CONTRAATAQUE | El precio de una ofensa. Autor: david pérez

david pérez | @davidperezglobal
Javier Tebas, presidente de La Liga de Futbol de España, necesitó once días para pasar de defender una comparación con la propaganda nazi a pedir disculpas por un comentario sobre un «dictador chino». El 16 de octubre, comparó los métodos de comunicación del Real Madrid y de su televisión con los utilizados por Joseph Goebbels. El 27, pidió perdón al pueblo chino por las palabras de Kylian Mbappé sobre un meme. Entre ambas intervenciones hay una pregunta que me resulta interesante, ¿quién puede permitirse ofender y quién tiene poder para exigir disculpas?
La primera declaración fue deliberada. Javier Tebas acusó a Real Madrid TV de seleccionar jugadas, repetir agravios, alimentar sospechas y construir enemigos. Para describir esos procedimientos recurrió al ministro de Propaganda de la Alemania nazi. Tebas precisó que comparaba técnicas de comunicación sin atribuir al club ninguna ideología ni extender la comparación a los aficionados. Cuando llegaron las críticas, defendió esa distinción y que había que leer sus palabras completas y atender a su contexto.
Mbappé también tenía un contexto. En una conversación vinculada al programa francés The Bridge, le preguntaron qué meme sobre sí mismo le había hecho reír más. Recordó uno en el que habían colocado su rostro sobre el cuerpo de alguien a quien describió como «creo que es un dictador chino». No mencionó a Mao Zedong. La identificación aparecía en el montaje difundido. El futbolista añadió que utilizaba aquella imagen con sus amigos cuando jugaban en línea.
Era una conversación sobre una caricatura, pero las consecuencias alcanzaron la cancelación de contratos publicitarios, la eliminación de retransmisiones deportivas y la tensión en relaciones institucionales. Tres empresas chinas rompieron sus acuerdos con el delantero. China Media Group suspendió las emisiones de los partidos del Real Madrid en sus plataformas. Después llegaron las disculpas de Mbappé, de LaLiga, de Tebas y del Real Madrid.
Hay fundamentos históricos para caracterizar las formas en que Mao Zedong usó el poder como dictatorial. Las investigaciones históricas documentan persecuciones políticas, trabajo forzado y violencia masiva durante su gobierno. Incluso el propio Partido Comunista Chino reconoce la gravedad de parte de aquel pasado.
Su resolución histórica de 2021, aprobada bajo Xi Jinping, reconoce errores en el Gran Salto Adelante y una ampliación excesiva de la Campaña Antiderechista. También establece que Mao inició y dirigió la Revolución Cultural a partir de una evaluación completamente equivocada. Describe sus consecuencias como las pérdidas y retrocesos más graves sufridos por el partido, el país y el pueblo desde la fundación de la República Popular. Ese reconocimiento parcial convive con la preservación oficial de Mao como figura fundacional y referente ideológico.
Volvamos a Javier Tebas. Para defender su referencia a Goebbels pidió distinguir entre métodos e ideología pero ante el comentario de Mbappé, su intervención puso el énfasis en la ofensa y en la necesidad de preservar las relaciones con China. Apeló a los vínculos construidos con sus autoridades, instituciones deportivas, operadores audiovisuales y aficionados. Además, advirtió que una actuación individual no debía perjudicar a los clubes ni a sus socios.
La preocupación económica estaba expresada en sus propias palabras. Cuando una polémica amenaza los ingresos y los acuerdos de cooperación, las declaraciones sobre el respeto también son decisiones sobre cómo proteger un negocio tan jugoso como el del fútbol.
Hay una diferencia que debemos reconocer. Y es que Tebas tampoco habló sin consecuencias, porque el Consejo Superior de Deportes remitió sus palabras al Tribunal Administrativo del Deporte para que evaluara una posible infracción. No hay una sanción automática pero sí una respuesta institucional. Los dos episodios produjeron conflictos, pero lo que cambia es la forma de presión y el criterio con el que Tebas respondió a cada uno.
Para sus palabras reclamó contexto y para las de Mbappé ofreció disculpas. Sería razonable exigirle que explicara cómo articula ambos criterios y qué peso concede a los intereses de la competición que preside.
Declararse ofendido puede expresar una experiencia de daño y también puede convertirse en un recurso de poder. La diferencia aparece cuando alguien dispone de los medios para transformar su malestar en contratos cancelados, emisiones suspendidas y exigir rectificaciones públicas. De ahí que la capacidad de imponer consecuencias determine cuánto pesa una ofensa en la conversación internacional.
Por eso conviene examinar quién habla en nombre de un pueblo. Las autoridades, las empresas y los organismos deportivos tienen intereses propios, y sus respuestas no permiten suponer una sensibilidad idéntica entre millones de personas. Identificar una crítica a un dirigente histórico con una agresión a toda una población vuelve más difícil discutir el poder y sus responsabilidades.
Javier Tebas defendió la precisión de su comparación de un canal de televisión corporativa con la propaganda nazi y después destacó la importancia estratégica de sus relaciones con China. Ambas intervenciones permiten observar cómo el fútbol administra sus palabras cuando cambian los interlocutores y, sobre todo, los costos económicos. Los principios se vuelven especialmente reveladores cuando sostenerlos amenaza ingresos millonarios.
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