¿Qué es la política? Un espejo americano. Autor: Federico Anaya Gallardo

Los encierros nos llevan de viaje de modos inesperados. En el que nos ha impuesto la pandemia, me encontré como Francisco de Quevedo en 1648: “Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos, pero doctos libros juntos. / Vivo en conversación con los difuntos, / y escucho con mis ojos a los muertos.” Un par de estos espectros me contaron de los días en que el Illinois era indio, cuando por sus ríos apenas empezaban a navegar los primeros vapores. El primero de esos muertos se llamaba James Hall (1793-1868), y se le recuerda como editor de diarios y juez. Aparte, peleó en los Grandes Lagos en la milicia ciudadana contra los ingleses en 1812 (19 años) y luego se enroló en una expedición contra el Estado pirata de Argel en 1815 (22 años). Antes y después de sus hechos de armas estudió leyes y, hacia 1820 (27 años) se había establecido en el recién creado estado de Illinois. Hall fijó su domicilio en Shawneetown. El nombre del pueblo dice mucho del mundo del Juez Hall.

Los llamados Territorios del Noroeste habían sido concebidos por Su Majestad Británica como un buffer State indígena que detendría el avance de sus rebeldes ex colonos. Pero los pueblos algonquinos pronto aprendieron que no se puede confiar en las promesas de Albión. Los EUA siguieron avanzando y les desplazaron cada vez más hacia el Oeste y el Sur. La mayor parte de los shawnees que quedan viven hoy en Oklahoma –muy lejos de los bosques fríos y húmedos de sus ancestros. Hall, pese a ser parte del pueblo que les invadió y desplazó, escribió en favor de ellos y otros pueblos. En 1833, luego de la Guerra de Black Hawk, escribió una carta al HesperianThe Western Monthly Magazine de Cincinnati: “He visto en esta región evidencias de la persecución perpetrada por nuestro pueblo en contra de esta triste raza, hechos que el pueblo americano difícilmente creería. Cierto estoy de que si los eventos de la última contienda se estudian hasta sus orígenes, cualquier filántropo en nuestra nación se avergonzará de nuestro país.” (Citado por Benjamin Drake en The Life and Adventures of Black Hawk, Cincinnati, 1838, pp. 252, Liga 1.)

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Hall escribió la biografía del jefe Sauk llamado Black Hawk (Makata Imeshekiakiak, Negro-Gavilán, 1767-1838) y allí complementó su opinión acerca de sus conciudadanos blancos en el Illinois fronterizo: “la mayor parte de nuestras guerras indias han sido incitadas por nuestro pueblo para apropiarse [ilegalmente] de los territorios de caza del salvaje en retirada … Los pioneros … son una raza dura, errática y aventurera, en la que se unen los hábitos del cazador y el agricultor. Entre ellos, el deseo de nuevas tierras es una pasión tan fuerte como universal. Se gozan en lo salvaje. … La razón duerme cuando velan el miedo y la envidia. La experiencia terrible de la guerra india, demasiado familiar a la población de nuestras fronteras, les ha vuelto tan profundamente sensibles a sus peligros, que el más ligero rumor de una incursión excita una alarma universal”. (McKenney & Hall, History of the Indian Tribes of North America, 1872 [1838], pp. 223 & 229-230, Liga 2.)

Hall publicaba “en Vandalia [así se llamaba la primera capital illinoisense], una revista mensual llamada Illinois que tuvo mucho mérito; y una anual, The Western Souvenir, que era una colección de cuentos originales y poesía que él mismo escribía. Esto lo hizo autor famoso en todos los Estados Unidos. Pero en el Illinois de esos tiempos no había suficiente público ni recursos para la literatura; así que el Juez Hall se mudó a Cincinnati [Ohio]…” Esto lo escribe el otro de mis espectros: Thomas Ford, quien fuera electo en 1842 como séptimo gobernador del Estado. Era un político extraño: tenía fama de honesto y civilizado. En su History of Illinois (Chicago, 1854, Liga 3) Ford retrata la vida pública en las fronteras estadunidenses: “…la justicia se administraba sin mucho espectáculo, pompa o ceremonia. … Los jueces en los primeros tiempos de Illinois eran caballeros de bastante entendimiento y mucho sentido común, y presidían sus tribunales en casas de troncos o en el bar de las tabernas, adonde se arreglaba provisionalmente un estrado para el juzgador y se ponían sillas y mesas para los abogados y jurados. Recuerdo que en el primer tribunal de circuito del condado de Washington, que presidía el juez John Reynolds [cuarto gobernador, 1834-1838], el sheriff, al anunciar el inicio de la sesión, salió al patio para decirle a la gente: ‘Chicos, éntrenle, que nuestro John va a presidir el tribunal’…” (pp. 82-83).

