante de mí. Pero de ello no me debía preocupar, insistía el Gera. En la lidia, donde había reglas claras y muchas ventajas, demasiadas, para el matador, Elcimarrón podría ser muy bueno, pero una pelea como la que él, el buen Gera, se había encargado de concertar con el emisario enemigo era otra cosa, y yo debía usar eso a mi favor. Lo dicho, yo era un misterio para el joven del Chipinque y eso sí que me restablecía el ánimo cuando me comenzaban a temblar las piernas. En fin, que yo no me conformé con practicar golpes de martillo o con el codo ascendente u horizontal; ni con aprender acerca de los protocolos de distancia para saber si aplicar patada, rodillazo o palma, llaves y mañas guardadas de los maestros para las situaciones menos esperadas. Por las madrugadas me ponía yo a ver cosas de Kung-fu, sobre todo de los estilos animales, el del dragón, el de la grulla, el de la mantis o la serpiente. Gera se burlaba de mí, decía que había visto mucho Hollywood. Tal vez sí, un poco de Kung-fu Panda, o del Karate Kid 5 había tras todo eso. Pero también había mucho de sentido común. Si existían técnicas de animales es porque los instauradores de esos estilos debían haber observado a esos animales que no “necesariamente” pelean en la vida real para hacer una película, o un show emocionante. Salvo el dragón, que es una criatura fantástica (yo digo), lo que haga una mantis, una grulla, una serpiente para defenderse es cuestión de vida o muerte. Ese razonamiento me llevó a un viaje que alargó mucho mis madrugadas en sitios estilo Nat Geo, Animal Planet y o Discovery Chanel. Me di cuenta que la naturaleza es caprichosa y surreal en estas cuestiones. Vi desde pepinos de mar que endurecen su cuerpo para luego lanzar unos filamentos venenosos, hasta lagartos que envían por los ojos un chorro de sangre a más de un metro de distancia con la finalidad de traumar a sus depredadores, y de paso irritarlos gracias a su dieta de hormigas venenosas (caray). No se diga la larva que se mete en el cuerpo de sus víctimas y toma el control nervioso, a algunas las llevan a suicidarse ahogadas, a otras a construirles capullos que les protejan de otros depredadores antes de hacer que mueran de hambre sirviéndoles de guaruras. El planeta tierra es un lugar hostil para la vida en todas sus formas, ya medio lo suponía, pero entonces lo estaba confirmando: mi situación no era tan diferente a la de esos organismos supuestamente inferiores dado que me veía en la penosa situación de recurrir a sus métodos para poder habérmelas yo con un predador que me acechaba a mí y al Filemón. Cosas que se me ocurrían a las 3 de la madrugada. Ya por los últimos días de mi preparación el Gera se burló cuando le hablé de la avispa caza tarántulas y de cómo es que sería beneficioso condensar sus movimientos en un nuevo estilo de defensa personal.

–Matador, esas son mamadas. Ya no pierdas el tiempo con eso y mejor trata de dormir bien.

Ya me tenía hasta la madre con eso de llamarme matador y de tratarme como Micky a Rocky Balboa, entre paternal y estricto hasta el insulto. Un ímpetu asesino me ganó y, como lo tenía bien cerquita, le apliqué un golpe de martillo en el hombro que le dejó un buen moretón. El muy terco se sintió orgulloso, me dijo que cual matador, estaba desarrollando yo reflejos e instintos de macho alfa bien entrenado y que ya quería ver cómo le partía la cara al joven del Chipinque, al que por otro lado profesaba el más encarecido de los respetos. Casi no controlo yo en ese rato mi instinto recién adquirido, que se desbordaba de ganas por aplicar un rodillazo dormilón y un mataleón mortal al cuello jirafesco de mi igual-superior. Me estaba convirtiendo en una máquina peligrosa y debía contenerme, <<con un gran don viene una gran responsabilidad>>, también mi imaginación tenía cada vez menos frenos. Quizá Gera tenía razón, había visto yo demasiado cine jolyudense, lo que no me quitó la idea de implementar técnicas nuevas al buen y necesario oficio de la defensa personal.

