AMLO le regala el tema ‘mujeres’ a los conservadores, pues él es de Marte y ellas son de Venus. Autora: Ivonne Acuña Murillo

Imagen ilustrativa. Foto: Gobierno de México.

Por: Ivonne Acuña Murillo.

Desde febrero de 2019, el presidente de la República Andrés Manuel López Obrador (AMLO), sea por su postura teórico-ideológica, sea por una posición defensiva que le impiden dimensionar el fenómeno que tiene a la vista, “le ha regalado”, una y otra vez, el tema “mujeres” a quienes reconoce como conservadores y enemigos de su gobierno. Les ha puesto en la mano el garrote para que lo golpeen de manera reiterada. La razón: “el presidente es de Marte y las mujeres son de Venus”.

Los lugares de enunciación desde donde hablan AMLO y las mujeres son, por lo menos, diferentes cuando no opuestos. El suyo es un diálogo de sordos, sordas, sordes. Cada cual, desde su trinchera, argumenta lo que debería hacerse para resolver las múltiples violencias que mujeres y niñas sufren cotidianamente en México.

De manera relevante, el político mexicano que en los últimos años ha sido capaz de poner en las mesas de debate un tema tras otro, que ha abrazado la causa de los pobres, de los jóvenes, de las personas adultas mayores, ha sido incapaz de abrazar un tema más: el de las mujeres. O, al menos, no lo ha acogido asumiendo los múltiples factores que cruzan por la violencia histórica, estructural, estatal, social, comunitaria, familiar, personal, racial, sexual, etaria ejercida en contra de las mujeres.

No es un problema de odio hacia las mujeres o de falta de voluntad política. No se puede argumentar que López Obrador es un misógino, un machista que ve a las mujeres como seres de segunda, cuando la conformación de su gabinete y vida personal parecen apuntar al lado contrario. No se puede tampoco afirmar que nada ha hecho su gobierno para tratar de remediar la situación de enorme violencia que sufren las mujeres en México.

Sin embargo, no se puede sostener tampoco que su postura en torno a aquello que hay que considerar para disminuir, por lo menos, tales violencias sea la adecuada. No se pueden defender igualmente sus posturas en torno a que el movimiento feminista está siendo empujado por los conservadores para deslegitimarlo, para golpearlo. Asumir como correcta esta visión, sería tanto como aceptar que la tan difundida idea machista de que las mujeres no son capaces de pensar por sí mismas y mucho menos de tomar decisiones y actuar en defensa de sus derechos es cierta.

Su entendible actitud defensiva en contra de los grupos organizados, de las élite política y económica que impidieron por dos sexenios su arribo al poder y que desde que comenzó este sexenio han atacado su administración buscado socavar el apoyo del pueblo sin el cual no lo hubiese logrado, le ciegan ante la existencia de un movimiento que vive y palpita con desesperación, impotencia, rabia expresada en gritos como: “nos han quitado tanto que nos han quitado el miedo”, “ni una más, ni una asesinada más”, “somos la voz de las que ya no están”, “vivas nos queremos”, “las niñas no se tocan, no se violan, no se matan”, “existo porque resisto”, “si mañana me toca a mí quiero ser la última”, “si violan mujeres, violamos las leyes”.

Esta última frase lo dice todo: no más esperar que la sociedad y los hombres cambien, no más esperar que el gobierno las proteja, no más esperar que con un movimiento pacífico, del tipo “no corro, no grito, no empujo”, al que quisieran agregar “no pinto, no rayo, no rompo” dé los resultados deseados. ¡El tiempo de la espera se agotó!

Que para mala suerte le haya tocado al gobierno de López Obrador, después de sexenios en que los delitos en contra de las mujeres, y la población en su conjunto, así como la impunidad se han multiplicado, el momento en que el tiempo se agotó, no supone un complot en su contra. Aunque, como ya se dijo, este sí exista. Pero, no es de las feministas de quienes el presidente debe cuidarse, él sabe perfectamente bien quiénes son y dónde están sus enemigos.

Desde el inicio de su administración AMLO ha insistido en dos cosas: en ligar a las feministas con grupos conservadores, ignorando la gran variedad de posturas, teorías, acciones, ideologías que conforman al movimiento; y, en su postura sobre que existen formas “aceptables” de protesta. Bajo estos dos presupuestos, el primer mandatario ha encasillado a las mujeres que se manifiestan.

