De reyes antiguos e influencers. Autora: Pilar Torres Anguiano

Existo en tu mente cuando no me conoces,
pero desaparezco cuando sabes quién soy.
(acertijo)

“¡No manches, tenía abierto el pinche micrófono, qué bueno que no se me salió alguna chingadera!” Eso se escuchó justo un segundo antes de que se cerrara la sesión de zoom en la que el pobre Pablo había estado a punto de salir librado ante todos sus compañeros de trabajo. De golpe recordó que estaba expuesto, como todos lo estamos, a ser tragados por el monstruo de los mil ojos que puede poseernos.

“¿Me doy cuenta de que estoy delante de Dios en cada momento y que no puedo esconderme a él?” Así dice una de las preguntas que se hacen en el “examen de conciencia” en las órdenes religiosas. No es en vano. Esa pregunta tiene mucho sentido. Se supone que cuando nadie nos mira, nos comportamos de una manera muy diferente de cómo lo hacemos cuando nos sabemos observados. Y es que la mirada lo cambia todo. En la antigüedad y en estos tiempos. Tal vez especialmente en estos tiempos, en los que todos entramos en las casas de todos y dejamos abiertas las puertas virtuales a nuestros pequeños planetas.

No hace falta mucho esfuerzo para darse cuenta de que fue muy penoso cuando en defensa de su marido, el político, Mariana compartió una foto de la pantalla del celular, como muestra de que, para ella, no era evidente que estaba mostrando la pierna, en su Instagram live.

Cierto que en algunas ocasiones es el anonimato y en otras, el ocultamiento, lo que condiciona o determina la forma de proceder. Cierto también es que ni cuenta nos damos de este condicionamiento. Así, el glaucoma moral los llevó a pensar que lo malo fue que se asomara la pierna de la influencer… cuando lo que se asomó fueron varias cosas más.

El Rey Candaules, era el último de la estirpe de Hércules y se enorgullecía por tener como esposa a quien consideraba una mujer muy bella. Era de su propiedad, para eso se casó con ella y constantemente elogiaba la belleza de la reina frente a Giges, su más cercano colaborador. En una ocasión invitó a Giges a admirarla en su dormitorio, sin que ella se diera cuenta, no porque quisiera compartirla, sino porque le gustaba ser envidiado. Así, detrás de una cortina, Giges obedece a Candaules y observa a la reina desnuda.

Ella percibe la mirada, pero calla y cumple con su papel dentro de aquella escena. Pero luego, en busca de venganza, la reina manda llamar a Giges, para darle a elegir entre la propia muerte o matar al rey. Giges opta por lo segundo y, escondido por la reina, en el mismo lugar desde donde la espiara la noche anterior, asesina al rey, para más adelante tomar su puesto como monarca.

Platón retoma esta historia en el libro II de La República, añadiendo un elemento de fantasía: Giges porta un anillo que lo vuelve invisible; y es mediante este poder que logra matar al rey y seducir a la reina. El planteamiento platónico es claro: al ser invisible, Giges puede hacer lo que quiera, lo cual admite múltiples lecturas, debates y pseudodebates.

El rey requería de la mirada de Giges para legitimar su condición de la misma manera que hoy los influencers y políticos (y otros que no lo son) requieren de instagrames, tiktokes y facebooklives concurridos.

Así, la verdadera protagonista es la mirada. Esto es válido desde la antigüedad griega, hasta nuestros días.

Es difícil ser indiferente a la mirada de una persona. Tratamos de evitar que las miradas se encuentren, porque sabemos que, tal vez, una vez captada la mirada del otro, el mundo no vuelve a ser el mismo. Es una forma de percibir, de fijar la atención en alguna parte de la realidad que se muestra ante nuestros ojos. Miramos aquello que vamos a incorporar a nuestro mundo, aunque sea momentáneamente.

En La insoportable levedad del ser, Milán Kundera escribe que sería posible dividirnos en cuatro categorías, según el tipo de mirada bajo la cual queremos vivir. La primera es la de quienes anhelan una cantidad infinita de miradas anónimas, como los actores que requieren al público, pero en cierto sentido, también como los jóvenes postmodernos en las redes sociales. La segunda, los que necesitan la mirada de muchos ojos conocidos y ocultan su soledad organizando fiestas y cocteles, como la Sra. Dalloway de Virginia Woolf. La tercera categoría corresponde a los que requieren la mirada de la persona amada. Finalmente, la cuarta, es la categoría de quienes viven bajo la mirada imaginaria de personas ausentes: los idealistas y soñadores.

La mirada tiene una función estructurante para el desarrollo de una persona, de alguna manera, partir de ella, los seres humanos, desde muy pequeños, interiorizamos nuestra imagen corporal y con ella se va conformando la identidad. Hay una dialéctica entre mirar y ser mirado, una dinámica en la cual, la mirada estará siempre asociada a la búsqueda y al encuentro, porque si miramos es siempre para descubrir algo. Por otro lado, cuando miramos sin ser mirados, la dialéctica se rompe, el ciclo se atrofia. Probablemente por eso, nos comportamos diferente al saber que nadie nos ve. Habría que preguntarnos ¿qué es lo que queremos encontrar cuando miramos, y qué buscamos cuando queremos ser vistos?

Así, influencers o no, todos necesitamos que alguien nos mire, el que niegue esta condición, probablemente no está siendo honesto consigo mismo. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que, con el anillo o sin él, en la medida que aprendemos a ser libres, la primera aprobación que precisamos no será la de los demás, sino la de la propia conciencia, la que nos muestra ante el espejo tal como somos. No como nos ven los demás.

Pilar Torres Anguiano
Pilar Torres Anguiano

Filósofa, profesora y ensayista.

Deja un comentario