Consulta, FRENAAA y (des)politización en la 4T. Autor: José Reyes Doria

Las vialidades fueron liberadas por los manifestantes. Foto: Graciela López, Cuartoscuro

Desde los griegos hasta Rousseau, desde la Revolución Francesa hasta los movimientos libertarios e igualitarios de fines del siglo XX en Europa del Este, y las movilizaciones populares de inicios del nuevo milenio en el Medio Oriente y América Latina, ha estado presente la idea revolucionaria del pueblo como sujeto activo del poder. El pueblo como verdadera expresión del todo social, como ente generador y depositario de la soberanía, que exige un lugar en la mesa política, el lugar principal, puesto que son la mayoría siempre olvidada. La insurgencia del pueblo que le dice a las élites gobernantes “su proyecto no nos gusta porque no nos incluye, porque es otra vez la misma forma de dominación y reparto de la riqueza entre ustedes”.   Rara vez se ha realizado esta idea, y cuando ha ocurrido, su duración histórica fue breve, aunque con efectos de gran alcance en el tiempo y el espacio.

En 1793, el pueblo francés rebasó a las élites revolucionarias y obligó, a través del terror, a la destrucción de las estructuras opresoras del absolutismo. En México, en 1914, el pueblo en armas le dijo a Carranza y a Obregón que la Revolución estaba lejos de haber acabado con la victoria sobre Victoriano Huerta, que incluso la presidencia de Madero no había sido ningún triunfo para el pueblo humillado por siglos, porque tanto Madero como Carranza y Obregón y toda la dirigencia constitucionalista tenían un proyecto que volvía a dejar afuera al pueblo. Se gestó así la encarnizada guerra civil del pueblo armado (División del Norte, Ejército Libertador del Sur), contra los constitucionalistas. Sabemos el desenlace, derrota militar de los ejércitos campesinos, pero inclusión de mandatos de justicia en la Constitución.

Durante el período posrevolucionario en México, el pueblo estuvo corporativizado, maniatado, disperso y reducido a receptor pasivo de dádivas que dependían de la generosidad del Ogro Filantrópico. Llegada la etapa neoliberal a partir de 1982, el régimen se vio obligado a reforzar al máximo los controles sobre las masas y a intensificar los procesos de despolitización del pueblo, es decir, a eliminar todo espacio de agrupación, conciencia, organización e iniciativa. Carlos Salinas de Gortari inventó el Programa Nacional de Solidaridad para sistematizar el asistencialismo y debilitar cualquier asomo de conciencia y auto organización. El esquema era que el pueblo solo estirara la mano y el gobierno le proveyera.

¿Ha cambiado algo en la Cuarta Transformación? No, al contrario, en los últimos meses se han presentado fenómenos que apuntan a una despolitización más profunda del pueblo. Primero, hay que mencionar al movimiento autodenominado FRENAAA, cuyas propuestas son delirantes y rayan en el golpismo que busca sacar de Palacio Nacional al Presidente Andrés Manuel López Obrador. El número de gente “de abajo” que sigue al FRENAAA es incierto, aunque no parece ser masivo, hasta el momento. Pero aquí lo que quiero destacara es que, la gente que se ha movilizado con este grupo, no lo hace a partir de un proceso consciente de politización; al contrario, lo hace a partir de una estrategia de manipulación promovida por élites de la ultra derecha, que recurren a un elemento despolitizador por antonomasia: el sentimiento religioso.

Es necesario reiterar: en esta reflexión, llamo politización al proceso por el cual el pueblo se asume como la expresión del todo social porque son mayoría abrumadora y porque no tienen ningún lugar digno en el reparto de los beneficios de vivir en comunidad. La toma de conciencia del pueblo (de todo el pueblo, no solo el “proletariado”) sobre la distribución injusta y excluyente del poder y de la riqueza, conciencia que se traduce en un reclamo enérgico, radical, profundo, en los linderos de la legalidad y la insurrección, exigiendo un nuevo orden donde se refunde el contrato social y se pacte la redistribución de los bienes desde abajo.

