Jugar la carta nacionalista (nationalist card) es siempre peligroso. En el Occidente noratlántico, que es el centro hegemónico de la actual civilización capitalista globalizada, esa carta casi siempre ha significado una política exterior agresiva. El caso más trágico fue cómo los grandes movimientos populares europeos, la Gran Revolución de 1789 o la Primavera de los Pueblos de 1848, terminaron impulsando a las recién constituidas naciones a guerras en donde los oprimidos de cada Estado se mataban a nombre de sus respectivos opresores. Incluso el Octubre Rojo evolucionó en una versión perversa del viejo nacionalismo pan-ruso luego de 1945.
Por supuesto, ante la opresión imperialista de los nacionalismos europeos (y sus epígonos estadunidense y japonés) surgió un nacionalismo defensivo en los países colonizados. La aparición fue muy pronta. La identidad nacional haitiana se forjó en una revolución de esclavos que rechazó las intervenciones española, británica y francesa de esa isla negra y rebelde. Pese a las ínfulas de su aristocracia criolla, desde el desastre de 1848 México empezó a construir su postura geopolítica a partir del principio de soberanía popular y no-intervención. La Restauración de la República en 1867 consagró eficientemente esa ideología. El resto de las élites nuestro-americanas tardó un poco más en llegar a la misma conclusión: la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870) alimentó un nacionalismo à-la-europea en Brasil, Uruguay y Argentina. La élite chilena se vanagloria aún de su victoria sobre Perú y Bolivia en la Guerra del Pacífico (1879-1883). El amor propio de la élite paraguaya se compensa con las conquistas en la Guerra del Chaco (1932-1935).
Pero el siglo XX en Nuestra América convenció a las masas populares que, ante la hegemonía continental estadunidense el único nacionalismo realmente valioso era el defensivo de los movimientos de Liberación Nacional que surgieron después de la Segunda Guerra Mundial en todo el globo. Ese era un nacionalismo “extraño” para los países centrales, pues propugnaba la solidaridad de todos los pueblos oprimidos y, en el caso extremo de la guerra de liberación nacional, convocaba a crear dos, tres… muchos Vietnams en un suplemento especial de la revista Tricontinental, el órgano del Secretariado Ejecutivo de la Organización de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina (OSPAAAL). (Liga 1.)
La identidad de las causas nacionalistas populares entre sí no era extraña. En la Europa de 1848 todas las naciones que se rebelaban contra sus monarcas absolutos cantaban La Marsellesa. Cuando la Segunda República Francesa se apropió de ese himno, socialistas y comunistas empezaron a cantar La Internacional. Y el Octubre Rojo creó una organización global llamada precisamente Internacional Comunista… (que el Stalin viejo disolvió en 1943 como prueba de lealtad a sus aliados capitalistas en la guerra contra el nazifascismo). Los movimientos de liberación nacional de la segunda mitad del siglo XX y los globalifóbicos de todos tan temidos del siglo XXI abrevan de esas fuentes. Por eso la moderna derecha global (neofascista) aborrece al espectro que se construyeron del Foro de Sao Paulo.
Dicho lo anterior, las y los mexicanos enfrentaremos a partir de 2025 el reto del nacionalismo agresivo de la segunda Administración Trump. Para este señor, los extranjeros (la creciente China y los “mantenidos” europeos) impiden el sueño de Make America Great Again. Los migrantes son punta de lanza contra el homeland estadunidense y por lo mismo, hay que cerrar fronteras y expulsar millones de indocumentados. Los bad hombres del narcotráfico son un problema que debe arreglarse bombardeando México.
Para el México de hoy, Fabrizio Mejía Madrid ha explicado muy claramente en qué consiste el actual centro popular de nuestro nacionalismo defensivo al explicarnos el milagro del movimiento obradorista en su artículo “Adiós, Andrés” en SinEmbargo del miércoles 18 de septiembre ppdo. (Liga 2.) Rescato siete ideas fabricianas. (A partir de aquí las citas son de ese texto de Mejía Madrid salvo que se diga lo contrario.)
