Por varias semanas, el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), ha estado haciéndome reproches. Tachándome de “aspiracionista” e “individualista”, de darle la espalda al prójimo, de apoyar gobiernos corruptos bajo la máxima de “el que no transa, no avanza”, de querer ser como “los de arriba” y de tratar de encaramarme lo más posible sin escrúpulos morales de ninguna índole. El porqué, la derrota electoral que Morena sufrió en la Ciudad de México, el Estado de México, así como en varias de las capitales de las entidades federativas. Qué ¿quién soy? La clase media, por supuesto.
Aquella formada por la clase media-alta, la media-media y la media-baja. La primera, alcanza a visualizar la posibilidad de seguir ascendiendo en la escala social y lograr el nivel de vida que, haga lo que haga, se ve lejos, lejos, muy lejos. La de “en medio”, lucha por mejorar o, al menos, por no descender a la media de abajo o a la clase que está más debajo de la media de abajo. Esta última, se esfuerza rabiosamente por no aumentar las filas de los pobres, ante su gradual empobrecimiento. Parece esto un gracioso juego de palabras o el dialogo de una comedia de enredos; pero, no lo es.
Sin embargo, no hay un acuerdo sobre cuánta gente me forma y dónde comienzan o terminan mis segmentos. De acuerdo con el Inegi, el 40% de la población en México es clase media. Pero, si se pregunta a la propia gente a qué clase pertenece, se encuentra que aproximadamente el 37% de la población se considera de clase media-baja y otro tanto de media-media, que sumado a quienes se consideran de clase media-alta supondría que alrededor del 80% de la población se considera clase media, según datos de Francisco Abundis de Parametría (Entrevista radiofónica con Ricardo Rocha del 25 de junio).
Lo que sí puedo asegurar, es que soy la clase que lucha todos los días, sin importar si estoy arriba, en medio o abajo, por mejorar o mantener el nivel de vida de sus padre y madre, quienes tuvieron la suerte de haber formado a su familia en los años del llamado Estado Benefactor (1940-1982). Aquellos en los que las clases populares y la clase media, o las clases medias por mejor decir, iban en ascenso, pues quien andaba descalzo compró huaraches, quien usaba huaraches calzó zapatos, quien ya los usaba se compró una bicicleta, quien la tenía pasó de esta a la moto y de ahí al coche.
El tiempo en que los estudios prometían un empleo y con este una mejor vida. La época en que había un futuro que alcanzar. Los dorados años en que con el trabajo venían la seguridad social y una jubilación digna, misma que obtuvieron gran parte de nuestros padres y madres. Las décadas en que la clase media, en número importante, tenía casa (o dinero para pagar una renta), coche, moto, bicicleta o dinero para la combi, comida en la mesa tres veces al día, recursos para enviar a sus hijos e hijas a la escuela, la universidad pública incluso, aunque hubiera que hacer sacrificios.
No se desconoce, por supuesto, que en algunas partes del país este desarrollo no llegó o no provocó los efectos de ascenso social deseados.
Pero donde sí los hubo, de pronto todo cambió. La certidumbre absoluta de que el futuro sería mejor desapareció. Nuestra vida se convirtió en una hoja en blanco, la ruta de una existencia predecible desapareció: infancia, adolescencia, primera juventud y estudios; madurez y empleo; familia, hijes, casa, coche y ahorros; vejez cubierta por una decorosa jubilación, como afirma Richard Sennett en su ensayo La cultura del nuevo capitalismo (2006) (disponible en la Red).
La incertidumbre se convirtió en la regla. Nada estaba escrito, mucho menos asegurado. Valió poco todo: estudios, idiomas, experiencia, sueños y esperanzas. Una tras otra, las crisis (1982, 1994, 1997, 2008) nos fueron quitando más y más. Y, como si no bastará, los gobiernos neoliberales dejaron cuanto pudieron a la competencia del mercado, menos los salarios, dizque porque causaba inflación. Fue así como nuestros salarios perdieron el 80% de su valor adquisitivo. En contraparte, los precios siguen el ritmo impuesto por un capitalismo voraz y depredador.