Dicho esto, podemos comentar que el papel del pueblo en el gobierno de la Cuarta Transformación realmente no ha cambiado mucho. Es verdad que el Presidente López Obrador abraza un discurso de respeto y aprecio por el pueblo, postura realmente genuina que capturó el imaginario popular y le permitió obtener el respaldo masivo que lo llevó a la Presidencia de la República en 2018. Con base en esa convicción, AMLO impulsa una política social basada en una relación directa entre el gobierno y el pueblo, sin intermediarios, con una batería de programas sociales que brindan apoyos masivos a la mayoría de la población. También, López Obrador promueve constantemente, al menos en el discurso, la idea de la consulta popular como ejercicio de la democracia directa.

Con todo, el pueblo sigue jugando un papel pasivo en la Cuarta Transformación. La proporción del presupuesto que se le entrega en propia mano es marcadamente mayor que en los gobiernos anteriores, pero sigue siendo dádiva, indispensable para aliviar la condición de pobreza y carencias de las mayorías populares, pero sin ningún elemento que promueva la auto organización en los pueblos, las comunidades, los barrios, para que la gente cuestione al poder, exija espacios autónomos de acción política y pueda decidir por sí misma, desde abajo, sus prioridades de desarrollo. Sin estas condiciones mínimas, hay pocas diferencias significativas con el pasado, tal vez que ya no es el Ogro Filantrópico amenazador el que otorga la dádiva, sino un Gigante Feliz cariñoso.

La consulta popular avalada por la Corte para enjuiciar a los expresidentes, versa sobre una materia que no cambiará, ni de lejos, la posición del pueblo en el espectro político nacional; sea cual sea el resultado, ocurrirá en las élites políticas acusadas y acusadoras. Sí, estas consultas implican una participación política del pueblo, pero no tienen nada que ver con una reconfiguración de la relación económica y política entre el pueblo y las élites, no cambian la posición de desventaja y sometimiento del pueblo a los acuerdos de los “de arriba”. Incluso, si se sometieran a consulta temas como: nuevas formas democráticas de organización sindical, esquemas populares de gestión y producción en el campo, programas de empoderamiento económico social-popular en las grandes urbes, entre otros, no se acercarían al ideal democrático si esas consultas no son producto de la movilización y exigencia del pueblo demandante.

El razonamiento es radical, pero es necesario ponerlo sobre la mesa para tratar de entender el momento actual de la política mexicana. La democracia como algo que no se agota en el acto de votar, sino como un proceso constante de fortalecimiento de la voz y la posición del pueblo, un reconocimiento y ejercicio de la soberanía popular para que las decisiones fundamentales surjan desde abajo. Para que el pueblo imponga sus propias visiones y prioridades de desarrollo y, a la vez, sea el que decida si convienen y contribuyen a un país más igualitario decisiones de ayer y hoy como la nacionalización de la banca, la privatización de empresas públicas, las reformas educativas y energéticas, el Tren Maya, Solidaridad, Sembrando Vida, etcétera.

El pueblo no aguanta por siempre. En la Revolución Francesa, Saint-Just decía: seamos terribles nosotros para que el pueblo no lo sea; es decir, hagámosle caso y démosle su lugar al pueblo o nos va a rebasar por la izquierda. En esas estamos y hay infinidad de alertas de descontento en sectores sociales y populares, que no pueden desdeñarse así como así.

José Reyes Doria
José Reyes Doria

Politólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
Asesor parlamentario en diversos órganos de gobierno y comisiones de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión.
Colaborador en portales informativos. Conferencista sobre temas legislativos y políticos. Consultor en materia de comunicación política, prospectiva y análisis de coyuntura. Contacto: reyes_doriajose@hotmail.com

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