Si el fútbol realmente quiere ser incluyente y no centrarse en campañas para simular, que copie lo mejor de su parte más libre… el fútbol femenino.
david pérez | IG @davidperezglobal
La final de la Liga MX Femenil en el Volcán tuvo un espectáculo de medio tiempo con Turbulence y La Burrita Burrona. Hubo concursos, humor y fiesta. No hubo incidentes, ni censura, ni «debates» sobre la supuesta «propiedad» del contenido ni sobre las presentadoras.
El show está en video, difundido por cuentas de la liga y medios que cubrieron el evento. Es decir, en la máxima vitrina del fútbol femenino mexicano un espectáculo drag transcurrió como lo que es, entretenimiento.
La pregunta incómoda me resulta evidente, es un gran elefante en la sala, ¿por qué eso sí es posible en la final femenil, mientras en el futbol varonil cuesta incluso nombrar la homosexualidad de un jugador?
En la élite masculina, los ejemplos siguen siendo escasos y vulnerables. Josh Cavallo denunció abusos homofóbicos en la cancha y años después de salir del clóset, reporta amenazas de muerte diarias. Jake Daniels rompió décadas de silencio en Inglaterra y sigue siendo la excepción que confirma la regla.
En este contraataque quiero profundizar en el análisis de la asimetría en el clima cultural de ambas ramas del fútbol. La varonil está configurada por la masculinidad normativa (vestidor, marcas, agentes, medios) que penaliza al disidente. La femenil ha construido —con matices y tensiones— un campo más hospitalario para la diversidad, donde lo queer no amenaza el negocio sino que convive con él.
¿Qué configura a cada una de esas ramas del fútbol?
Fuerza simbólica del vestidor
En el fútbol masculino, aún persisten normas de homonegatividad y silencios que afectan la decisión de hablar. La evidencia comparada muestra que la hostilidad se mantiene en espacios clave (grada y vestidor) y que la minoría visible paga costos deportivos y de salud mental.
En el femenil, estudios de afición y de clubes muestran que hay más convivencia respetuosa con expresiones de género no heteronormadas y una mejor integración de las identidades diversas. Esta tolerancia y convivencia no elimina los conflictos, pero desactiva la ecuación que sí existe en el fútbol masculino, la cual dicta que salir del clóset es igual a perder el apoyo del vestidor.
Riesgo percibido por marcas y dirigentes
En el varonil, el conservadurismo comercial supone que un jugador abiertamente gay puede «polarizar audiencias». El caso Cavallo exhibe el costo reputacional personal, en el que incluso con apoyos públicos no es suficiente para reparar el daño, y claro que la consecuencia es que se desalienta a otros.
En el femenil, la diversidad se integra como valor de marca. La final con un show drag en el medio tiempo no quebró la taquilla ni el rating. Por el contrario, amplificó la conversación y la identificación con nuevas audiencias. Las cuentas oficiales de la Federación promueven el espectáculo sin controversia punitiva.
Narrativas mediáticas
En el varonil, muchos relatos aún romantizan un arquetipo viril que choca con las salidas del clóset. Y cuando esto surge, la prensa aborda el hecho mayormente con dos narrativas muy marcadas, la efeméride o el morbo. Casos como el de Jake Daniels son tratados como rarezas históricas.
En el femenil, la visibilidad de docenas de jugadoras y entrenadoras abiertamente LGBTQ+ en Mundiales recientes normalizó el tema, al menos fuera de México, lo que reduce el costo de hablar. Por ejemplo, en 2019 se contó con 41 participantes abiertamente LGBTQ+ en el Mundial femenil y para el Mundial siguiente de 2023 fueron un poco más del doble, 95 participantes, que representaron el 13 por ciento del total de las jugadoras.
Grada y performatividad pública
La grada masculina, donde se incuban cánticos y controles de pertenencia, sigue siendo un termómetro muy cruel. El jugador profesional Nacho Ruiz denunció este noviembre que en un partido de Segunda RFEF en España sufrió expresiones vejatorias, «maricona, niñata, hija de puta» le gritaron. Y para hablar del caso mexicano, basta recordar los gritos homofóbicos en los partidos recientes de la Selección Nacional masculina.
En el entorno femenil, el espectro de aficionados es más diverso y las prácticas de pertenencia menos excluyentes, lo que abona a que un show drag de medio tiempo se viviera como una fiesta y no como una «provocación».
Para tomar una muestra de la recepción del evento por parte de las audiencias, puedes revisar los comentarios en la publicación que hizo la cuenta oficial en Facebook de la Liga BBVA MX Femenil. Es interesante observar quién comenta y en qué sentido lo hace. Las coincidencias no son casuales.
Las típicas objeciones que tengo que discutir con mis tíos
— «El fútbol es deporte, no agenda.»
El fútbol siempre es agenda. Fingir neutralidad es la forma más cómoda de conservar sesgos excluyentes.
— «En el varonil ya no hay homofobia; sólo falta que alguien hable.»
Cuando quienes hablan reciben abusos y amenazas, no es asunto de «valentía individual», es de estructuras. Sin cambiar las reglas del entorno (clubes, ligas, seguridad, medios), el costo de expresar una identidad fuera de la heteronorma sigue siendo muy alto.
— «La final femenil fue una excepción local.»
No necesariamente. Es verdad que las artistas drag que participaron en el medio tiempo son de Nuevo León y que el equipo dominante del futbol mexicano femenil es también del mismo estado. Al mismo tiempo, ese espectáculo es una muestra más de un proceso global donde el fútbol de mujeres incorpora a la diversidad como parte de su medio y no como escándalo.
El medio tiempo con Turbulence y La Burrita Burrona no fue necesariamente un manifiesto, fue sobre todo un show de entretenimiento. Y precisamente por eso importa, porque normaliza una presencia históricamente perseguida en el fútbol varonil. No hubo disturbios, ni «ofendidos» en masa, ni comunicados defensivos del club o la liga. Hubo un espectáculo. Las cámaras oficiales lo promocionaron, como debe ser cuando el fútbol asume que su público es plural.
El contraste no es un capricho. El fútbol varonil se configuró como aduana de la masculinidad. El fútbol femenil se ha desarrollado más como una plaza pública donde cabe la diversidad. La final en el Volcán lo hizo visible, un show drag pudo ser sólo un show, y justamente eso, el hecho de que no pase nada, es en realidad, lo que debiera de pasar. Si el fútbol realmente quiere ser incluyente y no centrarse en campañas para simular, que copie lo mejor de su parte más libre… el fútbol femenino.
¿Se atreverá la liga mexicana a romper estereotipos e invitará nuevamente a Turbulence y a La Burrita Burrona a la final varonil de fútbol?

david pérez
Analista con formación en filosofía, historia, resolución de conflictos y derechos humanos. Ha sido columnista en El Siglo de Torreón, Grupo Reforma y Grupo Milenio. Dirigió el grupo de investigación en materia de derechos humanos del Mecanismo de Esclarecimiento Histórico que investigó las violaciones graves a los derechos humanos cometidas en el periodo de 1965 a 1990 en México. Actualmente conduce el podcast Hacer las Paces y dirige la editorial independiente Pacífico Global Media.
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