(1) La constante alta popularidad de López Obrador durante su Administración nació de una mayoría de mexicanas y mexicanos que tuvieron “esa paciencia era sentirse parte de un plan y de una nación” cuando enfrentamos la amenaza del COVID-19.
(2) Esa paciencia fue recompensada cuando, en el último trecho, las mediciones de amigos y enemigos señalaron que habían salido de la pobreza millones de personas. Fabrizio dice que entonces nos dimos cuenta de que este país no puede tener nombre sin “antes de asumir el de ‘pueblo’.” Agrega que la “igualdad simbólica desde la política … antecede [ahora] a cualquier ascenso social o profesional”; y que la “democracia mexicana” luego del obradorismo implica que en ella “irrumpan los excluidos de los asuntos públicos”.
(3) En momentos como este las victorias se sienten fuertes porque sabemos que “todo estuvo en contra”. Fabrizio nos explica que entre los obstáculos estaba aprender que la Patria debía “pensarse compartida con gente que nunca vamos a conocer, pero que, de todos modos, nos importa”. Abunda: tenemos “el nuevo orgullo de pertenecer [a un] país que incluye a migrantes, campesinos, pero no a tus tías prianistas”… (Yo agregaría: también a ellas –siempre y cuando se regocijen de los avances logrados para todas y todos.)
(4) En 1980, en el álbum Sesiones con Emilia Roberto González cantaba en “Un mexicano que sabe lo que quiere” que ese hombre descubrió finalmente que “¡Soñaba ser mexicano! / ¡Ansiaba serlo de verdad! / ¡Se encontró que en el mercado / no existía esta nacionalidad!”. Fabrizio y yo éramos adolescentes oyendo esas rolas. Nuestro deseo era “pertenecer al pueblo”, y a lo largo de años de luchas venimos a encontrarlo entre aquellos que irrumpieron en la vida pública mexicana desde la Rebelión del Año Nuevo de 1994 y durante el desafuero de 2005. Forjarse así como ciudadanos significó descubrir que “somos comunidades de afectos pero también de pérdidas”. La migración mexicana a los EUA nos ha legado una mezcla potente de afectos y pérdidas.
(5) Nuestra comunidad nacional y patriótica contemporánea es mucho más que obradorista, porque resultó del “intercambio entre la base popular, plebeya, ‘bellaca’ –diría el clásico– y” sus oficiales electos, Fabrizio dixit. Agrego yo: por eso es que –ante las mutuas recriminaciones entre Adán Augusto López y Ricardo Monreal– una rápida encuesta en YouTube (realizada el martes 17 de diciembre ppdo. por @jesusescobartovar3837, Liga 3) con la pregunta “Con la reunión y foto, crees que se soluciona el pleito de Monreal y Adán Augusto?”, 73% por ciento opinó que “se debe investigar la corrupción”; 17% que “debe irse Monreal”; 1% que “debe irse Adán Augusto”; y sólo 9% que “sí, primero la unidad”. De 49 mil votantes, ¡¡¡nueve de cada diez personas opinaron que la unidad (partidista, ideológica o nacional) no implica aceptar corruptelas ni grillas!!! La gente, dice Fabrizio “se nombra pueblo y decide seguir y confiar”, pero también sabe exigir… lo que implica un reto enorme para la dirigencia partidista, ideológica y nacional.
(6) Cuando se produce este extraño fenómeno de identificación popular, el “anhelo de absoluto … ya no obedece a los cálculos. Es un entusiasmo” que “utiliza un acontecimiento para manifestar esa trascencencia”, nos dice Fabrizio. En su ensayo el acontecimiento eran las elecciones presidenciales de 2018 y 2024. Hoy, aparece ante nosotros un acontecimiento internacional.
(7) Fabrizio concluye recordándonos que López Obrador “prefirió inhibir antes que prohibir y alentar antes que imponer. [Que] la sustancia de [su] poder presidencial no fue la coerción sino la moral, el ejemplo, el reconocimiento social”. El reto al que Andrés Manuel nos convocó fue la “contención de las oligarquías, que no quiere decir que se les extinguiera o expropiara, sino simplemente que pagaran sus impuestos, que asumieran el lugar que el Estado mexicano les asignó como partes del país y no como su única clase social”. El nuevo problema que enfrentamos es que el acontecimiento internacional rebasa en muchos aspectos al Estado mexicano.
