Serafín. Autor: Luis Sánchez

Foto: Luis Sánchez.

“You’d better close your eyes
Ooohhhhhhh bow your head
Wait for the ricochet”

Deep Purple – Child in Time

Año 2010. En las noticias era el violador motorizado, Mariana y yo lo llamábamos Serafín: un maldito asesino de mujeres que, luego de seducirlas en algún bar de la ciudad, las brutalizaba y abandonaba en brechas, donde se confundían con las víctimas del crimen organizado.

Nosotras, que desde entonces supimos que debíamos estar unidas, sabíamos cómo era: iba siempre vestido de cuero negro, con una flor azul prendida en el brazo, un mechón de pelo rubio le colgaba tras el casco y ponía música del Cártel de Santa cuando cometía sus atrocidades. Muchos colectivos de mujeres se cansaron de levantar denuncias, pero nunca las atendieron con la seriedad debida.

Los malditos decían que si esas chicas habían terminado así era por que daban pie a ello. Los moderados alegaban que cómo se nos ocurría salir por las noches con un bruto semejante rondando las calles.

Luego, la cereza del pastel de una sociedad podrida, la ciudad empezó a llenarse de motociclistas en cuero negro que, con flores azules prendidas al hombro, confluían cada fin de semana en el barrio antiguo, con música siempre del Cártel. De repente cualquier imbécil podía ser sospechoso y eso fue otro argumento para desincentivar las pesquisas.

Pero no nos iban a callar ni a amedrentar. Por eso Mariana y yo hicimos plan ese viernes (bueno, ella hizo plan, yo siempre me dejo llevar por ella y lo digo sin vergüenza).

La idea era caer al Clandestino y escuchar un poco de regué, luego al Ibex, donde tocaba Vudú. La idea era escandalizar a los que se proclamaban dueños de la noche, dueños de la diversión, de la libertad. Que era probable que nos topáramos con el bestia de Serafín, quizá. Pero el miedo no nos iba a congelar.

Mariana me dijo que me veía en el Clandestino. Yo bajé del camión en Ruperto Martínez y Diego de Montemayor (el primer feminicida oficial del estado), y desde ahí caminé hacia el barrio antiguo. El eco de mis tacones al andar hacía que la soledad y la oscuridad de la calle fueran más densas. Casi sentí deseos de correr a casa, pero me mantuve firme y seguí.

El primer encuentro que tuve con Serafín fue a la altura de la calle 5 de mayo, afuera del depósito JA JA (así se llama). En ese momento fue una certeza que me vino del corazón, pero no podía asegurar con hechos que no fuese un imitador. Estaba montado en su moto, con el casco puesto, recargados sus brazos en el manubrio. Su mirada, oculta detrás del casco polarizado, me siguió durante todo el tiempo que tardé en cruzar ese tramo de la vía.

Cuando iba ya a la altura del Museo de Historia Mexicana oí la moto encenderse, esperé lo peor en ese momento, la verdad es que no creí que me lo llegaría a topar en la calle, porque generalmente se aparecía en los bares, donde comenzaba su acoso y seducción, su modus operandi. La moto se acercó a una velocidad suicida y pasó justo al lado de mí. En la esquina se detuvo, me miró una vez más y se perdió en Juan I. Ramón. Decidí agilizar el paso.

El ambiente del Clandestino era mortuorio esa noche. Ahí solían darse toquines de regué que hacían bailar a mucha banda, cientos de personas alegres, medio ebrias y llenas de energía. De aquello no quedaba más que una vil consola tocando música de los Pericos, Cultura Profética y Marley; un montón de mesas solas; un puñado de gente dispersa en los salones. Compré una media* y me senté junto a la ventana que da a la calle. Mariana no debía tardar en llegar.

Le envié un mensaje diciéndole que lo había visto, que tuviera cuidado. Ella respondió que eso cambiaba la cosa. Y nomás.