La banda norteña

Finalmente se llegó el día. La contienda se llevaría a cabo en una quinta de Montemorelos: “El porto Cimarrón”. Era un día entre semana, la carretera nacional estaba poco transitada. Mientras la recorríamos, recordé que fue ahí donde todo este circo había comenzado. Qué diferente la veía ahora, tan vacía, tan sin color, tan no sé cómo. Es que el duelo me había arrebatado mi capacidad de asombro de un jalón, mi sentido de las proporciones y eso; le había quitado algo a la realidad que yo solía andar. Desde aquellos días, mis estimados, muchos pensamientos del estilo se han metido a mi cabeza, y termino casi siempre diciendo algo como: <<qué chido era todo cuando creía en Santa Claus>>. Pero ya no puedo volver a creer en ese marrano obsequioso ni aunque quisiera. Gera me palmeó en la espalda para devolverme a la carretera nacional.

–Ánimo, bato –ya había dejado lo de matador– vas a ver cómo todo se arregla hoy.

Volver a esa realidad fue volver a los nervios que no me habían permitido pegar pestaña en las noches anteriores. Suspiré hondo y no encontré mejor remedio que poner música ad hoc. Nunca había escuchado Thunder de Labyrinth con tanta emoción. A pesar de los consejos acerca del buen gusto que Gera cacareó entre el estruendo de las guitarras y la batería yo tomé una decisión inspirado en un sistema usual de intimidación animal. Cuando entramos a la Quinta, le trepé al volumen justo en el estribillo de la rola para que el mensaje llegara a mi contrincante claro y contundente:

“Like a thunder my rage
Could explode in your face”

Para mi decepción me encontré con que ello no sirvió de nada, mi enemigo tenía al doble de decibeles esa de:

“La banda norteña los carros del año
las mejores plebes las traigo a mi lado”

Nos recibió el padrino de Elcimarrón, como prescribía la onda. El Gera y él se tuvieron que acercar mucho para escucharse entre thunders y carros del año. Todo estaba listo y podíamos pasar al lienzo charro para terminar cuanto antes el asunto. Era de ahí de dónde venía la música, amplificada por un costosísimo y potente sistema de monitores. Ahora, el ruido era lo de menos, habrían de haber sentido lo que mis tripas en el momento en que pisé el lienzo. Aquello parecía una carne asada de domingo. Había un montón de gente en las gradas bebiendo y charlando y a que no van a adivinar, divisé ahí a mis camaradas de Allende y a mi hermana junto con mi novia en pausa, cotorreando como si nada con el par de matones que me visitó aquella tarde en las instalaciones de mi trabajo para amenazarme y sobajarme impunemente. ¿Acaso todo había sido una mala broma? ¿Dónde estaba eso de la solemnidad? Y luego, Elcimarrón estaba también allá arriba, en un lugar privilegiado, con una morra a su lado, como si fuesen ambos un par de reyes de la época medieval dispuestos a dar el visto bueno de un espectáculo violento. ¿Por qué no estaba abajo, en la lid, donde debía de estar? Porque era bien claro que, aunque no lo parecía, todo iba en serio, y el lugar estaba preparado para que dos cabrones (o séase su servidor y otro más) se dieran recíprocamente en la madre. Había una especie de duela en medio del lienzo, un cuadrado de madera de algunos 4 metros por lado, con banderas en cada esquina y unas personas junto a una especie de podio de presentación, paradas como soldados, como jugadores de futbol protegiendo sus partes bajas cuando conforman una barrera defensiva. Uno de ellos era enorme, un gigante corpulento con cara de te-voy-a-matar-si-me-miras. El silencio se hizo cuando Gera y yo entramos a escena, mi padrinazo estaba tan anonadado como yo.

