Vasconcelos: arte y educación para cambiar al mundo. Autora: Pilar Torres Anguiano

“La política, como la educación es la puesta en marcha de la filosofía;
y esta, en su parte más profunda, es estética.”
José Vasconcelos.

En las clases de historia de preparatoria, al hablarnos de la fallida campaña presidencial vasconcelista de 1929, nos aseguró que aquel candidato no habría sido un buen presidente porque no era un político, sino un intelectual.

En contraste, en “La sucesión presidencial de 1910”, Madero escribía que: “Es en los verdaderos intelectuales en quienes está la salvación de México –no en los aristócratas y tecnócratas–, sino en aquellos hombres libres, sin compromiso ideológico con régimen alguno, en quienes se forja la libertad”. Precisamente, el triunfo de la revolución maderista era la gran oportunidad de iniciar un proyecto cultural integral en México. El joven Vasconcelos, en aquellos años asume la dirección del periódico anti reeleccionista y la presidencia del ateneo de la juventud.

El aspecto educativo de Vasconcelos es ampliamente conocido, pero en el mejor de los casos, se recuerda al creador del escudo y lema de la universidad, al impulsor del muralismo mexicano, y al creador de la Secretaría de Educación Pública. Pero todos estos hechos son solo efectos de una causa que es su pensamiento filosófico.

Vasconcelos, modestia aparte, creía encarnar la personalidad de Ulises, el héroe de la odisea. Así viajaba nuestro Ulises criollo por Latinoamérica, anunciando la llegada de una nueva atenea que moldearía el alma de la futura gran raza, que vivía como en los tiempos de Ulises, dispersa.

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Sus ideas filosóficas en torno al arte, la cultura y el papel social del artista se expresan esencialmente en tres obras redactadas entre 1916 y 1920: Pitágoras, una teoría del ritmo, El monismo estético y Estudios indostánicos.

Siguiendo a Pitágoras, consideraba que el número y la armonía representan la expresión de un movimiento “regular e infinito” de las cosas, es decir, de un ritmo. En El monismo estético escribió que “La esencia del arte es una alquimia de lo rítmico y melodioso del yo, unido a lo profundo de la naturaleza”.

Así las cosas, el universo es una sinfonía y el sistema educativo debe sentar las bases para que el estudiante sea capaz de interpretar esta sinfonía, y las capacidades que se requieren para ello se desarrollan a través de la estética.

Siempre mesiánico, creía que los problemas sociales se solucionarían por la vía educativa y cultural. De allí la importancia de la educación concebida como instrumento de un hombre nuevo y no como acopio de técnicas didácticas. Intentaba crear y desarrollar un arte nacional que sustentara valores universales y que tratara temas de profundidad humanista. En el pensamiento de Vasconcelos, la filosofía en su totalidad deviene en la estética.

Concebía a la SEP como una nueva Paideia, a partir de la cual promovió la disciplina del cuerpo y del alma. A través de los festivales al aire libre buscó que la población ejercitara y dominara su cuerpo para que pudieran alcanzar la serenidad de la contemplación. Influenciado por las filosofías orientales, los ejercicios colectivos, la música, la danza, preparan para las largas meditaciones en las que el alma se impone pruebas a sí misma.

Acaso sin saberlo, es precursor de la filosofía postmoderna que busca superar la dicotomía entre ser y conocer, sujeto y objeto, oriente y occidente, ser y deber ser. Y que concibe a la emoción como aquello que sintetiza lo que la razón divide. Por ello, la educación, puesta en marcha de la filosofía estética, promueve el pensamiento creativo y los valores que integran el saber, en lugar de las asignaturas que en un afán de especialización, aíslan el conocimiento en lugar de integrarlo.

Así entendido, el arte es una esperanza y una solución al problema educativo. Es el signo de la cultura y la cultura es lo que da consuelo frente a la certeza del caos y es lo que da serenidad frente al desastre. En la educación estética se transforma sin destruir.

Algunos de sus críticos coinciden en señalar que sus discursos políticos son demasiado conceptuales, sus ensayos demasiado míticos, sus cuentos muy filosóficos y su filosofía muy literaria. Se trata de un filósofo para quien la sabiduría no consiste en buscar con erudición lo bello, lo bueno y lo uno, sino de vivir en concordancia con esa búsqueda. Así, en su filosofía de la educación buscaba recuperar el verdadero sentido del arte y el de la belleza como forma de vida.

Vasconcelos le dio vueltas toda su vida a la idea de la unidad del cosmos y la existencia. Pero la razón –al menos la suya– está condicionada por la emoción que se asombra ante lo inexplicable; y por eso voltea a la estética, donde la pregunta es más importante que la respuesta.

Contradictorio, apasionado, irracional, terco, dionisiaco, radical, obcecado, resentido y amargado por el fracaso de sus aspiraciones políticas; en su vejez, creyó encontrar consuelo en ideas fascistas.

Luego de su muerte, sus mejores obras no vuelven a ser editadas durante un buen tiempo. Quien quisiera estudiarlo, debía recurrir a librerías de viejo o despachos de los abuelos. Nunca sabremos si habría sido un buen presidente, pero algo del vasconcelismo permaneció en los murales o el lema de la Universidad, como esperando al fin cobrar fuerza y sentido. Más allá de los imperdonables devaneos, se vale tomar como pretexto su obra para pensar en el México con que soñó y algunos todavía sueñan; leer sus conferencias, obras filosóficas y conocer al joven intelectual revolucionario que creía en el arte y la educación para cambiar al mundo.

Pilar Torres Anguiano
Pilar Torres Anguiano

Filósofa, profesora y ensayista.

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