Si los jueces eran amigos de todos, sin excesiva especialización jurídica, la política de aquel primigenio Illinois era salvaje. Había gentes armadas con cuchillos, calzadas con mocasines y tocadas con gorras de castor, que amedrentaban a la población durante la campaña y en la jornada electoral. Ford nos ofrece el retrato de un candidato en los 1830, el señor Kinney: “Su moralidad era enojosa… Se decía que iba a la campaña con una Biblia en una mano y una botella de whiskey en la otra –y que así caminaba armado con ‘la espada del Señor y el espíritu’. Así … predicaba a un grupo de votantes y bebía con el otro, haciéndose agradable a todos”. Kinney era representativo de su tiempo. Ford nos explica que “en esos años proveer bebida … era siempre un éxito para los candidatos. En muchos municipios, los candidatos alquilaban todas las tiendas de la región, y allí la gente podía obtener alcohol gratis por varias semanas antes de la elección. Así las cosas, antes de los comicios, cada sábado llegaban los votantes de la comarca a la cabecera, tanto para ver a los candidatos como para oír las noticias. Venían por docenas de todas partes, y por todos los caminos se les veía montando sus ponis, que luego amarraban en las verjas, árboles y arbustos del pueblo. Llegaban asimismo los candidatos, y se dirigían al pueblo reunido desde carretas, mesas, viejos troncos y tocones (stumps) recién cortados –de donde viene la frase stump speeches, usada para describir una arenga popular durante elecciones. Terminados los stump speeches, todo mundo comenzaba a beber y antes de que cayese la noche una vasta mayoría de los ciudadanos estaban borrachos y vagaban por la villa balanceándose, mentando madres, insultando, saludando, humillando, gritando a favor de su candidato favorito. Sacaban sus armas y las paseaban, amenazando pelea y peleando. … Hacia el atardecer, los borrachos montaban sus ponis, aún tambaleándose y galopaban por la ciudad, aventando sus gorras y sombreros, chillando como espíritus del averno que escapaban de su prisión… hasta que al fin se iban a sus casas” (pp. 104-105).

Regreso a Quevedo para concluir esta nota. Decía que sus libros, “si no siempre entendidos, siempre abiertos, / o enmiendan, o fecundan mis asuntos. / Y en músicos callados contrapuntos / al sueño de la vida hablan despiertos”.

El 6 de enero de 2021, Jacob Albert Chansley apareció en el Capitolio federal de los EUA vestido con pieles y tocado con cuernos de bisonte. Le acompañaban varios miles de ciudadanos duros, erráticos y aventureros; excitados por modernos stump speeches. Proclamaban una alarma universal ante rumores sobre una invasión de “salvajes”. Ahora ya no se trataba de indios, sino de mexicanos, afroamericanos, BLMs, antifas. Igual que los espíritus del averno de Thomas Ford en el Illinois de 1830, chillaron por las calles del Washington de 2021. Un político irresponsable (Trump in a stump speech) de nueva cuenta incitó a los borrachos a la locura.

El contrapunto moderno que mis espectros no es callado sino escandaloso; y no habla al sueño de la vida sino que parece la pesadilla de la muerte. Estos hooligans del Capitolio son de los que aplauden ejecuciones extrajudiciales como la de George Floyd. Pero recordemos la Historia completa: En el Illinois de James Hall se publicaban revistas como Hesperian y se imprimía (y discutía con seriedad) la biografía del indígena rebelde Makata Imeshekiakiak. Los illinoisenses eligieron a Thomas Ford como gobernador por sobre grillos que hablaban con la biblia en una mano y una botella en la otra. Y sólo 20 años después de las escenas de salvajismo que he invocado con los libros de mis muertos, de entre ellos surgió un litigante pueblerino llamado Abraham Lincoln. Este hombre era de hablar pausado y extremada prudencia –aunque había nacido y crecido en una cabaña de troncos. Cuando se subía al stump, sus discursos hablaban de hechos concretos, de injusticias patentes y llamaban a la reflexión. Su radicalismo era creciente, pero razonable. Poco a poco, convenció a muchas y a muchos. Se trataba de luchar contra la injusticia, acabar la esclavitud, asegurar iguales oportunidades para todos y mantener la democracia en contra de élites oligárquicas. Terminó por transformar a sus illinoisenses y luego, en medio de una guerra civil y revolucionaria, al resto de los estadunidenses. Que sean estos últimos ejemplos los que fecunden hoy nuestros asuntos, de este lado y de aquél del Río Bravo del Norte.

Liga usadas en este artículo:

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Federico Anaya-Gallardo
Federico Anaya-Gallardo

Abogado y politólogo. Defensor de derechos humanos. Ha trabajado en Chiapas, San Luis Potosí y Ciudad de México. Correo electrónico: agallardof@hotmail.com

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