Por José Reyes Doria | @jos_redo
Estados Unidos siempre ha sido un factor determinante en los destinos de México. La guerra de 1847 fue, entre otras cosas, un acto de despojo escandaloso, una afirmación arbitraria de la voluntad gringa de hacer de México su patio trasero. Desde entonces, el arrogante Destino Manifiesto de Estados Unidos, ha impuesto a México una relación de tutelaje que los diferentes gobiernos mexicanos han sobrellevado, tratando de preservar los mayores márgenes de decoro y dignidad posibles.
El estatus de Estados Unidos como máxima potencia mundial, aunado a la condición de vecinos con tres mil kilómetros de frontera, ha determinado que los norteamericanos impongan a México condiciones draconianas en temas irreductibles en materia de seguridad estratégica, comercio o migración. Los tratados comerciales de los últimos 30 años, si bien han reportado beneficios significativos a México, no anulan la relación de dominio gringo en temas cruciales.
Por lo tanto, los gobernantes mexicanos siempre han sido cuidadosos de no provocar reacciones agresivas de los Estados Unidos. Recordemos uno de los últimos episodios visibles, en el sexenio de Enrique Peña Nieto, cuando asignó la obra del tren México-Querétaro a los chinos. El gobierno de Barak Obama dio el manotazo inapelable y obligó al gobierno mexicano a dar marcha atrás, pues EEUU no permitiría nunca que en territorio vecino se fortalezca su máximo rival planetario. En el gobierno de AMLO, es célebre la forma en que el gobierno de Trump impuso a México una política migratoria contraria a los principios mexicanos, obligándonos a hacer de nuestra Fuerzas Armadas una extensión de la Border Patrol para contener en territorio nacional las olas de migrantes que buscan ingresar a Estados Unidos.
Enforcar estos episodios desde la perspectiva del temperamento de Peña o AMLO es sumamente reduccionista. No se trata de ser más valientes o más cobardes. Sencillamente, en temas que los norteamericanos consideran estratégicos sus posturas son imperiosas. Si Peña se aferraba a permitir la expansión de los chinos, o si AMLO hubiera decidido no acatar las presiones de contener la migración, seguramente las represalias de Estados Unidos habrían significado serios daños a la economía o a la estabilidad mexicanas; sin capacidad de respuesta de nuestra parte.
Algunos Presidentes mexicanos, cuenta la leyenda, solicitan aval, o solo avisan, a la Casa Blanca que discursivamente podrán criticar y atacar fuertemente a Estados Unidos, para efectos de conservar legitimidad y liderazgo en la política interna mexicana. Pero que no se preocupen los gringos, porque esa retórica no implica que no se acaten sus directrices estratégicas. Por lo general, los estadounidenses toleran o ignoran esa retórica, siempre que sus intereses supremos se respeten y preserven. López Obrador ha sido uno de los Presidentes que más ha recurrido a la retórica inflamada de defensa de la soberanía, de rechazo a las injerencias gringas, de exigencia de trato digno e igualitario con los Estados Unidos, jugando incluso en límites que podrían desencadenar algún tipo de reacción agresiva. Pero en lo esencial, tanto AMLO como sus antecesores saben que es imposible rechazar las exigencias irreductibles de Estados Unidos, dada la abismal asimetría de poderes.
De esta forma, AMLO administró la relación con Donald Trump en los años que ambos fueron Presidentes. En el plano formal, discursivo, la estrategia de López Obrador consistió en desplegar una crítica intensa contra diversos actores e instituciones estadounidenses, pero otorgando a Trump un trato amigable, abiertamente condescendiente. Pese a las agresiones verbales, las descalificaciones inaceptables, los desplantes de Trump contra México y los mexicanos que viven en EEUU, el Presidente AMLO se mantuvo firme y disciplinado en no lanzarle el menor reproche a su homólogo gringo. Acaso fue lo más prudente, porque Trump es un verdadero bárbaro de la política, y muy probablemente, si AMLO le hubiera respondido a él en lo personal cada insulto, el norteamericano habría lanzado agresiones e infamias al Presidente mexicano que habrían llevado la relación México-Estados Unidos a un abismo de consecuencias incalculables.
Ahora, todo parece indicar que corresponde el turno a Claudia Sheinbaum de lidiar con Trump. Las probabilidades de que el magnate gane las elecciones y llegue a la Casa Blanca son altísimas, de tal forma que en el lapso 2025-2029 ambos sean Presidentes de sus respetivos países. Como decíamos, los Estados Unidos imponen su agenda de intereses estratégicos de forma unilateral y autoritaria, aunque esa imposición suele ser poco visible en la superficie, al grado de pasar desapercibida. Pero en las formas, en el manejo de la política y la comunicación, las cosas pueden estallar con una personalidad como la de Donald Trump. Un ejemplo de ello lo vimos hace unos días: Trump amenazó que no va a permitir la instalación y expansión de armadoras de automóviles chinas en México. Se entiende que esa amenaza la dice en el marco de la confrontación chino-estadounidense por la hegemonía planetaria, pero el alarde discursivo cuasi humillante de Trump agrega elementos incendiarios al potencial conflictivo de la relación binacional.