–Una pregunta, mi amigo –le dijo con todo respeto al padrino de Elcimarrón– ¿Por qué el señor del Chipinque …?

–El señor del Chipinque vino solamente a honrar la justa que se llevará a cabo en su nombre y para su causa. Aunque no tenía ni por qué estar aquí –le interrumpió fríamente el interfecto.

Obviamente había un grandísimo error, alegó Gera. Si los hechos que desencadenaron todas aquellas consecuencias tan lamentables habían sucedido tal cual ellos mismos se lo expusieron, el joven del Chipinque debía ser quien se enfrentara a mí.

–¿Por qué nadie mencionó que pelearía otro en su lugar?

La respuesta dejó lívido a mi flamante padrino:

–Porque usted no nos lo preguntó. Hay un acta en que consta. Usted debió saber que, dado que el Sr. del Chipinque es un noble y este señor, a quien usted representa, no más que un empleado; las reglas permiten que sea un siervo del caballero el que tome su lugar. Lo dimos por hecho.

Dicho lo cual el padrino de Elcimarrón le entregó un legajo con la transcripción de la llamada y apremió con un aplauso al gigante y a quien correspondía a concluir con lo que yo ya estaba visualizando como una vil carnicería. El mastodonte se quitó la playera, los dos que lo acompañaban se pusieron en extremos opuestos de la duela para moderar el encuentro y el emisario del cimarrón se sentó en una silla estilo de director de cine, igualita a la que estaba dispuesta para mi padrinito. Pero he ahí que la circunstancia desbordó a Gera, que enrojeció de ira y arrojó las hojas al suelo.

–¡No, no y no! –gritó– No me he estado matando para nada ¿No se supone que este es uno de los caminos?

<<¿Caminos?>> Pensé. <<De qué está hablando este botarate>> El padrino de Elcimarrón se apresuró hasta nosotros y se llevó a Gera a un rincón del lienzo, donde comenzaron entre ambos una plática secreta y supongo que igual de estúpida, le estarían de nuevo dorando la píldora al infeliz de Gera, que terminó por calmarse; aunque luego de que le señalaron al mastodonte volvió a salirse de sus cabales. Se agarró los cabellos y parecía que se los quería arrancar. Al cabo se me acercó y me dijo el muy maldito servil y sinvergüenza:

–Tienes que ganar, es la única manera de que me pagues todo lo que he hecho por ti.

¿Se dan cuenta, mis amigos? El imbécil me había puesto en la peor situación posible y ¿todavía me salía con esa pendejada? Pongamos pausa a esta historia barata para explicarles la tormenta que padecía entonces mi padrinazo. El muy cretino pensaba que Elcimarrón me había puesto a su nivel cuando me había retado, y que iba a resultar muy fácil ganarle, dado que todos en la élite sabían que era un enclenque bueno solo para ganar peleas arregladas en su secta de mierda, entonces él, el Gera, podría colarse a la “corte Sampetrina” vía yo mero, para codearse con la crema y nata de la sociedad nuevoleonesa (al fin un vil lame botas como cualquier igual-superior). Pero nadie se había tomado la molestia de explicarle lo que nos estaba entonces tomando por sorpresa. La única manera en que Elcimarrón se “dignara” a tomarme por su igual y que Gera viera cumplirse su deseo era que yo le ganase al mastodonte que me ponían en frente, lo que ni siquiera él, loco de mierda, se atrevía a pronosticar. En ese momento la vida le había aplicado un patín en los bajos al Gera, que se sentó en su silla de director con la cabeza caída, visiblemente derrotado. Pero no era él el que iba a recibir los trancazos más duros. Ese, mis estimados, iba a ser yo apenas sonó un silbato increíblemente pendejo para notificarnos al gigante y a mí que la pelea comenzaba.

