Delfina acabó de matar al PRI. ¿Pero cuánto más vivirá el priismo? Autor: José Reyes Doria

Imagen ilustrativa. Foto: Cuartoscuro.

José Reyes Doria.

1.- POR QUÉ ESTÁ MUERTO EL PRI

Para efectos político-históricos, el PRI acabó de morir al perder la gubernatura del Estado de México, porque ese último bastión constituye toda una plataforma de recursos económicos, presupuestales, políticos y mediáticos. También, es una reserva de 12 millones de votos, cruciales para posicionar y movilizar cualquier estrategia electoral nacional. El PRI se queda solo con dos gubernaturas, Coahuila y Durango, de importancia realmente menor, más aún: no las habría podido ganar sin aliarse con el PAN, es decir, el PRI realmente ya no tiene ninguna gubernatura por sí mismo. Por lo tanto, podemos extender el acta de defunción del PRI histórico que reinó 70 años en México.

Borrado “del territorio”, lo más probable es que en 2024 el PRI no aumente sus bancadas en el Congreso, donde ahora solo tiene 13 de 128 senadores y 69 de 500 diputados. Difícilmente ganará un distrito, en las elecciones de 2024, y casi imposible que gane un estado para efectos del Senado, es más, tal vez ni siquiera logre el segundo lugar en ningún estado para poder obtener un senador de primera minoría. Si hoy su presencia en el Congreso ronda el 12 por ciento, es esperable que en 2024 baje a un 5-8 por ciento. El resto de su vida formal será testimonial.

A las debilidades antes señaladas, debemos agregar el hecho de que el PRI es objeto de un inmenso desprestigio bien ganado por su indolente historial de corrupción, abuso e impunidad. En casi todo el país, el PRI es el partido más repudiado, y encarna los agravios y resentimientos políticos más profundos y duraderos. Mucha gente preferiría votar por un caballo que por el PRI. Su situación está coronada por una clase dirigente que parece tener la misión de acelerar su extinción. La dirigencia formal del PRI está en manos de políticos que presentan graves señalamientos de corrupción, y que, además, han mostrado en repetidas ocasiones un claro desinterés por revivir al partido y una tremenda falta de oficio y talento. Los liderazgos históricos del tricolor, que tienen la vida resuelta por el patrimonio que acumularon por décadas, por su parte, juegan a imaginar corrientes renovadoras como si el PRI tuviera el tamaño de antes para repartir pedazos de poder a todos.

2.- ¿Y EL PRIISMO?

Digamos que el priismo es una ideología política que se propuso hacer realidad el programa y los ideales de la Revolución Mexicana en materia de justicia social, derechos laborales, elecciones libres, defensa de la soberanía, derecho a la salud y a la educación, todo ello a partir de un Estado centralizado en la persona del Presidente de la República en turno. Esa es, digamos, la cara buena del priismo. La cara indeseable tiene que ver con la corrupción y la impunidad descomunales que se convirtieron en pilares de la organización política y el ejercicio del poder. La corrupción y el patrimonialismo, estaban en la base de la concepción del Estado como una propiedad personal de la élite. Desde luego, el señor Presidente era la cabeza incuestionable que daba y quitaba, todopoderoso pero siempre limitado por el tiempo sexenal y el acuerdo explícito de que cada sexenio el péndulo se movía para que entrara otro grupo o facción de la familia feliz a gozar de las delicias del poder.

En su cara buena, el priismo creó instituciones que hoy siguen vigentes en el Estado y la sociedad mexicanos, tales como el IMSS, El Banco de México, las Universidades, PEMEX, la educación pública, los derechos laborales, etcétera. En su faceta perniciosa, el priismo se convirtió en una cultura política que se condensó en ideas cargadas de cinismo realista como: “hay que tener poder para poder tener”; “el que no transa no avanza”; “la moral es un árbol que da moras”; “un político pobre es un pobre político”; “vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”; “la ignominia antes que la renuncia”; y muchas más. Esta arraigada forma de relacionarse con la cosa pública, las leyes y los derechos de los demás, requería de un arreglo político sumamente vertical. Exigía reconocer al Presidente como la cabeza de la pirámide, pero comprometido a dejar hacer y dejar pasar a los demás miembros de la oligarquía político-económica.

El sistema priista necesitaba ser sumamente autoritario para colmar las ambiciones de las élites y hacer funcionar el gobierno. No era concebible la menor oposición política, ni siquiera pensar en contrapesos intolerables como el Poder Judicial, o el Poder Legislativo: en el primero mandaba el Presidente sin discusión alguna, y en el segundo, a través del PRI, también se hacía lo que decía el Presidente sin pudor alguno. La prensa estaba sometida, así como la Iglesia, los sindicatos, las academias, etcétera. Como decíamos, el lubricante de este arreglo sumamente autoritario, era la corrupción, la impunidad y la complicidad, factores que hacían posible que toda la élite recibiera generosas porciones del pastel público al costo de venerar al tlatoani presidencial, el ogro filantrópico, como lo llamó el gran Octavio Paz (filantrópico solo con sus compinches).

