San Miguel, Unamuno y Dios. Autora: Pilar Torres Anguiano

“Fuera de la poesía sólo hay palabras,
pensamientos e ideas, pero no vida.”
Miguel de Unamuno

Afuera de la iglesia del pueblo, en la víspera de San Miguel, venden unas crucecitas de flores amarillas que la gente coloca en las puertas de sus casas. Al preguntarle a una señora por qué, me dijo muy solemnemente que el arcángel es muy milagroso, pero hoy, como anda de fiesta, se descuida un poco, quita el pie con el que el resto del año aplasta la cabeza del diablo y éste se le escapa.

Escribo esto con cierta envidia y también algo de nostalgia de la seguridad con la cual la señora sostiene la infalibilidad de la cruz de flores y la de San Miguel. Esa convicción con la que la verdad religiosa, se inserta en la rutina para hacerla mágica. Religiosidad que, de tan verdadera, parece literatura, tal como la entiende el filósofo Unamuno, uno de los pensadores de habla hispana más importantes.

Según Miguel de Unamuno (nacido en el día de San Miguel de 1864 y seguramente nombrado así en su honor y para tener su protección), hemos creado a Dios para salvar al Universo de la nada. Los temas centrales de su reflexión filosófica son la vida, la muerte, Dios y la inmortalidad del alma; imposibles de comprender desde la óptica racionalista, por lo que recurre a la literatura, a la poesía, al ensayo y, especialmente, a la nívola[1].

La nívola, para Unamuno, funciona como un “laboratorio” donde se puede experimentar, irrumpiendo en la intimidad de un personaje. Al identificar literatura y filosofía se refiere a la búsqueda de lo íntimo de la existencia… y es que se revela más profundamente el sentido de las cosas a través de un poema, una frase, una historia, que con teorías rigurosas.  

Unamuno parece estar persuadido (no convencido) de la existencia de Dios precisamente porque no hay una prueba racional de ello, y es consciente de la contradicción que subyace en ese agnosticismo. Por consiguiente, se inclina a creer por medio de sus emociones y de sus sentimientos (muchos hacemos eso).

Su lado racional quiere tener una prueba concreta de la existencia de ese creador y una prueba de la vida después de la muerte, pero a la vez, admite que es precisamente la ausencia de pruebas lo que constituye la fuente de la esperanza.

Paradójicamente, considera que sólo en los que dudan puede gestarse la verdadera fe, aunque, la fe de Unamuno parece ser un puente tendido en el vacío, porque se apoya únicamente en saber que va a morir. Así lo explica en su nívola San Manuel Bueno Mártir en la que, el protagonista, Manuel, es un sacerdote rural que no tiene esperanza y, cuando en la misa dominical reza el Credo, en la parte donde dice “espero la resurrección de los muertos”, él calla. Después de todo, Dios también calla, ¿no?

Así anhelaba a un Dios que le hablara al oído al hombre de carne y huesos, pero no tenía esperanza de encontrarlo. Llama la atención que, a pesar de estas faltas de fe, Unamuno no renunciara del todo a la religión que heredó de su madre y opta, en cambio, por periodos intermitentes de fe. Me inclino a pensar que varios creyentes y agnósticos hacen lo mismo, acaso apelando a que, en una de esas, efectivamente alguien esté allá arriba escuchando.

Se dice que Don Miguel tenía predilección por los cristos realistas, sangrantes, de la piedad popular. (me pregunto qué habría pensado del Jesús rubio y guapo y de la virgen de Guadalupe blanqueada por los “whitexicans”).

Al platicar con la señora afuera de la iglesia, en vísperas de San Miguel, recordé con cariño a un profesor de la prepa –marxista y ateo– que decía: “Me persigno por si las dudas, no vaya a ser que Dios sí exista y ya me chingué”.

Obviamente, compré mi cruz de flores amarillas y la colgué en mi puerta. Por si las dudas. 

Una tuitera (@jaimayraj) me hizo ver que esa florecita amarilla se conoce como pericón y se usa para que los elotes, al hervirlos, agarren color; también para los baños de las parturientas, así como para calmar cólicos estomacales, diarrea, disentería, empacho, tifoidea y vómito…  ¡cómo no va a protegernos del diablo, ahora que anda suelto!


[1] Neologismo que acuñó para referirse a sus propias creaciones de ficción narrativa.

Pilar Torres Anguiano
Pilar Torres Anguiano

Filósofa, profesora y ensayista.

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