El duelo

Y si yo tenía aún una pizca de esperanza en mí, fue pisoteada por el hecho de que, al aplicar mis técnicas recientemente adquiridas, me topé con un costal insensible y duro que hacía rebotar patadas de costado, patadas dormilonas, martillos al cuello, palma en las narices, intentos fallidos de mataleón. El mastodonte me había dejado asestarle mis golpes más letales sólo para confirmarme en la realidad de realidades: no tenía yo una mínima posibilidad. Pero omvre, que toda esa gente no había ido ahí para nada, y Elcimarrón esperaba ver un buen espectáculo antes de mandarse largar de ahí con su prenda amada. De manera que el gigante se divirtió conmigo un rato, primero poniéndome un madrazo que me mandó fuera de la duela y me hizo besar la tierra del lienzo. El muy maldito del Gera no se tomó siquiera la molestia de levantarme, de masajearme los hombros y de decirme palabras de aliento como “cos, Micky loves you”, en tercera persona como le gustaba. Fueron los siervos de Elcimarrón los que me restituyeron al ring improvisado para seguir siendo la presa de un minotauro implacable que mi hizo de todo: llaves al cuello que hubieran bastado para terminar el show de un trancazo; manitas de puerco infernales; proyecciones varias: de nuevo a besar la tierra del lienzo; hacia encima del Gera para que compartiera mi humillación; de hocico en la misma duela; y de nuevo hacia afuera de ella para continuar mi romance con la tierra del lienzo. Después de minutos, que me parecieron eternos, de ese suplicio, yo ya no quería levantarme, mis amigos. Con la cabeza metida en el polvo rojizo pensaba seriamente en dejar salir mis lágrimas y suplicar por piedad, porque aquél era un espectáculo humillante y doloroso; gritarles entre mocos y lágrimas que lo habían logrado, que me habían arrebatado todo, que me habían quebrado. Pero aún entonces me quedaba algo de pundonor, otra voz dentro de mí decía que si me iban a quebrar pues me quebrarían peleando, no chillando ¿o no? ¿Cómo era aquello? La palabra y la hombría, ¿qué no? Levanté un poco la cabeza y pude enfocar entre las gradas a una de aquellas chicas hermosas que acompañaban al Cimarrón cuando me dio el cerrón en su coche. Tenía unos ojos hermosos que me traspasaban de ternura y me di la libertad de leerle en los labios un, “no te rindas, párate”. La mujer para vatos como yo es sin duda el motor más maravilloso que ha hecho la naturaleza, no hay siquiera un 181-caballos-de-fuerza que tire más fuerte; ese, mis amigos, es otro axioma. En los mínimos instantes que tuve antes de que se me apremiara a restituirme al ring, sentí que Filemón tenía una compañera en la barra de mi lado: la presencia de ésta y su mirada penetrante eran casi tan igual de efectivas que el lomito herido del viejo y su carilla sumida en el collar isabelino. De pronto sentí que se revitalizaba mi espíritu; mis miembros, hacía rato reacios a responderme, se sometieron de nuevo a mi dominio. Me levanté del suelo y cuando los siervos de Elcimarrón trataron de apurar mi regreso a la lid, diciéndome entre dientes que ya mero terminaba todo, que aguantara, les metí sendas patadas que hicieron estremecer de asombro a la concurrencia. Gera no se dio por enterado, porque tenía la cabeza entre sus manos, con la posición en su silla del estreñido que puja inútilmente en el retrete, apoyando la cabeza en sus manos.

