Un año con AMLO: cada quien ve lo que quiere ver. Autor: Venus Rey Jr.

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Foto: Xinhua

Qué rápido pasó el primer año de este gobierno. Aquel sábado 1 de diciembre de 2018 parecía ser el inicio de una nueva era de nuestro devenir histórico. ¿Lo ha sido? Unos dicen que sí, otros dicen que no.

Es sumamente difícil que la discusión sobre este tema sea objetiva. ¿Ha usted expresado, en sus círculos de amigos, de familia o de trabajo, una opinión favorable del presidente? Dígame: ¿cómo le fue? Seguro no faltó quien haya dicho o pensado que es usted un pinche chairo. Y al revés: si ha manifestado una crítica al gobierno, estoy seguro que también habrá usted recibido, no un argumento que refute lo que usted expone, sino un insulto. Y si lo ha hecho en redes sociales, la cosa se agudiza aún más.

El gobierno de Andrés Manuel López Obrador, como todo gobierno, tiene fortalezas, aciertos, debilidades y fracasos. No hay gobierno perfecto. No hay gobierno que, por bueno que sea, no tenga algo malo; ni gobierno malo, por malo que sea, que no tenga algo bueno.

Hay una fuerte inclinación en casi todas las personas a pensar que el destino de un país depende completamente de su gobernante. Es verdad que un mal gobierno puede hacer mucho daño y que un buen gobierno puede generar condiciones de bienestar y de progreso, pero también es verdad, según algunas corrientes de pensamiento filosófico e histórico, a las cuales me adhiero, que las fuerzas del devenir operan con independencia de las personas. Para hacer más claro mi punto, podría alguien decir que sin Madero no hubiera iniciado la Revolución Mexicana. Madero fue fundamental, pero si él no hubiera existido, de todos modos habría sucedido la Revolución. Y lo mismo podría decirse de Lenin. ¿Usted piensa que sin Lenin no hubiera existido la Revolución Rusa? ¿Usted cree que sin Washington no existirían hoy los Estados Unidos? ¿Piensa que si Lincoln no hubiera llegado a la presidencia, no habría ocurrido la Guerra de Secesión y aún hoy en día habría esclavos en Estados Unidos? No estoy soslayando la importancia de Madero, Lenin, Washington o Lincoln: fueron fundamentales. No obstante, acontecimientos tan trascendentes como las revoluciones mexicana y rusa, el nacimiento de los Estados Unidos, la Guerra de Secesión y el fin de la esclavitud, de todos modos habrían ocurrido y al frente de ellos habrían estado otras personas. Esto no significa que líderes y gobernantes no tengan responsabilidad. Claro que la tienen, pero eso no desvirtúa la dinámica de la Historia, que marcha implacable con independencia de personajes.

Siguiendo este razonamiento, que es empíricamente irrefutable, es válido decir que cuando AMLO y sus seguidores culpan de todos los males a seis gobiernos concretos (De la Madrid, Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña, la llamada Era Neoliberal) están atrapados en un error fundamental. Imagine usted que nunca hubieran llegado a la presidencia esas seis personas. ¿Sería México otro? El llamado neoliberalismo no es una invención de estos presidentes, sino producto de una dinámica histórica, no sólo a nivel nacional, sino mundial. Era imposible sustraerse a esa fuerza que impelía y empujaba a los países a abrirse y a eliminar obstáculos en el comercio. Tan actuaba esa fuerza con independencia de las personas, que hasta China y la URSS se abrieron. La URSS, al abrirse, dejó de existir. Hay quien culpa de ello a Gorbachov, pero si él no hubiera nacido, de todos modos se habría colapsado la URSS. El neoliberalismo se impregnó en México como en todos lados. No fue la malévola intención de seis oscuros presidentes –por cierto, bastante malos–.

Es cierto que muchos de los problemas que nos aquejan hoy se generaron o se agudizaron durante esos seis gobiernos. El régimen actual no puede escapar de la inercia de las fuerzas del devenir. A la luz de la dialéctica a la que está sujeto todo proceso histórico-político-económico-socio-cultural, el gobierno actual no deja de ser una reacción. Sus opositores suponen cándidamente que, de no existir López Obrador, no se habría generado tal reacción. Aun si él no hubiera nacido nunca, el giro hacia el populismo se habría dado tarde o temprano en nuestro país –como se está dando ya en todos los hemisferios–, y la era de la corrupción como sistema habría sido contestada. No era Andrés Manuel quien estaba harto de la corrupción, sino México entero. El sistema de corrupción estaba destinado a colapsarse.

Un opositor del gobierno cree que los números de la violencia y de la economía serían mejores si el presidente fuera Ricardo Anaya o José Antonio Meade, y mientras más extrema sea la postura opositora, mayor sería esta creencia. Es más, algunos opositores suponen que el nuevo gobierno es el inicio de una etapa oscura y el fin de una era dorada de bonanza y bienestar. Permítaseme decir que, sin importar quién fuera hoy el presidente, los números de la economía y de la violencia no serían sustancialmente diferentes. Es verdad que la cancelación del aeropuerto en Texcoco pudo haber sido una mala señal para los inversionistas y que es muy factible que este hecho haya precipitado la recesión económica que estamos padeciendo. Vamos a suponer que Anaya o Meade hubieran ganado y que el aeropuerto de Texcoco estuviera muy cerca de ser inaugurado. ¿Cree usted que las condiciones para los millones de pobres en México serían diferentes? ¿Cree usted que, en lugar de la recesión estaríamos creciendo al 3, 4, 5, 6 o 7%? ¿Cree usted que el número de homicidios dolosos y feminicidios sería mucho menor y que nuestras ciudades y regiones serían más seguras? Las fuerzas del devenir y la dialéctica de la historia aplastan a cualquier presidente. Anaya y Meade habrían sido aplastados igual que este gobierno. Los millones de pobres seguirían siendo los millones de pobres, con o sin programas asistenciales; el horror de la violencia seguiría fuera de control.

