Testimonio de mi encuentro con la COVID-19. Por Javier Rojas Trejo

FOTO: MOISÉS PABLO/CUARTOSCURO.COM

Supongo que de forma inconsciente me quería infectar para dejar de sentir miedo. Mi pragmatismo
puede llegar hasta ese punto que muchos consideran autodestructivo, pero que para mí es
liberador. Tal vez porque he vivido tantos infiernos es que se ha vuelto un deporte atravesarlos en
lugar de evitarlos: me invitaron a pasar un fin de semana fuera de la ciudad y pese a que alguien me
dijo que no aceptara, lo hice. Una parte de mí sabía que sería ahí donde me encontraría con el nuevo
virus.
Al tercer día de haber regresado del viaje, ya con los síntomas declarados, llamé a los servicios de
emergencia. Con una certeza un tanto condenatoria me indicaron que fuera directamente a una
carpa de revisión conocida como Triage. Éste término, proveniente del francés, se utiliza como un
mecanismo de categorización de la gravedad de un padecimiento. En medio de una pandemia como
en la que estamos, se vuelve esencial priorizar a aquellos que necesitan atención médica
personalizada de aquellos que pueden sobrellevar sus síntomas en casa, con el objetivo de no
saturar el sistema de salud.
Cuando llegué a la carpa de Triage, me atendieron dos doctores que apenas rondarían los
veintitantos. Al principio me asaltó el maldito prejuicio de juzgarlos como dos jóvenes sin
experiencia y desconfié de la información que me daban. Su diagnóstico era que había una gran
probabilidad de que tuviera COVID-19 y su recomendación era que me internara en la Unidad
Temporal de Atención ubicada en el Centro de Convenciones Citibanamex. Después de pensarlo un
poco y casi como un castigo por descubrir mi prejuicio, accedí.
No hubo tiempo de regresar por mis enseres personales, ni de hablar de frente con nadie para
explicar la situación; una camioneta me llevaría directamente al centro de hospitalización con el
objetivo de evitar el riesgo de contagiar a alguien más. A partir de ese momento comencé a darme
cuenta que mi encuentro con el monstruo de la pandemia iba a ser más frontal de lo que imaginaba
y sobre todo, empecé a percatarme que era muy ilusoria la idea que tenía sobre lo que realmente
está sucediendo en las primeras filas de esta batalla mundial.
Llegué a un edificio que no conocía y como un turista en mi propia ciudad me asomé por la ventana
para admirarme de lo enorme que es ese sitio. No pude evitar pensar que ahí adentro había cientos
de hombres y mujeres que seguramente estaban en pleno ruedo de esta pandemia. Algunos con
unos verdaderos toros de lidia que podían ser letales y otros como yo que jugarían a torear becerros.
Creo que fue hasta cuando se detuvo la camioneta que realmente comenzó el verdadero viaje.
No me permitieron descender del vehículo hasta que no llegara personal equipado. Me ingresaron
a un cuarto en donde me atendió una enfermera y un doctor que, al igual que los jóvenes que me
habían atendido en la carpa de Triage, seguramente habían nacido en los años noventa. Me pidieron
que me quitara toda la ropa, que la guardara en una bolsa y me dieron un guante el cual iba a
humedecer para hacer una rápida limpieza general de mi cuerpo. Me tomaron la temperatura, la
oxigenación en la sangre y la presión. Indagaron con meticulosidad todo sobre mi historial médico
y después de unos momentos finalmente me ingresaron a un galerón inmenso identificado con la
letra B. Mi cama sería la 12 de la sección 2.
El pasillo donde se encontraba mi cama estaba integrado por diez camas enfrentadas entre sí. Dos
hileras de cinco de las cuales solo dos camas estaban ocupadas. Casi enseguida de que me instalaron
llegaron tres pacientes más: Filiberto, Ernesto y Salvador. De los seis pacientes que estábamos en
ese pasillo sólo Salvador y yo no necesitamos la ayuda de oxígeno suplementario para respirar. Eso
era una buena señal para ambos, sin embargo a Salvador eso pareció no entusiasmarlo pues desde
el momento en que lo dejaron, se cubrió el rostro con sus manos y se puso a llorar. Una de las
primeras lecciones que aprendería es que el miedo es un espejismo que nos muestra a cada uno
una versión muy distinta de lo que somos. Lo que veía Salvador era evidente que lo estaba
hundiendo.
