Este contraataque no va dirigido al tenis como deporte, sino más bien al uso clasista de la frase «el deporte blanco» y todo lo que implica.
david pérez | @davidperezglobal
El lunes 19 de enero inicia el Abierto de Australia 2026. En un año que incluye el mundial de fútbol masculino, un torneo de tenis como el australiano no tiene, en principio, mayor relevancia en comparación con la copa de la FIFA. Y si se asume que el tenis es un deporte elitista, quizá importa mucho menos. Sin embargo, es mejor no dejar este torneo en lo «oscurito» y revisar críticamente qué pasa en ese deporte.
El origen cortesano del tenis y su asociación con élites no es sólo folclor. Múltiples estudios muestran la tendencia socioeconómica en la práctica de este deporte, y este sesgo de clase siempre crece en actividades con barreras económicas (costos, infraestructura, códigos de clubes).
¿Qué dice de una democracia que uno de sus deportes conserve rituales de exclusión? Dice mucho, sobre todo habla de sus políticas públicas que son las que abren —o cierran— las canchas.
El elitismo del tenis no es una «esencia», es una arquitectura social. El precio de las canchas, las escuelas de entrenamiento, el régimen de clubes, los códigos de vestimenta y el capital simbólico que funciona como distinción son los aspectos económicos y sociales que generan exclusión también en el deporte. Estilos, gustos y espacios que separan sin decir «prohibido».
Sostengo una cruzada personal contra las prácticas que hacen del deporte una forma de exclusión. Por eso este contraataque no va dirigido al tenis como deporte, sino más bien al uso clasista de la frase «el deporte blanco» y todo lo que implica.
Donde hay inversión en canchas públicas, la participación crece —claramente no es esta la invención del hilo negro—. El Reino Unido invirtió más de £30 millones para rehabilitar un poco más de mil canchas en parques, priorizando zonas desfavorecidas. Lógica política elemental, dar acceso al público en general cambia el «perfil» del tenis.
Argentina sostiene una red de clubes de barrio (asociaciones civiles sin fines de lucro) como base de su sistema deportivo que incluye cuotas accesibles como condición, con múltiples deportes —el tenis uno de los protagonistas— y con un anclaje comunitario. Es un caso notable en el Sur Global donde el tenis no quedó confinado a élites y fue gracias a esa institucionalidad social y a una política específica (Ley 27.098; Régimen de Promoción de Barrio y de Pueblo, 2015). No es una utopía, es el diseño de una política pública.
Mientras tanto, la industria del deporte profesional refuerza las ideas conservadoras sobre el deporte con el equipamiento de alto costo, las membresías «premium», las academias con narrativa de «privilegio» y códigos de comportamiento que actúan como peajes simbólicos. Esa puesta en escena no es inocente, es una forma de institucionalizar el gusto «correcto» y de desanimar a quien no encaja.
— «El tenis ya no es elitista, cualquiera puede jugar».
Sólo donde hay canchas públicas y programas sostenidos se reduce el sesgo. Los datos europeos muestran que hay brechas por ingreso según el deporte.
— «Los clubes privados becan el talento».
Bienvenidas las becas, pero la regla no puede ser la excepción caritativa. El acceso masivo depende de una infraestructura abierta y de tarifas sociales.
— «El elitismo es cultural, no deportivo».
Justamente, la cultura se instituye en los reglamentos, los contratos, las cuotas, los códigos y la estética. Ahí se acaba con la práctica elitista o se perpetúa.
Una democracia robusta se mide —o quizá es mejor decir: se midió en el casi extinto Estado Social de Derecho— también por los hábitos deportivos de la población, por su gasto público en garantizar el acceso a diversas prácticas deportivas. Quizá en México no nacimos con un gusto particular por el fútbol, quizá no está en nuestra «esencia» sentir el fútbol como ningún otro país, quizá sólo es el resultado del tipo de políticas públicas que se implantan —espero se entienda la ironía—.
El tenis nació en los palacios y su práctica, amateur o profesional, seguirá siendo elitista mientras la infraestructura pública deportiva sea la excepción.
Concluyo con algunas preguntas que pueden servir para dar seguimiento al próximo Abierto de Australia 2026:
¿Cuántas jugadoras y jugadores hay en el torneo que provengan de países del Sur Global? ¿Quiénes avanzan mayormente a las rondas finales?
¿Cuáles son los alcances de la igualdad salarial en este torneo?
¿Continuará la protesta de las tenistas ucranianas contra las tenistas rusas y bielorrusas?
¿Se cumplirán las exigencias de rotación en materia de programación de partidos con el objetivo de tener una distribución equitativa de la visibilidad?

david pérez
Analista con formación en filosofía, historia, resolución de conflictos y derechos humanos. Ha sido columnista en El Siglo de Torreón, Grupo Reforma y Grupo Milenio. Dirigió el grupo de investigación en materia de derechos humanos del Mecanismo de Esclarecimiento Histórico que investigó las violaciones graves a los derechos humanos cometidas en el periodo de 1965 a 1990 en México. Actualmente conduce el podcast Hacer las Paces y dirige la editorial independiente Pacífico Global Media.
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