Siete cenzontles al amar. Autor: Iván Uranga

“La esperanza es como una galleta: de nada sirve si uno no la tiene dentro”
Subcomandante Marcos

Navegando sobre la montaña van siete cenzontles con todas las voces contenidas en el pecho; escuché que decían que eran personas, luego que eran zapatistas, luego que eran tsotsiles, tzeltales, cho´oles, tojolabales, luego humanos, hasta llegué a escuchar el absurdo de que eran 4 mujeres, 2 hombres y un no binario, que por eso se llamaron “Escuadrón 421” como si importara la etnia, la especie, Zapata, el sexo o la preferencia sexual, cuando se trata de cenzontles queriendo cantar todas las voces.

Surcando el mar van a descubrir un nuevo mundo, con la certeza de que el sur comienza en el cielo y se extiende sobre la arena del río pero no toca el agua, porque ellos no dejaron la montaña, la montaña va con ellos como siempre, abajo y a la izquierda, al sur de su corazón, y avanzan sin andar, por la espesura de una nueva sierra, con sus rostros agazapados; dejaron sierra firme para internarse tierra afuera, en esa inmensa estepa azul, penetrando con su mirada las cañadas que se forman entre cada ola, y con su manos de surco y de fusil van abriendo trincheras en la mar, para ofrendar su viaje a los no vencidos, donde los pájaros donaron el viento.

Decía mi abuela que para ser un buen narrador de historias tenía que ser un buen viajero, pero que, si ibas a contar alguna historia de tu viaje, tendrías que poner empeño en los detalles, para que así, quien te escuchara, sintiera que estuvo ahí; así, cada vez que yo viajaba, mi abuela me amarraba un listón rojo en la mochila, que al regresar me lo pedía y lo guardaba en un pequeño cofre tallado por mi abuelo. En mi ingenuidad siempre pensé que el listón era para distinguir mi equipaje o que mi abuela me lo daba para evitar que me hicieran “mal de ojo”. Pero una tarde conversando con la tía Blanquita, una hermosa anciana catalana con la que no tenía ningún parentesco, pero era mi tía, le pidió a la abuela unos delicados zapatos tejidos, para llevarlos durante un viaje que haría la tía Blanquita a Barcelona, y sin mediar palabra subió mi abuela a su recámara a traer los zapatos al tiempo que le decía, “no voy yo, pero irán mis zapatos y cuando regreses los pondré junto a mi cofre de los listones, para que me platiquen el viaje”.

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Así estos cenzontles que ahora montan montañas de amarga espuma, que, ataviados con pasamontañas y listones de colores, tendrán que ser los zapatos, o mejor dicho, los Zapatas que viajan por todos, a nombre de todos, con la palabra de todos, con todas las voces en el pecho que tendrán que ser escuchadas por oídos que oyen otras lenguas, pero que hablan un mismo idioma, el idioma de la dignidad, de la solidaridad y el de la ternura. Llevan la encomienda de estirar su montaña tanto, que pueda abrazar a todo el planeta por su cintura.

Y se adentraron en el mar, porque saben que navegar es mucho más imprescindible que vivir. Afortunados de ellos, que hoy pueden sentir lo que es perder la mirada en un horizonte sin fronteras, porque sus ojos son los ojos de la montaña, pero también pueden estar en el mundo, sin estar en ningún país, así nomás; estar, vivir y ser sin pertenecer, como ave, en medio de un mar sin fronteras, con rumbo a donde duerme el sol, a compartir su palabra y sus oídos.

Y tendrán que regresar con los pasamontañas y los listones bien cargaditos de historias, pero sobre todo después de haber vaciado su pecho en los oídos de otras tierras, regresar con el pecho hinchado de otras voces que quieran viajar a sus montañas. Y deberán contar, como buenos viajeros, sus historias con lujo de detalles, para que los que se quedaron en el otro lado de la montaña, puedan sentir el mar en su rostro y a las otras autonomías en su piel.

Porque van a intercambiar semillas ancestrales, a sembrar palabras, a cosechar milpa sembrada hace 27 años, por lo que tendrán que dejar el barco, sin dejar la montaña, porque la montaña y sus pies son uno solo, porque caminando liberan territorios y convierten en autonomía cada cachito de tierra que tocan con sus plantas, porque no son ellos, no son siete, porque ellos son todos los que se forjaron al amar la tierra y hoy se hacen a la mar.

Es preciso sumar todos los esfuerzos, construir comunidad y autonomía donde quiera que no se encuentre, ocupar todos los territorios tangibles y virtuales, vivirlos y defenderlos. Nuestra matria no tiene fronteras, es y existe en cada resistencia y en cada ser humano en resistencia. Compartamos saberes y construyamos juntos esta nación navegante, universal, nómada e itinerante de seres libres.

Festejamos este bledo de esperanza y que nuestros cenzontles lleguen a buen puerto. La re-evolución comienza siempre.

La vida es una construcción consciente.

Iván Uranga
Iván Uranga

Especialista en Ciencias Sociales, promotor de comunidades autónomas autogestivas, investigador social, docente de Permacultura, escritor de
ensayos, novelas, cuentos, teatro y poesía.

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