Su actitud defensiva le ha llevado a prácticamente regalar el tema “mujeres” a los conservadores que tanto cuestiona. El mismo AMLO ha alimentado el contexto sobre el que los conservadores han pretendido hacer suyas las demandas de las mujeres. Cómo él mismo dijo en la Conferencia de Prensa, del 22 de febrero, realizada en Baja California Sur, 14 días antes de la multitudinaria manifestación del 8M y del Paro de Mujeres del 9M:

Nuestro gobierno garantiza el derecho a disentir, el derecho de manifestación, nada más que mucho ojo porque ahora los conservadores ya se volvieron feministas. Libertades plenas a todas las mujeres (…) Los que ahora están promoviendo soterradamente este movimiento, no todos, ni todas, pero para enfrentarnos, para afectar al gobierno (…) pues claro que está la derecha metida, los conservadores.

Bajo esta mirada, AMLO ha sido incapaz de poner a su lado a las mujeres, como lo hiciera con los pobres, los jóvenes, la gente mayor. Sus declaraciones, su mayor preocupación por la historia, por los monumentos, por las obras de arte, sus razones para suponer, con razón, que existen élites organizadas en su contra, le han llevado a subestimar un movimiento que le excede en términos de memoria, activismo, estrategias, siglos de lucha, investigaciones, teoría.

Movimiento que ya mostraba signos de transformación, desde 2017. Como botón de muestra de que el enojo de las mujeres no responde a un ataque personal en contra de AMLO, basta recordar que, durante la marcha del 17 de septiembre en protesta por el feminicidio de la estudiante Mara Fernanda Castilla Miranda, ocurrido en la madrugada del 8 de septiembre en la ciudad de Puebla, el periodista Jenaro Villamil fue “sacado” de manera violenta de la marcha por no ir a la retaguardia como habían pedido los colectivos convocantes.

El enojo creciente de los colectivos feministas y de muchísimas mujeres independientes, ante la pasividad social y gubernamental, ha escalado al punto de provocar manifestaciones que rompen con la teoría de la resistencia civil pacífica, pues como dijera el mismo presidente en la Mañanera del 18 de febrero “problema que se soslaya, estalla”.

Lo anterior ha desencadenado la búsqueda de otras estrategias, como afirmara la historiadora del arte y feminista radical Aleida Pop, en el programa “El Palo de la Piñata” del 2 de septiembre, producido y dirigido por Sol Ángel Hernández, en el canal de YouTube de Julio Astillero, con el tema “Desde nuestras trincheras”: “si esto no funciona a nivel pacífico (…) pues entonces vamos a tomar actitudes más extremas para hacernos escuchar. Todo está sistematizado (…) Sí son actitudes extremistas, sí son ideas extremistas, sin embargo, sirven a un fin y ese fin es quitar de raíz todo este sistema patriarcal de porquería”.

Estas estrategias han llevado a AMLO a pedir, como lo hiciera en la Conferencia de Prensa del 17 de febrero: “a las feministas, con todo respeto, que no nos pinten las puertas, las paredes, que estamos trabajando para que no haya feminicidios, que no somos simuladores y que no esperen que nosotros actuemos como represores. Que no nos confundan. Sabemos, porque llevamos años luchando, cómo sacarle la vuelta a la provocación y que respetamos el derecho de todos a la manifestación”.

Tres días después, en la Mañanera del 20 de febrero se quejó porque:

No aceptan nada. El otro día vinieron de un colectivo feminista que nosotros respetamos mucho. Pero su texto, su planteamiento en contra nuestra era de que se oponían a la moralización que nosotros promovemos. Pus yo respeto su punto de vista, no lo comparto. Yo creo que hay que moralizar al país, que hay que purificar la vida pública y que hay que fortalecer valores culturales, morales, espirituales, son concepciones distintas. Pero, no porque vinieron a hacer una manifestación yo voy a renunciar a mis convicciones de siempre, si por eso luchamos.

Sumando un factor más de distanciamiento con el movimiento feminista.

Y aunque, ciertamente, como afirma el presidente, un ambiente de deterioro moral aumenta la violencia en contra de las mujeres y niñas no la genera, de manera que, aunque se lograra mejorar dicho ambiente esto no se traducirá en el fin de la violencia en contra de las mujeres, de las violaciones, los feminicidios, los secuestros, la explotación sexual. Las raíces de dicha violencia no están ahí, son más profundas, vienen de lejos. Por eso la necesidad de políticas públicas y presupuestos encaminados a atacar las raíces del problema y no sólo sus consecuencias.

Como dijera la misma Aleida Pop, el feminismo es radical porque buscar “arrancar de raíz” todo aquello que hace posible las violencias en contra de las mujeres.

Hasta aquí existe un punto de contacto con el proyecto presidencial que también busca “arrancar de raíz” la corrupción que tanto daño ha hecho al país. Sin embargo, el punto de partida del presidente en cuanto a cómo resolver la violencia en contra de las mujeres se aleja de aquello que las teóricas feministas han descubierto.