Mariana es increíble. Si ustedes la conocieran se enamorarían de ella en el instante. No nomás porque es bellísima, eso es lo de menos. Cuando habla, cuando interactúa con una, envía unas vibras que tranquilizan, que hacen quererla escuchar y tenerla siempre al lado. Genera tanta confianza que puede una sin conocerla contarle toda su vida sin pedos, sin miedo a ningún tipo de juicio. Por otra parte, es super enérgica y asertiva, parece estar siempre en armonía con el universo porque, cosa que se propone hacer es cosa que hace de una u otra forma. A lo mejor esa virtud sería también uno de sus dos únicos defectos: todo se tiene que hacer siempre a su manera; el otro es un pragmatismo que a veces puede rayar en lo inmoral, pero con ella sí, siempre hay que atender a los fines.

Y heme ahí que, aunque su mensaje me dejaba en suspenso, porque ya no sabría si caería o no al bar, yo me sentía tranquila, sin tomarme a personal que no llegara.

Además, en el clandestino, incluso en ese ambiente casi de entierro, nunca faltó un morro que se le acercara a una chica sola, menos cuando las chicas a esa hora estaban escondidas tras las paredes de sus casas.

El bato que se arrimó parecía ser un buen tipo, andaba hasta el cerebro de mariguana y prácticamente se dedicó a sentarse a mi lado y menear la cabeza de arriba hacia abajo mientras yo hablaba. El tipo parecía acostumbrado a dar por su lado a las personas mientras estaba en el viaje y yo, pues debo aceptarlo, padezco un poco de diarrea verbal, una vez que empiezo a hablar difícilmente me callan.

Me levanté por otra media y cuando volví tuve el segundo encuentro con Serafín. Estaba sentado a dos mesas de la nuestra, recargado en su casco. Me veía con unos ojos azules que en cualquier otra persona hubiera yo visto hermosos. En ese animal no eran más que un arma horrenda que la naturaleza le proveyó para realizar con más facilidad sus iniquidades.

Se acercó a nuestra mesa y dijo con toda la seguridad del que se siente protegido por cuanta fuerza y ley pueda existir en el mundo:

—¿Por qué tan solita?

El bato que me acompañaba lo vio y soltó una carcajada, se levantó y dijo que percibía una vibra bien tóxica. Se fue tarareando “el ritual de la banana” que en ese momento sonaba en todo el bar.

Como imaginarán, yo tenía el cerebro paralizado por el miedo, pero el desprecio y asco que sentía por el motociclista al cabo me devolvieron el aplomo. Le regresé la mirada con una firmeza que me venía del recuerdo de Mariana, de su temple, de su fuerza; ahí me di cuenta que yo también puedo ser enérgica en situaciones extremas.

Serafín se sentó a mi lado y preguntó si escuchaba los gritos, pero lo único que uno podía escuchar ahí era la canción de “el ritual de la banana”, el volumen era suficiente para reventar los oídos. El bestia insistió en que bastaba poner atención.

Así lo hice y entonces me di cuenta de lo escalofriante que estaban las cosas por entonces. En efecto, entre la música y las conversaciones indistintas de otros clientes del bar, se escuchaban gritos de dolor, desgarradores. Serafín me dijo que eran “los malitos” que tenían tomado el barrio antiguo, y que utilizaban algunos edificios como guaridas, en donde torturaban a sus enemigos aprovechando el sonido alto de la música en los bares.

Luego de su explicación puso su mano grotesca en mi pierna y me miró con unos ojos ya no azules, sino encendidos por un odio incomprensible. Un odio puro y terrible que, de no haber estado yo en un estado de alerta lucidez, hubiera bastado para fulminarme.

Le dije, con una entereza que a mí misma me admiraba, que si siempre les agarraba las piernas a las mujeres en la primera cita. Él me soltó y se recargó de nuevo en su silla, no sin una mueca de desprecio en su semblante. Era obvio que yo era inmune a sus “encantos”.