Usted preguntará que entonces para qué un presidente. Hay posturas de pensamiento –a las que también me adhiero– que sostienen que la racionalidad de Homo Sapiens y su fragilidad natural (no tiene garras, ni pieles, ni vuela, ni corre rápido, pero tiene inteligencia en el sentido propio de la palabra, lo cual le ha permitido erigirse en amo y señor del planeta) traen aparejada la vida en sociedad. Un hombre fuera de la sociedad no podría ni sobrevivir. El cuento de Tarzán o de Mowgli es eso: un cuento. Deje usted a un bebé en medio de la selva tropical o en medio de la sabana africana y constatará que morirá. Y en el hipotético e imposible caso de que sobreviviera y fuera adoptado por los lobos o por los simios, no sería capaz ni de hablar ni de cultura. Lo que quiero decir es que la racionalidad implica organización, planeación, dirección y diseño inteligente, y por ende gobierno. La anarquía es una postura imposible. No puede existir sociedad sin gobierno. Y sí: un buen gobierno puede traer beneficios y un mal gobierno puede causar grave daño. Eso no se niega. Pero nadie (ni siquiera Cristo) puede escapar de la fuerza del devenir ni de la dialéctica de la historia. Nadie.

Hay aciertos del gobierno de AMLO y son innegables. Menciono dos: la austeridad de los funcionarios, que ya es ley. Los altos funcionarios vivían como marajás. Gobernar en medio del lujo inevitablemente lleva a la frivolidad y a la indolencia. Sobriedad y austeridad son consustanciales al gobierno de un Estado, aún en las monarquías. Monarcas como el papa Francisco y algunas casas reales en Europa son prueba de ello. Claro que también hay ejemplos contrarios, pero eso no desvirtúa que sobriedad y austeridad sean consustanciales al gobierno. En materia de austeridad (me refiero específicamente a la austeridad de los altos funcionarios), el presidente ha cumplido, y creo que esto perdurará aunque en 2024 regrese el PAN. Otro acierto es que el poder se ejerce con un espíritu social, no sectario ni de élite. La prueba irrefutable y empíricamente verificable de que el poder no se ha ejercido en México con espíritu social desde hace mucho tiempo son los 90 millones de mexicanos (sí: 90 millones) que perciben menos de 10 dólares diarios (un poco menos de 200 pesos). Usted podría decir que dar 3 mil pesos mensuales a millones de jóvenes a través de programas sociales no es la solución para erradicar la pobreza, y tendría usted razón. Pero dígame quién ha hecho algo por esos millones de jóvenes. Podrá parecer a muchos chocante, pero este gobierno está orientado por un espíritu social, y eso no puede dejar de ser un acierto.

He mencionado dos cuestiones que, me parece, dejan bien parado al gobierno. Hay más, pero no puedo agotar todos los temas en un artículo. También hay puntos malos, fracasos, fiascos. Tampoco puedo agotarlos todos, de modo que sólo me referiré a dos. La economía no crece. Al contrario: se contrae y nos coloca en la recesión. Esto no es bueno para nadie, por más que se insista en distinguir entre crecimiento y desarrollo, o crecimiento y bienestar. Por una simple razón: el pastel (o sea, el PIB) es más chico y hay que repartirlo entre más personas, pues la población crece. Por mucho que se niegue, si no hay crecimiento económico no puede ser combatida la pobreza. La asistencia puede paliar el problema, pero sólo provisionalmente y de manera muy limitada. No es la solución. Claro, la disciplina y la sensatez en las finanzas públicas –también hay que señalarlo–, han evitado una catástrofe. Las cosas no van bien, pero el panorama podría ser desastroso, como decían los opositores: un dólar a 30 pesos, una hiperinflación y una economía quebrada. Nada de esto ha sucedido, y de mantenerse disciplina y sobriedad, tampoco sucederá, a pesar de la contracción de nuestra economía. El otro punto en el que el gobierno ha fallado es en la pacificación del país. México es hoy más violento. Hay más muertos que con Peña y Calderón. México entero es una tremenda fosa de cadáveres, terreno fértil de la extorsión, el narcotráfico y la trata, paraíso del crimen organizado. No por culpa de López Obrador. Aun así, por mucho que él lo diga, no es posible sostener indefinidamente que la culpa la tienen las anteriores administraciones. Siguiendo esta lógica, tampoco Peña sería culpable. Culpables son todos los gobiernos, incluido el actual, no en el hecho de que exista el crimen organizado y la violencia, sino en el hecho de implementar políticas ineficaces para combatirlos. La estrategia de AMLO no está funcionando, y eso no se puede negar ni esconder.

Hay tanto de qué hablar, pero es imposible en un artículo. En suma, el de AMLO no es el gobierno que se esperaba: ni por sus seguidores ni por sus opositores. No nos hemos convertido en Finlandia, pero tampoco en Venezuela. Aplaudir todo lo que haga el gobierno o criticarle absolutamente todo son comportamientos poco inteligentes. Seguidores y opositores del régimen caen en el mismo error: el fanatismo y la renuncia de la inteligencia. Cada quien ve lo que quiere ver.

@VenusReyJr

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