Al principio fue difícil observar con profundidad todo lo que sucede en ese lugar; el ritmo es muy
vertiginoso. Los protocolos no se parecen a otras hospitalizaciones. Doctores y enfermeras
necesitan cambiar de turno de forma regular y la toma de signos vitales se realiza seis veces al día,
sumando los momentos en los que hay que tomar algún medicamento, cuando también se
aprovecha para volver a tomarlos. En mi caso, el día que ingresé, hubo que bajar la temperatura,
por lo que me revisaban casi cada hora para ponerme compresas frías y cambiarlas cuantas veces
fuera necesario. La característica de los doctores, doctoras, enfermeros, enfermeras y personal de
limpieza era la misma: hombres y mujeres muy jóvenes.
Después de que me estabilizaron la temperatura y que entendí mejor la dinámica del lugar, surgió
la necesidad de hablar entre nosotros. Había un interés común por preguntarnos cómo nos
sentíamos y qué síntomas teníamos, siendo Filiberto el primero en buscar el contacto. Era un
hombre muy amigable que ya tenía un par de semanas de haber sido diagnosticado pero que
necesitó hospitalización para poder tratar las secuelas de la neumonía que le había provocado el
Covid-19 con anterioridad. Ernesto había ingresado junto con su esposa, pero ella tenía síntomas un
poco más agudos y fue internada en la sección C, que estaba más llena.
Salvador pasó un par de días sin hablar con nadie. No comía al mismo tiempo que los demás y pasaba
gran parte del día acostado mirando el techo. Yo quería acercarme pero no sabía cómo. Sin
embargo, al tercer día de estar ahí, habiendo entendido más claramente la dinámica, me acerqué y
le dije que comiera algo; que necesitaba estar fuerte. Bastó que le dijera esas cuantas palabras para
destrabar en él, una enorme madeja de pensamientos enredados. Se sentía muy asustado y no
paraba de comparar ese lugar con campos de concentración nazis. No quería estar ahí, detestaba la
comida y le molestaba mucho que no nos pudiéramos bañar en regaderas sino con un guante
jabonoso como el que nos dieron al llegar.
Me contó que él era estibador en un tianguis y que cuando entró se peleó con su hermana, con
quien vivía, porque ella le había reprochado el hecho de que hubiera llevado la enfermedad a su
casa. Él se sentía muy ofendido por ese reclamo y yo lo entendía perfectamente. Estoy
acostumbrado a la sensación de sentirme como un apestado porque soy homosexual y aparte soy
VIH positivo. Quise contarle mi historia, sin embargo me pareció que no era el momento de hacerlo
pues él estaba viviendo su propio proceso y ponerme en el centro de su crisis hubiera sido egoísta
de mi parte.
Con Salvador más integrado al pequeño clan que habíamos formado, los siguientes días fueron más
fáciles para todos. Nos contábamos anécdotas y compartíamos los pronósticos que nos daban.
Nunca hubiera imaginado lo aliviado que me sentiría cada que escuchaba que mis compañeros iban
mejorando poco a poco. Las buenas noticias de uno eran la esperanza de los otros. Contábamos los
días que le restaban a cada uno por permanecer ahí. Esa cuenta regresiva se volvió una meta en
común.
Cada que alguien era dado de alta, después de haberse cambiado de ropa, era llevado en la misma
silla de ruedas en la que ingresó hasta la puerta de salida. En el marco de la puerta, antes de salir,
hay una campana. En un acto simbólico y casi heroico, uno toca esa campana como señal de victoria
y a cada campanazo le sigue una ovación generalizada de todos los que estamos en ese inmenso
galerón. Cada campanada significa que, a diferencia de otros casos, uno ha sobrevivido a la
enfermedad. No hubo un solo día de los 12 que estuve internado que esa campana no sonara.
Pasan muchas cosas ahí dentro aunque parezca que todo transcurre bajo una misma rutina. Las
emociones fluyen por ríos muy caudalosos y aunque aparentemente uno lo esté llevando bien, es
fácil que haya crisis nerviosas y ataques de ansiedad. Hay momentos muy peculiares, como cuando
fueron los enfermeros disfrazados de charros y chinas poblanas, para celebrar con nosotros el grito
de independencia.
