david pérez | @davidperezglobal
Lo primero que se juega en una denuncia de racismo es el estatuto de la palabra. En cuanto alguien acusa y el acusado responde «yo soy inocente» aparece uno de los reflejos del pensamiento occidental más cómodo que es el de pedir «evidencia» como si la violencia siempre dejara recibo, se cometiera frente a la cámara frontal y con una firma notarial. En el caso de Lisboa, el relato público quedó atrapado ahí, Vinícius Jr afirma que recibió un insulto racista, el Real Madrid CF dice haber entregado pruebas, Benfica respalda a su jugador y la UEFA abrió una investigación con la comisión de ética y de disciplina.
Cuando el estándar de «evidencia» se usa como filtro moral, muchas experiencias quedan automáticamente descalificadas. El racismo —sobre todo el que ocurre en el campo, entre respiraciones, miradas y susurros— no siempre se comporta como delito «claro» para la cámara. A veces sólo existe como lo que es, una técnica de humillación rápida, diseñada precisamente para no dejar rastro. Y entonces la pregunta no es sólo «¿qué se dijo?», sino «¿qué condiciones permiten que esto se diga impunemente, una y otra vez, en un partido de UEFA Champions League?».
La hipocresía institucional. La UEFA —como tantas organizaciones— ha convertido el antirracismo en parte del empaque de su producto que muestra en campañas, frases, videos y gestos. El problema es que el antirracismo de imagen se acrisola en los desafíos, no en el comercial. Este partido se detuvo varios minutos por el «protocolo» y se activó la maquinaria, al tiempo que se prometió revisión. ¿Y luego? Luego viene lo de siempre: expedientes, tiempos, ambigüedades, disputas de versión… y el riesgo de que el mensaje efectivo sea «si no podemos probarlo entonces no pasó». Y ahí se ve lo insuficiente del protocolo actual, se puede parar un juego pero no necesariamente cambia la cultura que lo produce ni protege al jugador en el momento exacto en que ocurre.
La jerarquía de las violencias. Quizá el detalle más obsceno de este caso no es sólo la negación, sino la coartada, el intento de justificarse con una frase del tipo «no le dije mono, le dije maricón». Esa línea —reportada en la discusión posterior— revela el pacto tácito del fútbol. El racismo mal, la homofobia «bueno…». Como si cambiar de insulto fuera un atenuante, como si el problema fuera la palabra específica y no el mecanismo de degradación. En otras palabras, el deporte que se indigna selectivamente enseña a odiar por categorías y decide qué dignidades merecen protocolo y cuáles merecen silencio.
Algunas objeciones
«Seguro fue un malentendido, quizá dijo otra cosa»
Es el clásico «tal vez escuchó mal». En la práctica, desplaza el foco del agresor al oído de la víctima. Además, en contextos de estadio y de rivalidad, el insulto racial u homófobo no aparece por accidente, se sostiene sobre repertorios conocidos, repetidos y culturalmente disponibles. La objeción es falaz porque usa una posibilidad mínima (confusión fonética) para neutralizar una realidad frecuente (lenguaje degradante). Y aun si la palabra exacta fuera otra, la intención de humillar y el marco de intolerancia no desaparecen.
«Son cosas del fútbol, calentura y provocación, nada más»
Esto normaliza la violencia como folklore. Hay una diferencia entre presión competitiva («eres malo», «te gané») y degradación identitaria («por tu color», «por tu orientación»). Lo primero ataca el rendimiento, lo segundo ataca la condición humana y produce exclusión. Decir es «parte del juego» es una falacia naturalista, es decir, se intenta justificar porque como existe entonces es aceptable, y no lo es, la dignidad no es un elemento negociable del espectáculo.
«No fue racismo/homofobia, fue un insulto genérico, no lo dijo en serio»
Esta objeción falla por dos lados. Primero, porque supone que la intención interna cancela el efecto social del insulto, que es degradar, marcar jerarquías, intimidar. Segundo, porque muchas veces es una táctica de repliegue, es decir cuando una palabra queda expuesta, se intenta reducirla a muletilla. Incluso la coartada «no dije X, dije Y» suele revelar que se considera que hay insultos permitidos y otros prohibidos.
Si el fútbol europeo quiere que su antirracismo sea más que marketing, tiene una prueba concreta en este caso, porque no basta con investigar este episodio mediático por tratarse de un jugador del Real Madrid, es necesario romper la lógica de la duda administrada. Y si de verdad se cree en la dignidad como principio —no como campaña— entonces el mismo rigor debe aplicarse a la homofobia con protocolos equivalentes, sanciones equiparadas y una pedagogía clara para jugadores, árbitros, clubes y aficionados.

david pérez
Analista con formación en filosofía, historia, resolución de conflictos y derechos humanos. Ha sido columnista en El Siglo de Torreón, Grupo Reforma y Grupo Milenio. Dirigió el grupo de investigación en materia de derechos humanos del Mecanismo de Esclarecimiento Histórico que investigó las violaciones graves a los derechos humanos cometidas en el periodo de 1965 a 1990 en México. Actualmente conduce el podcast Pensar la Vida y dirige la editorial independiente Pacífico Global Media.
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