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Contra la anestesia: educar para la vergüenza y la ternura. Autora: Emma Rubio

Foto: Xinhua

Educar cuando el mundo arde no es dar lecciones sino sostener la pequeña llama que queda en el pecho sin volverla propaganda ni anestesia, es decirle a niñas y niños que hay personas sufriendo con nombre y apellido y que nuestra tarea empieza por nombrarlas con respeto, porque cuando el lenguaje se deshace lo humano se cae detrás. Adorno lo dijo a su manera, después del horror la primera tarea es impedir su repetición, y eso comienza en la forma en que hablamos, en cómo miramos, en cómo escuchamos, en cómo nos comportamos ante la barbarie. ¿somos conscientes? ¿nos creemos lo que nos dicen en los medios?¿nos sentimos corresponsables?

No tengo recetas mágicas, tengo una brújula, la de la Escuela de Frankfurt, que nos recuerda que la técnica sin ética obedece a la fuerza, que el progreso sin criterio amontona ruinas como veía Walter Benjamin en su ángel empujado por el viento, que solo la palabra compartida puede frenar la violencia. Recuerden que algunos de ellos vivieron el holocausto, fueron perseguidos y padecieron en carne propia el terror al exterminio. Las emociones son políticas, como advierte Sara Ahmed, por eso cuando conversamos con la infancia no mentimos ni los arrojamos al cinismo, les debemos decir la verdad con ternura, hay gente tomando decisiones que dañan, y nuestro trabajo es no imitarlas, y cuando algo duela ven, lo nombramos juntos, porque al decirlo pesa menos y nos hacemos conscientes del verdadero proceso de lo que es la Educación.

Ante una realidad donde existen niñas y niños que ya no ven futuro hay que hacernos presentes, quizá otorgando a las infancias un hoy pequeño y habitable, un cuaderno de memoria donde escribimos historias, un gesto de duelo que no convierta el dolor ajeno en espectáculo, una carta que cruza fronteras, una maceta que se riega todos los días, no para olvidarnos del mundo sino para aprender que la vida crece si alguien la cuida, hay que contarles relatos donde la ayuda llega de muchos lugares a la vez, no finales de fantasía sino posibilidades practicables que entrenan el músculo de la esperanza, esto es educar para la paz, sin tanta metodología, sin tanta teoría. Es momento de actuar, para que nuestra infancia sea consciente de que hay millones de infantes muriendo por bombas, armas, por hambre, y peor aún, por la indiferencia de otros millones de personas que solo ven en su historia un espectáculo.

Con niñas y niños que viven lejos del conflicto debemos desmontar la idea del enemigo, explicarles dos relatos del mismo hecho y practicar la objetividad, cultivar la compasión. Entrenemos la capacidad por tener conversaciones como un deporte de la democracia, turnos de palabra, derecho a callar, compromiso de respeto, no buscamos ganar sino comprender, porque comprender no es justificar, es negarse a la simplificación que abre la puerta al odio, y en el aula los gentilicios no son insultos, los pueblos se nombran con dignidad, porque el lenguaje construye afectos o los destruye. Las aulas deben ser forzosamente los espacios en los que se ensaye la realidad, en los que se construya la vida que deseamos y queremos, en donde se dibuje un verdadero futuro y no el que nos es impuesto.

Para no volvernos inmunes hay que enseñar a poner límites a la avalancha, ventanas de información y ventanas de reparación, media hora para informarnos con criterio y luego música, dibujo, caminar, un poco de naturaleza, por cada horror una historia de cuidado, un hospital que salva, una mediación que evita un golpe, no para endulzar la realidad sino para recordar que en la historia también hay manos que sostienen, y si todo nos parece demasiado, respiramos, la prisa es cómplice de la crueldad porque no deja pensar ni sentir

Hablemos con adolescentes de economía política, sin miedo al dinero, preguntarnos quién gana con cada bomba, quién factura con cada muro, quién calla qué, no para incubar odio sino para elegir con más conciencia, incluso en el carrito del súper hay ética, no solemos decirlo así pero es verdad, y cuando aparece el relativismo hacemos valer el límite, no todo vale, el exterminio nunca es opinión, la vida del otro es el punto en el que cualquier proyecto político o económico tiene que detenerse. Esto debería tomarse como un imperativo categórico.

También debemos cuidar a quien cuida, docentes y familias no son máquinas sin descanso. Enseñemos a cultivar la compasión que cuando se rompe entra el cinismo, y el cinismo es la puerta trasera de la barbarie, por eso necesitamos grupos de apoyo, espacios de escucha, pequeños rituales de cierre, un gracias por estar aquí, hoy hicimos lo que pudimos, mañana seguimos, esas frases también educan.

Qué les decimos a los niños cuando preguntan si habrá futuro, les decimos que el futuro se construye como un puente, tablón por tablón, hoy damos uno, muy pequeño, pero real, quizá es una palabra justa, quizá una carta, quizá un abrazo, quizá un árbol, y que nadie es descartable, nunca, ahí empieza nuestra política primera, la política del cuidado.

En días así me sostengo en una idea sencilla y feroz, que cada vez que usamos la palabra para abrir comprensión y no para humillar, cada vez que transformamos el dolor en vínculo y no en espectáculo, cada vez que elegimos una acción concreta de ayuda en lugar de un desahogo cruel, frenamos un milímetro la máquina.  Benjamin diría que tiramos del freno de emergencia, Adorno asentiría en silencio, Habermas nos recordaría que dialogar no es ternura ingenua sino técnica social para no matarnos, y Ahmed sonreiría al ver que elegimos cultivar afectos que cuidan en lugar de emociones que gobiernan.

Educar frente al genocidio es proteger y tener la posibilidad de sentir vergüenza y ternura cuando todo alrededor nos invita a la indiferencia. Es sostener una ética mínima y radical, una que no pase de moda, una que diga con claridad y sin gritos, aquí defendemos la vida, aquí ninguna niña y ningún niño está solo, aquí aprendemos a no repetir lo peor de los adultos, aquí practicamos la paz como un verbo cotidiano, y si el mundo insiste en arder, que al menos no se queme nuestra humanidad.

@Hadacosquillas

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