En la más reciente invectiva de Trump contra México, en la que se jacta de haber sometido a Marcelo Ebrard en el tema migratorio, se generó una reacción de Claudia Sheinbaum. Más allá de si el epíteto de “estúpido” que lanzó Trump se dirigía a Joe Biden y no a Marcelo, lo cierto es que la futura Presidenta de México emitió una respuesta dirigida al candidato presidencial republicano, rechazando su lenguaje soez y afirmando que no aceptará agresiones a México. El posicionamiento de Claudia es categórico, y, puede entenderse, busca fijar una postura encaminada a encuadrar la relación público-formal con Trump, en caso de que se concrete el regreso de éste a la Casa Blanca.
Sin embargo, es indispensable que Claudia, con el apoyo de su equipo especializado, consideren todas las variables, todos los riesgos que implica la relación que habrá de llevarse con un bárbaro como Trump. Lo cosa no es menor, y debe enfocarse en una perspectiva política de poder y proyecto histórico. Hay que tener presente que, como resultado de las elecciones del 2 de junio, el bloque gobernante morenista-obradorista-claudista acumula un poder político inmenso. Tienen mayoría calificada en el Congreso, el 80% de las gubernaturas y los congresos locales. Diversos poderes y actores que han mantenido posturas críticas a la llamada Cuarta Transformación, comienzan a alinearse con ésta.
En el escenario político, el nuevo régimen hegemónico que encabezará Claudia Sheinbaum no tiene ningún contrapeso grande, ninguna oposición que obstaculice la realización de sus proyectos. En la arena de los poderes fácticos, los empresarios, los sindicatos, las burocracias, las academias, los medios de comunicación, las organizaciones sociales, no tienen capacidad para ofrecer resistencia significativa a las decisiones fundamentales de la 4T, en caso de que dichas decisiones les afecten directamente. Solo los carteles del crimen organizado pueden desafiar al bloque gobernante, pero esos conflictos caen fuera de la esfera política.
Por lo tanto, el único contrapeso, o el contrapeso más potente capaz de condicionar la maquinaria de la 4T, es el que representan los Estados Unidos. No es algo menor, porque, como ya dijimos, los gringos llevan un siglo desplegando una arrogante diplomacia imperial que no titubea a la hora de imponer a rajatabla sus intereses. En cualquier parte del mundo, y con mayor razón en su vecino del sur. De esta suerte, Claudia debe conducir la relación con Trump de tal forma que las decisiones fundamentales de la 4T en materia energética, energía eléctrica, comercio, relocalización, migración, y sensiblemente el tema de la seguridad y el tráfico de drogas, en particular el fentanilo; que estos asuntos pueda avanzarlos el gobierno de Claudia hasta donde se pueda, hasta donde logre acordarlo, hasta donde pueda convencer al gobierno de Estados Unidos. Esa es la realidad, nos guste o no, el poderío imperial norteamericano impone esas condiciones.
Y es aquí donde cobra una gran relevancia la personalidad explosiva y agresiva de Trump. Engancharse en un intercambio directo y personal de reclamos y reproches con él, no es aconsejable porque la barbaridad de Trump puede llevarlo a un nivel brutal de ofensa a Claudia, lo cual generaría una tremenda crisis. Peña Nieto y AMLO lo entendieron bien: más vale que nos vean como agachones ante Trump, a que se descomponga la relación internacional más importante que tiene México.
Claudia debe considerar como riesgo adicional la conocida misoginia de Trump. Apenas ayer llamó perversa y tonta a Kamala Harris, la candidata presidencial sustituta del Partido Demócrata. Y así por el estilo su trato hacia las mujeres de poder, no reparó en hacer desplantes a la reina Isabel ni a Angela Merkel, por ejemplo.
¿Esto quiere decir que la Presidenta Claudia Sheinbaum deba agachar la cabeza y apechugar las agresiones verbales y políticas de Trump? No, lo que implica esto es que se debe planificar la relación con una inmensa dosis de prudencia y contención, con el objetivo de que en el día a día de la relación se evite el intercambio directo con Trump. Podemos decir que la respuesta directa de Claudia a Trump de hace unos días, rechazando su lenguaje soez, es entendible y más que justificada; pero pensar que ese puede ser el talante de la comunicación con Trump durante cuatro años implica casi un suicidio. Tal vez funciona esa respuesta ahora que Trump es solo candidato, siempre y cuando Claudia no se enganche en estos meses de campaña en Estados Unidos. Pero, definitivamente, a partir de que ambos sean Presidentes constitucionales, la línea debe ser otra. Tienen tiempo para pensar y planear en el equipo de Claudia.





