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La burocracia de la SEP: ¿parasitaria o productiva? Autora: Rosalina Romero Gonzaga

Funcionarios de la SEP

A lo largo de nueve décadas, la SEP ha configurado su aparato administrativo y ha sido una de las dependencias federales que cuenta con el mayor número de personal adscrito. La administración del sistema educativo requiere de personal que desempeña funciones político-legales, técnicas y de control, las cuales norman los servicios educativos. La dependencia educativa cuenta con una plantilla de personal de mandos medios y superiores, operativo, técnico, administrativo y docente que interviene en el desarrollo de sus programas y proyectos institucionales.

Caracterización de la burocracia educativa

Desde el punto de vista de la administración de los recursos humanos, la SEP cuenta con una diversidad de personal clasificado: trabajadores con plaza base, de confianza, interinos, por honorarios y por obra determinada (tipo de contratación); mandos iniciales, intermedios y funcionarios de alto nivel o superiores (jerarquía administrativa); administrativo, técnico, docente, profesional y operativo (tipo de capacitación). A todo este personal se le ubica por categoría, código, grado, grupo y nivel, que se le asigna al funcionario una vez que ingresa al servicio público. La administración del personal de la SEP tiene características particulares que lo distinguen de otras estructuras de dependencias federales, principalmente porque cuenta con cinco modelos de administración de recursos humanos para atender la función educativa en el país.

Debido a la complejidad organizacional que ha alcanzado la SEP para clasificar los recursos humanos que laboran en el nivel central, la dependencia educativa cuenta con dos tipos de estructuras: la orgánica básica y la orgánica no básica. La estructura básica comprende áreas con nivel jerárquico-organizacional desde secretario, hasta director general o su equivalente. La no básica comprende áreas con nivel jerárquico menor, de director general adjunto hasta enlace.

Dado que no existe una estadística oficial confiable y precisa sobre la cantidad de funcionarios de mando superior y medio que laboran en la SEP, sólo pueden referirse datos oficiales registrados hasta 1999 y los datos proporcionados por el Censo Nacional de Gobierno Federal 2017 del Inegi. A partir de estas cifras, se puede observar que la estructura de la SEP mantuvo un crecimiento constante, de incremento en los años ochenta y decreciente en los noventa. No obstante, la estructura no básica registró un aumento considerable debido a que en ella se encuentran los funcionarios de mandos medios y operativos. Como punto de comparación tenemos en 1990, de 2,136 plazas de servidores públicos superiores, mandos medios y homólogos, 1,204 correspondieron a oficinas centrales y para 2012 fueron 1,389 plazas radicadas en oficinas centrales que incluían 69 de mandos superiores y medios, 1,193 puestos de mando y enlace y 127 del Órgano Interno de Control en la SEP. Si a este número le sumamos el personal de base (39,430); personal de confianza (2,903); docentes del modelo de educación básica (7,781); docentes del modelo de educación media superior y superior (79,185); personal eventual (552); prestadores de servicios profesionales por honorarios (1,523) nos arroja un total de 131,080 de personal activo. En ese año, 2012, la plantilla de personal representó la tercera parte de los maestros contratados para el nivel de educación secundaria, claro, con niveles salariales dispares y abismales.

La composición numérica de los servidores públicos de mando superior y medios de la SEP es incierta e imprecisa, dado que no existe una estadística confiable que permita determinar el número exacto de los funcionarios que forman este grupo burocrático. Los datos que se presentan fueron obtenidos de fuentes diversas, las cuales no siempre coincidieron. Al respecto, la Secretaría sigue siendo una dependencia cuyo aparato administrativo está sobrepolitizado, inestable y convertido en un sistema de botín.

Reinvención sexenal de la burocracia educativa

Cada seis años, los gobiernos y el funcionariado se reinventan. Con la llegada de Vicente Fox a la presidencia, la dependencia incrementó su estructura orgánica, debido a que experimentó modificaciones como la creación del INEE y de nuevas unidades administrativas, lo que aumentó el número de personal contratado. Con Felipe Calderón y Enrique Peña, continuó la tendencia a aumentar la burocracia educativa federal. Incluso, está documentado, ambos gobernantes presionaron a favor de la renuncia de directores generales y generales adjuntos para colocar en sus puestos a nuevos funcionarios, leales a uno u otro gobierno, omitiendo los procedimientos del servicio profesional de carrera federal. Esto no es nuevo, pero sí representa un problema para el Estado, dado que no se cuenta con funcionarios profesionales que conozcan, atiendan y continúen las tareas técnicas y educativas.