Me levanté para ir al baño y, como supuse, una vez atravesé el pasillo que llevaba a los sanitarios, lo vi seguirme. Me metí por una puerta que daba a la barra del bar y la salté para salir de ahí. Mientras caminaba le escribí a Mariana que el maldito me tenía en la mira, que lo mejor sería que ya no se acercara; me refugiaría en el Ibex y ahí vería si alguien me podría acompañar para despistarlo.

Mariana contestó “OK”. Y nomás.

Vudú tocaba cuando entré al Ibex Wish you where here del legendario Pink Floyd. La interpretación del guitarrista, como cada viernes, no le pedía nada a la de Gilmour. La rola me alegró el corazón y me curó un poco el espanto que traía, pero no duró mucho la magia.

El Ibex no era como el Clandestino, se diferenciaba en ser prácticamente una sola nave con una especie de tapanco de acero en un rincón, sin salones ni pasillos. La poca banda que la rolaba esa noche estaba prácticamente concentrada en una mesa, vestidos casi todos de cuero negro con sus flores en el hombro, y me veían con sorna y descaro, haciéndome gestos asquerosos y soeces.

Unos pocos solitarios más fumaban y bebían mientras escuchaban a Vudú. Mi instinto me dijo que me acercara a uno de ellos para disimular mi vulnerabilidad. El bato junto al que me senté confesó que padecía agorafobia y ansiedad generalizada, que estar ahí era para él nadar a contracorriente: solo, en noches violentas y junto a unas cuantas mesas de unos alborotadores. El compa estaba bien paniqueado y me pidió que no tomara a mal si ya no decía nada.

El grupito de escandalosos se metió en sus asuntos y por primera vez en la noche me sentí a gusto; al lado de lo que prácticamente era un zombi escuché esa noche a black sabath, a zepellin, a Dio, a Slade, Black Crows, Jimy Hendrix. Supuse que Mariana ahora sí no llegaría.

A pesar de que se trataba de su seguridad pensé que esa noche fue cruel en dejarme sola. Por vez primera en mi vida, tal vez también porque ya llevaba unas 5 chelas, me dije que Mariana podía irse a la mierda. Pedí la sexta cerveza cuando me envió un escueto y muy pinche mensaje.

—Ya vete. No llegaré— Y nada más.

Ni siquiera le di un trago a la cheve que recién me habían traído, ni terminé de escuchar “child in time” con Katya en la voz, que me fascina; le di un beso en la mejilla al cadáver valiente que tenía a mi lado y salí de ahí. Así de fuerte es el influjo de Mariana en mí.

Afuera las calles estaban emborrachadas de trasnochados. Mucho malacopa tirando mal rollo. Supuse que Serafín podría buscar precisamente entre esa masa beoda a sus víctimas, así que hice mi propio plan; era arriesgado, pero nadie podría decir que ilógico. Mi meta era llegar hasta Cuauhtémoc y agarrar ahí el 206 que aún pasaba. Lo menos que una chica sola haría sería agarrar las calles más oscuras, las avenidas menos caminadas, así que doblé por un callejón que conecta a Jardón y giré luego por Diego de Montemayor (el puto primer feminicida del estado) hacia Constitución, que a toda hora es un caos de coches a alta velocidad. La idea era zigzaguear por las callejas entre esta avenida y Ocampo, que a esas horas es la quietud y la soledad más tétrica, hasta llegar a Cuauhtémoc.

Justo antes de Juárez, a la altura de Emilio Carranza, un faro se encendió, apuntando hacia su servidora que caminaba por Constitución, luego el rugir de la moto estremeció la quietud del paraje. Era mi tercer encuentro con hijoesupinchepadre. Se dejó venir con todo y mi instinto respondió al punto, empujada por la adrenalina atravesé la avenida Constitución en línea recta, entre todos esos coches cohete.

La muerte me sonó su claxon a 150km por hora, me arrojó sus ráfagas violentas de aire en el rostro y casi me estrella contra varios coches que tuvieron que maniobrar para evitar embestirme. Pero la parca no me alcanzó, me dejó huir para internarme en el lecho del río Santa Catarina.

