El día que González Pedrero y Octavio Paz se encontraron en Estocolmo (nota de Miguel Reyes Razo en OEM-Informex)

Foto: Cuartoscuro.

Era diciembre de 1990. Enrique González Pedrero abandonó la Embajada de México en España -el caserón en Madrid- para acompañar al poeta Octavio Paz a la ceremonia en que recibiría el Premio Nobel de Literatura

Miguel Reyes Razo | OEM-Informex

“Venga. Acompáñeme. Aquí, en Estocolmo está, hay un cuadro de Rembrandt muy famoso que quiero ver. Vamos” -instó, convidó Don Enrique González Pedrero.

Era diciembre de 1990. Abandonó la Embajada de México en España -el caserón en Madrid- para acompañar al poeta Octavio Paz a la ceremonia en que recibiría el Premio Nobel de Literatura.

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Riente, festivo, bromista -“las pescaba al vuelo”-, Don Enrique González Pedrero formaba en la comitiva del poeta. Don Miguel de la Madrid -ya Director del Fondo de Cultura Económica- editor de las obras del autor de “El laberinto de la soledad”. Ramón Xirau. El Doctor Teodoro Cesarman, quien, como muchos, vistió aquella noche un traje de etiqueta que rentó en Casa Marcelo, de Álvaro Obregón.

Ahí estaba Enrique Krauze. Y Guillermo Tovar y de Teresa, cronista sobrino de Antonia Loaeza, esposa de Agustín García López Santa-Olalla, embajador de México en Suecia.

“El Rector Ignacio Chávez era un hombre que rayaba en lo autoritario. Mostraba la fuerza de su razón. Le complacía hacerla sentir. Buscaba la verdad. Se imponía”.

“Será usted Director de Ciencias Políticas”, -me comunicó.

Agradecí y me puse a trabajar. Reuní un equipo de trabajo muy interesante. Concluí y acudí a la Torre de Rectoría a comunicárselo.

“¿Designó ya usted a todos sus colaboradores, Licenciado?”- me preguntó el Rector.

“Si, ya. Desde luego señor. Tengo listo a mi equipo”.

“Está bien. Adelante. Aunque debió usted consultarme alguna de esas designaciones”.

Con Pascual Bellizzia, senador por Tabasco, se cruzaban historias de ambición, rencor. Auge del tinte que salía de Tabasco para el mundo. Lo acabó la aparición de las anilinas. Entre esos cruces y la temperatura de aquel mediodía en Villahermosa no quedó más que pensar , descubrir.

“Aquí comienza Macondo”.

El Presidente Luis Echeverría siempre cargó una pequeña pistola en el bolsillo derecho de su pantalón. Me llamó. Me hizo Director del Centro de Formación de Cuadros del PRI. Y Secretario General de nuestro partido.

“Me presenté ante Don Jesús Reyes Heroles. Éramos -yo lo creía así- amigos. Lo admiraba.

“Vaya, ya está usted aquí. Un consejo. O advertencia. Entienda. El PRI no es ese grupo bullicioso que escandaliza con tambores y sirenas. No se deje engañar. ¿Entendido?

Enrique González Pedrero acompañado de carlos Salinas de Gortari. Foto: Twitter @jaguarin66

Le gustaba el GlenLivet 12 años. Y la buena mesa. Frecuentaba el San Ángel. Disfrutaba la conversación. Se lucía. Se interesó por la comunicación, la literatura. Adoraba a su mujer. Señora cubana Julieta Campos. Mujer discreta. Vivió los días de Estocolmo.

Llegó a dirigir el IEPES. Cerebro de las campañas presidenciales. Receptor-planeador del ritmo, giro de la campaña sexenal Desde ahí se proyectó Carlos Salinas de Gortari. Manejó la gira de De la Madrid. Y ahora era la hora de González Pedrero.

No dio “chispa”. No la que se esperaba. La que imaginó. Efímero Secretario de Educación.

Reunió a un grupo de alumnos, los tentó la idea de producir una obra monumental. “País de un Solo Hombre. El México de Santa Anna”. El Fondo de Cultura Económica imprimió dos formidables tomos. Don Enrique González Pedrero mudó de partido.

Halló un formidable alumno , leal colaborador y constante amigo en José Antonio Álvarez Lima. El Senador está de duelo.

Allá donde comienza Macondo está buena parte de su historia.

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