Cuba libre y, por el bien de todos, con justicia y dignidad. Autor: José Reyes Doria

Foto: Twitter.

@jos_redo

El modelo político y social de la Revolución cubana ya no da más. Las reservas simbólicas y la retórica libertaria y justiciera se agotaron hace décadas. Cuba parece entrar en una fase crítica y es obligado tener presente la trascendencia geopolítica del problema, pues impacta a toda América y, en ciertos aspectos, al mundo entero.

Sea cual sea la evolución de los acontecimientos en Cuba, es indispensable reconocer su significado histórico y político durante los últimos 60 años: la Revolución cubana ha sido el emblema de la lucha y la resistencia ante la agresión imperial de los Estados Unidos en América Latina; en cierto modo fue, también, un movimiento de independencia respecto a la arrogancia colonial con que los norteamericanos ejercían su dominio sobre Cuba hasta 1959.

Al día de hoy prevalece la profunda asimetría en las relaciones entre los países en desarrollo y las grandes potencias, permanece entre las naciones un gran desequilibrio económico, financiero y de desarrollo humano que, en la actual crisis de la pandemia, se hace patente en la profunda desigualdad en el acceso a las vacunas y a los recursos para atender la crisis económica y social derivadas de dicha pandemia.

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La crisis en Cuba, por lo tanto, debe atenderse sin perder de vista que la Revolución cubana puso sobre la mesa el grito de rebeldía ante el sometimiento de los países en desarrollo, como México y Cuba, a los designios de las naciones más poderosas. La comunidad internacional, necesariamente, debe participar en la solución de la crisis cubana, y asumir esta perspectiva, pues no se trata de arrasar al régimen cubano como si, al menos en su génesis, no tuviera un significado libertario reivindicatorio de la dignidad de latinoamericana. Tratar de borrar todo lo que significa la Revolución cubana y conformarse con establecer elecciones libres es el sueño dorado de las derechas más recalcitrantes.

La comunidad internacional debe participar en este proceso de transición cubana, con respeto a la soberanía de Cuba, pero atenta a impedir que los Estados Unidos impongan el modelo político que siempre han deseado para la isla. México debe jugar un papel protagónico en este proceso, como siempre lo ha hecho, desde el refugio otorgado a Fidel Castro antes de la Revolución hasta la defensa de Cuba en la OEA y la ONU ante la sistemática agresividad norteamericana condensada en el indefendible embargo económico aplicado unilateralmente a la isla.

Cuba es un asunto geopolítico de la mayor importancia para México. No solo es una de nuestras fronteras, sino un referente histórico que, a su vez, contribuye a definir la posición mexicana ante los Estados Unidos y ante el mundo. La crisis cubana ocurre en tiempos de la llamada Cuarta Transformación en México, lo cual permite suponer que una buena parte de la clase política mexicana tiene simpatías por el régimen cubano. Esto obliga al gobierno de Andrés Manuel López Obrador a participar con altura de miras en la crisis cubana.

No puede el gobierno de AMLO desbocarse en un apoyo incondicional al régimen castrista, como se esperaría desde las posturas de izquierda más dogmáticas; pero tampoco debe replegarse en la comodidad de la Doctrina Estrada de no intervención, porque Cuba, su situación, es esencial para México, no procede esconder la cabeza.

La naturaleza del régimen cubano será el principal problema que se enfrentará en la evolución de la crisis. No se pueden ignorar las condiciones originarias de acoso norteamericano a la Revolución cubana desde su mismo inicio, incluyendo el embargo permanente; tampoco deben menospreciarse los términos radicales de la confrontación político-ideológica de la Guerra Fría, que en los primeros años de la Revolución orillaron a Cuba a una alianza absoluta de sobrevivencia con la Unión Soviética. Todos estos son factores que determinaron el endurecimiento del régimen cubano, y los ha manejado como motivos para el establecimiento de un gobierno personalizado, centralizado y cerrado desde el comienzo de la Revolución.

Con el paso de los años y las décadas, el régimen cubano intensificó la concentración del poder y la restricción de libertades. Los factores adversos, marcadamente el embargo económico impuesto por los Estados Unidos, seguían y siguen presentes, pero cada vez convencen menos al pueblo cubano como justificación del autoritarismo castrista. La caída del Muro de Berlín, la desaparición de la URSS, entre otros cambios en el escenario político-ideológico mundial, lejos de impulsar al régimen cubano a explorar posibilidades de transición política ante la caída de sus aliados y sus referentes, acicateó su endurecimiento hasta configurar un modelo político que tiene los rasgos esenciales de una dictadura, rayando, en algunos aspectos, en la caracterización de un régimen totalitario.

La cuestión cubana, por lo mismo, es un gran desafío para el gobierno de AMLO. Es muy importante que despliegue una estrategia apropiada para participar en la evolución de la crisis en Cuba y asegurar que le eventual transición sea la mejor para todos. Grandes franjas del pueblo cubano han exigido y exigen libertad, pero también mejores niveles de bienestar y participación política. El embargo norteamericano, siendo por demás importante, ya no alcanza para garantizar la lealtad incondicional de la sociedad al régimen cubano.

El reclamo libertario en Cuba se ha presentado en otras ocasiones, por lo cual bien haría el gobierno de AMLO en retomar las experiencias de los embajadores y diplomáticos mexicanos que participaron en anteriores crisis. También convendría considerar las perspectivas de los grandes intelectuales mexicanos ante la cuestión cubana: la permanente visión crítica de un Octavio Paz, influido por el desencantado con la realidad brutal del estalinismo; el respaldo apasionado inicial de Carlos Fuentes a la Revolución cubana y su posterior postura crítica ante el creciente autoritarismo del régimen castrista, sobre todo a partir de la degradante humillación que infligió al poeta Heberto Padilla, obligándolo, en un auditorio lleno de fanáticos, a desdecirse de sus críticas al régimen y a autoincriminarse como enfermo de individualismo. El caso Padilla desencantó a gran parte de la intelectualidad apenas en 1971.

En todo caso, en las recurrentes crisis del régimen cubano ocurridas en los años noventa, el gran Carlos Monsiváis vislumbró con claridad que el autoritarismo de los Castro ya no daba para más y que la ausencia de aperturas libertarias podría dar origen la violencia política generalizada. Por ello, Monsiváis planteó una fórmula que, al día de hoy, parece vigente: México debe impulsar una transición libertaria en Cuba, pero garantizando que las conquistas sociales de la Revolución se respeten. No sabemos, porque el régimen cubano no proporciona la información fidedigna respectiva, qué tan buenos son los sistemas de salud, de educación o de seguridad social en Cuba, pero definitivamente son la bandera más preciada de los cubanos, por lo tanto, cualquier transición política debe garantizar la continuidad de estas conquistas sociales.

En conclusión, es imperioso evitar una debacle violenta del régimen cubano, por el riesgo de que en ese proceso se destruya el valor simbólico de rebeldía y exigencia de justicia ante la arrogancia imperial. También, para evitar la pérdida de las conquistas sociales de la Revolución. Pero, del mismo modo, es ya insostenible el régimen político en la isla, ningún pueblo aguanta indefinidamente un sistema de cancelación de libertades, ninguno; y por lo mismo, la comunidad internacional también debe evitar el escenario más indeseable de todos: que un régimen surgido de una aspiración mítica de libertad y justicia acabe reprimiendo a su propio pueblo en un baño de sangre.

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