Supuse que el ojete motorizado no se atrevería a repetir mi hazaña, aunque no por ello permanecí quieta. A algunos 200 metros se erguía entonces la ruina de un puente peatonal arqueado con la que no había podido ni el Huracán Álex. Me dirigí hacia ahí para cruzar los hilos traicioneros de río que han devorado a muchos incautos, sumergiéndolos a la corriente subterránea, que corre paralela y abundante.

Estaba a punto de alcanzar el puente cuando vi la moto saltar la valla de contención de la avenida, el muy maldito no solo igualó mi hazaña, sino que él y su máquina libraban indemnes el descenso de una pendiente casi mortal para quedar justo delante de mí. Corrí con el último aliento que me quedaba, subí el puente y entonces sí me abandonó mi estrella. Una de mis piernas se hundió al pisar un fragmento de concreto ya bastante deteriorado, caí y supe que ya no había más qué hacer.

El bestia se apeó de su moto al pie del puente y avanzó sin temor a caer él también. Tanta era su maldita seguridad en la suerte. Se inclinó delante de mí y se quitó uno de sus guantes, recorrió con su asquerosa mano de ultrajador mi pierna herida. Yo ya no tenía voluntad para defenderme, pensé que aun podía girar y entregar mi cuerpo al río, pedí a mi mala estrella que me concediera siquiera hundirme por un acceso subterráneo para ahogar la vida que en el puente sería brutalizada.

Pensé en Mariana y fui feliz porque ella estaba a salvo, porque supo poner su inteligencia sobre su pasión y no se había dejado llevar por un frenesí inútil. Pensé que finalmente uno de sus planes había terminado muy mal, por lo menos para mí. Entonces recuperé el aplomo. Ese no podía ser el fin, ella no lo habría permitido. Abrí los ojos en el momento justo en que sus preciosas manos de guerrera le ponían un grillete al cuello al violador, que se levantó sin saber de dónde venía aquel acero. Dio media vuelta y vio a su verduga cara a cara.

Nunca había visto yo a Mariana más terrible. La luz de la luna le encendía los cabellos teñidos de amarillo y la penumbra le oscurecía las cuencas de los ojos. Iba vestida en cuero negro, con una flor gris al hombro, y traía en sus manos una especie de lanza. Me hubiera fascinado verle la expresión al maldito cobarde motorizado, que no se daba cuenta de la gravedad de su situación. El grillete en su cuello se conectaba a una cadena que Mariana había enganchado en el barandal del puente, de manera que cuando el imbécil intentó atacarla se vio jalado por su mismo impulso y cayó con violencia en el suelo. Yo recuperé mis energías y me levanté. Mariana apuntó su lanza hacia el bestia motorizado y fue un deleite ver cómo le descompuso su arrogancia, su temple, su confianza de macho. Levantó sus manos temblorosas y sacó una fotografía familiar de uno de sus bolsillos. Mariana se la arrebató y le pidió que se pusiera en pie. El violador obedeció, con ambas manos arriba. Entonces escuché la voz de la justicia, la de aquí.

—Serafín, violador de la moto, cobarde ultrajador de mujeres, pinche bestia de todos los tiempos. Estás hoy ante nosotras para responder por todas aquellas a las que has marcado moral y físicamente, a las que has matado. En nombre de todas ellas, te condeno a una muerte rápida y pido al cielo que si hay otra vida, no encuentres paz. Lo que tengas qué decir, a nadie le interesa.

Mariana abrió su compás para afirmarse en el suelo y blandió su lanza en el aire. Serafín no tuvo tiempo ni de implorar por su vida, el golpe que mi amiga le asestó lo mandó a volar por encima del barandal del puente. La cadena se tensó con el peso del cuerpo y devolvió a la noche el crujir de su cuello.

—Tus manos no mancillarán más a nadie, Serafín de mierda.

Foto: Luis Sánchez.

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