¡Que se pongan a estudiar! Autora: Renata Terrazas
¡Que ya se pongan a estudiar! Es una de las frases que escuché a propósito de la marcha del jueves 13 de septiembre de las y los estudiantes de la UNAM y otras universidades. No les quiero describir la rabia que me causó.
Soy egresada de la UNAM, de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Vengo de una larga tradición de estudiantes de la máxima casa de estudios en México; soy la tercera generación puma de la familia, mi hija es la cuarta.
Crecí amando la UNAM, ahí se habían educado mis abuelos y mis padres y pasé mi infancia entre los pedregales de Ciudad Universitaria porque mi abuelo, mi madre y mi padre fueron docentes de la UNAM.
En mi familia es un orgullo asistir a la UNAM, sabemos que no sólo es la mejor universidad de México, sino que en sus aulas se forman estudiantes que adquieren conocimientos teóricos y técnicos de excelencia al tiempo que se forman ciudadanos de este país. Estudiar en la UNAM es algo más que leer y entender la teoría, es poner en práctica los valores democráticos y humanistas de nuestra sociedad actual.
Defender nuestros derechos es parte central de la formación que recibimos en la UNAM. Conocer las diferentes realidades de este país no está en la currícula pero sí forma parte de las aulas de cada facultad, cada prepa, cada CCH. Todos tuvimos un compañero o compañera que vendía dulces para seguir estudiando y pagarse el transporte, que hacía más de dos horas para llegar a la universidad, que no le alcanzaba para las copias y le cooperábamos con gusto, que era el primero en su familia en estudiar, etcétera.
En la UNAM se nos educa con un valor que trasciende cualquier teoría y cualquier herramienta técnica: la solidaridad. Aquí no nos escondemos los libros para que los compañeros no los encuentren, al contrario, los dejamos en las copias para que todos tengan acceso a él. Aquí no nos burlamos de quien no entiende en clase, estamos listos para cuando nos pida ayuda.
No es una visión romántica de la UNAM la que les presento, es una realidad que cada uno de los que hemos pasado por sus aulas vivimos. La generosidad de esa universidad es enorme y nuestro cariño por ella también.
Marchar o entrar en paro no es por no estudiar, forma parte de nuestros valores democráticos y es la manera en la que nos hacemos presentes ante un contexto que busca reducir a las y los jóvenes en carne de cañón del crimen organizado y la corrupción.
Las y los estudiantes que hoy salieron a las calles, que entraron en paro la semana pasada, no sustituyen sus clases con sesiones frente al televisor, lo hacen con acciones políticas desde donde pelean su lugar en el mundo y exigen el respeto que merecen como seres humanos.
Hoy, nuestros estudiantes van a sus aulas con riesgo de sufrir violencia y lo que exigen son condiciones mínimas de seguridad donde ninguna estudiante más sea violada o asesinada, donde ningún estudiante sea atacado con una navaja o golpeado, donde ya no se venda droga.
No, señores y señoras, nuestros jóvenes están en paro porque están forzados a no estudiar por tener que exigir las condiciones de seguridad que les permitan seguir asistiendo a sus planteles. Ellos están peleando sus batallas y ante su valentía hay que preguntarnos ¿qué podemos hacer para apoyarlos?
Por una nueva tradición. Autor: Ignacio Betancourt
Se inicia esta columna con un breve texto del guatemalteco-mexicano Luis Cardoza y Aragón (1904-1992): “Asumo la tradición como algo por hacer, más que algo por seguir”, escribió. Sería muy conveniente que los actuales integrantes del Congreso mexicano reflexionaran sobre tal enunciado.
Si son tradicionales los diputados y los senadores, ambos simples “levantadedos”, ahora deberían conformar una nueva tradición, algo que de verdad les permita ser representantes de un pueblo, es decir, portavoces de las demandas más indispensables de la población, lo cual implica un contacto con la realidad popular y no las ofensivas fantasías de una representatividad inexistente, la misma que tan bien suele instalarse en sus pequeños cerebros. Que no sólo se conviertan en “levantadedos” de un nuevo gobierno, que dispongan de los argumentos de la población no los de sus particulares intereses (individuales o grupales).
Y cambiando de tema, por estos días de palabras nuevas y viejas ocuparse un poco de la poesía y sus hacedores, no resulta ocioso, casi me atrevería a decir se vuelve necesario. Pero independientemente de vocabularios, recuerdo el fragmento de un poema escrito por Pablo Neruda (1904-1973). Poetas celestes se titula el texto y pertenece al libro Canto general, publicado en México en 1970. Su poema también sirvió para que el guatemalteco Otto René Castillo (1936-1967) escribiera, algunos años después, uno parecido (Intelectuales apolíticos). Lo cual no es de extrañarse dado que ambos tratan de la indiferencia a lo social de ciertos escritores, que incluso en los días recientes reiteran. El poema de Neruda dice: “¿Qué hicisteis vosotros, gideistas (alude a Andre Gide),/ intelectualistas, rielkistas (alude a Rainer M. Rilke),/ misterizantes, falsos brujos,/ existenciales amapolas,/ surrealistas encendidos/ en una tumba, europeizados/ cadáveres a la moda,/ pálidas lombrices del queso/ capitalista, qué hicisteis/ ante el reinado de la angustia/ frente a este oscuro ser humano,/ a esta pateada descompostura,/ a esta cabeza sumergida/ en el estiércol, a esta esencia/ de ásperas vidas pisoteadas”. Otto René escribió: “Un día,/ los intelectuales/ apolíticos/ de mi país/ serán interrogados/ por el hombre/ sencillo/ de nuestro pueblo (…)” Por supuesto no se trata de sugerir solamente la escritura de textos contestatarios y clasistas en momentos de crisis, puesto que parafraseando al filósofo, nada humano debería sernos ajeno.
Pero basta de rollos y finalicemos esta columna con un rollo pequeño de Cardoza y Aragón (que inició la Reficción de hoy), él dijo: “Se suponen superiores a la realidad por cuanto proclaman que la suya es la única realidad, por cuanto exigen que la suya sea la realidad. Su narcisismo carece de trascendencia al ignorar que la vida es más vasta y profunda que su jactancia.” ¿En quién estaría pensando el guatemalteco-mexicano? ¿En los diputados? ¿En los senadores? ¿En algunos escritores? ¿En cierto Funcionario? ¿En algún ciudadano conocido o conocida? Resultaría estimulante indagarlo, aunque fuese nada más para uno mismo.