En coyunturas de cambio, la formulación de las políticas educativas para el nivel básico se ha llevado a cabo entre funcionarios de nivel superior y medio, los cuales poseen poderosos instrumentos políticos: ante una decisión política contraria a sus intereses, aceptan su diseño, para luego retrasarla o bloquearla en la etapa de implementación. Esto forma parte de la dinámica interburocrática, donde el trabajo de los funcionarios no necesariamente está relacionado con sus perfiles, saberes, juicios de valor y estilos de acción. La dinámica interburocrática, se torna una camisa de fuerza para los políticos y tomadores de decisiones, quienes para implementar los cambios han tenido que ceder y negociar privilegios y canonjías con los grupos tradicionales y modernos, léase burócratas leales a las facciones del PRI-PAN y del SNTE.

El virtual presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, ha propuesto el recorte de 70 por ciento de plazas de confianza (secretario, subsecretarios, oficial mayor, directores generales y de área, subdirectores, jefaturas de departamento, enlaces) y reducir los excesivos ingresos y privilegios de la élite política y administrativa. En la dependencia educativa persisten simulaciones salariales y estructuras paralelas que sólo inflan el costo de la nómina. Bien haría el próximo secretario de Educación en revisar y modificar la estructura organizacional vertical, jerárquica y obsoleta del sistema educativo que, con sus reglas no escritas, amén de los estilos y preferencias de los burócratas, ha crecido desmesuradamente e incidido directamente en la debilidad de la SEP, así como en los resultados de la política educativa.

(in)Capacidad de la burocracia educativa

La clase política y los funcionarios o burócratas educativos han tomado decisiones que, regularmente, se han orientado a favorecer intereses particulares, lo cual ha retrasado y aletargado las políticas educativas. Dichos agentes, más que servidores públicos, se han convertido en actores insensibles y sin escrúpulos, inmersos en un ambiente y cultura organizacional caracterizada por el cumplimiento formal de las responsabilidades, pero con escasos resultados efectivos de los programas operados. Se ha privilegiado la subordinación a las reglas implícitas, los intereses de grupo, las prácticas viciadas y las deficiencias administrativas antes que la innovación y el cambio de orientaciones.

La SEP requiere refundarse, ya que en la actual estructura organizacional subyacen burocracias semi-especializadas e hiperpolitizadas, con altos márgenes de libertad, pero con capacidad limitada para incidir en las políticas y programas educativos. Los funcionarios obtienen su puesto por razones distintas a su experiencia profesional. Sus cargos dependen de su amistad o compromiso político con el equipo gobernante, que con frecuencia están obligados a realizar actividades completamente distintas de las que les exige formalmente su cargo. La improvisación con la que se desempeñan no pocos funcionarios de muy altos niveles repercute en el costoso aprendizaje que, a la postre, debe pagar la sociedad y, en este caso, los niñ@s, adolescentes y jóvenes mexican@s por las omisiones o errores de la clase política y administrativa.

La actual dinámica interburocrática está caracterizada por la falta de vínculos formales o de cooperación entre equipos de trabajo. La práctica más frecuente ha sido que cada oficina formule sus propios programas y trate de implementarlos sobre la base de sus propios recursos. De manera que los programas educativos siguen siendo fragmentados, parciales e insuficientes para responder a las principales demandas sociales. La burocracia educativa carece de una identidad propia, vocación de servicio, un ethos o espíritu de cuerpo dedicado al servicio público. Por el contrario, prevalece la agregación circunstancial de agendas, soluciones, decisiones, actividades y formas organizativas de los diferentes agrupamientos burocráticos con lógicas, intereses y objetivos distintos.