¿Qué hacer? Voltear a los cuatro puntos cardinales y sumarnos a lo que todas y todos andan haciendo.
Titulé esta columna “A nuestro País y a nuestra Nación” citando a uno de los muchachos que crearon y estrenaron el Himno Migrante (corrido tumbado) el miércoles 18 de diciembre ppdo en La Mañanera (Liga 4, min.01:03:00 & ss.): “Buenas tardes, bueno… buenos días. Somos parte de una agrupación. Nos nombramos Legado de Grandeza. En realidad, todos tenemos un proyecto individual, pero quisimos poner un granito de corazón para dar un regalo a nuestro País y a nuestra Nación”.
Antes de interpretar el corrido tumbado, el canciller De la Fuente había reportado en vivo un primer ejemplo de consulado abierto con la comunidad mexicano-americana desde El Paso rodeado de todas y todos los participantes. Movilizar los recursos de la diplomacia. (El himno lo puedes ver en la Liga 5.)
Luego, la presidenta Sheinbaum presentó el video de una entrevista colectiva realizada en Palacio Nacional. Allí otro de los chicos –al parecer de Arkansas, segunda generación en los EUA, explicó (en un delicioso acento chicano, con las erres suaves): “—Mi mamá tuvo que cruzar para venir acá a darnos un futuro mejor para sus hijos. Mi familia entera que se vino de aquí pa’allá, es algo muy especial y, la verdad esta canción me pega mucho en el corazón. Estoy muy agradecido de ser americano y mexicano, siento que la cultura chicana es algo muy, muy especial. Y como dice nuestro himno, aunque el acta diga americano, I am puro mexicano. ¡Que viva México y que viva Estados Unidos!” (Notar la confusión entre acás y allás.) Otro de los chavos dijo, entusiasmado: “—No me imaginé representando una Nación completa”.
Luego de cantar el himno (me confieso oficialmente fan de los corridos tumbados), uno de los músicos más grandes explicó que era egresado de la Escuela Mexicana de la Música (una organización popular nacida en Tepito) y cómo se habían enredado con representantes de este y el otro lado: wixaritaris, mestizos, urbanos, fronterizos, chicanos. Explicó “la importancia que tienen las palabras a través de la música”. Le dijo a los mexicanos y mexicanas en EUA que “estamos con ustedes y que también ustedes son parte de la historia de México”.
Trump jugó la carta nacionalista con la dureza y la soberbia naturales del Imperio. Representa sólo a la mitad pequeña, elitista y reaccionaria de los estadunidenses. En México la jugamos también, todos y todas detrás de Claudia nuestra primera Presidenta. Para eso sirve la movilización mayoritaria. Apostamos –como siempre– al soft power (esa “coerción moral” que decía Fabrizio). El extraño fenómeno de identificación popular no obedece a los cálculos de los expertos realistas en relaciones internacionales. Es un “entusiasmo” que “utiliza un acontecimiento”. Las amenazas de Trump son ese acontecimiento.
Mi abuelo, Emigdio R. Gallardo Medina, el periodista Spivis, fue uno de los expulsados desde Chicago durante la Gran Depresión –hace noventa años. De regreso a La Laguna se comprometió en el movimiento cardenista y con El Reparto. Siempre admiró a los americanos pero nunca dejó de ser mexicano. País y Nación no se definen con rayas y mallas, sino en la convivencia de los pueblos. Como dijo el muchacho arkansano: ¡Que viva México y que viva Estados Unidos!”
Ligas usadas en este texto:
Liga 1:
https://www.marxists.org/espanol/guevara/04_67.htm
Liga 2:
https://www.sinembargo.mx/4553030/adios-andres/
Liga 3:
https://www.youtube.com/post/UgkxMXCfHAdOKGiUNUhx2hlFwnsnLChvY4pA
Liga 4:
https://www.youtube.com/watch?v=zx1MVBbwNuY
Liga 5:
https://www.youtube.com/watch?v=9Iha4XzJ_10