Por: Ivonne Acuña Murillo
Se dice que el mejor homenaje que se puede hacer a un escritor es leer su obra. Sin duda, a 10 años de su muerte, hay que leer o releer al maestro Carlos Monsiváis. Sus crónicas, ensayos, aforismos o el género que se prefiera. Temas como la cultura popular, el cine, las luchas, las divas, los políticos, a elegir según el gusto, el ánimo o el espejo por donde se mira. El punto es volver a la letra escrita de quien fuera un gran observador de la realidad mexicana, además de un erudito y ávido lector.
Una forma más de recordarlo es aplicar algunas de sus frases a la realidad actual, a la política y sus personajes, a los neoliberales y a las minorías, a los usuarios del metro, al México de la pandemia, a las mujeres, a la unicidad. Para mostrar con ello no sólo la vigencia de su pensamiento, sino volviendo con él a documentar nuestro optimismo, para reírnos un poco de nosotros mismos, haciendo de la tragedia una comedia, como él lo hacía.
En política
“Quédate con los honores, presidente, que cuando termine tu mandato, yo me quedaré con la impunidad.” Nunca mejor dicho en el caso de presidentes como Felipe de Jesús Calderón Hinojosa (2006-2012), por declaración y de Enrique Peña Nieto, por colusión.
El primero, de quien me gusta repetir su segundo nombre, por eso de no olvidar su filiación política y religiosa, hizo de la impunidad un valor a preservar cuando de salvar su pellejo se trató. Llegar a la presidencia de la República después de un fraude electoral le hizo temblar las piernas y, para no echar a correr, decidió “declarar la guerra” al narco y la delincuencia organizada y rodearse de militares como si de fans se tratara. Militarizó las calles y perdonó todos los pecados, pues el primero que había que cubrir era el suyo.
Igualmente, se cuidó bien de no ir a Palacio Nacional, por meses, hasta asegurar que no le fuera quitado el puesto al que llegó “haiga sido, como haiga sido” (esta frase no es de Monsiváis, pues el maestro si hablaba con propiedad, diría la R). Pero, y aquí el dato chusco, no se libró de las rechiflas, las mentadas de madre, las acusaciones de espurio en todo evento público al que se le ocurría asistir. Así en el Auditorio Nacional, cuando él y su esposa, Margarita Zavala, se dieron cita para festejar el reencuentro de Timbiriche, en una reunión de la CTM o en la misma sede del gobierno federal en una entrega de reconocimientos a estudiantes destacados. Cómo olvidar al chico pelirrojo que se negó a darle la mano y que en su propia cara le dijo “espurio”.
Después de eso, “Sin frustraciones dolorosas no hay acceso respetable a la bebida”, diría Calderón o ¿fue Monsi recordando a…?
Y qué decir de Peña Nieto, impune hasta ahora, después de formar parte de la llamada “Estafa Maestra”, a menos que el propio presidente de la República, no supiera que millones y millones de pesos públicos estaban saliendo de las arcas públicas, vía una serie de triangulaciones, concretando un fraude a la Nación con niveles nunca vistos en un solo sexenio. Y no porque los priistas no robaran, sino porque como se creían los dueños del país cuando no habían experimentado la alternancia, observaban la máxima “Roba, pero deja para el que viene” (esta tampoco es una frase de Monsiváis, pero viene como anillo al dedo).
Peña y su equipo, seguros de que no había garantías para que su partido repitiera en la presidencia, pues diría Carlos “Mi definición de fracasado: aquel que confía en sus propios méritos para hacerla”, se llevaron todo lo que pudieron. La certeza se entiende a partir de otra frase del célebre escritor: “Se vive sólo una vez y nuestros padres hicieron muy mal en educarnos en las tradiciones de la escasez.” Frase que, por otro lado, bien puede aplicarse a Karime Macías, exesposa del exgobernador Javier Duarte de Ochoa, de Veracruz, y su famoso mantra “merezco abundancia”.
Por supuesto, eso de la escasez tiene sus asegunes, ¿escasez de qué? ¿a partir de cuánto? ¿con dinero de quién?
“Ya no le diga cinismo. Dígale sinceridad”. La sabiduría que encierra esta frase bien puede aplicarse a Calderón y su antecesor. Basta recordar a Vicente Fox Quesada (2000-2006) afirmando haber ganado dos veces la presidencia, en unas elecciones que, a decir del mismo IFE, el expresidente puso en riesgo dada su intromisión, y a Calderón cuando reconoció que llegó a la presidencia como “haiga sido”.
Los neoliberales y las “minorías”
Desde 1982, cuando comenzó la administración del presidente Miguel de la Madrid Hurtado (1982-1988), llegaron al poder un conjunto de presidentes “neoliberales”, por darles un apelativo técnico no ofensivo, y con ellos una política de corte asistencialista hacia las minorías que, por supuesto, “los de arriba” despreciaban por no ajustarse a los estándares de la modernidad económica y es aquí donde se reitera que “Los pobres nunca serán modernos. Se comunican por anécdotas, no por estadísticas”.
De modo que, ante la imposibilidad de sacarlos a todos del país se decidió seguir una vieja estrategia conocida como “gatopardismo”, que bien puede ser resumida en otra frase de Monsiváis: “Todo cambia, todo se transforma: todo sigue igual”.
