Santos “el salvaje”. Autor: Federico Anaya Gallardo

Gonzalo N. Santos niño (circa 1904) y embajador en Bélgica (1934).

A Gonzalo N. Santos (1897-1978) se le llamó con muchos apodos, uno más oscuro que el otro. Él nos cuenta que de niño le decían Wajuts (búho en Téenek) aunque él aclara que significaba “tecolote de brujo”. Luego sería conocido como Alazán Tostado, Pelón Tenebroso, Preboste de San Luis Potosí, Señor de El Gargaleote. La paradoja es que en la maldad también hay grandeza. Sugiero realizar un ejercicio ético acercándonos a este notable personaje de la política mexicana. Para ello, seguiré la autobiografía del diablo: Memorias: Una vida azarosa, novelesca y tormentosa (México: Grijalbo, 1984). En sus más de 700 páginas, Santos no se esconde. Se declara huasteco orgulloso. El rasgo distintivo de la Huasteca es su ruralidad. Los criollos de la región se reconocen a sí mismos como gente de rancho, como “salvajes” frente a los “civilizados” potosinos blancos del Altiplano (y contimás frente a los “licenciados catrines” de la Ciudad de México). Una viñeta de esta oposición fue consagrada por el cine mexicano en Los Tres Huastecos de Ismael Rodríguez (1948). Un estudio serio de qué significa el “salvajismo” del criollo huasteco y cómo es un “discurso de intermediación” en el sistema político mexicano se puede leer en un librito de Claudio Lomnitz Adler: Las salidas del laberinto: cultura e ideología en el espacio nacional mexicano (México, Mortiz/Planeta, 1995).

Dice Santos de su infancia: “Me crié en plena jungla … entre vaqueros e indios huastecos” (Vida Azarosa, 17). Respecto de su famosa hacienda El Gargaleote, en el municipio de Tamuín, aclara que él lo fundó “conquistando la selva y dominando a las fieras, no siempre de cuatro patas” (Vida Azarosa, 9). Dominar lo salvaje y a los salvajes: tal es la consciente vocación de los conquistadores españoles en América. Santos la reafirma: los primeros párrafos de sus memoriaslos dedica a presentar su genealogía (¿hay algo más español?), empezando por su tátara-tátarabuelo, Joan de los Santos, Sargento Mayor del Batallón de Asturias y quien de tamborcillo llegó a comandante de la 4ª compañía de ese cuerpo. Joan y dos de sus cuatro hijos fueron masacrados por los indios huastecos a orillas de un río (Vida Azarosa, 13). El odio interracial está presente desde la primera página del relato. De hecho, el narrador usa el sustantivo doble indio huasteco para referirse a los Otros. Si el lector peina con atención los primeros capítulos del texto, encontrará que el gentilicio simple huasteco lo usa Santos para sí y para su familia refiriéndose al criollo en la tierra caliente. Las descripciones del físico de sus personajes no dejan lugar a dudas: güeros, barbas crecidas, barbas rubias, ojos azules, ojos zarcos, etcétera. Por lo mismo, cuando yo me refiera a los indios huastecos les llamo como se nombran ellos mismos: Téenek.

Para Santos, el Otro es indígena, es enemigo y es inferior. La primera semblanza de lo indio nos la ofrece con la muerte de sus ancestros y la subsiguiente venganza familiar contra los Téenek. El segundo retrato de esta otredad empieza así: “En mis correrías antes de la Revolución, me hacía acompañar de un indito al que llamábamos Culás [¿Nicolás?], que hablaba unas cuantas palabras de español. Este indio, que tenía la misma edad que yo, hablaba tanto el huasteco [Téenek] como el mexicano [Náhuatl], pues era hijo de una india mexicana, huérfano de padre y criado en Santa Ana, entre la tribu de los indios huastecos [Téenek]” (Vida Azarosa, 20).

Este ejemplo de la prosa de Santos muestra la riqueza testimonial que nos ha legado el gran cínico mexicano. Culás no tiene siquiera nombre completo en el recuerdo del militar victorioso de la Revolución. Por otra parte, la definición de indianidad es perfecta: se trata de un adjetivo que califica a los no-europeos. Sólo después de decir que se trataba de un “indito”, se aclara que hablaba las dos lenguas originarias de la región huasteca y se dan detalles acerca de la filiación del muchacho. Notemos, aparte, el diminutivo que aparenta familiaridad y cariño pero que es otra de las formas de desprecio interétnico. (En Chiapas, los coletos llaman chamulitas a los indígenas.) Finalmente, el narrador nos aclara a santo de qué estaba Culás asociado a la familia de terratenientes criollos. Su madre era mexicana (Náhuatl), pero el padre era Téenek. Los peones indios que vivían dentro de los confines de la copropiedad criolla Santa Ana eran Téenek. Es decir, Culás era un niño-mozo, hijo huérfano de un campesino sujeto a la copropiedad (condueñazgo de losSantos) a quien el patriarca de la familia (Pedro Antonio de los Santos, Senior) ha “rescatado” de la orfandad para asegurarle compañía de su edad a uno de sus hijos menores (Gonzalo, llamado Chalo o Huajutz).

El cuento de Culás parece inocente. El general la explica como parte de sus “correrías” adolescentes. La presentación de su vida infantil “salvaje” parece hacer eco con las aventuras de chicos como Tom Sawyer, Huck Finn y el Negro Jim en el Río Mississippi de Mark Twain. (Por cierto que estas ocurrían en un ecosistema bastante parecido.) A esto parecerían encaminarnos los trazos generales de niñez que Santos nos entrega: “Me crié en plena jungla, a veces a orillas del río Moctezuma en Barrón o en la sierrita de Cuayojohs, entre vaqueros e indios huastecos. Usaba arco de flecha y me metía a los bosques, acompañado o solo; muchas veces estuve a punto de morir a causa de las víboras que, si ahora abundan, ya se imaginarán en aquel tiempo cómo serían los bosques de la Huasteca” (Vida Azarosa, 17).