Yo me coloqué en el centro de la duela, arqueé un poco el espinazo y puse mis manos abiertas delante de mi rostro, apuntando mis dedos hacia el Mastodonte, que obviamente se empezó a reír. Comencé a acercarme con cautela, mientras él permanecía con la guardia baja, con actitud de “¿Es neta, bato?” Al fin levantó un brazo con desgana para tratar de alcanzarme, pero le di con un ángulo de mi palma un golpe entre los carpianos y el cúbito (fig 1.1), lo que hizo que retirara su mano cual pájaro espantado. Una expresión unísona de “¡uh!” Sonó en el ruedo, seguido de risas y chanzas. El gladiador hizo una mueca de “con que esas nos traemos, bato”. Entonces se me dejó venir con toda su masa, decidido y brutal; yo me alejé en reversa, con todos mis sentidos alerta y bien controlados, estaba como en trance. Cuando me intentó asir con sus brazos mamados brinqué hacia un lado para salirme de su camino a la vez que le soltaba otra palma abierta entre los carpianos y el cúbito, pero ahora de la otra mano. Debieron ver, mis estimados, el furor del gigantón, que ahora sacudía ambas manos para librarse del dolor; ahora sí me la había buscado, ya no se iba a contener. La banda norteña (la de los carros del año), ya se estaba animando en las gradas y casi vi de reojo a Elcimarrón, que seguía riendo y comentando con su séquito el espectáculo. Gera levantó la cabeza y me vio como un zombi a la vez que le pintaba yo un dedo desde el ring. El mastodonte cometió el mismo error de dejarse venir a lo bruto varias veces más, mismas que aproveché para rematar mis golpes en el mismo lugar de antes y ajustar de paso algunos martillazos en su cuello, justo bajo sendas orejas. Casi pude notar a esas alturas el desconcierto en la cara de todo mundo, porque se hizo un silencio brutal incapaz de pasar desapercibido. Aquello ya no parecía tan gracioso, el mastodonte comenzaba a manifestar dolencias en sus manitas y su cuellito y a Elcimarrón, pues, como que ya no se le notaba tan contento, eso tenía influjo en el ánimo de sus lameculos. Sólo a Gera lo acometió una especie de emoción gradual, que ya lo había parado de su silla. Caminaba ahora como un director técnico en el extremo de la duela, emitiendo tímidos <<tú puedes, matador>> que iban a parar directamente a la caldera de mi furia. Debo de hecho agradecer a ese lambiscón porque fue el influjo de sus arengas caguetas el que me dio valor para descargar mi siguiente golpe, que iba dirigido al huesito sabroso de mi rival, en sus patas. Esta vez yo me tuve que arriesgar a ser sujetado por él, lo que equivalía a mi aniquilamiento total. Me coloqué a la distancia justa según el protocolo del Krav Maga y esperé a que hiciera un movimiento; el muy imbécil prefirió montar un show y me pidió que lo golpeara como al principio, sin levantar él las manos; yo supe inmediatamente que era una trampa y de güey me la hubiera creído. Igual aproveché su guardia baja, ello me daba la posibilidad de salirme rápido de la zona de peligro una vez adentrándome en ella, de manera que lo finteé y me le escabullí por un lado, él intentó asirme inútilmente y quedó en desventaja, casi vi yo la escena como en la película de Sherlock Holmes: en cámara lenta el grandote me descubría un poco su costado y de pronto tenía a mi merced el huesito sabroso de su pie, indefenso, vulnerable, desamparado. Por supuesto, no tuve piedad, le dejé ir el talón en cámara rápida y, aunque desde las gradas apenas debió haber parecido un conato de madrazo, yo sabía que le había hecho daño, el que podía hacer yo en mi calidad de David contra Goliat y que no valía sino sumándose al de muchos otros golpes. El mastodonte dio un saltito y se rio, fingiendo que no pasaba nada, pero en adelante se le notaba un leve cojeo al apoyar ese pie, lo que me permitió asestar un par de veces más patadas con planta similares, sin que se diera cuenta nadie, más que Gera y el afectado, de lo que estaba yo queriendo lograr. Cuando el gigante me tiró un patín y yo le di un codazo vertical ascendente justo arriba del talón escuché el grito de mi padrino fracasado: <<¡No mames no mames no mames, es la pinche avispa caza tarántula!>> Luego lo vi gritar como loco a la gente de las gradas, olvidándose de las formas, el respeto a Elcimarrón y el buen gusto: <<es la técnica de la avispa cazatarántulas, pinches perros>>. Y era cierto. Cada golpe que yo me había encargado de propinar llevaba un, digamos, “veneno mortal”. El mastodonte lo quería disimular, pero daba casi lástima verlo parado a base de pura actitud, ya sin fuerzas siquiera en ese rato para apretar sus puños. La pelea en lo sucesivo no tuvo nada de emocionante. Mi método, que mezclaba el Krav Maga y los movimientos de la Avispa Cazatarántulas que había yo analizado en mis largas madrugadas de preparación, no era muy espectacular. La pelea se fue aguadando a la par de la vitalidad de los miembros de mi oponente, que terminó por sentarse en la duela, incapaz a esa altura de mover sus manos y azotado en todas sus articulaciones por mi palma-aguijón (palguijón); ya bulto inservible a su causa y la de su reyezuelo: estaba vencido.

