Respeto y admiración mutua, medio entre Onetti y Cortázar

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En vísperas del 110 aniversario de nacimiento del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti (1909-1994), que se cumple el 1 de julio, recordamos al hombre cuya genialidad no tuvo los reflectores de otros autores del boom latinoamericano, pero que igualmente dejó huella con algunas joyas literarias que sus propios colegas solían destacar.
Considerado el inventor de la novela latinoamericana moderna, el autor de cuentos como Un sueño realizado, se exilió en España hacia 1974, a consecuencia de la dictadura militar uruguaya, y allí vivió a partir de entonces con la que fuera su tercera mujer: Dolly Onetti, quien cuidó de él en vida y a quien legó sus restos para que lo siguiera cuidando en la muerte.

Durante esa estancia, el uruguayo se tiró a la cama, según ella, debido a su creencia de que las mejores cosas de su vida habían ocurrido en el lecho, donde lo mismo comía, que escribía, pensaba y hacía el amor. De esa época, llegó a dar cuenta el escritor mexicano Carlos Fuentes (1928-2012), quien en un artículo publicado por la revista Nexos, lo recuerda en bata y pijama, con un vaso de whisky en la mano, despreocupado por el qué dirán y, en general, por todo lo que lo rodeaba.

Pero Onetti no siempre fue así, se cree que fue la dictadura en su país, el haber salido prácticamente perseguido, lo que mató al autor 12 años antes de que finalmente dejara este mundo. Según su familia, su enclaustramiento progresivo, y absoluto del último año de su existencia, se debió al deseo que tenía de “perderse de la multitud”.

No obstante, el uruguayo, quien junto con Mario Benedetti es uno de los más grandes autores en la historia de la literatura en su país, y uno de los más importantes de las letras latinoamericanas en el siglo XX, logró configurar una obra trascendente que supo tender puentes entre las literaturas del Norte y el Sur de América.

De hecho, contó con el reconocimiento de sus pares, quienes supieron ver la singularidad en su obra; tal es el caso de Julio Cortázar con quien, se sabe, mantenía una relación de respeto y admiración mutua, que dejaron ver en por lo menos un par de cartas que intercambiaron en 1980, la de enero es del autor argentino, quien desde París le habla entusiasmado de la lectura que recién ha hecho de una de sus obras.

“Una vez más encontré todo ahí, todo lo que te hace diferente y único entre nosotros. La gran maravilla es que el reencuentro no supone la menor reiteración ni la menor monotonía. Parecería casi imposible después de la saturación que dejan en la memoria tus libros anteriores, pero así es; todo es otra vez nuevo bajo el sol, mal que le pese al viejo Eclesiastés”.

Cortázar compara su novela con un whisky y asegura que es uno “con un sabor que es el mismo y diferente. Pasa que una vez más has escrito un gran libro, y lo que parecía irrepetible se repite sin repetirse, si me perdonás esta jerga que busca abrirse paso y se enreda un poco… Medina, carajo. Qué tipo sos, Onetti. En fin, tu libro lo voy a caminar mucho por las calles de París (ojalá alguna vez, de Buenos Aires) Un abrazo. Julio Cortázar”, finaliza la misiva que se puede consultar en el sitio electrónico La vuelta a Julio por infinitas vueltas.

En respuesta, Onetti escribe en septiembre del mismo año: “Gracias por tu última carta; era tan buena, que quedó sin respuesta”, en una misiva, que conserva el Instituto Cervantes, en la que refiere a Cortázar que ha declinado hacer una crítica de su obra, con motivo de un homenaje editorial que le dedica Cuadernos Hispanoamericanos.

“Sobre Julio sólo puedo escribir una carta amistosa como contribución humilde al homenaje, y una carta breve, historieta con obligadas pausas a pesar de la sinceridad mutua”, comenta el uruguayo.

En otro momento, advierte su deslumbramiento por algunos de los cuentos de Cortázar, y más aún por la aparición de Rayuela, donde, considera, el autor “se descolocaba de la tradición novelística de nuestros países, aceptada o robada de lo que se escribía en España o Francia. Su actitud resultó escandalosa para infinitas momias, rechazo que no lo conmovió porque deliberadamente se trataba de provocarlo”.

Y, al mismo tiempo, “se colocaba, sin buscarlo, sin buscar nada más o menos que un entendimiento consigo mismo, al frente de una juventud ansiosa de apartar de sí tantos plomos, de respirar un poco más de oxígeno, de entregarse con felicidad a la zona lúdica y sin respuesta satisfactoria de su propia personalidad”.

Otro que admiró a Onetti fue el mexicano Carlos Fuentes, quien en el citado artículo se refirió a la saga de Santa María, que incluyó sus más grandes novelas La vida breve (1950), El astillero (1961) y El juntacadáveres (1965).

De La vida breve, pondera la capacidad que tuvo el autor “para liberar toda su imaginación narrativa en una obra que, si no es la fuente bautismal de la narrativa urbana de Hispanoamérica, si la re-orienta lejos de la agri-cultura campesina a una agria-cultura urbana, donde la temática tradicional viva aun en Carpentier, García Márquez y Vargas Llosa, ha sido des-terrada no por el naturalismo, no por el realismo, sino por la realidad”.

La crítica especializada destaca a El astillero, su título más celebrado, como la novela que lo situó en la primera línea del boom de la literatura hispanoamericana de los años 60, al lado del mexicano Juan Rulfo, el colombiano Gabriel García Márquez, los argentinos Julio Cortázar y Jorge Luis Borges, el peruano Mario Vargas Llosa, el chileno José Donoso y su compatriota Mario Benedetti.

Luego de su exilio escribiría obras como Dejemos hablar al viento (1979) y cerró el ciclo con dos títulos más: Cuando entonces (1987) y Cuando ya no importe (1993), en donde deja más claro que nunca ese estilo de escritura lacónica, impregnada de su escepticismo y desencanto, un estilo que, coinciden sus estudiosos, “abrió una vía tan fructífera como inédita antes de él en la narrativa en lengua española.

En total escribió 15 novelas y 10 libros de cuentos por los que recibió distinciones, como el Premio Nacional de Literatura en Uruguay 1959-60, el Gran Premio Nacional de Literatura Uruguaya 1985, el de la Unión Latina de Literatura 1990, el Gran Premio Rodó de Montevideo en 1991 y el Cervantes de 1980, un año en que fue propuesto por el Pen Club Latinoamericano como postulante al Premio Nobel de Literatura.

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