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Pero Culás no es Jim y la aventura del “indito” Culás no es la ruta de igualación/liberación que recorrieron el amo blanco Huck y el esclavo negro Jim en su huida. Primero, la liga entre Culás y la Casa Santos es mucho más compleja que las relativamente sencillas relaciones de propiedad entre familias nucleares anglosajonas y sus esclavos individuales en la zona recién colonizada del gran río norteamericano. Culás es hijo de un varón Téenek que encontró pareja Náhuatl fuera de su comunidad pero que llevó a su familia a vivir en sus tierras (residencia virilocal). Ahora bien, todas las tierras Téenek de La Huasteca habían sido rodeadas y absorbidas, en los 150 años previos, por ranchos ganaderos de militares criollos que aseguraron esa provincia para la Corona Española primero y para la República Mexicana después.

El titular del condueñazgo en Santa Ana era el padre de Gonzalo N. Santos y su función social es mucho más compleja (e impactante) que la de un dueño singular de esclavo individual en Saint Petersburg (la Tía Polly): Don Pedro Antonio es el patriarca de una familia extensa cuyo dominio colectivo sobre el territorio se asegura y acrecienta mediante el uso continuo de las armas y los matrimonios entre primos. Así lo recuerda el gran cínico huasteco: “En nuestros ranchos siempre había armas, mucha decisión para no dejarse atropellar y magníficas posiciones estratégicas en el campo para emboscadas defensivas” (Vida Azarosa, 22). En medio de sus enrevesadas relaciones de primos, don Gonzalo claramente indica cómo su abuelo José Antonio de los Santos, había desposado a una Josefa Santos (probablemente su prima primera o segunda, descendiente como él del Comandante Joan de los Santos) y cómo, una generación después, dos de los nietos de ese José Antonio, Juan Santos “N” y Epigmenia Santos Santos se unieron. La racionalidad detrás de tipo de uniones matrimoniales era asegurar la continuidad de la propiedad territorial dentro de una misma familia ampliada bajo la forma jurídica de condueñazgo. Sobre las alianzas intrafamiliares para asegurar la propiedad de la tierra, véase Mario Humberto Ruz, Savia india, floración ladina. Apuntes para una historia de las fincas comitecas, siglos XVIII y XIX (México: Conaculta, 1992). Se puede acumular un gran poder político de este modo: uno de los hermanos de Don Pedro Antonio fue nombrado por los gobernadores porfirianos como Jefe Político en varios distritos, aunque nunca en la Huasteca –de modo que no pudiese maniobrar contra el gobierno estadual.

Resumo. Santos era un huasteco salvaje que se posicionaba enfrentándose a los “catrines” de la capital federal y a los “curros” de la capital potosina como representante “natural” y “popular” de un orden “natural” en el que los valientes huastecos (blancos) dominan sus tierras (y sus indios) frente a los ilegítimos “fuereños” que pretenden dominarlos. Este posicionamiento les permite enarbolar las banderas del federalismo y del municipio libre al tiempo que sostienen dentro de su región un orden semifeudal para controlar a sus trabajadores –orden heredado directamente de la era colonial. Contradictorio, pero efectivo. Lomnitz explica cómo este tipo de discurso permite a la élite blanca huasteca funcionar como intermediarios “indispensables” entre esta área rural y las ciudades del Altiplano. En ocasiones, el intermediario es tan importante que se yergue como cacique dominando del Estado entero: fue el caso de Gonzalo N. Santos entre 1938 y 1961. El estudio de Lomnitz, fruto de trabajo de campo en la última parte de los 1980 ya señalaba que la tardía reforma agraria en la Huasteca y la urbanización habían debilitado la posición de la élite blanca huasteca y transformarían su papel político. No hay muchos estudios contemporáneos sobre el tema, pero de 1990 a la fecha han surgido en la región liderazgos no blancos. Por ejemplo, el actual senador potosino de primera minoría, Primo Dothé, es un Náhuatl de Tamazunchale. Sin embargo, parece que aún no ha llegado el día en que un indígena potosino sea gobernador. Tristemente, las élites curras y chilangas siguen prefiriendo personas de ascendencia criolla.

Este retrato del criollismo de Gonzalo N. Santos nos permite entender desde dónde hablaba y actuaba (su posición epistemológica y social). Lo interesante de su autobiografía es que nada esconde el huasteco. En él no hay hipocresía. El Huajutz no es un Huck Finn que descubre la injusticia de la esclavitud a través de su convivencia con el negro Jim. Al término de la aventura adolescente más arriesgada que él y Culás emprendieron en la cabecera municipal de Tampamolón, las autoridades exigieron que alguien asumiese la responsabilidad y Culás fue castigado, mientras su amo criollo se reía de todos. Los recuerdos de la infancia santista son la primera proclamación de sus convicciones egoístas. El Huajutz nunca las traicionó. Y eso, paradójicamente, lo haría uno de los políticos mexicanos más confiables de su era. En entregas posteriores explicaré esta perversa tragedia.

Federico Anaya-Gallardo
Federico Anaya-Gallardo

Abogado y politólogo. Defensor de derechos humanos. Ha trabajado en Chiapas, San Luis Potosí y Ciudad de México. Correo electrónico: agallardof@hotmail.com

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