david pérez |@davidperezglobal
La Federación de Fútbol de Irán enfrenta una decisión que ya no es solamente deportiva. Debe posicionarse y decidir si continúa con la intención de participar en el Mundial de 2026 que se jugará mayormente en Estados Unidos o retirarse en medio de una escalada militar entre Irán, Israel y Estados Unidos. ¿Debe la Federación de Fútbol de Irán participar en el Mundial 2026 o debe retirarse a causa del conflicto militar y las tensiones políticas con el país anfitrión?
Irán ya está clasificado al Mundial. El presidente de la federación iraní, Mehdi Taj, declaró que la participación está en duda debido a la situación militar y política. Los partidos de fútbol de Irán están programados en Estados Unidos, lo que abre un problema diplomático bastante complicado. Las tensiones con Washington ya han afectado eventos previos del torneo, incluyendo dificultades de visado para funcionarios iraníes.
Elementos en conflicto
Este dilema no es deportivo, es político. Detrás de la decisión de participar o no en el Mundial se enfrentan intereses que, en otras circunstancias, podrían convivir sin problema, pero que en un contexto de conflicto internacional entran inevitablemente en tensión.
Por un lado está la representación nacional. Participar en un Mundial no es solamente disputar un torneo, es aparecer ante el mundo, ocupar un lugar en el escenario global y ofrecer a millones de personas un símbolo de orgullo colectivo. El fútbol funciona, para muchos países, como una forma de diplomacia cultural que trasciende la política cotidiana.
La promoción del equipo nacional varonil sirve al propio gobierno iraní como una forma de lavar su imagen ante el mundo y de normalizar el régimen de control que ejercen. Pero frente al interés de promoción del régimen está también el de la seguridad nacional. Cuando existe una escalada militar entre Estados, viajar y competir en el territorio de un país adversario se convierte en un asunto de primer orden. Al mismo tiempo, ésta selección de fútbol podría estar expuesta a expresiones de intolerancia en el territorio de las barras y las estrellas.
Es necesario incluir el factor de la supuesta «neutralidad» del deporte, porque es un principio que organismos como la FIFA han defendido durante décadas. La idea de que el fútbol debe mantenerse separado de la política no sólo no se corresponde con el proceder de los organismos del deporte sino que en la realidad es casi imposible de aplicar. Los grandes torneos suelen convertirse en escenarios donde los conflictos del mundo se hacen visibles.
A esto se suma la exigencia de la coherencia política. Para algunos sectores, participar en un torneo organizado en Estados Unidos, y que se ha convertido en el juguete de Trump, podría interpretarse como una contradicción si ese mismo país es percibido como adversario en el plano geopolítico.
Finalmente están los derechos y aspiraciones de los jugadores. Para ellos, el Mundial representa la oportunidad más importante de su carrera. Si la federación decide retirarse, quienes pagan el precio inmediato son los atletas, que pueden perder una ocasión única de competir en el escenario con más reflectores del fútbol mundial. Al mismo tiempo, el escenario del Mundial sería la oportunidad para que los jugadores, que así lo decidan o puedan, realicen gestos de disidencia o inconformidad con el régimen iraní.
Así, la decisión que enfrenta la federación iraní consiste en determinar qué es lo que se quiere priorizar cuando varios intereses —representación, seguridad, neutralidad política y derechos deportivos— no pueden sostenerse al mismo tiempo.
Las opciones
Ante esta situación, la federación iraní tiene por lo menos tres caminos posibles. El primero es participar en el Mundial. Esta opción tiene ventajas claras: evitar sanciones deportivas y económicas, permitir que los jugadores compitan y mantener la presencia internacional del país en el torneo de fútbol más visto. Sin embargo, esa decisión también implicaría asumir costos políticos internos. Competir en un campeonato que se jugará principalmente en Estados Unidos podría generar críticas dentro del propio país y abrir interrogantes sobre la seguridad o las implicaciones diplomáticas del viaje.
La segunda opción es retirarse del torneo. Esta decisión enviaría un mensaje político fuerte y podría interpretarse como una postura coherente frente al conflicto internacional que vive el país. Sobre todo tratándose del Estado que fue el primero en recibir agresiones militares en la reciente escalada.
Existe también una tercera vía, la de negociar con FIFA. En ese escenario, la federación iraní podría intentar buscar arreglos que reduzcan el costo político de participar, por ejemplo, cambio de país para sus partidos, garantías diplomáticas o excepciones de visado para delegaciones y aficionados. Esta alternativa permitiría competir sin que la participación sea percibida como una concesión política.
La federación iraní está decidiendo qué mensaje enviar al mundo. Pero Donald Trump también hará lo propio. Las decisiones difíciles casi nunca enfrentan «el bien» contra «el mal», es común que enfrenten dos elementos que percibimos como «bienes» y que no pueden coexistir al mismo tiempo.
AÑADIDO
Hay decisiones que no se deben de tomar porque el costo de tener que sostenerlas en el tiempo puede ser tan alto que automáticamente se convierten en inviables. Por ejemplo, la decisión de expulsar a Rusia de las competencias deportivas como consecuencia de la invasión militar a Ucrania. El problema consiste en aplicar sanciones deportivas por un asunto de primer orden como lo es un conflicto armado. Siguiendo esa lógica tendrían que ser expulsadas varias selecciones del próximo mundial, empezando por la anfitriona, y no sucederá.

david pérez
Analista con formación en filosofía, historia, resolución de conflictos y derechos humanos. Ha sido columnista en El Siglo de Torreón, Grupo Reforma y Grupo Milenio. Dirigió el grupo de investigación en materia de derechos humanos del Mecanismo de Esclarecimiento Histórico que investigó las violaciones graves a los derechos humanos cometidas en el periodo de 1965 a 1990 en México. Actualmente conduce el podcast Hacer las Paces y dirige la editorial independiente Pacífico Global Media.