Debíamos entonces correr tras las oportunidades que comenzaron a escasear, conforme el desempleo y la precarización del trabajo aumentaban. La competencia que el capitalismo ha impuesto como un valor, nos obliga a ver a los otros como los enemigos a superar. Como en una guerra sin cuartel, comenzamos a luchar por los empleos bien remunerados que escaseaban año con año.
Por si no bastara, la estructura ocupacional cambió pasando de empleos poco calificados a la exigencia de gente cada vez más preparada en materia de conocimiento y nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Poco a poco, las licenciaturas perdieron valor y las especialidades, las maestrías, los doctorados, los posdoctorados, las certificaciones se volvieron la regla, al tiempo que las oportunidades para ingresar a instituciones educativas de prestigio seguían siendo reducidas. En 2010, las personas con doctorado no alcanzaban a llenar el Estadio Azteca, alrededor de 73 mil personas, de acuerdo con datos del centro de investigación de Bancomer (BBVA). A pesar de que en México se han logrado importantes avances en torno a la proporción de jóvenes adultos (25 a 34 años), que completan la educación superior, la cual se incrementó del 16% en 2008 al 23% en 2018, se calcula que sólo el 0.1% de la población de 25 a 64 años en México contaba con doctorado en ese año. (Datos de la OECD, “Education at a Glance 2019”, Country Note).
Por supuesto, el reducido número de personas que logran llegar a estudios de posgrado lleva a mirar hacia abajo, hacia donde las oportunidades de educación son menores y hacia donde la precarización del trabajo se vuelve mayor en materia de número de empleos disponibles, nivel salarial y condiciones laborales.
Pero las exigencias no paran ahí: rentas, impuestos, intereses, obligaciones, el sueño de ofrecer a las hijas y a los hijos, por lo menos, lo mismo que nuestros padre y madre nos dieron o, en su caso, lo que no tuvimos, no se detienen.
Cierto, debo confesarlo, el presidente de la República tiene razón, a qué negarlo. Soy esa clase media “aspiracionista”, pero, no alcanzo a entender porque eso es malo. Porque es negativo que “aspire”, como clase, a mejorar las condiciones de vida de mi familia y sí, también las mías.
No creo cometer un pecado. Al final, mi aspiración no apunta tan alto. Consciente estoy de la imposibilidad de ser como Jeff Bezos, Bill Gates o Carlos Slim. Nunca pasaré unas vacaciones en Dubái ni me hospedaré en el hotel más caro del mundo. Jamás recorreré el planeta montada en un deportivo, ataviada con ropa de diseñador. No nadaré en las playas más exclusivas ni tendré reservaciones en los restaurantes más caros, no digamos del mundo, de México.
Solo quiero poder enfrentar los gastos cotidianos: llevar comida a la mesa 3 veces al día, tener dinero para terminar de pagar la casa, pagar los estudios de mis hijos e hijas y cubrir sus necesidades y, si alcanza, comprar un coche y tener vacaciones cuando se pueda. Quisiera también, aunque eso va quedando al nivel de los sueños, una vejez digna producto de una vida de trabajo. Egoísta, tal vez, de nuevo el primer mandatario tiene razón, aunque pierda de vista que he reducido mis expectativas conforme el capitalismo me golpea, una y otra vez.
En realidad, estoy cansada de que me llamen “reaccionaria”, “acomodaticia”, “aburguesada”, “arribista”, “aspiracionista”, “individualista” olvidando las veces en que de mis filas han salido ideólogos y militantes de grandes movimientos sociales, como la misma Cuarta Transformación (4T), estudios que muestran las áreas de la vida social en que la injusticia, la mala distribución de la riqueza, la violencia, la inseguridad, la impunidad hacen su nido, así como propuestas de mejoría, entre otras cosas.
