De marchas, marchistas y marchantes… y el presupuesto 2023. Autor: Felipe León López

Foto: Felipe León.

Felipe León López

En la protesta callejera, hay de marchas a marchas, de marchistas a marchistas y marchantes a marchantes que más que caminar se dedican a mercar electoralmente. La del domingo pasado fue una marcha híbrida, donde hubo ciudadanos que, convencidos o enojados con el régimen, marcharon contra la reforma política propuesta por el titular del Ejecutivo federal y sus partidos aliados, Morena, PT, Verde, algunos priístas y lo que queda de Encuentro Solidario.

Pero también hubo una amalgama de intereses más allá de lo ciudadanos, marchantes mercantes, que buscan ante todo sacar raja política de esta primera expresión callejera de alto significado político contrario a la llamada “Cuarta Transformación.

Pecados de origen tuvo la marcha, como muchas de las que utilizan algunos políticos para llevar acarreados a las manifestaciones, pero aquí no hubo tan repudiable práctica, sino que quienes se sumaron a la convocatoria son harto conocidos y harto repudiables por simbolizar el pasado que no queremos que regrese: Roberto Madrazo, el señor de las trampas y las cajas de la ignominia de sus gastos electorales; Vicente Fox y el legado de haber defraudado la transición democrática; el ex presidente Calderón y su dinastía política, que en nada ayudan a sumar y sí a restar; Claudio X González junior, el señor X, símbolo de los poderes fácticos del empresariado más reacio a la 4T, entre otros que no vale la pena enlistar.

Sin embargo, muy grave sería que por el origen de la manifestación y lo impresentable de algunos de sus convocantes no le resta mérito a la marcha tenga que ser minimizada o, como hace el aparato mediático del partido- gobierno-Estado, tenga que estar siendo descalificada y no entendida.

Hace unos meses comentamos que las protestas sociales no se habían presentado con fuerza a un gobierno de alta legitimidad democrática y que la percepción de “luna de miel” entre Andrés Manuel López Obrador y los ciudadanos podría ser prolongada, pero que las condiciones podrían cambiar cuando el desgaste del ejercicio de gobierno cobre sus facturas, y más, si las respuestas del presidente no son de la satisfacción para los movimientos sociales que habrían de rebasar a sus propios líderes.

Y más aún, apuntamos que, si la Presidencia de la República no era capaz de entender la lógica de la agenda de las movilizaciones sociales en su contra, sería su talón de Aquiles para complicarle el cierre de su sexenio, y que se podría enredar tanto que mientras no hubiera alguien con capacidad para desmenuzarla difícilmente podrían pararlas. Para explicarlo con nombres: cuando AMLO se movilizaba el gobierno de Carlos Salinas, éste tenía a un Manuel Camacho Solís para negociar. Y cuando lo hizo con el presidente Ernesto Zedillo ahí estaban Arturo Núñez, su paisano y cómplice, y Liébano Sáenz. Preguntamos: ¿Hay un Manuel Camacho o un Arturo Núñez Jiménez en el equipo actual del presidente López Obrador? No, en realidad encontramos repleto de zalameros que no pueden decirle “no” al mandatario, a voceros designados y autoasignados, asesores torpes y funcionarios federales y locales, quienes operan como incendiarios y no negociadores políticos con altura de miras.

La primera gran conclusión de esta manifestación es que, por fin, se rompió el monopolio de la protesta social, porque ya el movimiento lopezobradorista como gobierno abandonó las causas ciudadanas y ahora enfoca las baterías a defender las decisiones de sus gobernantes, lo que es totalmente natural y también natural que ya se apresuren a operar sus aparatos clientelares neocorporativos para acarrear seguidores de todo el país al Zócalo para demostrar que sí pueden llenarlo en apoyo al presidente. Así lo han hecho desde el PRD y así lo harán de nuevo, porque a López Obrador no le gustan las plazas semivacías.

Pero la forma es fondo y quizá quienes hoy conducen el aparato de propaganda y de puentes políticos no han leído el hartazgo al discurso divisionista, pues parece que sólo quieren enfocar las baterías para encontrar todos los despreciables defectos de sus algunos oportunistas que quieren llevar el agua de este legítimo enojo ciudadano a su molino.