Uno de los momentos más difíciles que atestigüé sucedió cuando ingresó un compañero, de quien
nunca supe su nombre, pero que en los días que estuvo frente a mí pude ver cómo, a diferencia de
los demás, se iba deteriorando su salud muy rápidamente. Después de tres días de constantes
intervenciones de doctores y enfermeras, lo tuvieron que trasladar a la sección de pacientes más
graves. Nunca olvidaré el momento en el que llegaron los camilleros por él y aún con el miedo que
nos invadió, le gritamos que iba a estar bien y que tuviera fe. Cuando se lo llevaron nos quedó un
silencio ensordecedor y sin decirlo, todos sabíamos que su destino era incierto. Yo lloré mucho esa
noche.
Pero así como pasan momentos de mucho desasosiego hay situaciones inolvidables como cuando
una enfermera me contó su historia. Acababa de salir de la escuela y estaba muy entusiasmada
porque su primer trabajo era atendiendo a pacientes con COVID-19. En un momento de intimidad
que encontramos, me contó que lo que más disfrutaba era conocer a sus pacientes y hacerlos sentir
cómodos y tranquilos. En el alba del día en que nos tomó por sorpresa ese momento, lloramos
juntos y sus ojos llenos de alegría me recordaron que en los peores momentos uno prueba su fe.
Así pasaron 12 días desde mi ingreso y 14 desde el día en el que aparecieron los primeros síntomas.
Tiempo suficiente para poder ser dado de alta. Del clan que se formó con Salvador, Filiberto y
Ernesto, fui el último en salir. Desde que salió Filiberto, que fue el primero, nos prometimos que
tocaríamos la campana con mucha fuerza para que supiéramos que éramos nosotros los que se
despedían y que le deseábamos a los que se quedaban una pronta recuperación. Cada que un
compañero salía en su silla de ruedas le gritaba a los que se quedaban: “va por ustedes”.
Mientras estuve ahí dentro, cuando empezaba a sentirme rebasado, buscaba en mi celular algún
video de bromas o de situaciones graciosas que me hicieran reír. Un día antes de que a Salvador lo
dieran de alta, desde su cama, me llamó mientras hablaba por teléfono y me dijo que su hermana
quería hablar conmigo. Yo sin entender muy bien porqué, tomé el teléfono y escuché la voz de una
mujer que me agradecía por haber acompañado a su hermano. Me dijo que él le había contado que
había un muchacho que se la pasada riendo todo el tiempo y que eso le había dado ánimo para salir
adelante y no desesperarse. Sin conocerme, esa mujer me dijo que oraba por mí todos los días.
Yo estudié para ser actor de teatro porque quise compartir el sentimiento de bienestar que me
embarga cada que piso un escenario. Después me dediqué a la promoción artística y cultural para
poder multiplicar ese sentimiento no sólo a través de mi trabajo, sino promoviendo el trabajo de
otros. Cuando empezó todo esto me cuestioné profundamente sobre la utilidad de las “Artes
Escénicas”, pues al final, la realidad nos ha golpeado en el rostro para recordarnos que las
prioridades, a veces, son otras.
Ahora escribo esta especie de bitácora, desde mi casa, después de haber sacudido esa campana con
una mezcla de temor y esperanza. Estoy aprendiendo a respirar de nuevo con calma y plenitud, pues
las secuelas de este bicho nuevo tardan en desaparecer y la sensación de ahogo aún no se me quita
por completo. No tengo ninguna certeza de qué va a pasar una vez que llegue la calma que se supone
sucede a la tormenta. Pero, después de haber vivido esta experiencia, pienso que nuestro trabajo
es mirar a los demás para descubrir la belleza de atender, desde nuestras trincheras, la necesidad
ajena. Tal vez es muy obvio pero si todos nos ocupamos por el otro, todos estaremos cubiertos algún
día.
Ojalá en el mundo hubiera una suerte de campana que nos indique el momento en que alguien logra
superar un obstáculo. Para recordarnos constantemente que el triunfo de uno, es el gozo de todos;
y sobre todo, que gracias al esfuerzo de quienes se comprometen por el bien común, uno puede
celebrar la vida compartiendo el gusto con los demás. Espero que no desaprovechemos la gran
oportunidad que nos ofrece esta pandemia.


Ciudad de México a 26 de septiembre de 2020.

Deja un comentario