El fallo de Cristo Rey

Pero la pelea no terminaba hasta que uno de los dos se rindiera, muriera o lo dispusiera Elcimarrón. Reglas pendejas que en la historia de los duelos pata de la región norte del país habían cobrado inútilmente la vida de muchos contendientes según el noble sintiera o no reparado su honor: pocos eran los que decidían rendirse, según decía Gera. Estaba yo decidido a dar ese paso para librar del oprobioso peso al gigantón, y por supuesto para librarme yo de tener que darle matarile a nadie, cuando Elcimarrón se levantó de su asiento y profirió un <<hasta aquí>>, todo hinchado él de generosidad y buena vibra. De un movimiento teatral y exagerado saltó la barandilla para caer elegantemente en el lienzo, ante la estupefacción de la banda norteña, maravillada por la gracia de sus movimientos. <<Pinche Calamardo-Guapo de mierda>> pensé yo. Elcimarrón se acercó hasta su gladiador y se cercioró de que se encontraba bien. Le quiso palpar los brazos, pero el minotauro ya no podía contenerse más, soltó un “¡ay!” que le vino desde su yo más sensible. Elcimarrón lamentó su situación y le dijo bajito que pronto estaría bien. Ahora resultaba que se las quería dar de bondadoso, malnacido del carajo. Yo apoyaba mis brazos en mis piernas y recuperaba el aliento que me faltaba, sudando profusamente, cuando se aventó su choro, dirigiéndose a su séquito.

–Cristo Rey ha dado su fallo, este caballero (refiriéndose a mí, para estupor orgásmico de Gera) ha mostrado ser un hombre noble y esforzado y merece todo el reconocimiento mío y de ustedes –luego, dirigiéndose a mí–. Levántese, hombre, le extiendo mi mano y le aseguro hoy que la providencia me ha hecho aprender la lección. En adelante, y quiero que de esto quede constancia, lo digo frente a todos estos testigos, seré más tolerante con los incautos al volante y podrá usted contar en mí a uno más de sus amigos, como a un igual.

