Tiempos de revolución. Autora: Emma Rubio

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Todo comenzó cuando Francisco I. Madero se proclamó en contra de don Porfirio Díaz, el dictador que ya había permanecido muchos años en el poder. Ante tal hartazgo del pueblo fue que Francisco I. Madero ejerció la presidencia el 6 de noviembre de 1911 sin embargo, en 1913 hubo un golpe de Estado en su contra dirigido por Victoriano Huerta. Los tiempos de la revolución se vieron oscurecidos por los egos en busca de poder generando de este modo conflictos sociales llenos de violencia en los cuales miles de vidas se perdieron.

Hoy, muchos años después, vemos en la realidad un panorama no muy alejado de estos tiempos violentos. ¿Acaso estaremos siendo actores históricos de una revolución? Y no lo digo tan sólo por nuestro país sino por todo lo que está aconteciendo en América Latina, estamos enfrentando una época conflictiva en esta parte del continente, el actual gobierno de Chile que parece estar cediendo un poco al decidir cambiar la constitución; dicho sea de paso, este es un modo de vivir una revolución pero ésta ya les costó bastante caro a los chilenos, pues han sido muchos los que han perdido la vista por salir a gritar a las calles pidiendo justicia.

La realidad chilena se ha visto develada ante la insostenible mentira de ser uno de los países con mejor situación en América Latina. El neoliberalismo les ha cobrado cara la factura y parece que la herencia de Friedman y sus Chicago Boys no ha sido tan buena.

Por otro lado se encuentra Bolivia, hemos sido testigos de un golpe de Estado en un país que se prestaba como el ejemplo de América Latina pues el gobierno de Evo Morales redujo la pobreza considerablemente, dio voz a los pueblos indígenas tan maniatados en todo el continente. Ante el carácter de Evo al poner límite a las otras naciones se le orquestó ese golpe de Estado para que pasara de este modo a la historia como un país más, en el que la ambición de unos cuantos termina por subyugar a una nación completa.

¿Será acaso que ha llegado el tiempo de una revolución? Pues México no se está quedando muy atrás, pues en las arterias de este país recorre la sangre de muchos que han quedado en la guerra contra el narcotráfico o entre el narcotráfico.

Hoy en día, no es posible andar por las calles de este país sin temor, no sabemos qué pasará, pero aún así, hay un dejo de esperanza pues el actual gobierno no está pasando desapercibido ni a sus adentros ni en su política exterior. Pero como ya es sabido, la oposición se trata de esmerar día con día en encontrar algo con lo cual puedan rogarle al dios yanqui que los salve del “terror comunista” imaginario que se han creado en sus mentes creativas y que los lleva a estar opinando minuto a minuto a través de los medios. Opiniones que sólo reflejan la estandarización del pensamiento llevado al paroxismo, es ilimitada la ignorancia que prevalece en cada pseudocrítica en la que se simplifican los problemas sociales a través de la categorización y generalización de los mismos. Por ello, no es de extrañarse que reproduzcan la mentira como verdad pero cada uno de ellos o ellas, asumiéndolo como tal, vaya paradoja del comunicar.

Esto me lleva a pensar que quizá en efecto es tiempo de una revolución pacífica; en la que aquello que se transforme sea el pensar, la crítica se ha neutralizado por medio de la saturación de la atención, segmentación de públicos, estandarización del lenguaje y hegemonía del solucionismo; este último como una ideología que legitima y sanciona las aspiraciones de abordar cualquier situación social compleja a partir de problemas de definición clara y soluciones definitivas. Esto ha sido desarrollado ideológicamente por Silicon Valley. Este término tiene su propia ideología, la cual es transportar a la humanidad a un mundo sin problemas, por lo cual, los humanos pueden ser estúpidos al fin que el mundo será inteligente per se. No se trata de potenciar las capacidades humanas sino de delegar la inteligencia misma, en un gesto de pesimismo antropológico sin precedentes. Entonces dicho esto, posiblemente lo idóneo sería promulgar una revolución antropológica en la que el ser humano se replantee la idea misma de humanidad y su propio sentido.

Ante los acontecimientos actuales, lo único que me queda decir es que ya es tiempo de derrocar la dictadura pero no de un gobierno sino la dictadura cultural que nos ha nublado el pensamiento y nos ha hecho esclavos de nuestros propios temores.

Aquellos que han pasado a la historia como grandes revolucionarios seguramente antes de enfrentarse a sus adversarios, se enfrentaron a sus propios miedos.

@Hadacosquillas

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