Me duele que se dejen fuera de la memoria histórico-política los movimientos sociales que como el de los Médicos de 1964-65 y el Estudiantil de 1968 y 1971, dieron paso a procesos de democratización que aun hoy hacen de México un mejor país. Que se olviden los hijos e hijas, de la clase media, que han ofrecido tiempo, inteligencia, esfuerzo, vida inclusive a favor de los demás (del prójimo como diría el presidente López Obrador), como partícipes de los movimientos mencionados o como miembros de la guerrilla urbana de los años 70, por ejemplo.
Y ahora resulta que, dejando de lado el enorme pragmatismo político visto durante estas elecciones, se me reproche hacer lo mismo y ser la causante de que Morena perdiera en aquellas plazas que asumió seguras. ¿Es acaso que sólo los partidos políticos y sus cuestionables candidatos y candidatas son los únicos con derecho a mirar por sus intereses y aliarse con miembros del PRI, del PAN, del PRD y otros indeseables partidos? ¿No puedo yo, como clase, hacer lo mismo y ver por mis propias necesidades? Pregunta retórica. No existe, en las sociedades complejas, una clase social (baja, media o alta) o segmento de esta que voté totalmente en la misma dirección. Aunque haya puntos en común al interior de cada clase social, fragmento poblacional, entidad de la República, municipio, alcaldía, comunidad existe una enorme diversidad en materia de necesidades e intereses, y qué decir de la identidad partidaria y las preferencias electorales.
Así lo muestran los estudios que en materia de geografía electoral ha realizado el doctor Willibald Sonnleitner, investigador de El Colegio de México, citado en el artículo de El País, “La clase media: el último enemigo de López Obrador”, del 19 de junio, para quien el mapa que muestra a la CDMX dividida entre quienes votaron por la derecha (ricos) y quienes votaron por Morena (pobres), no permite dimensionar la complejidad y diversidad del voto en esos lugares. (Para ahondar en esta argumentación, se pueden buscar en la página de Aristegui Noticias las entrevistas que la periodista ha hecho a Sonnleitner).
En el mismo artículo, se entrevistó a Francisco Abundis, director de Parametría, quien afirmó que es un error tratar de inferir la decisión de un voto en función de segmentos de población en lugar de observar tendencias. Esto es, habrá que preguntarse por qué “La gente de más ingresos (más de 15 mil pesos mensuales) y estudios (universitarios) que en 2018 votó por él (AMLO), ya no está votando por él, sino por el PAN”. Asimismo, Abundis sostiene que el ser clase media, no depende sólo del nivel económico, sino de la auto adscripción a la clase media baja, media y alta y que de esta auto asignación se derivan las tendencias que llevan a votar por Morena y el PRI, las dos primeras, y por el PAN el amplio sector que se auto adscribe a la clase media alta.
Así presentada, la dificultad para saber qué factores determinan contundentemente quiénes pertenecen a la clase media en general, y a alguno de sus fragmentos en particular, y por qué partido votan, me pregunto a quiénes concretamente se refiere el primer mandatario cuando afirma que uno de mis segmentos siempre ha tenido las características negativas enunciadas al inicio.
El riesgo de las generalizaciones presidenciales podría llevar a que un número importante de mis integrantes, millones, se sientan aludidos o aludidas y decidan, si aún lo hacen, no apoyar con su voto a la 4T en 2024.
Un poco de autocrítica sería deseable. ¿Qué hicieron o dejaron de hacer el presidente de la República y Morena por los sectores de la clase media-media y media-alta que votaron por ellos en 2018 y, asumiendo sin conceder por eso de la complejidad, y no refrendaron su voto en esta elección?