Los lambiscones en las gradas aplaudieron frenéticamente, gritando hurras y albricias a Elcimarrón por el eminente despliegue de virtuosidad nobiliaria. <<Qué tipazo, caray>>, <<ojalá me tendiera a mí esa diestra, primo>> <<ya quedan pocos pelaos de esos>> alcancé a escuchar mientras el aludido permanecía con su mano extendida, esperando que yo se la estrechase, y pues lo que a mí me nacía no era precisamente darle la mano, mis amigos, sino estamparle un putazo bien puesto en su bella y delicada naricita. No hice ninguna de las dos cosas. Me paré bien derechito y le dije que yo no podía enumerarlo entre mis amigos sencillamente porque, y aquí alcé la voz para que me oyeran en las gradas, <<yo no tengo amigos>>, y que lo único que me interesaba era que no se acercara él ni su gente a mí ni a mi perro. Y que si eso le parecía una “afrenta” siempre sabría dónde encontrarme; y que, ya que ante testigos y sobre todo ante la providencia me tomaba por caballero, como a un igual, no iba a tener de otra más que ponerse conmigo a los chingazos, si me lo permitía su merced. De manera que por mí ahí quedaba todo siempre y cuando se cumpliese mi sencilla petición. Que quedara constancia, grité (con sarcasmo por supuesto), y di media vuelta. Fueron pasos solitarios y silenciosos los que me alejaron de ahí. Esperé idiotamente una reacción rabiosa de Elcimarrón, como aquella de cuando me cerró con su coche y me gritó de todo. Ya tenía yo preparado mi “palguijón” para contrarrestar un eventual ataque por la espalda, un intento de humillación forzado o algo por el estilo, pero sólo alcancé a escuchar una especie de risa fingida. Apenas salí del ruedo la música se reanudó. Al parecer esta gente tiene protocolos de comportamiento para implementar ipso-facto ante la situación más bochornosa o (como diría mi hoy exnovia) peliaguda. Por más mal parado que había dejado yo a su merced el joven del Chipinque, nadie se había dado por enterado. En cambio, sí corrió la voz por ahí de mi “evidente” condición de hombre inferior, de mal ganador, de soberbio, de patán, de rústico etc. Resultaba que Elcimarrón me había tenido piedad y se había declarado satisfecho antes de que su campeón me pudiera dañar en serio, y que ingenuamente pensó que trataba con una persona razonable y de buenas costumbres y por ello había decidido considerarme como a un igual, actitud que yo había correspondido con el más vil de los gestos. A un noble le tocaba (ahora sí) dejar pasar esas canalladas y decidió dejarme ir sin más. Claro que por ahí debía tener yo mis fans porque también circuló la versión real de todo el zafarrancho, a su vez amplificada para hacerme ver como un héroe, como un mártir (que sí lo soy, mis amigos) entre esa bola de gente sinquehacer.

Del Gera debo decir que se vio obligado a regresar por su cuenta a Monterrey. Había tocado el cielo de la corte sampetrina y en un instante lo mandaron de regreso al “infierno” de la prole. Jamás me lo perdonó el infeliz e hizo de todo para enemistarme en el trabajo con mis superiores; pero como me lo confió en aquellos días, el lic. de la Vega simpatizaba con mi causa y Cristo Rey había fallado ya, de manera que gozaba yo de prerrogativas a las que él no tenía acceso por más que sus labios se hartaron de besar los cachetes peludos de toda la plana directiva. Igual no hice yo válido el privilegio de volver a estacionar mi coche en el parqueadero de la empresa, dado que me deshice a la primera oportunidad de él. He preferido desde entonces el transporte público, aunque a las horas pico sea inabordable. El gasto que hubiera hecho en el mantenimiento del roadster (sin mencionar las mensualidades) ahora lo ejerzo en cafés o cines a donde voy a matar el tiempo antes que los andenes del metro se vacíen (y todavía me sobra para un montón de cosas más). El regreso a casa lo disfruto mucho y siempre hay la posibilidad de escuchar a un buen cantante callejero, o a un payaso con buen material, o toparme con alguna chica ajena a las idioteces de esta ciudad chiflada. Es curioso que después de todo ese episodio del duelo cada vez me siento más como lo que antes consideraba un loco (ya hasta estoy trazando una ruta viable -esto es no mortal- para hacer mis recorridos en bici. Así es, con corbata y en Monterrey, donde atropellan gratis y los imbéciles rebasan por la derecha y los negocios usan las banquetas como estacionamiento). Pero esto no es ninguna contradicción, por ahí leí en mis noches en el café que en una colectividad de locos el único loco es el que no está loco, o algo así. La docta locura, dijo el Negro.

Y a todo eso, nunca supe qué carajos era eso de la mentada Lidia.


Luis Cerceta

http://www.ntficciones.com

Las cartas o el Adolfo poeta. Por Luis Cerceta

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