Entonces, ¿ha muerto el priismo con la extinción del PRI? Recordemos que el PRI perdió la Presidencia en el año 2000, pero ni el gobierno de Fox ni el de Calderón, se alejaron un ápice del priismo, salvo en la retórica ideológica, pues los panistas gobernantes manejaron el discurso del bien común, la decencia y demás. Felipe Calderón llegó a decir que “todos llevamos un priista dentro”. En ese sentido, al paso de los años, hay quienes afirman que, en realidad, Fox y Calderón eran casi priistas, tanto por la ideología neoliberal que colonizó al PRI en los años ochentas, como por su gusto por el autoritarismo y la veneración a la figura presidencial.

En 2012, increíblemente, regresó el PRI al poder con Enrique Peña Nieto. Pero parece que ese regreso solo fue para acabar de robar y atropellar lo que había quedado pendiente en los 70 años que gobernaron antes. Por lo tanto, si tomamos la hipótesis de que Fox y Calderón eran priistas de clóset, podríamos decir que el priismo gobernó al país de 1929 al 2018. Inmediatamente surge la pregunta: ¿con la llegada del presidente López Obrador, se acabó el priismo como cultura política y forma de gobierno?

3.- AMLO Y EL PRIISMO

En mi opinión, la respuesta es: no. Tengamos presente que AMLO se formó en los usos y costumbres del PRI. Su visión del Estado, de la política, del poder, de la sociedad y de la historia están permeadas por el priismo clásico. Ahora bien, todos los políticos gobernantes pueden cambiar de visión, y en el caso de López Obrador me parece que sí cambió su perspectiva respecto al priismo clásico, pero no lo suficiente como para contribuir al entierro de esa cultura política e inaugurar otra más democrática y moderna. AMLO recuperó la cara buena del priismo de apoyo a los grupos sociales más desprotegidos, y eso es un enorme logro, pero, por desgracia, es el único logro significativo.

Con AMLO persisten o se recuperaron rasgos del priismo tradicional, como el culto excesivo a la persona del Presidente, la concentración del poder político territorialmente (gubernaturas para el partido del Presidente) y horizontalmente (Poder Legislativo a las órdenes del Presidente; la Corte está por caer). Se ha revivido el discurso del priismo excluyente que estigmatiza a cualquier opositor, que descalifica cualquier crítica o cuestionamiento, por menores que sean. Ha recobrado fuerza el discurso maniqueísta del destino manifiesto del priismo duro, consistente en que “solo nosotros tenemos la legitimidad para gobernar” porque encarnamos al Pueblo o a la Revolución. Como antes, no se quieren contrapesos, ni rendición de cuentas, ni vigilancia: en el auge del priismo no existía eso y eran felices, ahora sí existen constitucionalmente esas exigencias y son un clamor social, pero en los hechos y el discurso la tendencia es a ignorarlos. La corrupción no se ha erradicado, porque es un problema estructural-cultural, pero pudiendo castigar ejemplarmente casos tan indignantes como el de SEGALMEX, ronda la impunidad como hace 50 años.

4.- ¿#EsClaudia?

Muchas prácticas del priismo típico siguen vivitas y coleando, debido, en parte, a que numerosos priistas de alta raigambre forman parte del gobierno de AMLO, tales como Manuel Bartlett e Ignacio Ovalle, precisamente el director de SEGALMEX. ¿Estos personajes eran idóneos e indispensables para un gobierno transformador? El Presidente consideró que sí lo eran; además de numeroso gobernadores, legisladores, alcaldes, operadores y militantes que, apenas ayer eran priistas y, ante el debilitamiento de la marca PRI, encontraron puertas abiertas en Morena.

Esperemos que, como muchos seguidores de AMLO lo han planteado, la utilización de estos vicios priistas sea transitoria, que el Presidente haya recurrido a ellos solo de forma provisional para enfrentar las resistencias a la llamada Cuarta Transformación. Aunque algunas acciones verticales como la militarización, la reserva de información, las decisiones en materia de salud, educación, obras públicas, seguridad, comercio exterior, se han realizado como regla general y no por excepción. Además, dichas acciones se podrían haber realizado buscando consensos con los sectores involucrados, en congruencia con el reclamo social de participación y vigilancia sobre las decisiones públicas, pero no, se implementaron con un estilo avasallante propio del priismo de los años 50-70´s. Es verdad que AMLO tiene total legitimidad y legalidad para ejercer sus atribuciones constitucionales como le plazca, pero el diálogo y la inclusión son expectativas que siempre es bueno atender. En cuanto a las decisiones o decretos inconstitucionales, pues es otro rasgo indeseable del priismo clásico.

Finalmente, si se materializan las expectativas de que Claudia Sheinbaum sería la próxima Presidenta de México, se abriría una perspectiva fundada de que empezaría la erradicación del priismo autoritario. Esto, si nos atenemos al hecho de que sería la primera Presidenta no formada en el PRI, la primera Presidenta formada en teorías, grupos, organizaciones y tradiciones de la izquierda social. Veremos.

José Reyes Doria
José Reyes Doria

Politólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Asesor parlamentario en diversos órganos de gobierno y comisiones de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. Colaborador en portales informativos. Conferencista sobre temas legislativos y políticos. Consultor en materia de comunicación política, prospectiva y análisis de coyuntura. Contacto: reyes_doriajose@hotmail.com

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