Ya ellas, pasando por todos los esquemas teóricos, intentaron todas las explicaciones en cuanto a suponer que las causas de la subordinación y la violencia en contra de las mujeres eran económicas, políticas, sociales, culturales, morales.

Pensaron que cuando las mujeres trabajaran romperían las cadenas que las hacían dependientes de los varones, supusieron que al serles reconocidos los mismos derechos políticos que a los hombres su condición de subordinación cambiaría, soñaron que tener la oportunidad de estudiar, trabajar y mantenerse les evitaría ser sujetas de la discriminación, la subordinación, la violencia. Estaban equivocadas.

Suponer que un cambio de valores, en general, conlleva necesariamente erradicar la violencia en contra de las mujeres es un error, pues el origen de esta se encuentra en un constructo histórico cultural naturalizado durante siglos. De ahí que la propuesta presidencial choqué con lo que las feministas ya saben. Lo cual no significa que estén en su contra, como él insiste.

Si AMLO dejara de pensar que el movimiento es en contra suya, de su gobierno y de la 4T podría sumar a las mujeres al Movimiento de Regeneración Nacional, no como un apéndice, no como un apoyo gratuito, no como una voz silenciada, no como las subordinadas que sirven el café en las reuniones, sino como un movimiento mucho más antiguo que el suyo, más profundo incluso, pues tiene que ver con sacudir no las estructuras económicas y políticas recientes, de 40 años para acá, sino con dinamitar la cultura milenaria que ha construido a los mujeres y a los hombres como personas de Marte o de Venus, como los antagónicos en lucha eterna, en la que además una de las dos partes se lleva lo mejor y la otra calla y acata.

Tal vez sea demasiado para un proyecto que, no se puede negar, propone mucho, muchísimo. La tarea que AMLO se ha autoimpuesto es inmensa. Tal vez sea pedirle demasiado, tal vez no esté en él comprender y arropar un movimiento milenario que cuestiona las raíces profundas de la violencia, la desigualdad, la discriminación, el abuso, la muerte, el olvido. ¡Quizás!

Sin embargo, es probable que no sea mucho pedir algo de empatía, de sensibilidad ante el dolor que, probablemente, sólo otra mujer podría comprender. Posiblemente no sea demasiado pedir al presidente de la República que reconsidere su posición y deje de “regalar” a los conservadores el tema de las mujeres acusándolas no sólo de dejarse manipular sino de ser ellas mismas conservadoras o pro-porfiristas, como hizo en la Conferencia Mañanera del 8 de septiembre de 2020:

Yo respeto todas las manifestaciones, pero no estoy de acuerdo en la violencia, con el vandalismo. No estoy de acuerdo con lo que hicieron a la fotografía, a la pintura de Francisco I Madero. Entonces, el que afecta a la imagen de Madero o no conoce la historia, lo hace de manera inconsciente, o es un conservador, así. O sea, es un pro porfirista” (¿Sería el caso de estas mujeres? preguntó una reportera) Mmm, cualquiera de las dos opciones (respondió el presidente). O sea, yo si entiendo de que hay mucho dolor y que las víctimas de la violencia están, con razón, muy dolidas y que tienen derecho de manifestarse, pero no creo que esa sea la mejor forma de hacerlo.

Tal vez no sea demasiado pedir que el presidente de la República no revictimice a las mujeres que, hartas de las respuestas que se lanzan a un futuro que no vendrá, rompen, gritan, pintan. Que escuche, con otros oídos, los reclamos de las mujeres que, como Érika Martínez, han tomado el edificio de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), por mencionar un caso, y cuya hija de hoy 10 años fue violada por el hermano de su pareja sentimental cuando tenía 7 y quien, a decir de su madre, fue la que pintó sobre el cuadro de Francisco I. Madero.

Lo anterior no supone que el presidente deje de ser de Marte y las feministas de Venus, sino que, quien se encuentra en el poder, se permita pensar desde otro lado, con la apertura de un político progresista que entiende bien las causas sociales y la existencia de formas alternas de lucha arrancadas de la desesperación y la falta de resultados.

Ivonne Acuña Murillo
Ivonne Acuña Murillo

Socióloga feminista, académica de la Universidad Iberoamericana. Analista política experta en sistema político mexicano y género. Autora de más de 250 artículos periodísticos y 25 académicos publicados en periódicos y revistas de circulación nacional. Ha contribuido al análisis del presente y el futuro de un país que se desgarra en múltiples medios escritos, radiofónicos y televisivos, tanto nacionales como internacionales.

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