¿Qué cambió? el modelo económico. ¿Qué se transformó? la manera de operar la economía, del proteccionismo en vías de la industrialización y la política pública de amplia cobertura a grupos menos favorecidos, se pasó a la economía de puertas abiertas, al abandono de las grandes mayorías en beneficio de los intereses de dos pequeñas élites, una política y otra económica, y a la política pública asistencialista para evitar estallidos sociales y no para elevar el nivel de vida de la población. ¿Qué siguió igual? la condición de los pobres que nunca serán “modernos”.
Acusación ante la cual había que defenderse, “Falso que los de la clase gobernante seamos racistas. Los racistas son los indios y los nacos y la plebe y el infelizaje, que prefieren fracasar con tal de no tratarnos”, afirmó más de un neoliberal. Hoy, esos mismos “indios y nacos” son conocidos como “chairos”, “ciegos seguidores”, se dice, de un tal mesías que prometió elevarlos por encima de quienes piensan que “La telenovela es la otra familia del espectador, la que sufre con estilo y entre muebles carísimos.” Porque, hay que decirlo, “indios patarrajada (…) están pobres porque quieren cabrones” (Juan Vargas-Damián Alcázar, en la Película de Luis Estrada La Ley de Herodes).
Si ya sé, la Ley de Herodes no retrata la época neoliberal, esa es la de Un mundo maravillo, sino el régimen priista del sexenio de Miguel Alemán Valdés (1946-1952) y el llamado Estado benefactor, pero si no lo dicen, nadie se dará cuenta, pues “El valiente dura hasta que el cobarde muere”. Igual no tiene nada que ver, pero me gustó la frase y había que meterla en algún lugar, ¿no creen?
Claro, habrá que decir en descargo de los que “son pobres porque quieren”, cómoda idea que libera de responsabilidad moral a políticos, empresarios, religiosos, teóricos de la modernidad, intelectuales orgánicos, etc., que “La flojera del mexicano más bien se llama desempleo”.
Y entonces “Cada ciudad con 800 mil o un millón de habitantes, genera su propia zona prescindible, compuesta por esa gente sin oficio ni beneficio, en el filo de la navaja entre la sobrevivencia y el delito.” Y ya entrados en gastos que venga el Metro.
En el Metro
Las frases que sintetizan, si algo así es posible, la sabiduría monsivariana susceptible de ser aplicada a la realidad más cotidiana, esa de quien “tiene” que viajar en metro, porque no hay de otra, o de quien “no tiene que” pero que disfruta de las vicisitudes de perder la subjetividad, de pelear por estar adentro aunque se quisiera estar afuera, de luchar por un lugar como si de la vida se tratara, de recibir masajes gratis, de untar su cuerpo en otros compartiendo sudor y virus (ah por cierto, ya casi llegamos a eso), de quien al “Incursionar en el Metro a las horas pico (encuentra que) es nocivo para los ideales del avance personal en tiempos de crisis”.
Encantadora frase que retrata el arte de vivir al límite, porque subirse al metro en las famosas horas pico, sin policías que le den un empujón, como en Japón, es todo un reto. “¡Quién tuviera un cuerpo para la vida cotidiana y otro, más flexible y elástico, sólo para el Metro!”
De la pandemia, las mujeres y otras cosas
“Si nadie te garantiza el mañana el hoy se vuelve inmenso”, en muchas ocasiones para quien habita en México, esta frase ha tenido un profundo sentido. Cuando México no era México y la guerra tenía un sentido florido; durante la época colonial cuando ser casta era casi como ser un “pelado”, un “naco”, un “chairo”; durante tres revoluciones, la de Independencia, la de Reforma y la 1910 cuando la vida valía poco, o como diría el cronista “La vida vale mientras no se le aprecie demasiado”; en momentos de crispación cuando las guerrillas sustituyeron a las grandes gestas heroicas; cuando volverte un “daño colateral”, delincuente o narco, de la noche a la mañana, se volvió más que probable; ahora, cuando salir a la calle y abrazar a quien amas representa un peligro.
Actualmente, cuando esperar es la regla y no la excepción, para ellas y ellos, aunque, a decir de la norma, sólo “Las mujeres deben aguardar, sino para qué son mujeres, si tienen tanta prisa háganse hombres”. Cuando “Somos tantos en la ciudad de México que el pensamiento más excéntrico es compartido por millones”; cuando “El libertinaje es la libertad regañada por la moral tradicional” y “Cada quién es único, pero las maneras de ser único se parecen demasiado entre sí”.
Ahora, cuando quiero contradecir al maestro de la palabra, la crónica, el ensayo, la ironía y el sarcasmo y negar que “Soy optimista, (pues) creo en mi mala suerte”.
Ayer y hoy, cuando cabía y cabe decir: “Me invitas otra bala o te la invito (los de adelante mueren menos, los de atrás se infectarán)”.
IVONNE ACUÑA MURILLO
ARTICULISTA
Prensa Ibero y Revista Zócalo
ARTÍCULOS PUBLICADOS
25 académicos y más de 250 periodísticos
COLUMNISTA INVITADA
El Economista, El Universal, Milenio Diario, Excélsior, The Huffington Post México y La Silla Rota.
Twitter: @ivonneam