La responsabilidad y la evaluación de los funcionarios están orientadas hacia los políticos a los que responden, diluyéndose los resultados que la sociedad debería esperar de un buen desempeño administrativo. El servicio profesional de carrera en la Secretaría es inoperante. De modo que al final, los resultados son poco optimistas: la competencia desleal por los espacios políticos suele imponerse sobre las posibilidades de cooperación entre órganos y oficinas; la sociedad (léase padres, madres de familia, maestros, directores) no participa de la evaluación que podría hacerse al desempeño administrativo y que paga los costos de la improvisación o del aprendizaje por el que transitan casi todos los funcionarios.

Hoy en día, la Secretaría presenta una debilidad institucional que se manifiesta en la falta de una normatividad educativa mínima y flexible que sea cumplida por los funcionarios; la escasa evaluación de programas educativos federales con base en el desempeño de los funcionarios responsables (en contraste con el incremento de evaluaciones para los maestros); la falta de mecanismos institucionales que limiten intereses particulares, así como la falta de permanencia y estabilidad de las unidades administrativas que conforman la Subsecretaría.

El próximo secretario de Educación tiene la oportunidad histórica de cambiar el estado y funcionamiento actual de la SEP. Hoy en día, la evaluación tendría que ligarse a los resultados obtenidos por el servidor público y a los beneficios que recibe la sociedad por parte de los funcionarios educativos. Antes de empezar el traslado físico de oficinas, el secretario entrante debería consolidar primero el sistema profesional de carrera bajo los principios de mérito, capacidad y profesionalismo.

Rosalina Romero Gonzaga es profesora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y posdoctorante adscrita al Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación.
rrgonzaga@comunidad.unam.mx
twitter: @rrgonzaga23

Sí Esther, los redactores sin calle no son reporteros. Autor: Rogelio Hernández López

Reporteros

Nunca he tratado a Esther Vargas, me gustaría entablar amistad. Su página web dice: Clases de periodismo. A veces pone buenas reflexiones como enseñanzas en línea. Algo le ocurrió recientemente porque el 16 de julio pegó una especie de ensayo breve, lleno de recriminación (pesimismo, escribió ella) que tituló: El periodismo en los tiempos de los virales, los influencers y los reporteros sin calle.

Leerlo, en mi caso, invocó tres imágenes recientes vinculadas al ejercicio del periodismo en México que, lamentablemente, confirman las observaciones de Esther. El reporterismo está copado por todos lados y está siendo avasallado. Fíjense si no:

Caso 1. La expresión de Andrés Manuel López Obrador el 1 de julio al anunciar su triunfo, terminó con la frase “benditas redes sociales”. Cantarlo así fue el reconocimiento que en todas las plataformas electrónicas marcó una monumental delantera más allá de la precampaña y de la campaña, como lo prueban todos los análisis, pero al inspeccionar la calidad de los contenidos en todas ellas lo que predominó fue la propaganda, muchas de las veces en oposición a los contenidos periodísticos críticos y bien hechos. Es decir, su apoyo logrado fue que entre sus miles de seguidores virtuales hubo alguno que otro periodista en serio, pero en la mayoría de los casos fueron expertos en hacer mensajes virales que lograron arrinconar a los críticos como antiamlo. El periodismo que informó bien, que casi al final de su campaña fue de casi todos los medios convencionales (impresos, radio, televisión y páginas web bien instaladas), al candidato ganador no le mereció ningún superlativo similar. Las “benditas redes sociales” avasallaron al periodismo profesional, el que reportea fuentes vivas.

Caso 2. La crítica de Esther Vargas se enfoca a que en las mismas redacciones de los medios convencionales con sitios web se menosprecia al reporterismo. Ella dice:

“¿Cómo se hacen los virales? La pregunta me la hizo un estudiante de periodismo. Lo primero que le dije fue: ¿Y cómo se hacen las noticias? Lo triste fue recibir una respuesta: ‘He conseguido prácticas. Me piden que haga virales, y no sé si estoy preparado’. ‘Ese supuesto periodismo te hará perder la fe en el oficio’, pensé ensayando un titular de esos…”

