Satélites naturales y espejos humeantes (2ª parte). Autora: Pilar Torres Anguiano

¿Será esto todo ya así? ¿No aflojará ya la enfermedad?…
¿Acaso hemos de ser abandonados?
¿Se dispuso de nosotros, en la Región de los muertos?
¿Acaso en verdad ahora para siempre habrá oscuridad?
¿Ya no mirarás hacia atrás a tu pueblo?
Fragmento de una plegaria nahua hacia Tezcatlipoca

Hace dos semanas, en este espacio comentábamos que detrás de los miedos –satélites naturales de las personas– se ocultan los dioses Fobos, Pan, Deimos y Angeronia. Esta última, por ejemplo, produce la angustia, pero también la alivia; lo cual implica una revelación muy interesante: en ocasiones la fuente de la angustia es su propia cura, alfa y omega.El caso es que el miedo es una emoción adaptativa, sin la cual la raza humana no habría sobrevivido y que todos experimentamos, sobre todo en tiempos de pandemia… aunque hay algunos miedos más extraños que otros.

Por ejemplo, el miedo a los espejos. Yo no tenía idea que existe una palabra para designar eso: catoptrofobia (francamente, no creo que haga falta memorizarla). Una fobia muy específica que puede dirigirse tanto a la presencia del objeto en sí, como al hecho de mirarse en él. En algunos casos, quienes padecen este trastorno pueden llegar a temer ver su propio reflejo en el espejo y pensar que su imagen pueda salirse. Como en el libro de Lewis Caroll… ahí viene lo interesante de lo que ese miedo oculta en realidad.

¿Qué puede tener un espejo que detona el miedo de las personas? En los cuentos, un espejo podría ser un objeto mágico capaz de reflejar sólo la verdad. Está relacionado con la imaginación, la fantasía, la luna, el agua, y la naturaleza. Es fundamental para la propia identidad. Reflejo del alma, no sólo de la apariencia.

Antes se creía que la causa de las fobias era genética; hoy se sabe que puede haber causas espontáneas y aprendidas, pero cada caso es diferente. Tal vez a lo que tenemos miedo es a la inestabilidad, a la volatilidad, a la incertidumbre. Tal vez le tenemos miedo al miedo. Por eso los dioses, en su mitología, siguen teniendo mucho que decirnos. En esta ocasión, invocamos a Tezcatlipoca, dios de la providencia, de lo invisible y de la oscuridad, causa de bienes y males en la tierra. De miedos, de riquezas, de angustias, de epidemias, de alegrías.

El del espejo humeante, es el hijo de la entidad divina dual, el de naturaleza nocturna, señor del lado norte del universo, siempre joven e invisible, en eterna lucha contra su hermano Quetzalcóatl. Su presencia trae consigo la guerra enemistades discordias… Dentro de lo reveladoras que son las deidades, esta es una de las más interesante y una de las más atemorizantes.

Omnipotente y omnipresente, Tezcatlipoca es dios de la guerra, capaz de entender los secretos humanos. Su atributo más importante es un espejo de obsidiana en el que mira a los mortales y así, es capaz de revelar el destino humano. ¿Qué puede haber más atemorizante que saber lo que los dioses quieren de nosotros?

Algunos piensan que Tezcatlipoca rige el ciclo por el que atravesamos actualmente en la tierra y que era el dios más adorado en el mundo nahua. Es ambivalente: creador y destructor. Da y quita los bienes a las personas según sus designios y por eso, acuden a él, suplicantes en tiempos de peste y enfermedad, en distintas oraciones, como esta, que Miguel León Portilla traduce:

“Ahora ante ti vengo a acercarme, yo hombre del pueblo, no bueno, no recto. Que no vaya yo a dar con tu enojo, tu cólera. Pero tú obra como lo tienes determinado. En verdad ahora ya lo has otorgado, porque lo has determinado. Y en verdad ha sido ordenado encima de nosotros, ha sido dispuesto en la Región de los muertos, en los cielos. Hemos sido dejados de la mano, ah, en verdad ha descendido, se ha establecido tu enojo, tu cólera, tú, Tloque, Nahuaque. En verdad crece, va en aumento el palo, la piedra, la enfermedad. En verdad la pestilencia se acerca a la tierra”.

En la fiesta dedicada a Tezcatlipoca, un joven lo representaba por un año, durante el cual era tratado con lujos y comodidades, como si fuera un dios en la tierra. Recorría las calles tocando la flauta, acompañado por 12 jóvenes, aclamado por la gente. Cuatro vírgenes cumplían todos sus deseos. Los últimos 5 días se realizaban distintos ritos que culminaban cuando el joven dios ascendía al templo y se le arrancaba el corazón.

Su culto fue uno de los más perseguidos durante la conquista. Despertó el rechazo inmediato entre los españoles quienes, atemorizados, lo consideraron diabólico. ¿Cómo podía alguien ser tan salvaje como para matar a su dios, luego consagrarlo e incluso comérselo?

Destruyeron cuanto pudieron sobre él, limitando así nuestras posibilidades de comprender el significado filosófico de Tezcatlipoca en la cosmogonía nahua. Pero algunos piensan que nunca se fue del todo, reaparece constantemente en el imaginario colectivo de diversas formas, aunque no nos demos cuenta. Algunos creen que estos días de incertidumbre y pandemia son buen tiempo para invocarlo.

Bernardino de Sahagún registra 360 nombres y advocaciones, por medio de los cuales los pueblos nahuas lo invocan. A través de estos nombres, se refleja a un dios temible, complejo y conflictivo, pero también fascinante y amoroso: poseedor de lo que nos rodea, aquel del que somos esclavos, creador de la humanidad, enemigo, misericordioso, por quien todos viven. Es el único que entiende el funcionamiento del mundo, y por tanto, el que puede dar y quitar cuando se le antoje. Su influencia es confusa, pues lo mismo castiga a los que caen en la tentación o premia a los que considera merecedores de gracia…

Para Tezcatlipoca la palabra es vida y armonía, pues sólo a través de ellas puede el mortal liberarse de la confusión del espejo, del viento negro de la desarmonía y de la discordia de los propios deseos. Esto cobra sentido en la cosmovisión nahua si recordamos que, para ellos, la función primordial de los maestros era ponerles enfrente un espejo a sus discípulos. Así de importante es el simbolismo del espejo, sobre todo del humeante, hecho con hielo arrancado de la Tierra Primera, que aún no era alumbrada por el sol.

Fray Diego Durán, en “Historia de las Indias de la Nueva España”, relata que en Tenochtitlan había una gran estatua del temido Tezcatlipoca “…de una piedra muy relumbrante y negra, de la que ellos hacían navajas para cortar”. Curioso, el miedo, que nos orbita como un satélite, corta más que una navaja.

@vasconceliana

Deja un comentario