¿Una nueva Constitución para México? Autor: Venus Rey Jr.

Chilenos participan en una celebración luego de la jornada de votación del plebiscito constitucional en Santiago, el 25 de octubre de 2020. Foto: Xinhua

¿Qué opinión tendría usted si los mexicanos nos diéramos una nueva constitución? En Chile acaba de haber un plebiscito con ese fin y una inmensa mayoría de los chilenos (78%) dijo Sí.

Y no era para menos. La constitución que rige al país austral es del dictador Pinochet. Aquí en México no faltan los que piensan que ese despreciable tirano le hizo un favor a Chile al traicionar y derrocar al presidente Allende, ni faltan los que sostienen que el éxito económico de esa nación fue construido por esa dictadura. La verdad es que el éxito era hasta cierto punto amplificado y descansaba en la desigualdad. El “éxito económico de Chile” era sólo para unos cuantos. Imagínese usted si no la sociedad iba a estar profundamente inquieta y turbada si su democracia estaba basada y se sostenía en una constitución redactada por una Junta Militar y por una comisión (Ortúzar) designada por esa Junta, todos bajo las órdenes del dictador. Es una fractura político-existencial profundísima. Por eso las protestas en Chile se han agudizado tanto desde octubre del año pasado. El gran pueblo chileno ha despertado y se dará una nueva constitución.

Algo similar sucede en España, y por eso también es perceptible un malestar político-existencial que tiene enemistados a los españoles y a quienes, perteneciendo a España, no se consideran españoles (por ejemplo, los catalanes). Ver al rey de España todos los días es un recordatorio del ominoso Franco. Antes de ser Rey, Juan Carlos de Borbón había sido designado en 1969 por el mismo Franco como su sucesor –¡un dictador actuando como rey instituyendo a su sucesor– y fungió como jefe de Estado interino en dos ocasiones (1974 y 1975). El 30 de octubre de 1975, cuando era inminente la muerte de Franco y estando él consciente de que su vida acabaría en cualquier momento, ordenó que se hiciera efectiva la sustitución, ya no interina, sino definitiva, de la jefatura de Estado en la persona de Juan Carlos de Borbón.

Si Juan Carlos fue rey –sigue siendo rey emérito, formalidad por demás ridícula– y su hijo Felipe lo es ahora, es gracias a Franco. ¿Cómo no va a haber una inquietud existencial, un “malestar en la cultura”, para parafrasear a Freud, una incomodidad por default entre los españoles siendo Franco uno de los autores de su democracia? Los que se atreven a manifestar simpatías por una república española de inmediato son tildados de traidores bajo el argumento de que España se desintegraría si se acabara la monarquía. O sea que, según ellos, la existencia de España depende hoy del rey… ¡y en última instancia de Franco, que lo hizo rey! Si la existencia política de España es tan endeble se debe a que es un Estado artificial –de eso hablaré en otra ocasión–, y por eso corre el riesgo de desbaratarse tan fácilmente, con o sin monarquía. Es más, es un milagro que España todavía exista como Estado a pesar de los Borbones. Con la probable excepción de Carlos III, se puede decir que esta dinastía ha sido nefasta para España. A mí me parece que la monarquía española tiene en Felipe VI a su último rey. Después, la república.

En mis clases de Derecho Constitucional solía explicar a mis alumnos que México necesitaba una nueva constitución. Al status quo le da miedo o pavor la posibilidad de un nuevo orden jurídico. Cuando el PAN venció al PRI en la elección presidencial de 2000, pensé que era el momento oportuno para darnos esa nueva constitución, pero para mi desilusión –y la de millones de mexicanos– el PAN no fue un cambio, sino una continuidad. Adoptaron ese partido, sus líderes y legisladores, una actitud acomodaticia. Vaya, descubrieron los privilegios del poder y pensaron que sería una muy mala idea erradicarlos. Por eso muchos piensan –con torpeza, desde mi punto de vista– que el PRI y el PAN son una y la misma cosa –lo cual es tan insensato y poco serio como decir que el PRI y Morena son lo mismo–.