De ese párrafo desprendí otra imagen de México. Hace poco un diario que comenzó en internet debió cambiar a la mayoría de sus reporteros por presiones geográficas. Tuvo la oportunidad de tomar el 80 por ciento de sus contenidos noticiosos necesarios del caudal de una redacción hermana integrada por reporteras y reporteros ya veteranos y contratar solo reporteros de investigación para regenerar su perfil inicial de trabajos sólidos, bien investigados, de los que marcan agenda. Pero se optó por contratar jóvenes recién egresados, porque “los otros son mediocres y corruptos”. Se tenía la esperanza que los jóvenes “castos y de buenas calificaciones académicas” podrían hacer contenidos virales desde el escritorio. Y todos los días confirmo que esa forma de ver al periodismo tiene razón porque el perfil original del diario de investigación sigue diluyéndose, pero eso sí con marcas altas de visitas en web como tuvo antes cuando producía impactos reporteriles, aunque ahora lo viral no se traduce en altas ventas que recuperen la inversión. Esto último, quizá sea, porque allí también se desprecia al reporterismo de calle.

Caso 3. Hace unos días, en una plática informal recordé que Carlos Marín, mi director en Milenio por más de 10 años, me dijo tres veces que por observaciones de los administradores yo tenía que subir mi productividad, porque solo entregaba 4 o 5 materiales al mes. En todas le argüí que me habían contratado como reportero de asuntos especiales y que en la mayoría de los casos mis trabajos eran de primera plana en el diario y/o en la revista semanal. A la cuarta vez que lo presionaron en “la administración” acordamos mi retiro. Allí como en otros lados quieren medir los resultados de los reporteros como si fueran obreros de productos tangibles: mesas, sillas, ollas, panes, o como miden ahora en cantidad de notas virales y si son muchas mejor, de preferencia de las khardashians, de Luis Miguel, de raperos, de príncipes decadentes… La cantidad por calidad, aunque el reporterismo, ese que ve, escucha, testifica y convierte la realidad en noticia siga desvaneciéndose.

Tiene razón Esther. Ese periodismo de redactores sentados, que padrotea la información de los reporteros de calle y selecciona o reacomoda el trabajo ajeno para hacerlo viral es la deformación de la esencia del periodismo: reportear.

Ella lo dice así: “El principal activo de una redacción no es el edificio que ocupa, la tecnología de sus espacios, y menos el tráfico, la audiencia, o los diarios vendidos. El activo es su gente, sus hombres y mujeres periodistas que día a día se debaten entre mantenerse a flote con las cifras en el cuello y el origen mismo del periodismo: ser útiles. Y lo que ello implica: ser relevantes, necesarios, urgentes, comprometidos, servir. Lo que menos necesita el periodismo hoy es a estos falsos mediáticos que con el traje de periodista transgreden formas, buenas prácticas y hacen de la noticia un espectáculo chirriante que se acerca más al ‘talk show’ que al periodismo responsable”.

Madiba o de la amnistía. Autora: Pilar Torres

Mandela

Yo soy porque nosotros somos.
Ubuntu

Dicen que en los primeros 6 años de vida se aprende todo lo que realmente necesitamos saber: decir por favor y gracias, lavarse las manos, comerte todo, no hablar con la boca llena, respetar a los mayores, jugar bonito, compartir tus juguetes. Por eso me sobre encabronó preocupó lo que hace unos años vi en una fiesta de niños, con unos vecinos.

Los niños estaban formados para romper la piñata, en riguroso orden de estatura. Una de ellas, Paloma se llamaba, era más alta y fuerte que los demás, pero de todos modos se formó casi al principio de la fila. Apenas empezaban a cantar el ‘dale, dale, dale’ cuando de solo dos trancazos, la tal Paloma reventó el mecate y derribó al Picachú que colgaba del árbol y que el escuálido vecino no supo asegurar. Con una velocidad asombrosa, la escuincla se abalanzó sobre la piñata casi intacta, impidiendo a todos los niños tomar uno solo de “sus” dulces. Lo peor de todo fue que los papás defendían el derecho de Paloma sobre la piñata y su contenido. No podía creerlo.

Como contraparte, gracias al centenario de Nelson Mandela recordé un relato sudafricano muy conocido, según el cual, en una ocasión, una persona se acercó a un grupo de niños de una tribu de la región Bantú, para proponerles un juego: dejó una canasta llena de frutas y dulces a la sombra de un árbol y les dijo a los niños que aquél que llegara primero tendría todas las frutas para él solo.  Cuando dio la señal, los niños corrieron tomados de las manos para llegar al mismo tiempo y así compartieron el premio. Al preguntarles por qué lo habían hecho, respondieron: “¿Cómo uno de nosotros podría estar feliz si todos los demás están tristes?”.

