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A AMLO le urge una victoria cultural: las banderas de la corrupción, los pobres y la satanización de las clases medias no alcanzan. Autor: José Reyes Doria

Foto: Cuartoscuro.

@jos_redo

A groso modo, digamos que la victoria cultural de un régimen o de un gobierno es la implantación de una serie de políticas, ideas o valores, aceptados en lo general por la sociedad y por la clase política, incluso por los “derrotados”. Desde luego, las acciones de gobierno y las reformas basadas en ese ideario, forman parte sustancial de una victoria cultural, sobre todo cuando se aceptan y aplican aún si el gobernante ya no está en el poder o aún si, estando, no tiene suficiente poder para realizarlo por sí solo.

Podemos mencionar el caso de Licurgo (800-730 A.C.), quen logró la integración y la gloria de Esparta, incluida una Constitución que todos los espartanos, pobres y ricos, respetaban. Consciente de que en gran medida esos logros se debían a él mismo, pensó que al morir podría generarse el caos. Así que decidió marcharse, dijo que iba a consultar al oráculo de Delfos sobre el futuro de Esparta y pidió que, en tanto no regresara, se siguieran gobernando con las leyes e instituciones que él creó. Nunca regresó. Los espartanos respetaron su obra legislativa e institucional, y expandieron su poder por siglos. Gran victoria cultural.

Otro caso, terrenal y prosaico. En el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, el PAN, sin gobernar directamente, reclamaba para sí la victoria cultural de la ideología panista, alegando que el gobierno salinista estaba realizando todas las propuestas de política económica que el PAN había impulsado (privatizaciones, libre comercio, contención monetaria, reducción del gasto social: neoliberalismo puro). El propio Salinas, ya rayando en el cinismo, también ha reclamado la victoria cultural de su recetario de políticas neoliberales, pues siguen aplicándose hasta hoy en México.

Al Presidente López Obrador le urge una victoria cultural. La guerra contra las clases medias es una muestra de que no ha logrado implantar de forma irresistible los valores, las ideas o las políticas de la llamada Cuarta Transformación: por eso construye todos los días nuevos enemigos. El Presidente está molesto con las clases medias, porque, piensa, se dejaron manipular y votaron a favor de los corruptos de PRI, PAN y PRD en la Ciudad de México. Pero esta ofensiva se ha vuelto visceral y contradictoria, adoptando condenas religiosas y moralinas. Al señalar que las clases medias desinformadas encumbraron a Hitler, establece veladamente un símil con las clases medias mexicanas que apoyaron al PRIANRD en la CDMX, e incurre en terrenos pantanosos que nada bueno dejan a nadie y casi siempre se le revierten al emisor.

La guerra contra las clases medias, además, parece improvisada. En Palacio Nacional no tenían reservas discursivas para un escenario de derrota estruendosa como ocurrió en la CDMX. Aunque a nivel nacional tuvieron resultados electorales bastante buenos, López Obrador sabe que las elecciones del 6 de junio enviaron un duro mensaje de advertencia. Morena obtuvo el 35 por ciento de los votos, lo cual está muy lejos constituir un mandato incontrastable. El mensaje es claro: si la oposición va con un solo candidato presidencial en 2024, puede arrebatarle la Presidencia de la República a Morena y enterrar la Cuarta Transformación.

Este escenario explica la temeraria apuesta de satanizar a las clases medias y hace patente que AMLO no ha podido consolidar la victoria cultural de la llamada Cuarta Transformación. Pocos entienden en qué consiste la 4T, el propio López Obrador difícilmente elabora una narrativa más allá de los ejes temáticos del apoyo a los pobres y el combate a la corrupción. La forma en que se aplican estas banderas poco ayuda a cristalizar la noción de una victoria cultural inapelable. El apoyo a los pobres tiene gran legitimidad, pero su eficacia política se pierde cuando se privilegia la entrega de dinero por encima de la formación de capacidades de la gente para que dejen de ser pobres; cuando se concibe a los pobres como meros beneficiarios pasivos; cuando esto se acompaña con una retórica de confrontación radical con otros sectores sociales como, ahora, las clases medias.

Así tratados, los pobres pueden desarrollar apego y lealtad al gobierno, pero no necesariamente la sensación de formar parte de una victoria política que los reconoce como iguales. Además, el resentimiento social inducido suele volverse contra el propio gobierno dador de apoyos.

El combate a la corrupción también tiene una gran legitimidad. Pero luego del sexenio de Enrique Peña Nieto, colosalmente corrupto, el odio a la corrupción es más una cuestión pasional que un pilar poderoso para fincar la narrativa de la victoria cultural. AMLO arrasó en 2018 porque la gente decidió creerle que acabaría con la corrupción y el despilfarro. Pero no ha castigado a ningún pez gordo de los sexenios anteriores y difícilmente lo hará; no importa, el 60 por ciento de la gente lo seguirá apoyando, aunque difícilmente eso alcanzará para que el combate a la corrupción se convierta en el eje de la victoria cultural de la llamada Cuarta Transformación.

Por lo tanto, no hay nada parecido a una victoria cultural de AMLO. Es verdad que apenas lleva tres años, pero el ideario de López Obrador tiene al menos 20 años presente en el escenario político, desde su campaña para Jefe de Gobierno de la CDMX, en el 2000.

Vale reiterar: el apoyo a los pobres y el tema de la corrupción no alcanzan para la victoria cultural inapelable. Tal vez si AMLO impulsa y logra, por ejemplo, la seguridad social universal; y si metiera a la cárcel a Peña Nieto o a Felipe Calderón y castigara ejemplarmente la corrupción de arriba y la de abajo en su gobierno. Solo así estas banderas abrirían la posibilidad de una victoria cultural, pero difícilmente ocurrirá tal cosa, dada la concepción obradorista de los pobres y la corrupción.

Hasta el propio John Ackerman lo ha dicho recientemente: si no se rescata el impulso transformador, Morena y la 4T se quedarán en la mera reedición del sistema de partido de Estado, con mucho muchas posiciones políticas, pero sin referentes éticos ni sociales. Sin victoria cultural, agregaríamos.

El gobierno de AMLO y el propio Presidente tienen elementos para conseguir esa victoria cultural. Sin embargo, los disparos indiscriminados, como la satanización de las clases medias, lo alejarán cada vez más del logro de ese objetivo. El exceso verbal de afirmar que se impulsa una revolución de las conciencias evoca episodios funestos como la revolución cultural china o la Camboya de Pol Pot y la pesadilla de la reeducación forzada. Debe entender que las victorias culturales casi siempre se arropan de realizaciones incluyentes, de promesas para todos, al menos en el discurso.

Las exclusiones y las confrontaciones exacerbadas pueden hacerse infinitas y destructivas. Recurrir a simplismos retóricos como culpar a las clases medias de encumbrar a Hitler, no es recomendable porque las respuestas pueden ser de igual o mayor virulencia: por ejemplo, las clases medias ofendidas pueden responder, como la yo hacen, que a Stalin, igual de sangriento y totalitario que Hitler, lo encumbró el pueblo bueno.

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