¿Qué tan fuerte hay que gritar? Autora: Emma Rubio

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Hoy me duelo, me duelo por la enorme falta de empatía que existe con nosotras. Nos juzgan, nos dicen cómo vestir, cómo andar, pero no es común que se cuestionen por qué nadie le enseñó a respetar al monstruo que viola y mata. Tal parece que los cuerpos de las mujeres son propiedad pública del cual todos opinan, todos juzgan, todos deciden; pero si una se atreve a decidir por sí misma, entonces resulta que somos machorras, complejas, fáciles, irresponsables, putas.

Tal parece que hubiese sido mejor para la sociedad que Karen Espíndola hubiese sido secuestrada, quizá es que se han acostumbraron a desayunar, comer y cenar con una muerta más en las noticias. Parece que es en demasía difícil de comprender, incluso, para otra mujeres, que en realidad existimos mujeres sororas, capaces de luchar por la libertad de las que vienen atrás de nosotras a descubrir el mundo y por las que estamos viviendo la violencia pasiva y activa. Quisiera que por fin se comprendiera la importancia del lenguaje y que hay palabras que duelen como un puñal en el cuerpo y que hay juicios que generan una tristeza profunda y que muchas, sí, muchas mujeres hemos deseado morir ante tanto dolor y sufrimiento pero que por alguna razón nos dejaron vivas y que desde entonces no vemos la vida igual pues reconocemos y valoramos la existencia y el honor de ser mujeres. Hoy muchos se llenan la boca de juicios, diciendo que esta lucha es de hombres y mujeres y sí, no niego que también hay hombres que han sufrido muchísimo por la pérdida de alguna mujer que aman pero jamás sabrán lo que es tener que sobrellevar el reto de ser mujer en las calles, nunca sabrán lo que es tener que detenerse a pensar cómo vestirse para que no te digan nada ofensivo, nunca entenderán cuánto duele ser libre y etiquetada por atreverse a serlo, muchas mujeres que decidimos ser libres terminamos solas porque los hombres nos ven como mujeres de segunda ya que la que realmente merece estar a su lado debe ser casta y pura.

Vaya tristeza me cargo, parece que ser mujer libre es como en la inquisición ser bruja; lo cual resulta un halago, pero un halago de gran peligro. La esperanza se me va en ocasiones cuando leo tanto odio a quienes levantan la voz, a quienes se han atrevido a gritar. Algunos ven como vandalismo que compañeras pinten paredes, monumentos, no alcanzan a comprender que si lo hacen es porque gritar no ha servido ¿cuántas lágrimas hay que llorar para hacerlos reaccionar que no debe haber ni una muerta más? No nos han querido escuchar por años y ahora se escandalizan de nuestra desesperación. Juzgan más a las mujeres que salen a las calles a pedir paz que a los narcos que secuestran y matan a jóvenes de la nada. Vaya sociedad enferma, prefieren justificar a un narcotraficante que a una mujer que levanta la voz. Funesta realidad.

Sin embargo, no hay paz hasta que nos escuchen pues no podemos hablar de libertad, ni de respeto, ni mucho menos, de sociedad mientras haya feminicidios. No somos una sociedad respetable si nuestro valor principal radica en una moralina barata donde es más importante que una mujer “se porte bien” a que esté viva. Hay mucho por aprender y crecer como sociedad, pues no podemos seguir alimentando la superficialidad y la falsa conciencia. Por respeto a miles de mujeres que han desaparecido, que han sido violadas, asesinadas y vejadas; deberían de detenerse a pensar en ellas antes de emitir juicio. Dudo mucho que exista un ser humano con la autoridad moral para decir qué es lo correcto. La libertad es un derecho no un concepto al cual se le ponen adjetivos, la libertad es libertad y ya, quien se atreva a poner algún concepto posterior, es porque su mente está llena de prejuicios. La libertad la merecemos todas y todos al nacer. ¿Cuántas muertas más tenemos que sumar para que ya comprendan? ¿qué tan fuerte hay que gritar si no nos quieren escuchar?

@Hadacosquillas

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