La respuesta de los niños resume una de las principales enseñanzas de la filosofía africana conocida como Ubuntu y, de la cual, Mandela es su exponente más célebre. El Nobel de la Paz afirmaba que Ubuntu no significa que las personas no deban procurarse a sí mismos, sino que a cada momento deben preguntarse si eso que van a hacer contribuye también a que la comunidad mejore. Qué contraste con la tal Paloma quien, por cierto, estuvo sola el resto de la fiesta porque luego del incidente, nadie quiso jugar con ella

Ubuntu surge en la región Bantú (el área africana que se sitúa por debajo de la línea ecuatorial) y, de alguna manera, emana del entendimiento de la realidad que se refleja en las distintas lenguas. Para esta filosofía africana, la fuerza vital es el único valor fundamental y equivale a lo que para la filosofía occidental es el ser y la existencia. Cada ser es una participación de la fuerza vital, y su vitalidad puede crecer o disminuir. Todas las vitalidades están interconectadas y ejercen fuerza mutua. En este sentido, el universo se concibe como una gran red de fuerzas y ninguna de ellas puede actuar sin causar un efecto o influencia (positiva y negativa) en todas las demás fuerzas individuales. Así, la persona se entiende solo en su dimensión relacional y comunitaria.

La humanidad es el centro de la red vital, incluyendo tanto a los difuntos como a los que no han nacido. Todos los elementos de la naturaleza deben servir para incrementar y perpetuar la vida. Por extensión, también la cultura, las instituciones y habilidades humanas deben cumplir la finalidad de reforzar la vida y evitar cualquier cosa que la amenace.

En la esfera política, el concepto de Ubuntu se utiliza para insistir en la necesidad de unidad, de consenso y de amnistía a la hora de tomar decisiones inspiradas en un profundo humanismo con la creencia de que puede comenzarse con pequeños cambios, de manera que, sin darse cuenta, comience una auténtica evolución hacia una vida más equilibrada.

El propio Mandela encarna esta filosofía al emplear su tiempo en prisión para crecer como persona. Aprendió la lengua afrikaneer para hablarle a sus guardias en su idioma y así conocer su cultura, entender sus valores y empatizar con las heridas de su historia. Entendió que los blancos nacidos en África también fueron víctimas y entendió su orgullo por liberarse del colonialismo inglés. Por ello, cuando salió de prisión, su discurso no fue revanchista, sino conciliador. Por ello propone mirar a los ojos a los adversarios, respetarlos y transformarlos poco a poco en compañeros, y asegurarse de que en la nueva república no hubiera perdedores porque “los blancos serán libres cuando nosotros seamos libres”.

Así, Nelson Mandela, después de 27 años de encierro, inicia una nueva era en su país, fundamentada en la filosofía Ubuntu, que apela a la capacidad de perdonar y a la empatía para cohesionar en un solo país a dos grupos que antes estaban enfrentados por odio y resentimiento. Llamaba a luchar contra la dominación de la raza blanca y, también, contra la de la raza negra.

Ubuntu era el concepto filosófico fundamental detrás de la comisión para la verdad y la reconciliación, que Mandela encargó al también premio Nobel de la Paz, Desmond Tutu, en el periodo de transición democrática de su país. Desmond afirma que una persona con Ubuntu es abierta para los demás, no se siente amenazado por los otros porque está seguro de sí mismo, ya que sabe que pertenece a la gran fuerza vital que decrece cuando otras personas son humilladas, torturadas y oprimidas. Así, cada vez que un ser humano perdona a otro, la fuerza vital se renueva.

De acuerdo con este principio, la única y verdadera salida contra los crímenes contra la humanidad durante el apartheid no era la venganza, sino la amnistía; algo que solo se logra en un pueblo que tiene conciencia de pertenecer a algo más grande que él.

Tal vez nosotros deberíamos redescubrir el sentido de identidad en la pertenencia. A lo mejor sí es cierto eso de que una persona se hace humana a través de las otras y que la libertad de uno mismo depende de la de los demás. Así de paradójico es el sentido de las cosas.

@vasconceliana