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Asaltar el Mundial. Autor: david pérez

El fútbol se convirtió en escenografía para quienes trafican con el odio y el autoritarismo.

david pérez | IG @davidperezglobal

A pesar de la tarde soleada del domingo 13 de julio en Nueva York, la final del Mundial de Clubes de la FIFA dejó una foto muy sombría. En la imagen que dio la vuelta al mundo aparecen Donald Trump, Gianni Infantino y los jugadores del Chelsea FC, ganadores del torneo.

La industria del fútbol mueve muchísimo dinero e intereses, y actualmente se promueven discursos pro derechos humanos que enarbolan la bandera de la igualdad y de otros valores democráticos. Sin embargo, muchas veces este discurso funciona como lavado de imagen para ocultar las prácticas reales de los organismos deportivos. Cuando la historia coloca a los actores del fútbol frente a la posibilidad real de emitir un mensaje contundente a favor de los principios que supuestamente defienden, prefieren mirar hacia otro lado y priorizar sus intereses comerciales.

Si la foto de la final del Mundial de Qatar en 2022 一en la que el emir le colocó a Leo Messi un bitsch, túnica negra y dorada que simboliza un alto nivel en una jerarquía organizacional一, fue el colofón simbólico de un torneo marcado por la corrupción, la instantánea de este verano en el contexto futbolístico tiene cierta continuidad con aquella imagen.

En la primera edición del Mundial de Clubes, Trump se colocó al frente y en el centro del escenario, permaneciendo allí mientras los jugadores celebraban su triunfo. Infantino rápidamente fue a acompañar al presidente de Estados Unidos para no quedar fuera de la foto. Este tipo de imagen se repitió muchas veces en el siglo pasado: políticos fascistas utilizando eventos deportivos para lavar su imagen o ampliar su alcance propagandístico.

La final de fútbol de este verano tuvo la típica mezcla estadounidense de deporte y militarismo. Antes del partido se realizó un sobrevuelo de aviones de ataque y se entonó el himno de los Estados Unidos, algo poco usual en los eventos FIFA, donde generalmente se interpretan los himnos de las federaciones representadas en la final.

Otro signo claro del cómodo asalto del presidente estadounidense al fútbol fue el anuncio de la FIFA durante la competición deportiva de abrir nuevas oficinas en Nueva York, específicamente en la Torre Trump. ¿Por qué Infantino regaló a Trump el trofeo original del mundial? ¿A cambio de que se le condonara la renta de un mes, o quizá para firmar un contrato sin depositar el anticipo?

La FIFA opera desde hace tiempo sin controles efectivos ni equilibrios reales. Abundan las investigaciones periodísticas que han documentado cómo se asignaron las sedes de los mundiales de Rusia 2018 y Qatar 2022. Son públicas también las maniobras y triquiñuelas para la asignación de los países sedes del Mundial 2030, dejando vía libre a la candidatura segura de Arabia Saudita para 2034. 

La FIFA hace negocios, intercambia favores y se toma la foto con quien haga falta, para luego recorrer el mundo dando lecciones y sancionando a sus afiliados por incumplir supuestos principios éticos internos.

El otro actor visible en la foto, el otro «asaltado», es el Chelsea FC de Inglaterra, específicamente sus jugadores. Antes de subir a recoger el trofeo,  sabían que Trump e Infantino serían parte del protocolo de la ceremonia, algo aclarado previamente a su capitán. Ninguno de los jugadores expresó públicamente rechazo o incomodidad respecto a la presencia de Trump. El club tampoco emitió alguna postura.  Solo en el momento exacto de la celebración fue evidente el gesto de desaprobación en el rostro de Cole Palmer, estrella del partido, al percatarse de que Trump permanecía allí para protagonizar la fotografía final.

Los jugadores muchas veces son excusados ante este tipo de «asaltos» por parte de los políticos. «¿Qué pueden hacer? Solo quieren jugar, es su profesión y la estabilidad económica de sus familias dependen de ello», se suele argumentar para defender a los futbolistas profesionales.

Ya que se trata de figuras públicas, protagonistas de uno de los principales fenómenos culturales actuales, cabría exigirles más responsabilidad. Intentar anular su agencia política, siendo profesionales y, en el caso particular de Inglaterra, contando con un sindicato de jugadores, es un grave error. Pero hay además una razón de peso para exigir congruencia a estos jugadores: su propia historia de lucha contra el racismo.

La primera vez que se implementó en Inglaterra el protocolo de la FIFA contra el racismo fue precisamente en un partido del Chelsea FC. Los insultos racistas fueron dirigidos hacia su entonces defensa central Antonio Rüdiger, quien reportó sonidos desde la grada imitando a monos, obligando a detener varias veces el juego.

En 2015, seguidores del propio Chelsea impidieron la entrada a un vagón del metro  en París a un hombre negro, cantando «somos racistas, somos racistas y es la manera que nos gusta». Ante las imágenes difundidas, el club reaccionó señalando que: «este comportamiento es repugnante y no tiene lugar en el fútbol ni en la sociedad; apoyaremos cualquier tipo de acción criminal contra quienes estuvieron involucrados».

Este mismo año, el jugador del Chelsea Wesley Fontana denunció en Instagram insultos racistas recibidos tras perder un partido: «2025, la estupidez y la crueldad ya no se esconden… No es solo fútbol, no es solo un juego cuando algunos creen que su color de piel les hace superiores a los demás…».

El club respaldó a Fontana con un enérgico comunicado: «El abuso que sufrió Wes Fontana tras el partido de ayer es abominable y no será tolerado. Todos nuestros jugadores cuentan con nuestro apoyo. Colaboraremos con las autoridades competentes para identificar a los responsables y tomar las medidas más enérgicas posibles».

Parece que el Chelsea FC está muy decidido a contraatacar el racismo cuando se trata de sancionar a aficionados no identificados, pero cuando hay que compartir escenario con quien promueve políticas públicas fascistas, no hay comunicado ni reacción alguna.

Compartir la celebración con Trump no provocó reacción en jugadores que meses antes habían sido solidarios frente a insultos racistas contra un compañero. Para ellos parecen ser realidades separadas; aquí sí apartaron el fútbol de su contexto social y limitaron la celebración a un supuesto «festejo inocente».

Esta actitud de separar el deporte de la realidad no es un problema exclusivo del Chelsea o sus jugadores. Organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch documentaron la muerte de trabajadores migrantes durante la construcción de estadios en Qatar, sin que jugadores ni federaciones se pronunciaran al respecto ni emitieran ningún comunicado crítico.

En este contexto, es fácil entender el asalto realizado por Trump a la foto final, pues es un escenario cómodo para políticos como él. Esta foto es sólo un aviso de lo que puede ocurrir el próximo año en la final del Mundial de selecciones nacionales, el evento cumbre de la industria futbolística.

La visión particular de la ideología liderada en este momento por Donald Trump irrumpió plenamente en el ámbito del fútbol mundial. Así, el fútbol se convirtió en escenografía para quienes trafican con el odio y el autoritarismo. El fascismo acecha desde sus palcos, cada silencio acaba coreando sus himnos.

david pérez

Analista con formación en filosofía, historia, resolución de conflictos y derechos humanos. Ha sido columnista en El Siglo de Torreón, Grupo Reforma y Grupo Milenio. Dirigió el grupo de investigación en materia de derechos humanos del Mecanismo de Esclarecimiento Histórico que investigó las violaciones graves a los derechos humanos cometidas en el periodo de 1965 a 1990 en México. Actualmente conduce el podcast Hacer las Paces y dirige la editorial independiente Pacífico Global Media.

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