De un modo similar al que las democracias chilena y española están fincadas en dos dictadores (Pinochet y Franco), así nuestra democracia está fincada en un orden jurídico que funcionó “perfectamente” a la “dictadura perfecta”, para parafrasear a Vargas Llosa: la dictadura perfecta del PRI.

La constitución mexicana fue el resultado de una revolución, y por eso es sagrada –no para mí, claro–. La idea de cambiar la constitución equivaldría a maldecir o negar la revolución. Y he ahí el sofisma. La revolución, que fue justa y legítima en su origen, se convirtió pronto en una orgía de sangre. No fue el pueblo el que gobernó bajo la constitución, sino los caudillos que triunfaron y que se asesinaban unos a otros, hasta que uno de ellos tuvo una idea que funcionó: la revolución debía institucionalizarse. Imagínese usted esta contrariedad: una revolución que se institucionaliza: oxímoron que ni Heráclito, caray. Y así nació el PRI: el Partido Revolucionario Institucional. Vaya bodrio. Después de los caudillos revolucionarios (Carranza, Obregón, Calles, Cárdenas, Ávila Camacho) accedieron al poder los cleptócratas (de Miguel Alemán a la fecha). Criticar al partido o cuestionar el orden jurídico era traición porque equivalía a maldecir y profanar la sagrada revolución que había traído justicia y bienestar a los mexicanos. Pero quienes profanaban la revolución y la constitución mientras se enriquecían, eran ellos.

Hay gente que todavía lo creería: que la constitución mexicana de 1917 no puede ni debe dejar de existir, pues entonces la revolución habría sido en vano –y si lo propone alguien del partido mayoritario de hoy, menos–. Pero en gran medida la revolución fue en vano: la miseria, la discriminación, las desigualdades y la violencia persisten y están acentuándose cada día más.

En el constituyente de 1917 no había una sola mujer. Tampoco los pueblos originarios tuvieron una debida y justa representación. Por eso los mexicanos (muchos mexicanos, aunque seguramente habrá algunos que estén muy a gusto) experimentan esa sensación que yo llamo “incomodidad o inquietud político-existencial”. Y aunque una nueva constitución tampoco es la panacea, sí puede ser un buen punto de partida para enderezar el rumbo.

Para mí es evidente que necesitamos una nueva constitución. Y lo primero sería erradicar el terrible sistema presidencial. Algunos creen que los que mayor daño han causado a México son los españoles (la colonia), los estadunidenses (la desintegración de nuestro territorio), los franceses (la intervención) o la iglesia católica. Y sí, han causado mucho daño. Pero quienes más han dañado a México, por mucho, han sido sus presidentes. Y eso ha sido posible porque el orden constitucional les confiere un tremendo poder. Cualquier presidente de los últimos que hemos tenido ha hecho más daño a México que todos los ejércitos invasores. Así que el nuevo orden constitucional deberá ser parlamentario, nunca más presidencial.

¿Será ahora el momento oportuno de darnos una nueva constitución? ¿Usted qué piensa? Chile nos está poniendo el ejemplo.

Venus Rey Jr.
Venus Rey Jr.

Compositor de música sinfónica, escritor, ensayista y académico. Licenciado en Derecho por la Universidad Iberoamericana y Maestro en Filosofía por la Universidad Anáhuac. Su obra musical ha sido presentada en Estados Unidos, Rusia, Alemania, Reino Unido, Italia, Polonia, Ucrania, Austria, Argentina, Perú y México. Ha grabado diez discos de sus composiciones y publicado dos libros de narrativa, tres volúmenes de poesía y diversos ensayos jurídicos y filosóficos en revistas especializadas de la Universidad Iberoamericana, el ITAM y la Universidad Anáhuac. Es colaborador de Grupo Fórmula. Escribe en el diario El Economista y en las plataformas digitales de los periodistas Eduardo Ruiz Healy y Julio Hernández “Astillero”.

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