Asumir que solamente en mis filas, entre quienes tienen licenciaturas y posgrados, es posible manipular la intención de voto, es no ver que existen muchos factores que inciden en la dirección del voto, como indica Sonnleitner en sus estudios y en el libro Lo que el voto se llevó. La descomposición del pacto posrevolucionario en México, y que bien pueden conducir a un resultado electoral no deseado. Entre ellos, una mala operación del territorio por parte de Morena, el descuido de sus posibles votantes, las acusaciones del propio presidente en contra de las feministas (que no solo pertenecen a la clase media, sino que cruzan todo el espectro socioeconómico-político cultural mexicano), los recortes presupuestales a algunos de los programas dirigidos a las mujeres, a ciencia, tecnología y cultura, las generalizaciones en contra de la sociedad civil y otras generalizaciones más, por ejemplo. Así como la falta de un discurso que tendiendo al centro aglutine las voluntades y el amplio rechazo de la sociedad en contra de los gobiernos anteriores.
Ciertamente, no soy en la totalidad una clase social muy politizada, aunque un grupo reducido de mis integrantes sí lo sea. Sin embargo, yo pregunto a los políticos ¿qué hacen para cambiar esa situación? Todos, no únicamente los de Morena. Hacia dónde se dirigen sus esfuerzos cuando no se encaminan a crear ciudadanía, a darme aquellos elementos que, más allá de la propaganda, me permitan formarme juicios más certeros de lo qué mi país necesita y de lo qué debo hacer por él.
De hecho, asumir que todas y todos los integrantes de mi segmento medio-alto, leen El Reforma, The New York Times o El País, es mucho decir. No hay que olvidar, que la gran mayoría de la población se encuentra en el “círculo verde”, aquel que no consume información de calidad y obtiene su información política de la televisión básicamente, y no del “círculo rojo”, en donde se ubican quienes saben informarse y son capaces de discernir, entre diversas fuentes de información, aquellos medios más cercanos a la imparcialidad. Por supuesto, la gente que cuenta con más recursos tiene más posibilidades de allegarse a este tipo de información y de contrastar posturas y datos, lo cual de cualquier manera no ocurre de manera inequívoca. Como ya se dijo, en torno al voto, para que esto ocurra inciden muchos otros elementos.
Sin embargo, debo decir que muchos, muchas de nosotros nos dimos la oportunidad de votar por la 4T, en 2018, apostando a un proyecto que resolviera los problemas dejados por el PRI y el PAN, pero, decidimos volver a la seguridad de lo que conocíamos, no por corruptos ni acomodaticios, sino por pensar que nuestras necesidades no estaban siendo atendidas por el gobierno de la 4T. Las mujeres, por ejemplo. Espero que lo que digo no sirva ahora para culpar a las mujeres, feministas en especial, de la derrota de Morena.
Hacer una lectura de clase, en lugar de profundizar en aquellas acciones y dichos que, tanto del presidente López Obrador como de Morena, nos alejaron, podría apartarnos aún más del proyecto que estuvimos dispuestas y dispuestos a apoyar.
Creo yo, como clase media, que me decidí a apostar al triunfo de AMLO en 2018 por su corrimiento al centro, por su República Amorosa, por un discurso que, partiendo de “primero los pobres”, me permitió sentirme incluida en su proyecto de país. Cómo no estar de acuerdo con la lucha contra la corrupción, la desigualdad, la violencia, la inseguridad y la impunidad. Cómo no soñar con un México en que todos y todas podamos ser felices.
El punto entonces es: ¿podrán el presidente de la República y Morena convencerme de nuevo para que vote por ellos en 2024? O ¿seguirán culpándome de una derrota que no fue gestada por mí sino por sus acciones, dichos y errores de operación, mismos que fueron utilizados y magnificados por sus adversarios políticos? ¿seguirán alejándome en lugar de atraerme a partir de un bien articulado discurso conciliador, acompañado de acciones congruentes? ¿seguirán dando a la oposición los insumos para atraerme o me brindarán los datos duros que me permitan conocer lo que se está haciendo bien en esta administración? ¿me harán sentir incluida en su proyecto de país, con acciones que apoyen la atención a mis necesidades y mi contribución a la mejora de los más pobres, o me expulsarán de plano por ser, a sus ojos, “manipulable”, “aspiracionista” e “individualista”?
*La primera parte puede ser leída en Revolución Tres Punto Cero, 24 de octubre 2013.


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