El privar a la gente de su libertad, valiéndose de lo aprendido en la carrera policiaca, abría una puerta dorada
Raúl Hernández l OEM-Informex
Durante su turno, encuadrados en las filas de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la CDMX y portando el arma de cargo que les fue otorgada para enfrentar a la delincuencia, Juan “N, Uriel “N”, José “N” y Julio “N”, aparentaban estar del lado de la justicia y comprometidos con hacer cumplir la ley, pero al despojarse del honroso uniforme azul se dedicaban a secuestrar.
Se conocieron corriendo riesgos y patrullando, siempre siguiendo órdenes y entregando resultados, con la firme encomienda de prevenir el delito en sus sectores. Su desempeño era normal y algunos de ellos, incluso tenían la aspiración de lograr ascender en la honorable corporación.
Sus familias los admiraban y eran un ejemplo a seguir para los más pequeños. No había día en que alguien perteneciente a su núcleo tanto familiar como social, estuviera al tanto de su situación. La labor policiaca es arriesgada y en cualquier momento pueden ocurrir cosas lamentables, como perder la vida o resultar lesionado.
La adrenalina no era cosa ajena para los cuatro compañeros y el sueldo recibido por su labor no era suficiente para alcanzar el nivel adquisitivo que los cuatro deseaban. Por necesidad, por gusto o por mera ocurrencia, los uniformados en activo decidieron arriesgar un poco más allá de la integridad física y pusieron en juego su libertad.
Pasaron algunas semanas después de que uno de ellos propuso la idea de hacerse de dinero “fácil”. Únicamente había que campanear al bueno y sacar lana de volada. El privar a la gente de su libertad, valiéndose de lo aprendido en la carrera policiaca, abría una puerta dorada.
No se sabe con exactitud cuántas veces tentaron al destino, pero la fortuna se les acabó y el jueves 13 de abril, los sueños de gloria y abundancia se vinieron abajo. Algo salió mal y sus propios compañeros terminaron por detenerlos, frustrando esas ansias ambiciosas que les nublaron la mente.
El tener a una persona retenida en contra de su voluntad, les provocaba una excitación plena de los sentidos, les hacía llevar el acto hasta sus últimas consecuencias. Desde el momento de elegir a la víctima, aterrorizarla mediante agresiones físicas y presiones psicológicas, hasta cobrar ese dinero de origen mal habido, se entregaban plenamente al mundo delictivo.
Durante la tarde del día mencionado, hicieron lo que el impulso les indicaba. En calles de la colonia Villa Coapa, a plena luz del día, se aproximaron a su víctima, la sometieron y la obligaron a subir a un vehículo tipo sedán en color blanco. Un automóvil azul y una motocicleta servían como muro.
Los policías buenos andaban tras de ellos, realizando trabajos de inteligencia, mismos que incluyeron seguimiento y vigilancia. Esa tarde el sol caía a plomo y los uniformados esperaban cualquier situación inusual en la zona para intervenir.
Al percatarse de que una persona era llevada como rehén, los uniformados intervinieron. Al aproximarse se dieron cuenta de que había compañeros involucrados entre los presuntos delincuentes, pero llenos de honor y lealtad, procedieron a capturarlos. Los señalados habían manchado las insignias y deshonrado a la corporación.
Al saberse sorprendidos y conscientes del riesgo que obedecía a dicha acción, hicieron un intento fallido por defender ese orgullo pisoteado e intentaron escapar, pero no hubo forma. Los policías que eligieron el camino equivocado, junto con otros cuatro cómplices más, terminaron detenidos.
Llevaban consigo tres armas de fuego, nueve celulares, un radio de comunicación. Indicios que reforzaron su responsabilidad en los hechos, de nada les sirvieron. Fueron subidos a varias unidades oficiales sabiendo que, en próximas horas, serían tratados como imputados, como gente a la que se comprometieron a detener.
Entre un fuerte dispositivo de seguridad, fueron trasladados a la Fiscalía de Investigación del Delito de Secuestro, ubicada en la alcaldía Azcapotzalco. Ingresaron agachando la mirada. Se les había acabado el valor y la bravuconería. Ahora estaban del otro lado y su destino final sería la cárcel.
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