De la selfie de Vivian a la de Marcelo. Autora: Pilar Torres Anguiano

«Una fotografía es un secreto sobre un secreto, cuanto más te cuenta menos sabes»
Diane Arbus

Hace tiempo encontré un rollo fotográfico, de mi cámara viejita, aún sin revelar. Quién sabe cuántos años han pasado y quién sabe qué fotos saldrán de ahí. El caso es que, de estar arrumbado en una caja, el rollo pasó a estar arrumbado en mi buró, a la vista, recordándome todos los días que ahí sigue, como mensaje encriptado de mi yo del pasado. Qué miedo.

Definitivamente no soy Vivian Maier, pero de todos modos buscaré un lugar para revelar esa reliquia que data de una era antigua, muy anterior a la normalización de las selfies.

Vivian Maier, norteamericana de origen francés, trabajaba como niñera y al mismo tiempo capturaba con su cámara fotográfica los instantes y escenas que llamaban su atención, mientras caminaba por las calles de Nueva York y Chicago en los años cincuenta y sesenta. Su trabajo se descubrió casi por accidente cuando varios años después, John Maloof compró –como parte de una investigación bibliográfica– varios rollos sin revelar en una tienda de artículos usados. Prácticamente sin saberlo, había descubierto a una de las mejores exponentes de la fotografía callejera del siglo XX.

El trabajo de Maier revela una visión muy interesante del mundo. Y haberlo encontrado varios años después, muestra la manera en la que el lenguaje fotográfico se ha transformado con los recursos tecnológicos.

Vivian era una fotógrafa creativa, vanguardista, autodidacta. Colgaba su cámara a la altura de la cintura para mirar a los ojos a quien retrataba, sobre todo, si el retratado era ella misma.

Su situación económica no le permitía revelar la mayor parte de su trabajo que, afortunadamente, fue descubierto con el paso de los años. Por todo esto Maier se volvió, además, una figura casi mítica.

Ella no posaba, no sonreía y no se arreglaba para las selfies. Nada más alejado a lo que ocurre en la actualidad. Ya saben, esa actualidad en la que Twitter nos hace creer que somos inteligentes; Facebook, que somos populares; e Instagram, que somos fotógrafos.

La fotografía expresa ideas y realidades de una manera no verbal y en ese sentido, es una forma de lo que Aristóteles llamaba mímesis; pero también cobra vida y significado propio. La imagen también puede ser reflejo de algo, semejanza, proyección, recuerdo, ilusión, metáfora, mensaje, propaganda. La forma de organizar los elementos construye un discurso, narrativa, composición, diseño. Nos lo propongamos o no.

La inmediatez de la era digital y la posibilidad de transformar las imágenes en tiempo real está cambiando drásticamente nuestra percepción del mundo. Ahora las fotos proponen y construyen lo que uno quiera: le pongo filtros a la realidad para matizarla, porque, aunque no sepamos de empirismo inglés, sabemos bien que ser es ser percibido.

De ahí que las fotos y las redes sociales sean una gran herramienta para el mayor conocimiento de cómo ciertos procesos se presentan en la vida social, qué efectos de sentido tienen sus construcciones, qué relaciones se pueden establecer, sus usos sociales y políticos, etcétera.

Yo no sé si la alusión que hay a la marca china Huawei, en la selfie de Marcelo Ebrard, haya sido un mensaje deliberado o un elemento accidental; pero es interesante la manera como una imagen forma parte de la representación social, media la relación y construye visiones particulares.

¿Qué habría hecho Vivian en esta época? ¿Cómo sobreviviría un adolescente de hoy en la de Vivian? ¿Cómo le explicas a un chamaco post millennial que cuando éramos niños había cámaras fotográficas desechables que se compraban en las farmacias y que cuando se terminaba el rollo, debíamos esperar al menos un día para ver cómo salieron las fotos?

Por ahí debe haber algún estudio de alguna universidad o instituto, que revele cuánto tiempo invierten los jóvenes (y los que ya no lo somos tanto) en el proceso de las selfies. Y digo proceso, porque implica sacarnos unas cuantas fotografías hasta lograr una en la que sí nos guste cómo salimos. Después recortamos, ajustamos, aplicamos uno que otro filtro. Editamos, intervenimos y matizamos las fotos como si fuéramos la mulata de Córdoba pintando el barco en el que habrá de escapar de su prisión.

Más allá de los memes y análisis semióticos que ha suscitado la selfie que se sacó Marcelo Ebrard antes de abordar el avión a Washington, se le reconoce al canciller, que no aplicó filtros para verse mejor y que no buscó su mejor ángulo. Casi parece todo un Vivian Maier.

@vasconceliana

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