Sí, en una lectura apresurada podríamos decir que la ideología que se expresó el domingo está más cargada más al centro derechismo, más por la presencia de clérigos acompañaron la marcha, pero también hubo liberales demócratas y muchos cuadros históricos de la izquierda social y universitaria, incluso ex guerrilleros. Y ojo, ahí están los puntos finos que no quieren observar los analistas y propagandistas del régimen: esos segmentos son los tan “despreciables” clasemedieros, que van desde, obreros clasificados a universitarios, comerciantes en pequeño y mediano nivel, y profesionistas, quienes con su voto en 2021 encendieron la alerta política para Morena en la CDMX.

Por eso, el gran error de Martí Batres, al más puro estilo del viejo PRI, de minimizar la protesta ha generado muchos comentarios negativos tanto en Palacio Nacional como en los ciudadanos que acudieron y fueron parte de dicha expresión.

¿Qué sigue después de la marcha? Que haya una respuesta de Estado de parte del presidente a las expresiones ciudadanas y no personalicen la manifestación ni la estigmatice. Tiene que escuchar, entender y ajustar, porque los ciudadanos sí se quieren una reforma electoral, pero no la reforma tal cual la propone y que no termina de gustar.

Segundo, ese capital político expresado el domingo, requiere líderes con caras nuevas, con mejor discurso y con mayor vinculación social si no quieren que quede sólo como una marcha que se marchite en el corto plazo.

El presupuesto 2023 es para cerrar el 2024. Hay protestas de algunos sectores sociales, legisladores, gobernadores y también hay aprobación y confianza en otros más. Son las negociaciones del Presupuesto de Egresos de la Federación 2023, el cual mantiene la misma tónica de prioridades que los ejercicios de los últimos cuatro años: programas sociales, las tres obras de infraestructura emblemáticas del gobierno de Andrés Manuel López Obrador y las acciones programáticas para la pacificación del país. Más allá de las lecturas de favoritismo o de desdén a los órganos autónomos de parte de la llamada Cuarta Transformación, detrás del ejercicio hay señales políticas muy importantes:

Una, que la entrada al quinto año de gobierno significa que el presidente López Obrador entra a la fase final de su administración y lo que alcance a concluir por sí mismo, en su sexenio, habrá de ser valorado, porque después nadie le puede garantizar que lo concluirá.
Es decir, el Aeropuerto Felipe Ángeles, el Tren Maya y la refinería de Dos Bocas tienen el sello de Andrés Manuel y ningún sucesor, por más obradorista que se declare ahora, querría terminarlo si quedan como obras inconclusas. Vean qué pasa con el interminable tren México – Toluca o con el fallido Nuevo Aeropuerto Internacional, que el mismo AMLO canceló.

Segunda razón, que aún cuando las corcholatas Adán Augusto, Claudia Sheinbuam, Marcelo Ebrard y hasta Ricardo Monreal prometen continuidad a la política social y a respetar la línea de austeridad del actual gobierno, mientras no existe una base estructural definida en las leyes y reglamentos, nadie garantiza que ello pudiera modificarse.

Uno de los aspectos más interesantes de este momento que vivimos, es que la sucesión presidencial adelantada ya se siente y, como antes, los mensajes entre el proyecto saliente y el entrante se comienzan a sentir.

Daniel Cosío Villegas, el historiador y estudioso de nuestro sistema político, recuerda que “el Maximato representó la más dolorosa tragedia de Plutarco Elías Calles, pues habiendo anunciado en su último informe presidencial que había concluido la época de los caudillos, y que comenzaba la era de las instituciones, el país le tomó la palabra, de modo que, al sobrevivir la ruptura con Cárdenas, Calles fue eliminado para siempre de la vida pública sin pena ni gloria”. Dejamos aquí este episodio de cómo es el comportamiento del poder político sexenal en México, ese tabique que marea sólo cinco años, porque el último cobra sus facturas.

Felipe León López
Felipe León López

Analista político, egresado de la FCPyS UNAM, con especialidad en estudios prospectivos. Es coautor de El Video poder en México (1995), Una Historia hecha de Sonidos (2004), Historia y Remembranzas de Radio Educación (2008) y Días de Radio (2017). Ha sido colaborador de portales, diarios y revistas de cultura, política y educación. Contacto feleon_2000@yahoo.com

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